Genealogía neoliberal | Letras Libres
artículo no publicado

Genealogía neoliberal

La revuelta estudiantil ha adoptado la consigna “repudio al neoliberalismo”. En su sentido más corriente, “neoliberalismo” es una especie de mantra que conjura la política y la tendencia a convertir todas las relaciones humanas en mercancía. Tan saludable postura tiende a confundir neoliberalismo con capitalismo o liberalismo a secas y a descalificar adversarios y políticas con el epíteto “neoliberal”.

La noción “neoliberalismo” fue popularizada en México por Marcos, así que su significado quedó imantado, atrayendo otras expresiones del campo político multicultural. Acaso esto inhibió a los neoliberales a definirse como tales, de modo que siguieron identificándose como liberales a secas, aun si postulaban ideas típicamente neoliberales. Esta confusión no ha favorecido al liberalismo auténtico, renuente como está a redefinir su propia identidad de cara a la crisis neoliberal global y al capitalismo futuro.

Pese a comprender que el capitalismo global se había radicalizado desde los ochenta, me abstuve de usar la expresión “neoliberalismo” por considerarla cliché, hasta que leí Nacimiento de la biopolítica de Michel Foucault, correspondiente al curso 1978-79 del Colegio de Francia (Buenos Aires, FCE, 2007; 1a ed. francesa, 2004). El curso es anterior al ascenso de Margaret Thatcher, primera gobernante neoliberal. Foucault había identificado el ascenso de estas ideas en el discurso económico del gobierno de Giscard d’Estaing.

Su libro describe el nacimiento y primeras décadas de la doctrina neoliberal como impugnación de la planificación económica centralizada y en deslinde del liberalismo clásico, considerado incapaz de proteger al capitalismo de la marea totalitaria. La doctrina neoliberal surgió en la  Universidad de Friburgo durante  la rectoría de Heidegger y quedó  expuesta en artículos de la revista Ordo(‘orden’), por lo que también se le llama “ordoliberalismo”.

Más o menos en la misma época surgió la escuela austriaca de Ludwig von Mises, que coincidió con el neoliberalismo de Friburgo en puntos medulares. Pero este se distinguió por: a) su énfasis en la coacción jurídica como garantía de la libre competencia; b) su propósito de llevar la competencia a tantas relaciones humanas como fuera posible; c) su idea de la competencia como esencia social o eidos en el sentido fenomenológico de Husserl. Estos tres motivos son específicos del neoliberalismo como teoría en la historia del pensamiento económico.

La propuesta de una estructura jurídica como garantía de la libre competencia fue la mayor diferencia del neoliberalismo con el liberalismo clásico. No es que este prescindiera de estructura jurídica, sino que toleraba la formación de monopolios y otras desviaciones que desequilibraban la oferta y la demanda. El ideal neoliberal no solo iba a evitar deformaciones, sino que llevaría la competencia a todos los rincones de la vida y segmentaría crecientemente las actividades económicas en la forma de contratos a fin de multiplicar los agentes económicos. La constante incorporación de agentes y la fuerza de la ley contra la concentración terminarían creando una situación de equilibrio económico permanente y óptimo. A mayor intensidad y proliferación competitiva, mayor equilibrio de la oferta y la demanda. Los ciclos económicos tenderían a disolverse en un patrón de crecimiento indefinido.

No es necesario ser muy sagaz para discernir el trasfondo utópico y la pulsión totalitaria en esta idea. “O compites o sales del mercado y hasta a la cárcel puedes ir.” Esto no se encuentra en Adam Smith. Al contrario, su filosofía utilitaria tolera la concentración económica cuando se justifica por sus fines y por la situación dada. Para el liberalismo hay monopolios naturales; para el neoliberalismo el monopolio es anatema. El análisis liberal clásico parte de los hechos observables; el neoliberalismo, en cambio, descansa en un ideal cuya consecución justifica el uso de la fuerza del Estado. El liberalismo clásico es pragmático y utilitarista; el neoliberalismo es idealista y tiende al totalitarismo por la reducción y regimentación de la vida que supone. “Pensamiento único”, ha sido llamado.

Un mérito neoliberal es haber refutado las bases teóricas de la planificación centralizada. Ya que el futuro es impredecible, el comportamiento de los precios futuros también lo es. Por tanto, la planificación centralizada conducirá a la parálisis, la miseria y la opresión, sostuvieron los neoliberales con acierto y valor contra la opinión de muchos. Keynes también refutó la planificación centralizada con el mismo argumento, pero nunca concibió una situación de equilibrio permanente a causa de la libre competencia. Su postura a favor de la intervención económica del estado en crisis sistémicas descansa en la certeza de un desequilibrio inherente al crecimiento, desequilibrio que el estado debía corregir, sin albergar ideas utópicas de cualquier signo. Keynes entrevió el fin del estado de bienestar que había contribuido a crear, pero el futuro del capitalismo le provocaba perplejidad.

Eventualmente, el neoliberalismo y la escuela austriaca confluyeron en una sola doctrina y procrearon la escuela de Chicago, heredera indiscutible. En el intervalo, el conocimiento económico se había vigorizado por la adopción de herramientas estadísticas desarrolladas en el Segunda Guerra Mundial. Esta ampliación del poder estadístico fortaleció a su vez la idea de la economía como ciencia exacta. A la larga, esta tendencia confluiría en el paradigma neoliberal, que parecía sentar bases científicas para una economía en equilibrio permanente, fundada en la competencia y la coacción jurídica como principios esenciales.

El ascenso del neoliberalismo en gobiernos, universidades e instituciones internacionales no se explica solo por sus avatares doctrinarios, sino por la formación de nuevos procesos económicos. El más relevante es el “eurodólar” (dólares fuera de la jurisdicción americana), que se formó en el flujo de caja de las empresas y bancos a cargo de la reconstrucción de Europa. El eurodólar era manejado en ventanillas bancarias especiales, autorizadas por la inteligencia americana para atender necesidades de crédito de los países socialistas como táctica de espionaje. El eurodólar se orbitó por el depósito de cuatrocientos mil millones de dólares de los países de la OPEP a principios de los setenta. Este capital fue objeto de agria disputa. A fin de terminar con ella, líderes políticos y financieros de Estados Unidos alentaron su transferencia a países del tercer mundo. Así nació la era de la deuda y luego todos los dólares se volvieron eurodólares.

El eurodólar inicia la desregulación financiera en la forma de flujos libres de crédito comercial externo, antes de que la palabra desregulación entrara al uso político. La carga de la responsabilidad de la crisis de los ochenta en los gobiernos deudores ocultó lo más importante: que la desregulación había provocado su primera crisis sistémica. Y como los países deudores terminaron pagando todo, pareció que la desregulación funcionaba. Esta interpretación de la crisis de la deuda elevó los bonos de la doctrina neoliberal por su justificación teórica y filosófica de la desregulación de todos los órdenes de la vida económica.

En la medida en que casi toda la actividad financiera fue desregulada, la palabra “eurodólar” dejó de tener sentido, pues casi todo se volvió eurodólar. El desarrollo informático posibilitó nuevas y arriesgadas formas de transacciones financieras que multiplicaron su valor nominal a gran velocidad. La dificultad de los gobiernos para encarar la crisis en curso radica en que las medidas estatistas forzadas por las circunstancias conviven con criterios neoliberales, cuyo último bastión es... Alemania.~