ETA: Terror y mitología nacional

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ETA para mí era San Dios…
     Declaración de un antiguo etarra

El domingo 4 de agosto de 2002, un coche bomba estalla en las proximidades de un cuartel de la Guardia Civil en una localidad veraniega, Santa Pola, provincia de Alicante. 20,000 habitantes en invierno, 200,000 ahora. Balance: más de una treintena de heridos, y sobre todo dos muertos: un hombre que pasaba por allí y una niña de seis años.
     El responsable del crimen es un comando itinerante de ETA que ha seguido sembrando el terror en días sucesivos, con otras bombas y amenazas de bombas tendentes a reventar el turismo en la costa mediterránea. Las características del atentado prueban la situación de debilidad de la banda. Desde que empezara 2002 sólo se había registrado un muerto en acciones de eta, el concejal socialista de un pueblo guipuzcoano, y casi de inmediato las fuerzas del orden desmantelaban el que hasta entonces fuera "buque insignia" de eta, el complejo —más que comando— Donosti, núcleo que aglutinaba a los grupos de acción guipuzcoanos. Desde entonces el protagonista del terror es el coche bomba, casi siempre llevado al lugar que elige un comando itinerante, perdido entre las decenas de miles de automovilistas, especialmente en tiempo y zona de vacaciones, y que utiliza el temporizador para hacer estallar la carga sin riesgos para los activistas y, como es lógico, casi siempre con escasa precisión, igual que ocurriera en Santa Pola. Para evitar matanzas indiscriminadas, y de paso para cazar a los artificieros de la policía, ETA suele anunciar unos minutos antes la localización de la bomba. En Santa Pola no lo hizo. Como ocurre inevitablemente después de cada atentado, el partido político hasta ahora legal de eta, Batasuna (antes Herri Batasuna ["Pueblo Unido"]1) no sólo omitió la condena, sino que a través de su portavoz, Arnaldo Otegi, cargó toda la responsabilidad sobre el gobierno de "Sharon-Aznar" (sic), que a su juicio seguía oprimiendo a Euskal Herria [el "Gran País Vasco": la Comunidad Autónoma Vasca española, Navarra y el País Vasco francés]. La "constelación eta" sigue así fiel a la lógica de inversión de los roles y de los significados que a lo largo del siglo xx patentaran otros criminales políticos sobre la pauta del "Arbeit macht frei!" ["El trabajo libera"] inscrito en el portal de Auschwitz.
     Hace tiempo que se disipó el espejismo que presentaba a la ETA ["Euskadi Ta Askatasuna", "País Vasco y Libertad"] como una agrupación de jóvenes románticos que luchaban heroicamente contra una dictadura por la doble liberación, nacional y social, del País Vasco. Apenas se habían apagado los ecos de su acción más espectacular, la voladura del automóvil del lugarteniente de Franco, almirante Carrero Blanco, en diciembre de 1973, cuando la matanza de civiles en una cafetería próxima al Ministerio del Interior, anticipo de tantas otras, puso al descubierto que su estrategia del terror nada tenía que ver con una lucha por la democracia. Fue un juicio confirmado por la intensificación de los atentados mortales justo cuando sus militantes encarcelados recibían la amnistía en el marco de la transición democrática y por el progresivo descubrimiento de que su ideología, en apariencia progresista —por su tinte de marxismo y de antiimperialismo—, era en realidad mucho más próxima a los movimientos totalitarios, en concreto al nacionalsocialismo alemán. No obstante, ese desencanto respecto de ETA no se dio con la misma intensidad en todos los lugares, y el descubrimiento de la realidad ha sido particularmente difícil allí donde existe una fuerte tradición nacionalista, de enfrentamiento con un poder exterior —casos de México o de Grecia—, o donde el catolicismo político conserva vigencia —caso de Bélgica—, en razón del componente cristiano en la ideología del nacionalismo vasco democrático, que fue la matriz y comparte el fondo doctrinal con el movimiento terrorista. Por no hablar de Irlanda, que desde 1915 tanta influencia ejerciera en la radicalización del nacionalismo vasco. Incide también en la idealización de ETA la presencia de núcleos de emigrantes políticos vascos y de sus herederos en diversos países americanos, a los que se sumaron desde los años setenta elementos procedentes de la organización, lógicamente interesados en presentarla desde el ángulo de un generoso izquierdismo. En la prensa mexicana ha podido observarse el efecto de esa ceguera voluntaria al enjuiciar el fenómeno etarra, incluso en periódicos de notable influencia como La Jornada.
