Fugacidad | Letras Libres
artículo no publicado

Fugacidad

Algunas personas suelen hablar de la fugacidad de la vida. Quienes más lo hacen son los viejos y los enfermos. En esos grupos, la cortedad de la vida y la salud trastocada transforman el tiempo en conciencia. Todo lo que parecía lejano se vuelve cercano. Mucho de lo que sonaba improbable se hace palpable. La imposibilidad para detener el tiempo se torna evidente y la evidencia de las pérdidas se convierte en dolor.

Fugacidad es sinónimo de impotencia y antesala de una realidad con frecuencia cruda, casi siempre triste. “Demasiado pronto en la vida me di cuenta de que ya era demasiado tarde.” Así comienza El amante, la novela en que Marguerite Duras retrata la fugacidad del amor, la persistencia del tiempo. “Demasiado tarde”, escribe Duras. Demasiado ayer, sueñan algunos muertos. Lo efímero no es condición del tiempo, es condición del ser humano y de la muerte que siempre se renueva, que nunca deja de morir. Sabemos que la vida inventa la muerte pero nunca sabremos quién inventó el tiempo.

Durante la juventud se piensa poco en el tiempo. Lo mismo sucede cuando se tiene salud. No hay fechas lejanas. El tiempo no caduca. Las fechas de los calendarios de los jóvenes y de los adultos sanos no amenazan. Se programa la vida. Se escogen los días. Y las semanas. Y los meses. Y los años. Y todo lo relacionado con el color de la vida. No hay conciencia del tiempo. No hay abismos.

Algunos viejos reparan en la fugacidad de la vida. Entienden que el tiempo no regresa. Nada pueden hacer para manipularlo. Los abismos son profundos, y la hondonada más lejana, inalcanzable; muchas simas son inescrutables. El peso de los años, y sus consecuencias negativas, impiden enfrentar esos abismos. La certeza que acompaña la frase “los límites de la vida” abandona el terreno de las palabras y se convierte en realidad.

Recuerdo la voz de un viejo sabio: “El cansancio y el silencio me agobian. La voz cansina que responde cuando pregunto es la mía.” Lo interrogo: “¿Es la voz que regresa del barranco la que responde?” “Sí, es mi voz. Es el deseo de autoengañarme, de modificar lo inmodificable.” Lo interrogo de nuevo: “¿Puede su voz trastocar la esencia del tiempo?” “No, nada puede contra lo efímero de la vida.” “¿Carpe diem?” “¡Carpe diem!”

Recuerdo también lo que escribió Vladimir Jankélévitch en Pensar la muerte: “El envejecimiento engloba dos cosas que no están ligadas en absoluto una con la otra. Es la irreversibilidad del futuro, que es el pathos fundamental de la existencia, fuente de lamentos, de los más bellos cantos, de la poesía que más nos toca, la más impactante. Pero eso no basta, porque el devenir podría ser irreversible, ir siempre en el mismo sentido, sin retornar nunca sobre sus pasos, y renovarse continuamente. Entonces es precisa otra cosa [...] que hace que cada existencia posea cierto ritmo que viene en líneas generales de la longevidad media de la especie [...] la vida humana, tal y como la conocemos, y todo lo que la compone están acordados sobre una cierta duración media.”

Los enfermos hablan de la fugacidad de la vida por otras razones. La vida deja de marcar el paso; la enfermedad determina la cadencia de la marcha. Las hojas de los calendarios caen con rapidez. El curso del tiempo no lo establecen ni el deseo ni la voluntad; es el peso de la patología el que toma las riendas. El tiempo se convierte en amigo o enemigo. Depende de las circunstancias de la enfermedad: del alivio o del empeoramiento, de las heridas del alma, de la devastación de los órganos, de la brevedad del tiempo y de un largo etcétera cuyo último punto antes del final es la innegable presencia de la muerte. Lo efímero depende del deseo de lo que se tiene frente a la crudeza de lo que falta.

Se repara en la fugacidad de la vida cuando la inclemencia del tiempo azota. Enfermos y viejos intentan, en vano, aprehender el tiempo; saben que les pertenece menos. Son víctimas del doloroso proceso de exclusión. La trillada frase “el tiempo no perdona” es cierta. Copio una nota de un paciente: “Arrancar pedazos de negrura a la negritud.” Sí, es cierto: la oscuridad es infinita, carece de límites. Por eso se han escrito incontables reflexiones. Reabro el libro de ensayos The Crack-up de Francis Scott Fitzgerald, víctima de sí mismo, de su alcoholismo y de la trágica historia de su mujer, enferma mental que murió durante el incendio de la clínica donde estaba confinada: “Toda vida es un proceso de demolición.” Ante la vida que se va, la imposibilidad para capturar los instantes se hace evidente. Las pequeñas certezas que construyen los significados de la existencia desaparecen.

La fugacidad, lo fugaz –“Que huye y desaparece con velocidad. De muy corta duración”– es un elemento de la vida independiente de la voluntad del ser humano y de sus características. Se nace y se vive con ella. Su interpretación, como la de los viejos y los enfermos, depende de la mirada de cada persona. La percepción del tiempo difiere entre un individuo y otro; la fugacidad la determinan múltiples circunstancias.

La última carta de los prisioneros políticos y los mensajes póstumos de los suicidas pueden resumir en unas palabras toda una vida. El tiempo se convierte en polvo, y la persona, en las postreras palabras de esas cartas o de esos mensajes. No existe la idea del abismo. La nada se apersona. La muerte del tiempo se convierte en la última prueba, en la idea que retrata la fugacidad de la existencia. Otra nota, esta vez de un viejo enfermo derrotado por los años: “Tierra de mi tierra. Es la última vez que te escribo. Lo hago igual que ayer: Con las palas que cavan hondo, con las palabras que cuentan la historia de mi tierra.”

No existen antídotos contra la fugacidad de la existencia. No podría ser de otra forma: lo mismo sucede con su majestad la muerte. Algunos escriben, otros pintan, hay quienes bailan, muchos intentan decir algo, dejar algo. Un papel en las iglesias o en los templos. Una piedra como recuerdo de una visita en las tumbas de los judíos. Un pan en los cementerios cuando llega el Día de Muertos. Un beso en los labios del amado recién fallecido. Nada sirve. La nada es inmodificable. Esas acciones acompañan, atemperan, evocan. Algunas veces mitigan. Nada más. Ejemplo paradigmático es lo que sucedía en la Rusia estalinista con los prisioneros de las islas Solovetski: los celadores mataban a tiros a las gaviotas para que no se llevaran los mensajes que los reos ataban a sus pies.

La vida es fugaz. Huye. Rezuma dolor. Desaparece. Es corta. Se escurre entre los dedos. Se escurre entre las palabras. Se escurre cuando la fugacidad puede más que la vida. ~