Extemporáneos: El pregón de Sevilla | Letras Libres
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Extemporáneos: El pregón de Sevilla

La Feria de Sevilla no sería lo que es sin los tendidos de la Real Maestranza llenos de bote en bote, convertidos en un ascua, y una muchedumbre de sevillanos concentrada allí, expresando su contento o su enojo con lo que hace en el ruedo, sobre ese albero color de miel, el torero con los toros (o los toros con él). La fiesta de los toros, la fiesta por antonomasia, no sería lo que es sin Sevilla y sin la Real Maestranza, y sin la sabiduría y la gracia que le han aportado secularmente los diestros y aficionados sevillanos. Los toros son un ingrediente tan esencial de esta Feria como el sol, el vino, la música o la picardía que refulge en los ojos de las sevillanas. Pero, a diferencia de lo que ocurre con la danza, el canto o las hijas de esta tierra a cuyo hechizo se rinden todos, la fiesta de los toros no ha merecido, ni merecerá nunca, la aprobación general. Junto a sus partidarios, siempre habrá recusadores que la condenen por bárbara.
     Uno de sus más enérgicos objetores es, quién lo hubiera dicho, el coronel Muammar Gadaffi, amo y señor de Libia, quien, en una reciente reunión de jefes de Estado y de Gobierno en El Cairo, la puso como ejemplo de la crueldad occidental. No deja de conmover esta manifestación de susceptibilidad zoológica en boca de quien ha hecho de su país una satrapía, y ha gastado buena parte de los beneficios del mar de petróleo que subyace en los desiertos de su país financiando organizaciones terroristas que vuelan inocentes aviones, asesinan adversarios y pretenden imponer a sangre y fuego el fanatismo religioso y político. Lo que personas como el coronel libio, y quienes, como él, se conduelen por la suerte del toro de lidia, no llegan a comprender es que la corrida de toros, fiesta cruel, en efecto, está transida de respeto, admiración y cariño por el "mentido robador de Europa" de Góngora, y que, detrás de cada corrida, hay años de desvelo y devoción hacia el toro, y que, por eso mismo, los países que, como España y México, han mantenido viva la tradición taurina —cuyos antiquísimos orígenes se remontan a los albores de la civilización mediterránea, y que algunos hacen llegar hasta el laberinto de Creta donde Teseo, el primer espada, dio muerte al Minotauro— son también países donde la cría del toro es mucho más que una necesidad, profesión o negocio: una vocación, un arte y una pasión.
     La fiesta de los toros es cruel, como lo son todos los deportes que incluyen la participación de animales, y como lo son, en todas sus instancias, la caza y la pesca, y como lo es, inevitablemente, esa ley de la naturaleza que hace que la vida se nutra de la vida, que el precio de vivir sea morir. La civilización ha atenuado esta realidad, pero no ha podido ni podría suprimirla.
     La fiesta de los toros —un arte, una ciencia, un deporte y una ceremonia— es la única, dentro de la inmemorial cultura de los ritos sagrados de la ofrenda y el sacrificio de la que forma parte (aunque, en la actualidad, aquella entraña religiosa con que debió nacer se haya eclipsado), en la que el victimario se enfrenta a la víctima sin otra defensa que su destreza y su intuición, dándole todas las ventajas a la fuerza, exponiendo su integridad y su vida. Ver en esto sólo un alarde de valor es insuficiente. En verdad, en este exponerse con apenas un trapo rojo en las manos a las astas de esa bravía montaña de cuatrocientos o quinientos kilos de nervios y músculos educada para embestir y matar anida un resquemor ético, de hidalguía, de escrúpulo y solidaridad, una recóndita búsqueda de la paridad, de compartir el riesgo, de dar también al adversario la oportunidad de vencer. Y así ha ocurrido muchas veces, como atestigua la larga lista de toreros, peones, banderilleros y picadores heridos o muertos en las corridas y las cicatrices que, casi sin excepción, lucen los cuerpos de los oficiantes de la fiesta.
