Extemporáneos: Socialista, libertario y anticomunista | Letras Libres
artículo no publicado

Extemporáneos: Socialista, libertario y anticomunista

I. El león y el unicornio
     El uso tendencioso y unilateral que las fuerzas políticas conservadoras hicieron, durante la Guerra Fría, de las ficciones antitotalitarias de George Orwell —Animal Farm y 1984— han distorsionado la imagen de este escritor, al extremo de que muchos ignoran, hoy, que fue un severísimo crítico de la Unión Soviética y el comunismo, no en nombre del status quo, sino de una revolución socialista que él creía compatible con la democracia y la libertad, y el único sistema capaz de dar a estos valores un contenido real y compartido por todos los miembros de la sociedad. Ignoran, también, que el combatiente voluntario de la República Española contra la sublevación franquista, al mismo tiempo que denunciaba los crímenes y la represión en el régimen de Stalin, era un crítico implacable del sistema capitalista y del imperialismo, en artículos y ensayos que figuran entre lo mejor que escribió. El verdadero Orwell es una figura mucho más contradictoria y compleja de lo que aparenta ser en la imagen que ha prevalecido de él, y muy parecida a la de Albert Camus, a quien lo une, además del talento literario, la lucidez política y la valentía moral.
     El texto que define de manera más explícita su posición política, el tipo de socialismo que defendía, es The Lion and the Unicorn. Socialism and the English Genius, brillante y polémico panfleto que escribió entre agosto y octubre de 1940, en Londres, cuando Inglaterra se batía sola contra lo que entonces parecía el imparable avance del nazismo por toda Europa.
     El estruendo y el horror de la guerra son el telón de fondo de este ensayo en el que Orwell, con el lenguaje limpio y directo que es el suyo, y la desconcertante sinceridad de sus declaraciones políticas —en las que jamás hay sombra de cálculo ni oportunismo—, opina sobre el pa-triotismo, la revolución, el socialismo, el orden establecido en Gran Bretaña, desde la perspectiva de la contienda bélica. La atmósfera azarosa del momento está magistralmente recreada en la primera frase del texto: "Mientras escribo estas líneas, seres altamente civilizados vuelan sobre mi cabeza, tratando de matarme".
     El libro nos delata a un Orwell optimista —lo que los bien pensantes llaman "constructivo"—, convencido de que el socialismo gana terreno en Inglaterra y de que este proceso, debido a la guerra, se irá acelerando hasta desembocar en una revolución que reformará de raíz la sociedad inglesa. ¿De qué manera? Aboliendo los privilegios económicos y las injusticias sociales, y reduciendo las desigualdades a un mínimo tolerable, que él define así: las diferencias de renta individual entre los que ganen más y los que ganen menos serán, como máximo, de diez a uno. Este socialismo tendrá una vocación libertaria, pues rescatará lo mejor de la tradición inglesa, las prácticas democráticas, la tolerancia, el respeto a la ley entendida como algo superior al propio Estado, el espíritu de compromiso o concertación, la afabilidad (gentleness), y, acaso, hasta el proverbial insularismo británico.
     Esta reflexión política no tiene un sesgo ideológico predominante, no es abstracta, sino, como siempre en los textos de Orwell, concreta y personal. Aunque, algunas veces, asomen en ella, como chispazos de época, ciertas generalizaciones discutibles o esas profecías apocalípticas a las que era propenso, que, juzgadas con la perspectiva del tiempo, resultan monumentalmente equivocadas y hasta absurdas. En contra de sus pronósticos, Gran Bretaña no tuvo que hacer primero una revolución socialista para derrotar a Hitler, y, a diferencia de lo que afirma con tanto énfasis, el capitalismo no sólo sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial en su propio país y en el resto de Occidente, sino acabó enterrando al socialismo (tal como él lo entendía) en el mundo entero.
     Pero estos desaciertos en la visión anticipatoria de la historia están con-trapesados en El león y el unicornio con análisis y tomas de posición en los que descuella la inteligencia política y el pragmatismo. Muchos de los temas que Orwell desarrolla siguen siendo motivo de controversia en nuestros días.
