Fidel Castro, el poder y su máscara | Letras Libres
artículo no publicado

Fidel Castro, el poder y su máscara

César o nada
El tema de la doblez en el comportamiento político de Fidel Castro ha venido centrándose casi exclusivamente en la incógnita acerca del momento de su adhesión a la ideología comunista.
Como todo el mundo sabe, la revolución de los guerrilleros llegó al poder con una doble seña de identidad, nacionalista y populista, inscrita sobre un fondo de restauración democrática. Luego pasó lo que pasó, y las expectativas de libertad se vieron sustituidas por el "socialismo con pachanga" (y represión), antiamericano y prosoviético, hasta configurar en pocos años una variante caribeña del "socialismo real" presidida por un líder carismático, omnipotente y omnipresente. La legitimidad, eso sí, no procedía de un remake de octubre de 1917, sino de su victoria militar forjada en Sierra Maestra. El castrismo pasará de este modo a la historia como un cesarismo de base comunista, pero que en el plano de la coerción, según hiciera el franquismo en España, sobrevive gracias al papel del ejército como "columna vertebral del régimen". A la vista de ese desarrollo histórico, paradójicamente muchos críticos y el propio Castro coinciden en presentar la fase democrático-revolucionaria de su pensamiento como un prolongado ejercicio de disimulo político, encubriendo hasta 1961 los fundamentos comunistas de su pensamiento.
     El líder cubano lo cuenta en su informe al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, en diciembre de 1975: un grupo de jóvenes que nacieron a la conciencia política a principios de los años cincuenta se empaparon de marxismo-leninismo como "doctrina atrayente e incontrastable" y en el ejemplo de los comunistas cubanos, pero prefirieron aplazar la revelación de sus ideas hasta que el pueblo estuviera en condiciones de despertar a tan "profundas verdades". La táctica del nicodemismo, practicar sólo de noche la auténtica fe, se habría revelado rentable:
No sólo fue necesaria la acción más resuelta, sino también la astucia y la flexibilidad de los revolucionarios. Se hicieron y se proclamaron en cada etapa los objetivos que estaban a la orden del día y para los cuales el movimiento revolucionario y el pueblo habían adquirido la suficiente madurez. La proclamación del socialismo en el periodo de lucha insurreccional no hubiese sido todavía comprendida por el pueblo, y el imperialismo habría intervenido directamente con sus fuerzas militares en nuestra patria.
Los planteamientos de Fidel en el periodo 1952-1959 no confirman esa secuencia de enmascaramiento en sentido estricto, pero sí permiten poner en duda la sinceridad del democratismo radical que envuelve sus declaraciones desde el intento de ocupación del Cuartel de Moncada. Parece imposible que el mismo personaje que expuso el relato del mencionado criptocomunismo y que ha implantado en la isla una dictadura sin fin, sea el mismo que en La historia me absolverá cantaba las exigencias de una sociedad que al producirse el golpe de Batista era plural y democrática, a pesar de las deficiencias del sistema político:
Os voy a referir una historia. Había una vez una República. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades; Presidente, Congreso, Tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada, y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos y en el pueblo palpitaba el entusiasmo.
La descripción que hace Fidel Castro ante sus jueces, vista desde hoy, más que la contraimagen de la Cuba de Batista, lo es de su propio régimen dictatorial. Pero lo que nos importa es la utilización en el discurso de esa edad de oro: sirve ante todo para deslegitimar al batistato y conferir legitimidad al propio movimiento. Cuando el acusado entra a definir su proyecto de futuro, éste se centra en los aspectos reformistas, sobre todo en el sector agrario, de acuerdo con el canon populista que hace del "pueblo", en cuanto agregado de los desposeídos, el destinatario y la justificación del gobierno revolucionario. Es cierto que esgrime la Constitución de 1940, puesta fuera de vigencia por el golpe y aval de la resistencia al mismo, y que anuncia el propósito de su reposición, si bien tal regreso iría en la práctica acompañado de su anulación temporal, "no existiendo órganos de elección popular para llevarlo a cabo". Por esta regla de tres, el constitucionalismo se convierte prácticamente en su contrario, ya que "la encarnación momentánea" de esa soberanía constitucional sería el gobierno revolucionario, en el cual quedarían concentrados los tres poderes del Estado para llevar a cabo una "inmediata y total depuración", así como las reformas en el sector agrario y las nacionalizaciones pertinentes. Y a pesar de la defensa apasionada del pluralismo reinante hasta el golpe de Batista, es útil constatar que su movimiento nada quiere con "el pasado político de Cuba". La doble vía de actuación del gobierno revolucionario en 1959 queda así diseñada con seis años de antelación.
