Gaos, de vuelta en Asturias | Letras Libres
artículo no publicado

Gaos, de vuelta en Asturias

El exilio republicano en México tuvo tal significación que José Gaos, fundador de la escuela americana contemporánea más brillante y variada del pensamiento filosófico, fue iluminado con la creación del concepto de transterrados en sustitución de otro más doloroso: el de desterrados.

Si bien la herencia de Ortega y Gasset resulta básica en casi todos los pensadores del exilio, en Gaos ocupa un lugar singular que lo distingue de los demás, precisamente, por haber elaborado una interpretación particular y en cierto modo un tanto escéptica de la doctrina de Ortega.

“Es probable que ustedes sepan que soy reconocido, y siempre me he reconocido yo mismo, como discípulo de Ortega y Gasset”, decía enfático; “hasta me he tenido y no sólo íntimamente, sino más o menos públicamente, por su discípulo más fiel y predilecto”. Sin embargo, la obra de Gaos adquiere un valor adicional en lo que él mismo llamó la “filosofía de la filosofía”, que busca clasificar y descubrir la filosofía en sus múltiples manifestaciones; y, desde tal perspectiva, adquiere mucho de psicología y de sociología de la filosofía, e incursiona en aspectos que son muy propios de la cultura occidental. Gaos es, pues, un filósofo, pero es también un historiador de las ideas y de la cultura hispanoamericana.

Originario de Gijón, vive en Asturias sus primeros quince años, para luego trasladarse a Valencia, donde termina el bachillerato, y posteriormente a Madrid, donde cursó su licenciatura en Filosofía y Letras y donde tuvo encuentros decisivos con García Morente, con Zubiri –quien le dirigió su tesis doctoral– y, desde luego, con Ortega, a cuya filosofía se adhirió de manera natural.

Como todo maestro, ganó sus oposiciones, y después de una estancia en Montpellier, Zaragoza y León, regresó a Madrid, donde fue nombrado rector en 1936, pero por su adhesión a la República se vio obligado a trasladarse, primero, a Valencia, posteriormente a París y finalmente a México, lugar de su destino final, hasta su muerte en 1969.

La muerte de Gaos fue fiel reflejo de su vida. La narro tomando prestadas las palabras de uno de quienes la atestiguaron, el distinguido investigador emérito de la unam don Miguel León-Portilla:

 

Era la tarde del 10 de junio de 1969. El doctor José Gaos y yo llegamos a El Colegio de México para actuar como sinodales del examen de doctorado de José María Muriá. Lo encontré particularmente amable. Debo decir que siempre me pareció tirando a adusto, y por ello, su actitud sonriente me produjo particular satisfacción. Éste será un examen memorable, dijo Gaos, el tema es de gran interés y usted –añadió dirigiéndose a mí– (Jiménez Moreno era el otro sinodal), como conocedor de las culturas indígenas, va a juzgar lo alcanzado por Muriá en su tesis. El examen se desarrolló con agilidad e interés. Recuerdo que en un punto llegamos a poner en cierto aprieto a José María Muriá, pues su tesis, que se situó en el campo de la historia de las ideas, mostraba y analizaba lo riesgoso que es la aplicación de conceptos de una cultura a instituciones y realidades de otra, en este caso de la española a la prehispánica de México. José María incurrió, en una ocasión, en el riesgo que describía. Al referirse a un supremo consejero de los aztecas de nombre Tlacaélel, lo describió como ‘Jefe Máximo’, calificativo que se empleó en México para aludir a un ex presidente, Plutarco Elías Calles, que continuó como un poder detrás del trono en el caso de tres sucesores suyos.

El maestro Gaos, valorando lo riesgoso de tal aseveración, exclamó: ¡Nos han cogido! ¡Qué difícil es escapar a la objetable aplicación sin precisiones, de conceptos de una cultura para describir otra!

El examen concluyó con general satisfacción y los asistentes salieron del aula mayor donde se había celebrado. Los integrantes del jurado iniciamos nuestra deliberación. Don José, como presidente, estaba sentado en el centro y todos coincidimos en la excelencia de la tesis y en lo adecuado de la réplica del sustentante. La conversación, cordial, derivó en el tema de lo que es la rica complejidad de la historia. Gaos planteó la cuestión del ser de la historia como un arte. Arte más que ciencia, y arte en sí misma, como producción literaria, al modo de los grandes historiadores clásicos. Sin proponérselo, Gaos nos estaba abriendo su pensamiento sobre un gran tema de interés común.

La puerta del aula donde estábamos se abrió. El encargado de cumplir con la función entró con el libro de actas de exámenes. Colocó el libro sobre la mesa, delante del doctor Gaos, e interrumpimos momentáneamente la conversación. Don José nos preguntó: ¿aprobamos por unanimidad al examinado? La respuesta afirmativa fue unánime: sí, y con mención honorífica.

Gaos se apercibió entonces a poner su firma en las actas de examen, sacó su pluma y firmó la primera acta. De pronto, la pluma se escapó de su mano y cayó al suelo. Me apresuré a recogerla. Al tratar de dársela vi que había perdido el conocimiento. Le sostuve con una mano la cabeza y con la otra le aflojé la corbata. Volviéndome a los presentes exclamé: busquen auxilio.

Jiménez Moreno salió de prisa y dio aviso a quienes aguardaban fuera del aula. En tanto unos buscaban de urgencia un médico, otros, entre ellos el propio sustentante Muriá, entraron al salón. La vida del maestro se extinguía. Después de un leve sacudimiento, su corazón dejó de latir.

Algunos minutos después llegaron varios paramédicos que en vano intentaron reanimarlo. Un poco más tarde llegó quien fue su médico y amigo, el doctor Ignacio Chávez. Tras examinarlo, lo declaró fallecido.