     Por ejemplo, su apasionada defensa de la "cultura nacional" como factor político. Orwell reprocha a los ideólogos de la izquierda haberse apartado de la realidad social por empeñarse en encajar a ésta en el esquema de la lucha de clases y las contradicciones económicas entre los distintos sectores de la producción, desdeñando la "cultura común" de cada país, esa suma de valores, costumbres, creencias, ritos, prejuicios y aficiones que conforman el "carácter nacional". Este es un tema delicado, al que rondan la demagogia y el clisé, pero Orwell esquiva ambos peligros, desarrollándolo, si no de una manera totalmente convincente, con penetración y originalidad. Su crítica se vuelca contra los intelectuales británicos, pero alcanza a los de otras latitudes, que, como aquéllos, llevados por unas orejeras ideológicas —querer explicarlo todo por las relaciones de producción y las contradicciones de clase— subestimaron otros factores, regionales o nacionales, hasta cegarse por completo ante la verdadera naturaleza de los problemas. Ello los llevó a una suerte de idealismo al revés, a ver problemas donde no los había, o a dar soluciones erradas a los que tenían al frente.
     En Gran Bretaña, afirma Orwell, la división económica entre las clases sociales no impide que, entre éstas, haya vínculos culturales e históricos muy profundos, de donde nace ese sentimiento de unidad nacional que es el patriotismo. Lo define así: "una devoción hacia algo que, siendo cambiante, es, sin embargo, presentido como místicamente idéntico a sí mismo". No entender la fuerza de estos vínculos, que existen incluso en Inglaterra pese a las enormes disparidades de riqueza, poder y educación, es subestimar un factor que tiene consecuencias decisivas en la vida política y el funcionamiento social. Orwell reprocha a la intelligentsia socialista avergonzarse de la cultura nacional, y despreciarla o negarla en nombre de un internacionalismo que, dice, la ha divorciado de las masas, y ha dado crédito a la falacia según la cual el patriotismo es un monopolio de la derecha. Para que el socialismo salga de ese gueto en que se halla encastillado y conquiste a las mayorías, es preciso que la intelligentsia rescate para la izquierda —para la revolución— el patriotismo, en otras palabras, la reivindicación de esa herencia cultural que dará al socialismo británico rasgos propios.
     Ni qué decir tiene que estas ideas, tan peligrosamente vecinas a los postulados nacionalistas —a la irrealidad de la nación entendida como una esencia metafísica de la que estarían impregnados por igual todos los miembros de la colectividad—, deben enmarcarse en el contexto en el que escribía Orwell: en medio de una guerra que amenazaba con avasallar a Gran Bretaña y ponerla bajo la bota nazi, y que exigía, de quienes, en grandes condiciones de inferioridad, resistían a Hitler, apelar a todos los argumentos en favor de la unidad, para reforzar el espíritu de resistencia. En circunstancias así, la potencia irracional del nacionalismo se ejerce con tal fuerza que ni siquiera las mentes más serenas son capaces de oponérsele.
     Pero que esa concepción de la unidad nacional por encima de todo está bastante alejada del mundo real lo prueba el propio Orwell, en este mismo ensayo, en el que las críticas a los intelectuales de izquierda son poca cosa comparadas con la dureza, verdaderamente feroz, con que retrata a la clase dirigente británica, cortejo de "fantasmas", "cadáveres" que viven en el pasado, y que se han refugiado en la "estupidez" para no ver su ruina inevitable e inminente. Inglaterra, "el país más clasista que existe bajo el sol", según Orwell, "constituye una familia con los miembros peores en los puestos de mando". (La bellísima frase, que se empobrece en mi traducción, "England is a family with the wrong members in control", vale para todos los países del mundo, claro está). Removiendo a esos mediocres de los puestos indebidos que usurpan e instalando en ellos a los mejores, podrán tomarse las medidas revolucionarias que establecerán en esa familia las relaciones solidarias y dignas que ahora brillan por su ausencia. ¿Cuáles son las reformas indispensables para esa versión orwelliana del socialismo? Muchas de ellas coinciden al milímetro con las del socialismo marxista, sobre todo en lo económico. La nacionali-zación de las tierras, las minas, los fe-rrocarriles, los bancos, las principales industrias; la abolición de los colegios privados y topes estrictos para el ingreso, de modo que el más alto no exceda en más de diez veces al menor. La Cámara de los Lores será abolida, pero, tal vez, la decorativa monarquía sobrevivirá.