      

Las dos caras del político
Nos encontraríamos, en consecuencia, ante un ejercicio consciente de esquizofrenia pragmática. De modo sistemático, y desde sus primeras actuaciones como protagonista político, Fidel Castro conjuga la emisión de un mensaje conciliador, dirigido a maximizar las adhesiones, con un férreo control de las decisiones y de las directrices efectivas, que para nada tiene que coincidir con el precedente. El dominio de la oratoria, y tal vez la doble dimensión de autoritarismo e hipocresía, rasgos adquiridos y/o consolidados en el periodo de su formación entre los jesuitas en el Colegio de Belén, fueron las bases para que ese doble juego lograra siempre un alto grado de eficacia, tanto en las relaciones políticas y personales como en la propaganda de masas. A lo largo de su interminable biografía como dirigente, Fidel ha sido un excelente embaucador, y por lo mismo quizás el mejor demagogo del siglo XX, lo que en momentos cruciales, en ausencia del testimonio de terceros —crisis de los misiles, exportación de la guerrilla—, no facilita ciertamente la tarea de los historiadores, dado que palabras y hechos siguen caminos opuestos. Ningún ejemplo mejor que la mezcla de aparente sinceridad y de falsas confidencias que preside sus libros de entrevistas, donde el otro, llámese Frei Betto o Gianni Mina, acepta hasta extremos inauditos el juego de dejarse engañar. Una vez consumado el encantamiento, el periodista o su sucedáneo pasa a asumir en lo sucesivo la condición de "simpatizante legitimador" del castrismo que sin necesidad de entrevista reivindicara para sí Manuel Vázquez Montalbán.
     El primer episodio en que cabe detectar con claridad ese doble juego tiene lugar durante su estancia en el presidio de la Isla de Pinos, como consecuencia de la condena por el asalto del Moncada. Son veintidós meses, tiempo en que según su propia confesión sufrió mucho por no poder hablar casi con nadie y en los que remitió al exterior una serie de cartas con el propósito de prolongar el entramado conspirativo previo al asalto y consolidar esa organización revolucionaria, lo que será el Movimiento 26 de Julio, a partir de los sectores juveniles más radicales del Partido Ortodoxo del fallecido Eduardo Chibás, al que el propio Fidel estuviera antes vinculado. Las cartas, fechadas entre el 12 de diciembre de 1953 y el 2 de mayo de 1955, fueron recopiladas por un chibasista radical, Luis Conte Agüero, a quien Fidel llamaba entonces "mi hermano" en una biografía titulada Fidel Castro: vida y obra pocos meses después del triunfo de la Revolución, con una tirada de cincuenta mil ejemplares. Pero Conte ponía ante los lectores una base documental demasiado elocuente e insistía en el parentesco político entre Fidel y Chibás, convirtiéndose además en el interlocutor privilegiado del presidente Urrutia, de modo que el libro fue inmediatamente recogido. Muy pronto, el "hermano" hubo de exiliarse.
     El epistolario muestra a un Fidel preocupado por atraer a los ortodoxos intransigentes y por destruir a los inclinados a pactar con Batista, y muy atento a utilizar el menor resquicio para incidir sobre la opinión pública cubana. El pasaje más significativo es, no obstante, aquél incluido en una carta a Melba Hernández donde fija la actitud a adoptar respecto de otras agrupaciones políticas: "Mucha mano izquierda y sonrisa con todo el mundo. Seguir la misma táctica que se siguió en el juicio: defender nuestros puntos de vista sin levantar ronchas. Habrá después tiempo de sobra para aplastar a todas las cucarachas juntas."