     No todos ellos recuerdan estas heridas y traumas en el ruedo con el humor y la franqueza con que, en un delicioso librito dedicado a la fiesta taurina, Casta de toreros, mi compatriota Felipe Sassone evocó las cornadas y empellones que recibió en sus largas andanzas de torero señorito y, casi casi, profesional. Su trayectoria tauromáquica iba sobre ruedas hasta aquel malhadado volapié, que, en vez de acabar con el astado, por poco no acabó con él: el toro lo aventó por los aires como una pelota y desde allí cayó en picada don Felipe Sassone, y aterrizó en la arena rubia, desbaratado, con la ridícula impresión de no ser ya más un hombre, sino una mazamorra. Siguió toreando algún tiempo más, pero cada vez peor, pues no pudo sacarse nunca más de encima, a la hora de matar, un miedo cerval, un pánico paralítico, no tanto a una posible cornada, sino a una nueva brutal ascensión por las escalas del aire, en contra de la ley de la gravedad, que, por unos segundos eternos, le hiciera ver otra vez la plaza, sus peones y al toro al revés, es decir, boca abajo y desde arriba, y pensar que algo grotesco estaba ocurriendo en el mundo, donde todo, de repente, al desgaire de un volapié, se había puesto de cabeza. La humillante experiencia acabó con su vocación taurina, a la que reemplazó por la más estentórea de cantante de ópera, y, finalmente, por la absolutamente benigna de escribidor. Pocos comentaristas han descrito como el olvidado Felipe Sassone, con tanta hondura y gracejo, la función del coraje y el pundonor de que hacen gala los hombres, y ahora también las mujeres, que, vestidos con un traje de luces, salen al ruedo a lidiar a los toros.
     Sin embargo, el valor no es el alma de la tauromaquia. Acaso lo sea, más bien, el miedo. Ese miedo —el más humano de los sentimientos— que el diestro debe frenar, administrar, ir venciendo y olvidando a medida que su sabiduría y su arte van dominando a su adversario y sometiéndolo a su voluntad, a su juego, a sus maleficios, hasta conseguir implantar en el ruedo la ilusión de que todo peligro ha desaparecido, que lo que comenzó siendo un desafío de sangre y de muerte se volvió danza, ceremonia, plástica, teatro, ritual. Cuando un torero alcanza a llevar la faena a ese nivel de compenetración, complicidad e inteligencia entre él y su adversario, la fiesta logra su densidad esencial: su belleza y misterio estallan a plena luz, y el espectáculo nos arrebata, acercándonos por unos instantes de eternidad, como ciertas elegías de Garcilaso o sátiras de Quevedo o alegorías de Góngora, o la música de Mozart y Beethoven, o la perfección de Las Meninas de Velázquez o las visiones de los frescos de la Quinta del Sordo de Goya, al absoluto, esa súbita revelación de lo que somos y de lo que es la entraña de la vida, su sentido profundo, alquimia impalpable que nos justifica y nos explica.
     No todos tienen por qué sentir y entender los toros, como no todos los seres humanos comprenden la poesía, la música, la pintura, y gozan con ellas. Es perfectamente legítimo que así sea, puesto que el rasgo primordial de la existencia es que seamos diferentes, que a unos exalte, alegre y emocione lo que a otros aburre, desmoraliza y entristece. Entre todas las artes, acaso la más difícil de explicar racionalmente sean las corridas de toros, una fiesta que no conquista jamás, en primer término, la inteligencia y la razón, sino las emociones y sensaciones, esa facultad de percibir lo inefable, lo innominado, que fraguan la sensibilidad y la intuición, exactamente como ocurre con la poesía o la música. La literatura puede llegar a ser explicada e inculcada gracias a la enseñanza y el estudio. Los toros, no. El conocimiento requiere, en ellos, un terreno espiritual previamente abonado. Por más rigurosa y exacta que sea la descripción de un pase natural, de una verónica, de una gaonera, de un par de banderillas puestas con arrojo y buena maña, no servirá un ápice para hacer vibrar de emoción, cortarle la respiración y poner el alma en suspenso al indiferente o al alérgico, ni para que comprenda por qué reacciona así el aficionado cuando aquellos pases o suertes son ejecutados con elegancia por un diestro que, fiel a su apelativo, ha llegado a enseñorearse con el toro que lidia. Un sordo no puede disfrutar de la música ni un ciego rendirse al llamado de las artes plásticas. Las corridas de toros no tienen por qué entusiasmar a todo el mundo; ellas requieren una predisposición anímica, que sin duda tiene que ver con la tradición y la cultura del medio en que se nace y se vive, pero, acaso sobre todo, con propensiones y rasgos psicológicos y emotivos particulares de cada individuo.