     ¿Y en cuanto al imperio, la vasta colección de países y culturas sometidos a la Corona británica que en esos momentos era algo más que la quinta parte del planeta? Orwell fue un antiimperialista convencido, desde sus días de policía, en una de las colonias inglesas, Birmania, y acaso los dos ensayos más espléndidos que escribió, A hanging y Shooting an Ele-phant, son despiadados exorcismos morales del colonialismo. Que no se hacía la menor ilusión sobre la verdadera naturaleza del sistema imperial es obviotambién en este libro, en el que afirma que la democracia que disfruta el pueblo inglés se paga "con el sudor de los coolies". Ello no obstante, en su prefiguración de la Gran Bretaña revolucionaria no aparece la concesión automática de la independencia a la India y demás colonias, sino una alianza o asociación en la que se habrían eclipsado el vasallaje y la explotación. Conceder la libertad a las colonias sería una catástrofe, afirma, pues equivaldría a echarlas en manos de Japón, Rusia o las potencias fascistas. De otro lado, ninguna de las colonias dispone todavía de los cuadros y técnicos necesarios para "administrarse a sí misma". Sin embargo, el derecho a la independencia les sería reconocido en el instante mismo en que quisieran asumirlo. Pero, añade —y es otro de los momentáneos despegues hacia la irrealidad de este libro tan realista—, ninguna de las colonias se acogería a esta opción, teniendo a su alcance la posibilidad de formar una mancomunidad equitativa y libre con la antigua metrópoli. Curiosa subestimación del factor nacionalista, en un ensayo en el que, precisamente, Orwell sostiene con tanta convicción la influencia que tienen en el proceso histórico las particulares características de cada cultura o nación. Cuando, no muchos años después de publicado El león y el unicornio, las colonias inglesas tuvieron la posibilidad de cambiar de status, durante el proceso de descolonización que sobrevino en la posguerra, el nacionalismo prevaleció sobre todas las consideraciones prag-máticas, sin ninguna excepción, y todas eligieron la independencia.
     No es esta la única ingenuidad que se puede advertir en este ensayo, entre tantas páginas estimulantes. Hay otra, bastante más grave, a la que también la historia reciente se encargaría de rectificar. Me refiero al supuesto, para Orwell de valor axiomático, que, con buen criterio, la mayor parte de los partidos socialistas del mundo han erradicado de sus programas, según el cual la economía estatizada es más eficiente que la privada y la planificación asegura una mayor productividad que el mercado libre. Así, bastaría nacionalizar los medios de producción y ponerlos en manos del Estado para que haya una justa distribución de la riqueza y desaparezcan privilegios y desigualdades sociales.
     Inútil preguntarnos si, sesenta años después, Orwell seguiría proponiendo esta receta contra la injusticia, o si el hombre honesto y pragmático que era habría enmendado esta opinión de acuerdo a las lecciones de la historia reciente. Lo cierto es que no hay manera de saber qué habría hecho, dicho, defendido u odiado Orwell en nuestros días. Lo único evidente es que, así como acertó en tantas cosas en que sus contemporáneos estuvieron errados —su combate contra todos los totalitarismos, por ejemplo—, en otras se equivocó, y esta fue una de ellas. Hoy sabemos que la centralización de la economía suprime la libertad y multiplica cancerosamente la burocracia, y que, con ésta, resurge una clase privilegiada todavía más inepta que la que Orwell crucificó en su ensayo, e igual de ávida y aviesa en la defensa de esos privilegios, granjerías, permisos especiales, monopolios, niveles de vida, que conlleva el ejercicio del poder vertical en una sociedad donde, debido a la falta de libertad, aquél es intocable y omnímodo. El adversario implacable del totalitarismo que fue Orwell se hacía, en este campo, unas ilusiones que, en esa lucha contra la injusticia que en cada época asume características cambiantes, ya no es posible alentar. Ahora sabemos que el Estado no es la representación real y concreta de un pueblo sino como ficción jurídica, aun en las democracias, donde esa ficción está mucho menos alejada de la realidad que bajo los regímenes de fuerza. En el mundo real el Estado es patrimonio de una colectividad determinada, que, si acumula el poder desmesurado que le asegura el control de toda la economía, termina usufructuándolo en su provecho y en contra de los intereses de aquella mayoría a la que, en teoría, representa. La diferencia entre Estado y gobierno se eclipsa y quien tiene el poder es el Estado. Y esto trae como consecuencia peores formas de privilegio y de injusticia que las que permite una economía privada, en manos de la sociedad civil, que, si está bien regulada por un régimen legal, y sometida a la vigilancia de un Estado independiente y democrático, puede ir abriendo oportunidades y disminuyendo esas diferencias sociales y económicas que Orwell, el socialista libertario, no dejó nunca de combatir.