     El mundo de la "politiquería", aun reconocido como aliado coyuntural, no debía esperar del fin de la dictadura otra suerte que ser aplastado. Tampoco la democracia tiene el menor papel que jugar dentro de la organización en la cual Fidel ocupa de antemano el puesto de líder indiscutible. "Condiciones que son indispensables para la integración de un verdadero movimiento cívico: ideología, disciplina y jefatura. Las tres son esenciales, pero la jefatura es básica", escribe a Conte en agosto de 1954. Fue Napoleón, cita Fidel, el que prefería un mal general a veinte generales buenos. Nadie debe emitir opiniones discrepantes en el seno del movimiento y "el aparato de propaganda y de organización debe ser tal y tan poderoso que destruya implacablemente al que trate de crear tendencias, camarillas, cismas...". A mitad de camino entre el concepto jesuítico de la autoridad y la vocación leninista de aplastamiento del disidente, Fidel perfila ya una visión del poder que en nada augura un contenido democrático para la futura revolución.
     No obstante, incluso durante la lucha en Sierra Maestra, será difícil eludir las profesiones de fe democráticas. Tal es el sentido de su firma en julio de 1957, al lado del ortodoxo Raúl Chibás y del economista Felipe Pazos, del manifiesto constitutivo de un Frente Cívico Revolucionario en el cual figura la promesa firme de elecciones, en nombre de la unión de los demócratas adversarios de la dictadura. Pero no tardará en descalificar el pacto de unión suscrito en Miami por diversas organizaciones, entre ellas antiguos partidos, y con el visto bueno del M-26 J de las ciudades, en las que ve "la mala política", "la bastarda política", negándose a compartir el protagonismo indiscutible de su Movimiento 26 de Julio. A éste correspondería la formación del gobierno revolucionario, reservando la presidencia para la figura neutra del magistrado Urrutia y con los partidos políticos limitados a la exposición de sus programas en espera de esas elecciones que nunca habían de llegar. Era difícil en todo caso borrarlas de antemano y por ello en el documento político de marzo de 1958 las acepta como punto de llegada de la provisionalidad revolucionaria que no debiera superar el plazo de dos años. Siempre en el fondo, la Constitución de 1940.
     Contemplado el proceso a posteriori, resulta evidente que Fidel Castro tiene en la mente desde un primer momento la edificación de su poder personal indiscutido, aun cuando es consciente de los riesgos internos e internacionales que acarrearía protagonizar de ese modo el triunfo de la Revolución. La forma abrupta en que se da el desplome de la dictadura le favorece decisivamente: es el líder carismático cuya autoridad nadie está en condiciones de ignorar. Nada le estorba para montar un gobierno en la sombra, mientras paralelamente deja por un tiempo la apariencia del poder en manos de políticos demócratas para que logren el imprescindible reconocimiento internacional, de los Estados Unidos en primer término, y realicen la tarea sucia de presidir la represión, y sobre todo de anular toda posibilidad de regreso al orden constitucional. Incluso un economista moderado, futuro anticastrista, Rufo López-Fresquet, mirará retrospectivamente con agrado el paso decisivo que supuso reemplazar la Constitución de 1940 por una nueva Ley Fundamental de 7 de febrero de 1959, vigente hasta 1976, en virtud de la cual tranquilamente era suprimido el Poder Legislativo del Parlamento y asignado al Consejo de Ministros, incluso con facultades constituyentes, amén de asumir la legislación de la Sierra. Un paso cuya importancia fue subrayada en uno de los estudios más lúcidos y menos citados sobre el proceso, De la insurrección al régimen, del italiano Antonio Annino. Todo sin que en apariencia Fidel intervenga y con el abogado demócrata Miró Cardona como primer ministro, aunque el encargado de redactar las leyes revolucionarias en el gobierno fuera el abogado Osvaldo Dorticós, hombre de Castro. Los demócratas, no los guerrilleros, cerraban el camino a la restauración democrática. Bastará con introducir en la Ley la primacía del primer ministro sobre el presidente de la República en la dirección de la política para que Fidel acepte el cargo, diez días después, defenestrado Miró a impulso de los ministros fidelistas, y se prepare para dar el último paso, en la medida en que Urrutia no se resigna a ser un figurón y se preocupa ante la infiltración comunista en el Estado. Siguiendo los pasos de Batista, Fidel admitía un presidente-pantalla, como luego será Dorticós, no más. El método utilizado fue radicalmente novedoso: el "golpe de Estado televisivo" de que habla Tad Szulc, con la intervención el 16 de julio en la pequeña pantalla de Fidel, recién dimitido tácticamente como primer ministro (aunque no como jefe del ejército, cautela obliga), para movilizar a las masas contra el palacio presidencial. Una vez rendido Urrutia, todo el poder era suyo. Para siempre.