En el aula mayor de El Colegio de México, en el cual había laborado desde los tiempos en que se llamaba Casa de España, justamente después de presidir el examen de un discípulo suyo, interrumpida su conversación sobre el ser de la historia, había llegado al término de su vida. Su muerte fue la que él pudo haber deseado: fue la muerte de un maestro.

 

 

Treinta años antes, cuando Gaos llegó a México, tras la derrota republicana en la Guerra Civil española, llevaba ya consigo una intensa convivencia filosófica con su maestro Ortega y Gasset, iniciada en su juventud y prolongada por años. Durante ese periodo había asimilado una serie de conceptos básicos que, a partir de su llegada a tierras americanas, se convirtieron en las bases teóricas que fundamentaron la historia de las ideas como una disciplina autónoma.

En sus Confesiones profesionales (1958) queda claro que lo que más le interesa a Gaos es la reivindicación de los valores y las formas inherentes al pensamiento hispanoamericano, y por ello incorpora la historicidad. El problema de la unidad y la pluralidad de la filosofía, dice, es el problema de su historia. De lo que se trata en el fondo, continúa, es nada menos que de, o bien, confinar a la filosofía en ciertas formas pasadas, o bien dejarle abierta la posibilidad de nuevas formas en el futuro.

De ahí que, con Gaos, la historia de la filosofía se entrelaza con la historia de las ideas. Para ello, sin embargo, hubo de recurrir al concepto de “generación”, es decir, al compromiso dinámico entre masa e individuo. Ortega se había ocupado del tema, introduciendo un tipo de interpretación de la historia que se mueve a medio camino entre las interpretaciones individualistas (los protagonistas, los héroes, los genios, los caudillos) y las interpretaciones colectivas (la historia la hacen los pueblos, las naciones, las civilizaciones, etcétera).

Así como Unamuno cabalgó entre la filosofía y la mística; y Machado lo hizo entre la filosofía y la literatura, José Gaos cabalgó –él mismo lo dijo– entre la historia y la filosofía.

Es cierto que otros filósofos, destacadamente Husserl y Heidegger, están presentes en sus escritos y en sus clases, pero no hay duda de que la raíz profunda, la raíz mantenida, la raíz superada por Gaos y llevada hasta las últimas consecuencias, hay que situarla en Ortega:

 

[...] el gran trato con Ortega fue el de mis años de profesor en Madrid, porque en ellos alcanzó una asiduidad e intimidad que no podía ser mayor. Nos encontrábamos todos los días por lo menos una vez, nuestros encuentros solían ser de horas, fuese a media mañana o a la caída de la tarde. Y en más de una ocasión, estando ya en casa en las primeras horas de la tarde, me llamaba por teléfono para decirme que iba a pasar por mí, para que nos fuésemos a algún lugar de los alrededores de Madrid porque me necesitaba como interlocutor, cortés eufemismo para decirme que me necesitaba como oyente.

 

Gaos, con el cuestionamiento permanente de las certezas ajenas y propias, estuvo abierto siempre a nuevos caminos filosóficos. Pero Gaos fue también, y sobre todo, un ejemplo de vida dedicada con entrega plena a la enseñanza, sin otro compromiso ni resguardo, entregado a su vocación intelectual. Intelecto nutrido, además, por sus traducciones, con las que introdujo al español a autores alemanes tales como Heidegger (El ser y el tiempo), Kierkegaard (El concepto de la angustia) y otros, con lo que completaba los modestos ingresos que recibía como profesor.

Tal fue el marco teórico que sirvió a Gaos, ya en México, para dar algunas respuestas a los problemas que le preocupaban sobre las relaciones entre filosofía e historia, poniendo como fundamento filosófico una historia de las ideas, donde tienen cabida las historias nacionales, referidas a los distintos países iberoamericanos. En vísperas del Bicentenario de la Independencia de los países americanos, encuentra plena vigencia el pensamiento del filósofo.

Es interesante recordar cómo surgió en España, al mismo tiempo que irrumpía en América Latina el modernismo literario de José Martí, Rubén Darío y José Vasconcelos, un hispanoamericanismo denominado regeneracionista. Es aquí donde aparecen Ortega y Gasset y Salvador de Madariaga, entre otros, señalando que se trataba de una comunidad de raíces hispánicas dentro de la cultura occidental. Tal redefinición adolece, sin embargo, de ciertas limitaciones, pues no expresa con plenitud lo que somos. Lo entendió mejor Gaos, pues ocurre que, más que una cultura, somos parte de un proceso pluricultural; más que mestizos, somos parte de un proceso multiétnico. Es decir, nuestra comunidad iberoamericana es plural y diversa; tanto que nos lleva necesariamente a una diferenciación que suma, enriquece y nos da un mejor sustento para participar e incidir en el escenario global.

En los últimos años se ha planteado, como es natural, la pregunta de ¿cuál fue el saldo de la influencia que el transtierro republicano español ejerció en México? Y también, como es natural, se han dado muchas interpretaciones al respecto, pero parece haber un consenso: la presencia española en México se considera un importante legado que ya pertenece a nuestra cultura nacional, valorando herencias comunes y abriendo campos del saber que los mexicanos no habíamos explorado previamente.

No hay espacio en la Universidad de México donde no siga evocándose la memoria de los transterrados. Son parte de nuestra mejor tradición contemporánea. Por una de esas paradojas de la historia, vencieron los vencidos, por cuanto supieron convencer en México y desde México; en voz propia y por voz de sus discípulos. Uno de ellos, inteligente y riguroso como pocos, fue Alejandro Rossi. ~

 

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* Fragmentos de la Conferencia Inaugural de la Cátedra José Gaos, Universidad de Oviedo, 25 de marzo de 2009.