     Hay que añadir que se trata de una idealización que afecta asimismo la historia en general del nacionalismo vasco, contemplado como un grupo político que defendió su país y la Segunda República española padeciendo por ello la represión y el exilio. Esto último es cierto, pero conviene recordar que, en los primeros tiempos de la República, el Partido Nacionalista Vasco (pnv) se alineó contra ella al lado de la derecha española, manteniendo hasta fines de 1933 enfrentamientos incluso sangrientos, y que, forzado finalmente a escoger campo en julio de 1936, los franquistas no le dejaron opción, a pesar de lo cual, apenas caída Bilbao, iniciaron los tratos para una rendición que les convirtiera en protegidos de la Italia fascista. Y acabaron rindiéndose por su cuenta en Santoña, en agosto de 1937, con la fallida esperanza de que los italianos les liberasen. Más tarde y ya en el exilio, el nacionalismo profundizó en la línea política democristiana que había despuntado en los años treinta, aunque sin borrar del todo el fondo de antiespañolismo visceral que había acompañado al PNV desde su nacimiento en 1895, y que ha renacido en esta última década de la mano de su actual presidente Xabier Arzalluz. Por otra parte, también en la Segunda República se había consolidado una corriente radical y populista, mantenedora del legado racista y partidaria de luchar contra la democracia española en nombre de la soberanía vasca: fue el grupo "Jagi-Jagi" ["Levántate"], estrictamente fiel a las doctrinas del fundador del movimiento nacionalista, Sabino Arana, cuyos textos se utilizarán todavía para la formación ideológica por ETA en los años sesenta.
     El historiador Gurutz Jáuregui lo ha formulado de manera inmejorable, frente a la interpretación que hace de ETA una expresión del antifranquismo. No se trata de que la dictadura de Franco fuera irrelevante, sino de que su incidencia sobre la sociedad vasca sirvió para ajustar las piezas del planteamiento nacionalista originario: Sabino Arana había descrito erróneamente al País Vasco como militarmente ocupado por España; Franco hizo efectiva esa ocupación. Fue una clave que permite entender la radicalización del contenido de violencia que desde sus comienzos caracterizó al nacionalismo vasco y que ahora además, en los años sesenta, cuando se forja eta, encuentra el refuerzo de un contexto internacional de orientación de sectores de la juventud hacia la violencia revolucionaria, siguiendo patrones doctrinales más o menos marxistas y, sobre todo, la inspiración de los movimientos armados de liberación anticolonial y antiimperialista en el Tercer Mundo. Todavía hoy, ETA enmarca su acción en lo que llama Movimiento de Liberación Nacional Vasco, y está aún cercana su fascinación ante procesos revolucionarios como el sandinista. Los cuadros y los simpatizantes del nacionalismo radical peregrinaban a la Nicaragua de Ortega con la misma pasión con que sus antepasados nacionalistas lo hicieran a Lourdes a principios del siglo xx. "Hemos conseguido que los nuestros dejen de sentirse europeos", me contaba satisfecho un antiguo dirigente del brazo político de eta. Eso no significó en momento alguno que el movimiento radical abandonase el núcleo sabiniano, del que formalmente renegaban. Los dirigentes en la segunda mitad de los sesenta y primeros setenta se tomaron en ocasiones muy en serio el componente marxista y socialista, pero en cada escisión resultante —y aunque se recurriera a conceptos de conciliación, tales como el de "Pueblo Trabajador Vasco"— la mayoría izquierdista resultaba siempre superada por quienes, en sentido sabiniano, se centraban en lo esencial: la lucha armada, es decir, la acción terrorista por la causa nacional vasca —léase independencia— frente a España. Fue el caso de ETA-V frente a ETA-VI, anticipo de la futura victoria de los "milis" sobre la evolución política de los "polimilis".

A falta de realidad, el mito
En su breve periodo de actividad, entre la publicación de Bizkaya por su independencia en 1892 y su muerte en 1903, Sabino Arana [nacido en 1865] no sólo logró fundar el Partido Nacionalista Vasco, sino poner en pie una religión política. Más aún, una religión política de la violencia. Procedente de una familia carlista [tradicionalista, católica, regionalista] y formado en un colegio de la Compañía de Jesús, su estancia como estudiante fracasado de derecho en Barcelona, en la década de 1880, le permite dar una configuración moderna a un planteamiento ideológico inicialmente anclado en una exaltación integrista de la sociedad y de la política vascas del Antiguo Régimen [el del absolutismo de Fernando VII, muerto en 1833], en trance de ser transformadas violentamente por el doble proceso de industrialización y de supresión del régimen foral [la legislación regional de viejos privilegios], tras otra etapa de violencia, la de las guerras carlistas, en el último cuarto del siglo XIX [entre las facciones liberal y conservadora, simbolizadas por Isabel II, hija de Fernando VII, y su tío Carlos María Isidro de Borbón, "Carlos V"]. Los rasgos diferenciales de las sociedades vascas (y navarra) ofrecían un soporte más que suficiente para dar vida a un movimiento nacionalista. Es ese carácter de oposición y voluntad de control de la modernización lo que confiere al nacionalismo vasco un sesgo agónico y agresivo, desde sus orígenes al día de hoy. "Esto se va", auguraba Sabino. "Mientras condenen a muerte a Euskal Herria, ETA seguirá luchando", proclama en junio el último comunicado de la banda.