     La esquizofrenia pragmática había rendido sus frutos y en poco más de medio año, al cancelar todas las promesas de libertad política e instaurar la dictadura personal cuyo rechazo proclamara en todo momento Fidel Castro. Para alcanzar esa meta, siempre un movimiento en tijera, con las palabras proclamando justo lo contrario de lo que expresan sus acciones. Los primeros discursos al llegar a La Habana, en enero de 1959, son elusivos respecto de las elecciones, esgrimidas sólo el 8 de enero para mostrar la inutilidad de que los revolucionarios tengan armas por su cuenta. Cinco días más tarde, en el Lyons' Club, primera en la serie de visitas para tranquilizar a la burguesía, juzga ya negativo hablar de Asamblea Constituyente, porque ahí está la Constitución (que en pocas semanas será dinamitada, según vimos), y en cuanto a las elecciones, su aplazamiento se debe a que tras el triunfo de la Revolución se convertirían en un plebiscito, perspectiva que desde la democracia rechaza. Pronto llegará el "elecciones, ¿para qué?". El 9 de abril, llega la sentencia en declaraciones a Revolución: "La contrarrevolución quiere elecciones como antes y nosotros queremos otro tipo de elecciones, queremos crear una nueva conciencia popular contra la politiquería." Sólo cuando la Revolución estuviera definitivamente consolidada debieran celebrarse elecciones. Es decir, nunca. En lo sucesivo, el término "político" adquiere en boca de Castro una connotación negativa: "Todavía por ahí salen grupitos haciendo política", anota con desprecio a fines de 1959. "Que no se hable de política", advierte al explicar la Reforma Agraria.
     De momento, en los primeros meses del año, Fidel insiste en los mensajes de conciliación, compatibles con la exigencia de perseguir a los criminales de la era Batista, y recalca la urgencia de reformas para el pueblo, sin mención alguna al futuro institucional. Al mismo tiempo que pone en marcha su gobierno en la sombra, desde el pueblo cercano de Cojímar y en su suite del Hilton, insiste en que él no aspira a puesto de poder alguno; las fuerzas revolucionarias respaldan al presidente sin reservas. Único signo de ambigüedad calculada: cuando declara: pronto dejaré la jefatura militar, ya que "tengo otras ilusiones". La forma suprainstitucional en que las mismas habían de materializarse queda fijada en el famoso discurso del 22 de enero desde el palacio presidencial, ante una marea humana a la que pregunta si deben ser fusilados los esbirros de Batista. Ante la respuesta afirmativa unánime, Fidel se dirige a los diplomáticos asistentes, subrayando que ese es el auténtico voto del pueblo. "Los que sean demócratas, los que se llamen demócratas, les digo que eso es democracia, eso sí es respetar la voluntad del pueblo", insiste. Cobra así forma lo que hasta hoy constituye un rasgo definitorio del castrismo, la seudodemocracia de masas, que convendría llamar mejor "democracia de la plaza pública", donde el demagogo obtiene la supuesta legitimidad para eliminar la participación política de ese "pueblo" cuya capacidad de decisión transfiere a sí mismo.
     El movimiento en tijera interviene en todo y para todo. Eso explica un extraño episodio. Apenas consumada la victoria, Fidel Castro proclama su confianza en que la Revolución se impondrá sin necesidad de coacción alguna y la paz será tal que el orden será mantenido por boy scouts encargados de regular el tráfico: "El pueblo los respetará porque se conmoverá de ver a los niños haciendo estas cosas. Los boy scouts auxiliarán a las damas en vez de piropearlas como hacen los policías. Los turistas dirán que Cuba es el único país donde está garantizada la paz porque no hay policías" (discurso en el Lyons'). Cualquier visitante de La Habana puede apreciar hoy adónde ha ido a parar esa promesa de la ciudad sin vigilancia, con un policía o un seguroso en cada esquina, amén de los CDR, pero no se trata sólo de que los tiempos hayan cambiado. Desde un primer momento, Fidel se cuida, no sólo de garantizar la represión antibatistiana, sino de montar un aparato represivo policial, para lo cual contará fundamentalmente con la colaboración comunista.
     Por eso mismo conviven durante meses las protestas de Fidel contra las acusaciones de amparar la infiltración comunista y la realidad cada vez más visible de esa infiltración.

