Francisco de Vitoria y la justicia | Letras Libres
artículo no publicado

Francisco de Vitoria y la justicia

La célebre Escuela de Salamanca, de filosofía y teología, tuvo en el siglo XVI a Francisco de Vitoria como el gran maestro e iniciador. Nació en Burgos en 1492. Allí ingresó a la orden dominica y estudió gramática y filosofía. Terminó los estudios filosóficos en París y realizó los de teología; obtuvo el doctorado en 1522. Enseñó en el Colegio de San Gregorio de Valladolid, y luego ganó la cátedra de prima de teología en Salamanca, en 1526. Desde ese año hasta su muerte, en 1546, se dedicó a la enseñanza, con la que llenó de brillo esa universidad. Solamente interrumpieron su docencia actividades irrenunciables, como el asistir a las Juntas de Valladolid (1527), donde se trató el caso de Erasmo de Rotterdam. Más que con sus escritos, ya que no publicó nada en vida, influyó con su enseñanza en la cátedra. Así renovó la filosofía y la teología, y fue uno de los mejores pensadores de su siglo. A través de sus numerosos y connotados alumnos, entre los cuales estuvieron Domingo de Soto, Melchor Cano y Alonso de la Veracruz (este último enseñó en México), sus teorías quedaron plasmadas en la problemática de América y en las Leyes de Indias.
     En 1557 se publicaron en Lyon, por el editor Charles Boyer, las Relecciones de Vitoria, esto es, los apuntes de sus lecciones solemnes, que ya circulaban manuscritas entre los estudiantes. En el siglo XX se publicaron sus Lecturas o comentarios al Cuarto Libro de las Sentencias de Pedro Lombardo, y a toda la Suma de teología de Santo Tomás. De entre sus Relecciones, han tenido merecida fama "De la potestad de la Iglesia", "De la potestad civil", "De las Indias, I" y "De las Indias, II, o "Del derecho de guerra".
     En París estuvo trece o catorce años, en un momento crucial en el que en esa universidad, que era la más importante, reinaban tres tendencias, a saber: el nominalismo, el humanismo renacentista y el tomismo, que empezaba a luchar por su restauración y renovación. Los maestros nominalistas habían sido grandes cultivadores de la lógica y muy dados al empirismo; de ahí venía una revolución en la física, que culminaría con Galileo y la ciencia moderna. Fueron, asimismo, los que influyeron en los filósofos de la modernidad, como Descartes, Leibniz y Locke. Los humanistas se levantaban contra los abusos de los nominalistas, ya decadentes en ese momento, y pugnaban por un estudio directo de Aristóteles, Platón y la cultura grecorromana, además de un cultivo del buen estilo latino. Y el tomismo, que padecía una decadencia parecida a la de los nominalistas, empezó a beneficiarse de las aportaciones de unos y otros. Fue Vitoria precisamente uno de los que ayudaron a realizar esa confluencia. Por ejemplo, de sus profesores nominalistas supo recoger las ideas de los derechos subjetivos, de la potestad o autoridad como otorgada a los gobernantes por Dios, pero a través del pueblo, con lo que el pueblo podía quitársela en casos de tiranía o mal uso. De los humanistas supo recoger los nuevos instrumentos filológicos y un latín más cuidadoso y pulido.
     Vitoria se distinguió por preferir los problemas candentes y de actualidad en su momento, los cuales afrontó con valentía y honestidad. Tal fue el caso de la problemática de las Indias. De hecho, su maestro John Mair, escocés que enseñaba en París, fue el primero en hacer una reflexión sobre la licitud de la Conquista, cosa que publicó en su comentario de las Sentencias, editado en 1510. Vitoria abordó esa temática en 1539, en sus dos Relecciones sobre las Indias, ambas de ese año.
     Fue constante su preocupación por la justicia. De hecho, dejó entre sus obras un tratado De las leyes, muy conectado con otro que se hacía usualmente, De la justicia y del derecho, y que solía ser un comentario a la parte de la Suma de Santo Tomás en la que se abordaban estos temas. En su obra sobre las leyes, Vitoria recalca el cometido que tienen de guiar al ser humano a la consecución del bien común y de la justicia.
     En su Relección titulada De la potestad civil, enseña —hay que repetirlo— que el poder o la autoridad son conferidas al gobernante por Dios, pero a través del pueblo, con lo cual es el pueblo el que directamente le concede dicha autoridad, y puede quitársela cuando hace un mal uso de ella. También habla allí de que las naciones cristianas deberían tener una instancia jurídica común, lo cual le ha valido ser considerado como uno de los iniciadores de la idea de una comunidad de naciones y, por ello, como uno de los pilares del derecho internacional. Insiste en que las leyes también obligan a los legisladores y a los mismos monarcas, de modo que nadie puede estar exento de ellas ni manipularlas; con ello, pugna por un estado de derecho. Y sobre la desobediencia civil, en caso de un mandamiento injusto, dice que sólo puede ser válida cuando no acarree un mal mayor sobre la sociedad.
     Las dos Relecciones de Indias abordan el problema de América. La Relección I sienta los principios generales de la solución vitoriana, y la II se centra en el problema de la licitud de la guerra hecha a los indios. Aunque con algunas vacilaciones y tropiezos, dada la dificultad del problema, Vitoria examina los títulos ilegítimos y los títulos legítimos. Descarta las ideas tradicionales de que el Emperador era el señor del mundo y de que el Papa tenía potestad temporal sobre los reinos de la tierra. Rechaza la incapacidad de los indios para gobernarse (su "amencia"), diciendo que es increíble, y solamente justifica la guerra en aras de la predicación del Evangelio. Para ello utiliza dos principios que ahora forman parte de los derechos humanos: el derecho a comunicar libremente las ideas, y el derecho a viajar y a asentarse dondequiera, aunque con la salvedad de no lesionar el bien común del país en cuestión.
     Tales son los rasgos principales, reducidos a su mínima expresión, de la doctrina eticopolítica de Francisco de Vitoria, sobre todo en lo tocante a la justicia. La justicia fue su mayor preocupación, dado que solamente en ella se cumple el bien común de la sociedad, que es la causa final por la que se han congregado en ella los individuos y la única que puede dar sentido a la convivencia política. ~