     Tres años después de este ensayo que ahora casi nadie recuerda, proseguiría su combate a través de una parábola que tendría inmensa repercusión en todo el mundo.
      
     II. La granja de los animales
     Orwell escribió Animal Farm entre noviembre de 1943 y febrero de 1944. Pero la idea de esta parábola política le daba vueltas desde su retorno de España, según escribió en un prólogo para la edición ucraniana de La granja de los animales (1947). Su propósito, explicó, era describir el "mito soviético en una historia que pudiera ser fácilmente entendida por todos y traducida sin dificultad a cualquier idioma".
     Consiguió más que eso: sintetizar en una sencilla fábula cruciales problemas políticos y poner en tela de juicio las más caras utopías de la época: el igualitarismo y el colectivismo como panacea para acabar con las injusticias sociales y la explotación económica. Los años que han transcurrido desde que el libro fue escrito no le han restado actualidad. En cambio, han hecho que pierda el carácter de mera diatriba antisoviética con que fue juzgado al aparecer, y adquiera un semblante menos circunstancial: el de una alegoría sobre la persistencia de la injusticia y la mentira, bajo retóricas y ropajes distintos, a lo largo de la historia.
     La anécdota de la parábola es directa, clara y esquemática como la de un "cuento de hadas" (lleva esta etiqueta de subtítulo). Los animales de Manor Farm, una granja regida por un amo despótico, Mr. Jones, se rebelan contra él, lo expulsan y establecen una sociedad libre e igualitaria, según los principios de una ideología nueva: el "animalismo". Emancipados del hombre que los explotaba, los animales trabajarán ahora para la colectividad y el bien común, establecerán un mundo en el que no habrá privilegios y en el que todos compartirán fraternalmente los esfuerzos y los beneficios según sus capacidades y necesidades particulares.
     La fábula sigue, de manera laxa y con variantes cronológicas, la trayectoria de la revolución rusa. El lector reconoce, en los líderes de la rebelión animal, a los principales protagonistas de aquélla así como sus hitos centrales: la colectivización, la guerra contra las potencias contrarrevolucionarias, los años de escasez y de hambruna, el heroísmo y los grandes sacrificios colectivos, las divisiones y disputas entre Stalin y Trotski, las purgas y el exterminio de la oposición interna, el establecimiento del poder omnímodo y el endiosamiento de Stalin. Al mismo tiempo, la resurrección de los privilegios y granjerías para la nueva clase en el poder, la deformación de la realidad por obra de la propaganda, la rectificación de la historia según las necesidades del presente, la aparición de una clase burocrática, parasitaria e improductiva, y la desaparición de toda forma de protesta, aun de toma de conciencia crítica, por obra de la intimidación, el lavado de cerebro, la corrupción o el crimen por el nuevo amo todopoderoso y su falange de pretorianos. Al final de la fábula, los animales comunes de la granja espían, asombrados y confusos, a Napoleón y los demás cerdos fraternizando con los antiguos explotadores, los hombres, dueños de las granjas vecinas, bebiendo, comiendo y brindando, reconciliados y cómplices en el designio compartido de sacar el máximo provecho y de pagar el salario más bajo a aquellos a quienes mandan. Hombres y cerdos se han vuelto indiferenciables.
     A pesar de las intenciones del propio Orwell, quien se proponía con Animal Farm, según dijo, contribuir a "la destrucción del mito soviético" pues ello era esencial "si se quería revivir el movimiento socialista", su libro cuestiona no una revolución en particular sino todas las revoluciones, la revolución en abstracto, es decir la solución total y definitiva del problema de la injusticia económica y social mediante la remoción violenta del poder de los explotadores por parte de la clase explotada.