"No somos comunistas", dirá una y otra vez, mirando hacia los Estados Unidos. Llegará a ironizar apuntando que los guerrilleros no son comunistas; era Batista el que se llevaba bien con "esa gente". Al mismo tiempo, sin embargo, como describe Szulc, utilizando datos procedentes de los viejos dirigentes que entonces mantuvieron las relaciones, Fidel Castro opta desde los primeros días por apoyarse en la disciplina y en la orientación antidemocrática del Partido Comunista, aún Partido Socialista Popular, para tejer la camisa de fuerza en la que quedarán atrapadas la sociedad y la política cubanas. Por eso al Movimiento 26 de Julio nunca le constituye en organización propiamente dicha, con congresos y órganos de dirección: hubiera sido un polo de atracción irresistible para la ciudadanía revolucionaria, arrollando al desprestigiado PSP. "El 26 de julio, al que se identificaban el 90 por 100 de la población, era un fantasma —certifica Franqui—. Había desaparecido por arte de magia." Aun antes de que se iniciara el idilio con la URSS y que en 1961 Fidel haga pública su definición en ese sentido, el Partido Comunista desarrollaba su táctica habitual de ocupación de puestos claves, control del aparato represivo-militar y adoctrinamiento, campos en los que el déficit de revolucionarios fiables para los hermanos Castro resultaba más evidente. Fue una labor de topo al tiempo visible en la orientación general y nebulosa en los aspectos concretos, según puede apreciarse en la claridad del diagnóstico, pero también en la pobreza de datos aportados en sus memorias, por parte de quienes se opusieron desde una primera fila al proceso: Urrutia, Huber Matos, López-Fresquet. Más allá de ver en todo "la mano de Raúl".
     Revolución frente a política: era la fórmula de su poder personal. Quedaba el obstáculo del propio movimiento revolucionario del 26 de julio, privado de organización pero cargado de prestigio, y con cuyos notables Fidel tenía que contar para la edificación de su sistema de poder, tanto militar como político y administrativo. Ya en la primavera de 1959 fue consciente de que en el vértice no faltaban quienes se mostraban reticentes ante el ascenso larvado del PSP. La solución a medio plazo consistirá en incluir al M-26 J en el molde de un proceso de unificación comunista de fondo y forma, pero aún no de etiqueta: las ori, Organizaciones Revolucionarias Integradas. Pero antes había que librarse de los obstáculos internos, las posiciones de poder de revolucionarios que pudieran servir de trampolín para una disidencia. El enigma de la desaparición del popular Camilo Cienfuegos, marxoide que alguna vez se distancia en Bohemia del comunismo, sigue sin resolverse. El verdadero obstáculo era, no obstante, la actitud de Huber Matos, prestigioso jefe militar del fin de la guerra, al frente del ejército en Camagüey. En octubre de 1959, Matos intentará una renuncia al cargo, con el respaldo de veinte oficiales, el primer acto abierto de oposición a la línea política de Fidel que éste sofoca aplicando la regla del aplastamiento que fijara en 1954. El jefe dimisionario es acusado de conspiración y traición en un juicio celebrado dos meses después. Fidel ya había mostrado su desprecio hacia la justicia en marzo, haciendo repetir un juicio contra aviadores del ejército de la dictadura que inicialmente fueron absueltos: la "convicción moral" estaba por encima de toda legalidad. Ahora, en diciembre, deja claro que Batista era un liberal a su lado. El proceso es la cara opuesta del que Castro sufriera tras el asalto al Moncada. Nada de exposición reivindicativa por parte del acusado del tremendo crimen de dimitir sin permiso. Es Fidel quien ejerce de fiscal, testigo, juez, e incluso cabe pensar que redactor de los titulares para la prensa una vez dictada su sentencia. Vishinsky se ha instalado en el Caribe, con la vehemencia propia de un paranoide. Matos es condenado a veinte años de prisión, que cumplirá en condiciones infrahumanas.