     El Perú ha mantenido muy viva la afición taurina que llegó con la primera oleada de conquistadores, tanto que una leyenda pertinaz, difundida por don Ricardo Palma en una de sus tradiciones, desmentida en vano por los historiadores, asegura que don Francisco Pizarro, con sus setenta años y todo, mató a rejonazos el segundo torete de la primera corrida celebrada en el Perú, en 1540, en la Plaza Mayor de la Ciudad de los Reyes fundada por él. Desde entonces ha habido toros y afición por ellos en Lima, ciudad que, desde 1766, y gracias al virrey don Manuel Amat y Juniet —el simpático viejo verde de los amores con la Perricholi—, tiene una preciosa plaza de toros, la Plaza de Acho, la segunda más antigua del mundo, uno de los monumentos coloniales que con más donaire han resistido la usura del tiempo, los sacudones de los temblores y la vesanía de los urbanistas.
     Pero yo no descubrí las corridas de toros en la Plaza de Acho de Lima, sino en Cochabamba, la ciudad boliviana donde pasé mi infancia. En la casa familiar de Ladislao Cabrera, donde habitaba la bíblica tribu de los Llosa, se hablaba mucho de toros, y se recordaban corridas célebres, y entre tíos y abuelos había eruditas discusiones sobre cuál de los dos grandes diestros —Juan Belmonte o Joselito, que habían toreado ambos en Lima— era el mejor. La familia se inclinaba por el coraje de Belmonte más que por la ciencia de Joselito por razones algo chovinistas, pues el diestro de Triana estaba casado con una peruana, y, también, porque, por una razón inextricable que nunca averigüé, un capote suyo —o supuestamente suyo— había llegado a manos del tío Juan. Ese capote, de oro y grana, era algo así como un objeto totémico de la familia. Se lo sacaba del baúl con naftalina que lo protegía de las polillas sólo en extraordinarias ocasiones, y a mí y a mis primas, los niños de la casa, sólo nos permitían contemplarlo a la distancia, como una prenda religiosa, destinada a la veneración.
     De modo que aquel domingo por la tarde, a mis nueve años de edad, en que de la mano del abuelo Pedro subí a pie las faldas de ese pequeño cerro llamado El Alto por los cochabambinos, donde estaba el coso de la ciudad, para asistir a mi primera corrida, ya tenía yo la cabeza y los sueños llenos de toreros. No recuerdo quiénes toreaban, ni qué ocurrió en el ruedo, ni si los toros lo eran, o novillos. Recuerdo, en cambio, con fulgurante nitidez, mi concentración, mi fiebre, con el espectáculo. Con lo que vi en el redondel, y con lo que presentí a partir de lo que vi, las infinitas posibilidades de gracia, valentía, invención y brujería, de garbo, hondura y pinturería que me hizo entrever, como por una rendija un áureo tesoro, el simulacro al que asistía. Entonces, esa misma tarde comuniqué al abuelo Pedro que, en vez de ser aviador como Bill Barnes, o mago como Mandrake, o Tarzán de los Monos, sería el Manolete del Perú. "No se lo contemos todavía a la abuela", aprobó mi cómplice. "Antes, tenemos que prepararla". Mi decisión de hacerme matador de toros fue fugaz, y sólo llegué a torear unos astados metafóricos —sillas, mesas, escobas, una cabrita de Santa Cruz que daba topetazos y a mis sacrificadas primas Nancy y Gladys—, pero, eso sí, la afición por la fiesta perduró, y se ha conservado con las corridas que he visto por el mundo. Y por eso, con toda esta experiencia acumulada, puedo decir, con imparcialidad, que los toros en la Real Maestranza, durante la Feria de Sevilla, son una de las más soberbias manifestaciones de creatividad, brillo artístico y alegría popular de la fiesta. Quien no ha disfrutado de este espectáculo no sabe todavía los extremos de felicidad, jolgorio, entrega y colorido que pueden alcanzar las corridas de toros.