     Más que una parábola antitotalitaria, el libro de Orwell es una crítica de la utopía. Lo que su historia muestra es la degradación, en la práctica coti-diana, de un ideal imposible. Cuando apareció, en medio de las polémicas y actitudes inflexibles de los preludios de la Guerra Fría, Animal Farm fue entendida, sobre todo, como una acusación contra las deformaciones estalinistas del ideal igualitario y colectivista del socialismo. Pero una lectura actual, menos contingente, del libro, descubre en él que el fracaso que describe no es sólo el de una praxis, sino, también, de la teoría y la moral que la inspiran. Animal Farm muestra, uno por uno, que los fundamentos de la teoría y la moral del "animalismo", careta del comunismo, son irreales y enteramente falaces. Pero no por esto el libro debe ser considerado, como se ha dicho, profundamente pesimista y escéptico sobre las posibilidades del progreso humano. Esto, a mi juicio, es sacar conclusiones falsas de premisas ciertas.
     En la generosa tabla de mandamientos que La granja de los animales entroniza, figura inicialmente, en el sitio de honor, este principio que es también una ley: "Todos los animales son iguales". Al final de la historia, descubrimos que los animales en el poder, los grandes manipuladores, han corregido este principio relativizándolo así: "Todos los animales son iguales pero algunos son más iguales que otros". Esta adulteración fraudulenta del ideal original expresa la verdadera realidad de la granja, en la que impera la desigualdad más absoluta entre los que mandan y los que obedecen. Pero, de otro lado, expresa también algo menos político y más permanente: una desigualdad que ha existido en todo momento, distinta a la meramente política, entre los animales de la granja: entre los más inteligentes y los menos inteligentes y los torpes; entre los más fuertes y los más débiles; entre los diligentes y los lerdos; entre los astutos y los ingenuos; entre los generosos y los egoístas y mezquinos.
     Estas diferencias, que pueden llamarse individuales —entre un Boxer y un Squaler, entre los cerdos y las ovejas y los perros, y entre los caballos y demás especies entre sí— no desaparecen cuando la rebelión triunfa y arroja al hombre de la granja. La igualdad que se establece, incluso en esa primera época de idealismo generalizado, es meramente ilusoria, una ambición, no un hecho real y tangible. En la práctica, aunque haya desaparecido el explotador, las diferencias individuales impiden que en la vida diaria aquel ideal igualitario se realice.
     Esa es la primera censura grave, el pecado original de la rebelión: confundir sus deseos con la realidad. Es esto lo que desencadena el mecanismo fatídico que resucitará el sistema de explotación y de injusticia que los animales creían abolir derrotando a Mr. Jones.
     En Animal Farm el poder jamás llegaría a ser absoluto si no fuera por esa ilusión igualitaria que es la que permite a una pequeña minoría, de animales más astutos, inteligentes, ambiciosos, inescrupulosos, manipular a los demás de acuerdo con sus intereses, abusando cínicamente de su ingenuidad, simpleza e incluso bondad. Al mismo tiempo que la ilusión del igualitarismo, la ficción de Orwell muestra que la fuente del abuso no está sólo en la posesión de la riqueza sino, al mismo tiempo —y quizá sobre todo— en el ejercicio del poder, de todo poder. Es otra de las moralejas del libro: el poder lo corrompe todo, incluida la revolución. Cuando la generosa y heroica rebelión de los animales triunfa y se constituye en poder —es decir, cuando la colectividad somete su dirección y gobierno a unos cuantos líderes— es cuando en verdad comienza su proceso de deterioro. Porque no son Napoleón, Squaler y Snowball quienes corrompen al poder: éste los corrompe a ellos. El poder los induce a aprovecharse de él para extenderlo y aumentarlo: es el ejercicio del poder el que va transformando visceralmente a los cerdos en los hombres en que se han metamorfoseado al final de la historia. ¿Hubiera sido un líder menos dictatorial Snowball (alter ego de Trotski en el libro) si él hubiera derrotado a Stalin/Napoleón? No hay nada que lo indique (salvo, quizás, el hecho de que, por haber estado cerca de los trotskistas españoles, Orwell tenía cierta simpatía hacia ellos en esos momentos en que eran víctimas de la persecución del estalinismo en todo el mundo y de que, como es el derrotado, no hay ocasión de ver lo que haría en el poder).