     En el mismo mes de diciembre, una de sus múltiples intervenciones ante los medios culmina el diseño de la imagen que Fidel ha ido trazando de sí mismo como redentor en nombre de la Revolución y como personificación del "pueblo". La insistencia en la dimensión soteriológica le lleva a establecer un paralelismo con la obra del "cristianismo de los pobres", ahora reencarnado en la Revolución, contra los "escribas y fariseos" en el papel de contrarrevolucionarios, "sepulcros blanqueados", precisará con lenguaje bíblico. La cita es útil para enlazar con el papel de la violencia a desplegar en la resolución de dicho enfrentamiento. Si Fidel se siente "otro Cristo", su actuación frente al adversario se coloca bajo el signo de la destrucción, de una violencia sin límites que parte del propósito de encarcelar a todos los contrarrevolucionarios: "Mientras más traten de hundirnos, más los vamos a hundir nosotros a ellos y si un día nos obligan a sacrificarlos, no debemos vacilar en sacrificarlos a todos", dirá con ocasión de una entrega de la tierra a los pequeños campesinos a quienes ya tiene pensado recluir forzosamente en cooperativas unos meses más tarde. De ser cristianismo, es apocalíptico. Y estamos en 1959, lejos aún de Playa Girón.

La astucia del todopoderoso
La personalidad autoritaria y agresiva de Fidel Castro se encuentra configurada antes de la epopeya de Sierra Maestra, según sabemos por sus Cartas del presidio, de 1954, y los testimonios coinciden en que otro tanto ocurre con su poder de seducción. Aun cuando las relaciones con su padre no fueran precisamente idílicas, eso no excluye que el ejemplo paterno incidiera poderosamente en él. Ángel Castro era un gallego violento y malhumorado que administraba con mano de hierro su finca de novecientas caballerías, casi como señor de horca y cuchillofrente a los peones haitianos y que dio estudios a sus hijos manteniéndoles al principio en condiciones sumamente precarias, según cuenta el propio Fidel en las conversaciones con Frei Betto. En una palabra, aunque latifundista, mantenía el sistema de valores del pequeño campesino, apegado a su tierra y no a los hombres, enfrentado a toda idea de prosperidad material de sus administrados, hijos incluidos, y por tanto transmisor de unas concepciones arcaicas según las cuales eran condenables las formas capitalistas, y en particular el comercio. Supervivencia sí, bienestar no, anticapitalismo primario en suma y sentido profundo de la propia autoridad, brutal aplicación de la misma, son elementos capitales de la forma de ser de Fidel que con toda probabilidad tienen su origen en el medio familiar, reproduciendo inconscientemente la visión de la realidad inculcada por aquel gallego de puño apretado que fue a parar al oriente cubano tras su participación como soldado español en la guerra de Independencia.
     Un poder sin límites que Fidel exhibe una y otra vez en las cuatro décadas largas de dictadura, y con especial atención, para desgracia del mismo, respecto del sector agrario. Un agrónomo simpatizante de la Revolución, el francés René Dumont, reseña en su libro ¿Es Cuba socialista?, de 1970, las catastróficas consecuencias que tenían las sugerencias/órdenes de Fidel en cuanto al establecimiento de cultivos o la aplicación de abonos, sin importar que la plantación de café a costa del "cinturón verde" de La Habana o la meta de cuadruplicar la producción de leche en dos años, por no hablar de la famosa zafra de los diez millones, terminasen en otros tantos fracasos. "Al pretender corregir por sí mismo todos los detalles, Castro introduce el desorden", sentencia el amigo francés. El modelo autocrático de la finca de Birán se aplica ahora a toda la isla, convertida en hacienda de Fidel y en campo de aplicación de sus ocurrencias. El mejor ejemplo lo constituye la ofensiva socialista de marzo de 1968, cuando de un plumazo decide suprimir el pequeño comercio, seguido pronto de la expropiación del campesinado. Por las memorias de Benigno, el compañero del Che, sabemos que en el grupo dirigente cubano no faltaron, cosa excepcional, manifestaciones de abierta oposición al disparate, que afectaba a un millón de cubanos. Al verse con los votos en contra, no sólo de los veteranos del PSP sino también de incondicionales como Almeida y Ramiro Valdez, Fidel zanjó la cuestión, apelando a los propios órganos sexuales como razón suprema. "Ramirito, prepara tus policías", concluyó, mostrando que para él la política carecía de sentido. Lo suyo era ejercer el mando en una sociedad cubana crecientemente militarizada. Un planteamiento cuyos orígenes se encuentran más allá de la Sierra.