     Todas las plazas de toros suelen tener —como dicen que tienen los espigones que rompen las olas del mar— una personalidad. Unos tics, caprichos, cualidades y defectos. La Plaza de Toros Monumental, que se construyó en Lima en los años cincuenta, con la pretensión de reemplazar a la Plaza de Acho, nació condenada por los dioses que allá arriba, o acá abajo, deciden el destino de la tauromaquia, y que sin duda están asesorados por las almas de los toreros inmolados en el ruedo. Pues bien, ellos decidieron que la Plaza Monumental —un homenaje al cemento armado— nunca serviría, y, desde la primera corrida, la gafaron. Unos ventarrones traicioneros la arrebataban apenas vibraba el primer clarín, y toda la inteligencia y el empeño de los matadores debían afanarse no en lidiar a los toros, sino en escapar al abrazo trapero, ridículo y mortífero, de los capotes y muletas que los envolvían y anulaban por obra de las ráfagas inclementes del viento silbador, que se llevaba monteras, mantillas, adornos, puros, despeinaba a las señoras y arrojaba puñados de polvo cegador a las caras de toros y toreros. Matadores y público llegaron a detestar la Plaza Monumental, que terminó abandonada y degradada en estadio universitario, derrotada en toda la línea por la cálida atmósfera criolla y el buen sabor taurino de la Plaza de Acho.
     Sin embargo, cometo una injusticia al hablar con ironías de la Plaza Monumental de corta e infausta vida, pues en ella pasé también muy buenas tardes. Desde sus tendidos vi torear por primera vez a Luis Miguel Dominguín, que fue uno de mis ídolos, a quien vi también, en una Feria de Octubre en la que, creo, ganó el Escapulario del Señor de los Milagros, darse de bofetadas en el ruedo con el argentino Rovira ante los ojos desaprobadores del toro que uno de ellos lidiaba. Y vi a los niños mimados del público limeño, los hermanos Bienvenida, y allí aplaudí a rabiar, varias veces, al lidiador que más he admirado, al maestro del toreo profundo, del pase sosegado y esencial, al dueño del espacio y del temple: Antonio Ordóñez.