     El proceso de deterioro de la rebelión de los animales es simultáneo con la concentración del poder en manos de uno de los líderes. En una primera etapa, cuando este poder está repartido, diluido, entre las fuerzas que representan Snowball y Napoleón, una especie de democracia subsiste: hay asambleas a las que todos los animales asisten y las diferencias se zanjan mediante el votode la mayoría. Pero cuando Napoleón comienza a ganar terreno sobre su rival, advertimos que ese poder que conquista se pervierte: en vez de aprovecharlo para llevar adelante los ideales de la rebelión, lo usa para eliminar a su rival, primero, y, luego, para impedir que jamás vuelva a surgir ningún tipo de oposición y crítica a su dominio. El arma de que se vale Napoleón para lograr este objetivo es, más todavía que la represión, la manipulación de las conciencias.
     Tiene para esa tarea un colaborador muy eficaz: Squaler. Es el intelectual de la granja, el razonador y el inteligente cuyas capacidades emplea el nuevo amo para producir los sofismas y los mitos que embaucarán a los simples, a los incautos, el que rectificará retroactivamente la historia para justificar las acciones del líder absoluto y mostrar su lucidez, su previsión y su coraje inmarcesibles en toda ocasión y momento, el que disfrazará las mentiras de verdades y las verdades de mentiras hasta demostrar que los conceptos de verdad y mentira carecen totalmente de sustancia objetiva, y no son más que meras retóricas reversibles que el poder utiliza en función de sus necesidades inmediatas. Si hay, en la granja rebelde, alguien profundamente ab-yecto, es Squaler. Porque es él quien, gracias a su inteligencia, capacidad especulativa, elocuencia y conocimientos, contribuye, más aún que el propio Napoleón, al envilecimiento del ideal revolucionario y a vaciar de sustancia a todos y cada uno de los principios que guiaron a la rebelión y a expropiar, en beneficio del tirano, los esfuerzos y sacrificios de los animales generosos y limitados como Boxer, Benjamín y Clover, que carecen de la sutileza de espíritu, de la penetración intelectual necesaria para darse cuenta del monumental engaño de que son víctimas.
     Animal Farm es, desde luego, una estremecedora parábola sobre el destino de las revoluciones, que terminan restableciendo injusticias y abusos iguales o peores que los que vienen a corregir y entronizando en los altares diocesillos aún más despóticos que los que destronaron. Pero concluir de ello que el libro propone una visión fatalista del hombre y de la historia y niega la posibilidad del progreso, que es filosóficamente derrotista y conformista, me parece una extrapolación falaz. La parábola de Orwell no muestra, a mi juicio, que no haya soluciones. Más bien, que no hay soluciones definitivas, sino provisionales y precarias, que, por lo mismo, deben ser defendidas, revisadas y renovadas incesantemente. No es la idea de progreso lo cuestionado. Aun en los momentos peores de escasez y abuso Bower tiene la sensación de que la rebelión ha traído, de todos modos, una esperanza a los animales que antes no tenían. Lo que es sometido a revisión es la idea de que la única forma de progreso real es el finalismo revolucionario, la solución violenta, radical y única. Si hay un mensaje persuasivo en Animal Farm no es a favor de la pasividad y el escepticismo, sino más bien en contra de las soluciones utópicas irreales y a favor de las viables, concretas y pragmáticas. Fijarse objetivos inalcanzables es condenar de antemano al fracaso los esfuerzos de mejora social. El progreso sólo es imposible cuando la meta está fuera de las posibilidades reales del hombre. Por eso conviene ser menos soñadores, menos ideológicos y más realistas a la hora de encarar los problemas sociales y tener conciencia clara de que, entre todas las injusticias, una de las más graves está no sólo en la explotación económica sino en la existencia del poder: éste por ello debe ser siempre controlado, debilitado, pues, si no es así, crecerá y desviará en beneficio propio los esfuerzos de todos. Animal Farm es un llamado de alerta contra la ingenuidad de creer que la única fuente de la injusticia es la explotación económica. En verdad, es múltiple y el progreso no sería real y posible si ella no es detectada y combatida simultáneamente en todos los hilos y recovecos de la urdimbre social. -
— Londres, noviembre de 2000