     La guerra de 1895-98 está siempre presente en el imaginario nacionalista de Fidel, y no sólo por su lógico culto a la figura de Martí. En la niñez, se registra algún conflicto de identidad, según nos contó su condiscípulo en Santiago, Luis Aguilar León: al visitar los niños del colegio el campo de batalla de El Caney, la sorpresa fue mayúscula cuando el pequeño Fidel señaló al fortín español y dijo a sus compañeros: "¡Ahí estábamos nosotros!". Pero desde la adolescencia su posición se alineó con la clásica de los nacionalistas martianos, considerando la independencia una tarea inacabada —Fidel puntualiza significativamente que en la represión de voluntarios y traidores— y la oposición a los Estados Unidos un deber patriótico. Y sobre todo, por debajo de las palabras, la guerra mambisa le recordará la superioridad de la insurrección sobre la política, la legitimidad de una violencia y de un caudillismo que debidamente conjugados han de traer la redención de la patria. "En Cuba las guerras no tienen fin", nos recuerda Rafael Rojas en La isla sin fin, y del mismo modo, en la visión castrista, la Revolución lograda merced a la victoria militar de la guerrilla puede ser considerada como "el principio y el fin de la historia de Cuba", como "su presente eterno" bajo la guía de un caudillo con vocación asimismo de eternidad. "Cuba será un eterno Baraguá", fue el eslogan maceísta para los tiempos de crisis en el "periodo especial".
     En la euforia de la consolidación revolucionaria, después de la crisis de los misiles en la que con su tozudez hubiera provocado la catástrofe nuclear, Fidel sueña, apoyado en el foquismo del Che, en una variante latinoamericana de la exportación del modelo soviético, haciendo florecer las guerrillas revolucionarias en todo el continente. Cuba le quedaba pequeña y es sabido los conflictos que esa pretensión de un nuevo liderazgo le creó con la URSS, hasta el momento en que deja abandonado al Che para que se convierta en mártir universal de su revolución. Fue la vuelta al redil, consumada con su aprobación del aplastamiento de la primavera de Praga y sancionada con el dominio ejercido hasta 1990 por los bolos sobre la política cubana. El ier Congreso del pc de Cuba y la Constitución de 1976 ponen de relieve esa dependencia forzosa, que además sirve de plataforma a nuevas aventuras, las de "Fidel el Africano", en palabras de Carlos Franqui, que llevan con el beneplácito de la URSS a Angola y a Etiopía a decenas de miles de "voluntarios" cubanos. Entretanto, las subvenciones del bloque socialista encubren las miserias de la gestión económica en el socialismo cubano, hasta el punto de que Fidel se permite eliminar el último residuo capitalista, el mercado libre campesino. No importa que los cubanos vivan y coman peor, si se consigue evitar que un productor de viandas gane más que un médico. Tendrán que venir los años noventa para que el esperpento trágico ceda paso a un realismo que haga posible el cumplimiento de la finalidad esencial del régimen, mantener a Fidel como gobernante supremo.
     Lo que tampoco cambia en estas cuatrodécadas es su viperino modo de actuar, con las palabras apuntando a una dirección contraria a la de su política, dibujando el movimiento en tijera antes descrito. A principios de los sesenta, una vez cerrado el capítulo de la conquista del Estado, llega el momento de ejecutar la sentencia de cierre sobre la libertad de expresión. Primero le toca a la prensa, a la cual, en nombre de la Revolución, había garantizado una era libertaria, sin censura alguna. Claro que al primer conflicto, en enero de 1959, cuando un caricaturista retrata a los barbudos con sombreros bombines, signo de burocratización, la respuesta inmediata es el llamamiento al boicot. Por esta vía indirecta, y supuestamente con respeto desde el Estado a la libertad de prensa, los trabajadores revolucionarios de los diarios críticos al régimen impondrán, primero, la publicación de coletillas de descalificación a los artículos editoriales y por fin su cierre, y luego el de los diarios que lamenten tal cierre (mayo de 1960 para El Diario de la Marina y Prensa Libre; julio para Bohemia, cuyo director, antiguo amigo de Castro, sentenció al huir: "Esta es una revolución traicionada"). Así hasta que la expansión de la libertad vaya a parar a la fusión de los dos diarios oficiales, Hoy (comunista) y Revolución (procedente del 26-J), en esa inapagable versión empeorada de Pravda que es Granma.