     La Real Maestranza tiene una historia, una leyenda, una chispa y un salero archisabidos. Y tiene, también, esos escalofriantes silencios metafísicos que sola ella produce entre todas las plazas del mundo. Esos silencios que, en ciertos instantes privilegiados de una faena, consuman algo imposible de explicar: una abolición del tiempo, un éxtasis colectivo, un pasmo ontológico. Normalmente, el silencio es lo opuesto del ruido, una mudez, la desaparición de la palabra, de la exclamación, del grito o del suspiro, un vacío auditivo. Pero los silencios de La Maestranza son una forma suprema de la comunicación, una manera depurada hasta la ausencia de expresarse, mediante la cual, con una coincidencia prodigiosa y simétrica, millares de personas súbitamente enmudecen, se ausentan, se descorporizan, para, convertidas en pura admiración y asombro, aureolar e intensificar con ese marco de expectación y de respeto supremos la perfección de una faena, la maestría de unos pases, o, a manera de premonición de una hazaña inminente, de una ocurrencia excepcional. Esos silencios desconciertan y dan algo de miedo, porque en ellos parece rasgarse alguna veladura vital, y asomar nuestra condición perecedera, ese destino mortal del que tratamos de evadirnos a través del arte, con obras que nos perpetúen, o que, como el teatro o los toros, en el ápice de su efímera belleza, nos sublimen y arranquen por unos instantes de la fealdad y miserias de la vida. Esos silencios sobrevienen a veces para premiar algo que está sucediendo en el albero, pero resultan todavía más inquietantes cuando son premoniciones, anuncios de que algo extraordinario se prepara, algo que muy pronto empezará a ocurrir y a maravillarnos, un logro o milagro que, parecería, ese silencio locuaz, colectivo, precipita e impone. Y ese es el caso, a menudo: la lidia adquiere un estado de absoluta armonía entre el toro y el torero, que, como atentos a una rigurosa coreografía, con minuciosa sincronización, se acercan, rozan, tocan, alejan, trazando impecables geometrías, en torno al trapo rojo que los separa y que los une en una danza donde, como en el poema de Lautréamont que los surrealistas convirtieron en divisa, dejan de ser irreconciliables los contrarios: el hombre y la bestia, el ingenio y la fuerza, la vida y la muerte, el odio y el amor. ¿Cómo, cuándo, dónde, por qué nacieron los silencios de La Maestranza? Nadie me lo ha podido explicar. Pero ellos no son una fabricación de la proverbial fantasía andaluza: existen y su existencia da como un baño de espiritualidad, de trascendencia, a la fiesta de los toros.
     Entre las muchas facetas de que está edificada la vida y milagros de la Real Maestranza está, también —vaya rareza tratándose de una plaza de toros—, haber practicado el arte de la tercería, o celestinaje, prohijando esos amores culpables, no matrimoniales, entre la afición sevillana y Curro Romero. Esos amores son tan perentorios, tan disforzados, tan eróticos —rozan la pornografía, a veces— que sólo cabe imaginarlos como improcedentes, prohibidos y pecaminosos. (Confesémoslo en voz baja: esos amores son los más artísticos). Curro Romero es un gran torero, qué duda cabe: está lleno de experiencia y habilidad, sabe al dedillo los secretos de su oficio, y en su prestancia, en su manera de presidir la cuadrilla, de saludar, de brindar, de citar al toro, de llamarlo al engaño, de adornarse, revolar el capote o adelantar la muleta, se trasluce mucho del regocijo, el señorío y la elegancia de sus paisanos. Pero ver torear a Curro en la Real Maestranza es un espectáculo que se desdobla en dos: el del toreo y el del amor compartido y exhibido sin vergüenza, el del espada cuyas acciones y desplantes se ven enriquecidos por la calidez del sentimiento que, como un efluvio, mana de los tendidos hacia el albero, incitando al diestro a triunfar, a doblegar a su adversario; y el del artista que, potenciado por el mimo y el halago, por la fe y el cariño que suscita, se empeña y multiplica. He visto torear a Curro Romero en muchas plazas, en buenas o malas tardes; pero sólo en La Maestranza, y sólo a él, lo he visto torear, haciendo al mismo tiempo el amor con tanta gente.
