Éticas de crisis | Letras Libres
artículo no publicado

Éticas de crisis

La caída del socialismo significó no solo la desaparición de un sistema político y de una doctrina filosófica, sino el descrédito de toda forma de utopía. A partir de entonces, muy pocos siguieron creyendo en la redención del hombre por vía de regímenes políticos o de modelos sociales. La bancarrota neoliberal en curso no es el fin del capitalismo, pero sus promesas de progreso indefinido y mayor igualdad económica, política y social provocan un severo escepticismo. El mundo se ha quedado sin alternativa.

El filósofo Josu Landa encara esta decadencia del orden civilizatorio y la modernidad, e insinúa el surgimiento espontáneo de un nuevo orden ético por maduración de procesos inéditos de relaciones humanas y creaciones culturales: actos morales destinados a la realización de la persona en medio de las crisis sucesivas de la decadencia en curso (Éticas de crisis, 2011, disponible en Amazon). En respaldo a su intuición, Landa se remonta a las éticas surgidas en la descomposición de la democracia ateniense –cinismo, epicureísmo y estoicismo–, las cuales terminaron formando una tradición transhistórica de resistencia individual a la descomposición social.

El contexto es el periodo que va desde el derrumbe de la democracia ateniense, el ascenso de la hegemonía macedonia (c. 338 a. C.) y la guerra del Peloponeso hasta el año 30 d. C., es decir, la época helenista. La ejecución de Sócrates fue vista como “signo inequívoco de una oposición frontal entre la filosofía y la sociedad mundana, síntoma de una profunda crisis ética”. Surgieron así los “pequeños socráticos”, que toman de Sócrates la práctica de la filosofía como forma de vida, más que como doctrina o teorización. Estos pensadores dan la espalda a la polis corrupta y cultivan un individualismo radicalmente autónomo que desea enderezar la conducta humana por vía del ejemplo personal.

De las escasas fuentes disponibles se deduce un ambiente existencial muy intenso, a menudo hilarante o incómodo, cuyo parecido con actitudes modernas más o menos familiares no podemos ignorar. En los cínicos, por ejemplo, prevalece la intención de corresponder su ser con la naturaleza, similar a los hippies y a algunos homeless actuales. La vida acorde a la naturaleza significaba un empeño de vida verdadera contra la falsedad de las convenciones: indiferencia ante las cosas exteriores, imitación de los impulsos animales, vigilancia perruna de las virtudes morales, estilo vociferante y actitudes más escandalosas aún. El cinismo filosófico difiere del cinismo convencional en que acepta la marginación y condena el oportunismo, pero se parece al enfatizar lo elementalmente humano como criterio de verdad. Los cínicos no introducen ninguna novedad respecto de Sócrates, salvo la radicalización de su estilo de vida como camino de virtud. A diferencia de Sócrates, no dialogaban: irrumpían con interpelaciones cortantes y burlas mordaces para llamar la atención. Contra el estilo académico de Platón, practicaron el vagabundeo filosófico, asumiendo la verdad como sustancia encarnada en el vivir. Parecen ser los precursores de los anacoretas cristianos, que siguen la misma vía, depurada de impudicias.

Disfrutaba yo la lectura de Éticas de crisis, buscando similitudes con actitudes individuales radicales modernas, cuando La ilusión occidental de la naturaleza humana, de Marshall Sahlins (FCE, 2011), llegó a mis manos. Este breve y sustantivo ensayo antropológico estudia el mismo periodo enfocado por Landa –la guerra del Peloponeso narrada por Tucídides– para destilar la concepción del hombre-lobo-del-hombre, representada mucho después por elLeviatán de Thomas Hobbes, la obra de filosofía política más influyente en la época moderna. Según Sahlins, la idea del “hombre egoísta” de Hobbes se inspira casi literalmente en la descripción de la guerra civil de Córcira por Tucídides (libro III de La guerra del Peloponeso).

Mientras Landa interpreta la disolución de la democracia ateniense como almácigo de éticas ejemplares radicales, Sahlins encuentra en ella el origen del individuo “maximizador”, aquel que busca extraer el mayor provecho individual de las circunstancias a expensas de sus semejantes y de su entorno. Entre ambas lecturas no hay contradicción, solo rutas distintas a partir de un conjunto de hechos de enorme influencia en el destino de la civilización occidental. Sahlins es muy penetrante al relacionar las imágenes del hombre descritas por Tucídides con la mitología antigua y las filosofías políticas contractualistas que vinieron mucho después. Hobbes, Rousseau, Santo Tomás y muchos otros vienen a quedar en el mismo bando.

Michel Foucault hizo un tour de force similar en los cursos conocidos como “Hermenéutica del sujeto” (Colegio de Francia) al final de su vida, los cuales empezamos a conocer en español (su publicación en Francia también es reciente). Este Foucault es distinto al Foucault conocido por sus textos abstrusos y su conducta escandalosa (cínica en sentido filosófico). Sus exposiciones son nítidas, ordenadas y muy brillantes, no sé si originales, pues se basa en textos de contemporáneos, pero proyectándolos en direcciones inesperadas. Son cinco cursos de cuatrocientas páginas cada uno, los cuales merecen ser discutidos in extenso no solo por su interés intrínseco, sino para obtener un cuadro más completo de su filosofía.

El título que viene al caso ahora es El coraje de la verdad (FCE, 2010, ed. francesa 2009), estudio del cinismo antiguo a partir de la muerte de Sócrates y la disolución de la democracia ateniense. Sin negar la merecida descalificación del cinismo por sus propios contemporáneos, su pobreza teórica y su estridencia malsonante, Foucault rescata el modo de ser cínico como “escándalo vivo de la verdad”: forma de afirmación individual que, al no encontrar referencia ni apoyo en las estructuras políticas y comunitarias, buscó fundamento en la animalidad como exasperación de la existencia particular.

Igual que Landa, Foucault traza la continuidad de este modo de vida exacerbado hacia las diversas formas de ascetismo cristiano, pero lo extiende hasta el nihilismo ruso, las diversas formas de vida revolucionaria influidas por él y especialmente la vida del artista moderno.

La idea moderna de que la vida del artista debe constituir cierto testimonio de lo que el arte es en su verdad, el arte como irrupción de lo elemental, como puesta al desnudo de la existencia, como la forma más intensa del decir veraz, que tiene el coraje de correr el riesgo de ofender, refleja la marca de un cinismo permanente, transhistórico, con respecto a cualquier forma de arte o discurso adquirido.

“El filósofo se convierte por tanto en aquel que, por el coraje de su decir veraz, hace vibrar, a través de su vida y su palabra, el relámpago de una alteridad” (acotación del editor Frédéric Gros). La verdad brilla por momentos, encarnada en la palabra verdadera del otro. ~