     Muy pronto, en 1961, Fidel echó también el cierre al pluralismo cultural con la clausura, a instancia del Partido Comunista, de Los Lunes de Revolución, dirigido por Cabrera Infante. El conocido episodio fue de nuevo una obra maestra de duplicidad, tal y como relata César Leante en su Anatomía del castrismo. En el debate en que los editores del semanario fueron duramente censurados, Fidel sentó plaza de liberal con el famoso: "Dentro de la Revolución, todos los derechos; contra la Revolución, ningún derecho". Sólo que en la aplicación jesuítica de la norma, quien decidía era la Revolución, esto es, Fidel y Los Lunes fueron inmediatamente suprimidos, al tiempo que nacía el organismo burocrático encargado de poner orden, la Unión de Escritores (uneac), la cual en 1968 tendrá ocasión de mostrar su definitiva sovietización con el "caso Padilla". El "territorio libre de América" se parecía cada vez más a la patria de Stalin.
     Había, no obstante, una sensible diferencia: Fidel Castro estaba dispuesto a que Cuba fuera comunista y a hacer del Partido Comunista la correa fundamental de transmisión, pero no a que éste cobrara una autonomía apoyada en la URSS, desde la cual antes o después intentaría domesticarle. El procedimiento fue el de siempre. El ataque contra el hombre fuerte de la organización comunista, Aníbal Escalante, no se produjo a través de un debate político; fue planteado por Fidel como una defensa de la libertad, ya que en un acto público, en marzo de 1962, el orador comunista había omitido al citar unas frases del líder católico estudiantil que falleciera en 1957 durante el asalto al Palacio de Batista. Una ocasión de oro: Castro pudo emprender la depuración en nombre de la libertad revolucionaria frente al "sectarismo" veterocomunista. Más tarde, cuando se enciende el conflicto con la URSS a mediados de los sesenta, se acerca el desenlace. En enero de 1968, Fidel encarcela a Escalante y a sus seguidores en el llamado "proceso de la microfracción". La secuencia de las democracias populares se invierte, y no es el PCC quien conquista el poder eliminando al gobernante en ejercicio, sino que es éste el que domestica al partido, colocándole en la posición de agente de cohesión de su propio poder en la administración y el control de los cubanos. Por única vez en la historia de los comunismos del siglo XX, un partido comunista ha de someterse a un caudillaje exterior a él en su origen. Hasta hoy en Fidel y no en el pcc reside el centro de decisiones del Estado en Cuba.
     Ante la previsión de un conflicto por el poder, aplastamiento del oponente manifiesto o previsible. Ni tendencias, ni cismas, ni camarillas, como advertía la carta de 1954. Con los años, el método no varió ni en la disociación consciente entre palabras y hechos, ni en la brutalidad de los procedimientos. La última muestra fue el proceso que en 1989 acabó con la vida del general Arnaldo Ochoa (y de Tony La Guardia). Fidel tenía que escapar de las acusaciones norteamericanas de narcotráfico y de paso evitar la consolidación de un personaje alternativo, el héroe de las guerras de Angola y de Etiopía. A su lado Raúl buscaba la imposición de los servicios de seguridad de las FAR sobre el Interior, y también deshacerse de Ochoa. Todo indica que los acusados aceptaron los papeles de chivos expiatorios por el interés de la Revolución, a cambio de ver salvadas sus vidas. En realidad, lo que se les aplicó fueron ejecuciones casi inmediatas. En uno de sus habituales ejercicios de cinismo, Fidel dirá que las condenas no fueron acordadas en último término por él, sino por el Consejo de Estado. La filmación de la escena, con Fidel imponiendo la confirmación de la sentencia y los consejeros asintiendo, deshace la farsa. Lo que importa, empero, es qué lección fue aprendida. El grito de "¡Paredón!" de los primeros tiempos sigue vigente. Aquel que por una u otra vía intente acabar con la dictadura de Fidel Castro, o poner seriamente en cuestión sus métodos, se juega la vida, con el agravante de que "el Caballo", como aún le llamaba familiarmente Ochoa, se permitirá encima impartir para el caso una interminable lección de humanismo y de moral revolucionaria.
     Hay, en definitiva, una sucesión de estratos que desde la infancia hasta la imitación del patrón soviético han ido conformando la impresionante personalidad autoritaria de Fidel Castro. En el fondo tropezamos con la imagen del tirano astuto e inmisericorde, propia de los tiempos de la razón de Estado, por añadidura fundida para esta ocasión con la del redentor. Aunque posiblemente lo mejor sea recurrir a la escueta definición del mal gobernante que incluye Saavedra Fajardo en sus empresas: "Más se consulta con su fama que con la salud pública." ~