     La fiesta de los toros es una fiesta popular. Tiene sus aristócratas y sus exquisitos, sus eruditos y su élite, sus sabelotodos inaguantables que presumen de omnisciencia taurófila y desprecian al mero aficionado que sube al tendido a emocionarse y a aplaudir, y sus puristas y tradicionalistas que se resisten a admitir la menor innovación o adaptación a los tiempos, y está muy bien que ella despliegue en torno toda esa espuma de refinados y superlativos que le añaden color. Pero ella es, ante y sobre todo, una fiesta popular, a la que imprimen la poderosa corriente de vida y de entusiasmo que la sustenta, y su autenticidad y su energía, los miles de millares de hombres y mujeres de toda suerte y condición que en ella gozan y se encuentran y reconocen y fraternizan en la emoción compartida, en la explosión del aplauso o el flamear de los pañuelos pidiendo un trofeo para el diestro que cumplió, o en la silbatina y el abucheo al que defraudó, sentimientos elementales y volubles que se vuelcan con una libertad y una sinceridad ya casi ausentes en todas las otras manifestaciones colectivas, sobre todo las de los deportes, empezando por el fútbol, donde, a diferencia de lo que ocurre con la fiesta de los toros, el aficionado no va a admirar lo digno de ser admirado y a silbar lo indigno, lo feo y la chapuza, sino a hacer una exhibición de partidarismo regimentado: aplaudir y vitorear las jugadas del equipo propio y abominar y negar las del contrario. Por eso, el fútbol ya no tiene aficionados; sólo hinchas, es decir, partidarios, y, a menudo, fanáticos. En los toros todavía se conserva viva esa imparcialidad del amante de las artes, que entra a un museo, abre un libro, se acomoda en la sala de conciertos o de danzas, con el ánimo dispuesto a dejarse subyugar, y que sólo muy a su pesar se resigna a desaprobar lo que ve, lee o escucha, cuando no responde a sus expectativas. El aficionado a los toros quiere que todos los toreros triunfen en el ruedo, que todos, en cada una de las suertes, se superen a sí mismos y lo maravillen y solivianten de emoción, y por eso se entrega al entusiasmo luego de una gran faena, sea quien sea el torero que la ejecute, con una pasión y un desborde que sólo se ve ya en los grandes conciertos o en las óperas. Hay algo que viene de muy lejos en la historia de la civilización, en esos estallidos formidables de alegría y felicidad que sacuden ciertas tardes las plazas de toros, una reminiscencia de antiquísimas celebraciones populares, cuando la fiesta era inseparable de la magia y la superstición, cuando no estaba aún bien demarcada la frontera entre el ser humano, el animal y los dioses, y todos ellos se entremezclaban, en el marco de esas representaciones colectivas donde la vida y la muerte se codeaban, y este mundo y el otro mundo eran todavía uno solo, y el cuerpo y el espíritu no estaban divorciados, y no había pudores ni tabúes que prohibieran gozar y divertirse, sino, por el contrario, donde el goce, la embriaguez, la danza, el amor físico, en vez de amenazar la salud espiritual de los hombres, los acercaba a los dioses. Una oscura añoranza de esos tiempos bárbaros, anteriores a la historia, los del mito y la gesta, cuando la vida era mucho más precaria y violenta, pero, también, más intensa y completa, sin las renuncias, frenos y prohibiciones que exige la vida en común, anida en la afición por la fiesta de los toros, que viene de allá, de aquellos lejanísimos confines de la humanidad, cuando ésta empezaba a balbucear y a andar, en este astro aún desconocido para ella, por ese largo camino que la llevaría al cabo de los siglos a conquistar la materia y a volar hacia las estrellas. De alguna manera, en el juego que juegan el toro y el torero en el círculo mágico del redondel nos asomamos a ese pasado del que venimos, nos acercamos a los ancestros y descubrimos que, aunque las apariencias digan lo contrario, no hemos cambiado tanto, ya que, por debajo de las capas de modernidad que nos hemos echado encima, mucho de lo que a ellos admiraba, alegraba o atemorizaba todavía nos maravilla, exalta o asusta, y que, a fin de cuentas, los gigantescos conocimientos que hemos ido adquiriendo no han sido suficientes para matar en nuestros espíritus esa infantil inocencia con que un simple quite bien dado, un adorno, un farol, un pase, un engaño, un desplante, una filigrana del diestro ante la fiera, bastan para colmarnos la vida.
     Y, ahora, basta de palabrerías. Pongamos fin a esas fantasías y digresiones de la literatura, que algo menos individualista, más crudo, más primitivo, más tangible y urgente nos llama. La fiesta va a comenzar. -