     En efecto, las bases para asentar un movimiento nacionalista en el País Vasco y en Navarra tenían al mismo tiempo un alto grado de definición y una gran fragilidad. La propia lengua, el euskera, resultaba al mismo tiempo una seña de identidad y, a pesar de la pluralidad de dialectos, el único denominador común: sólo que era hablado por una minoría de la población, y en buena parte de los territorios vascos estaba totalmente perdida. Tampoco contaba el País Vasco con una tradición estatal, partido de un lado entre España y Francia —incluso el reino de Navarra lo estaba también— y con unidades dotadas de fuerte personalidad institucional pero siempre fragmentaria. (Contra lo que se piensa, incluso en la actual Comunidad Autónoma Vasca los dos tercios de la población se sienten a un tiempo vascos y españoles.) Sabino Arana fue a su modo consciente de ello, y por eso bautizó a la colectividad vasca como Euzkadi, luego Euskadi, el conjunto de los vascos, y no como Euskalherria, el "país de los vascohablantes". La unidad política del País Vasco fue desde un principio una construcción en el plano de lo imaginario y en abierto contraste con la realidad. De ahí la necesidad del recurso a la violencia.
     Ahora bien, la fragilidad de los elementos con que contaba el proyecto de un Estado vasco unitario se veía compensada por la fuerza del mito, que Sabino Arana convirtió en fórmula política. El primero, el idioma que impera en el medio rural pero al margen del espacio público, pues incluso las Juntas generales usan solamente el castellano, de modo que el euskera delimita un recinto de clérigos y campesinos analfabetos. El segundo, la limpieza de sangre, que a diferencia del resto de España no es asumida desde fines del siglo XV por las instituciones, sino por el conjunto del Señorío de Vizcaya o de la Provincia de Guipúzcoa. Es la base de un racismo de Antiguo Régimen, con la pureza racial y religiosa como soporte de un complejo de superioridad expresado en la hidalguía y en la nobleza universal de guipuzcoanos y vizcaínos, base sociológica del privilegio de los territorios dentro de la monarquía.
     Los cambios económicos y culturales del siglo XIX parecieron poner fin a esa articulación de historia y mito, o mejor del mito que hace historia. Hacia 1850 Federico Engels clasificaba a los vascos, con los bretones, entre las ruinas de pueblos que, antes de desaparecer, servían sólo para mantener causas reaccionarias como el carlismo. Sólo que la prolongada supervivencia del régimen foral, la idealización de las guerras carlistas y sobre todo el sistema de conflictos y mutaciones que acompañó a la industrialización vasca, iniciada en Vizcaya, hicieron, como en el caso del Irán del shah y de los ayatolas, que la aventura del tipo Parque Jurásico se incardinara en la historia. Los mitos, articulados por Sabino Arana en torno a las nociones centrales de "raza" e "independencia originaria", bajo un manto de sacralización, habían de proporcionar una égida sumamente eficaz a los grupos dirigentes de la población autóctona en trance de ser desplazados del poder en el curso de las transformaciones capitalistas que enlazaban el capital vizcaíno con el mercado español (minería, altos hornos, banca). El integrismo religioso y el antecedente de las guerras carlistas, vistas como guerras "contra España", forjaron el escudo de una religión política asentada en la pureza racial. Igual que ocurriera en Alemania, el racismo de Antiguo Régimen sirvió de núcleo para una lógica de exclusión de "los españoles" en quienes Sabino veía al pueblo degenerado, causante de la perdición política, moral y religiosa de la "raza vasca".
     El antecedente carlista proporcionaba el aval en cuanto a la forma de exclusión, sólo que disimulado por el envoltorio que traía consigo desde tiempo atrás la literatura fuerista, de esas batallas medievales ganadas por "los indómitos vizcaínos" contra "los invasores castellanos" (para Guipúzcoa, el esquema no servía, ya que aquí la batalla ejemplar, Beotibar [de 1321], era de guipuzcoanos contra invasores navarros y para defender la unión con Castilla; en cambio Roncesvalles/Orreaga [del año 778] proporcionará una referencia inmejorable en relación con Francia: todavía era citada en un reciente documento de Herri Batasuna). Es así como el libro manifiesto de Sabino Arana, el citado Bizkaya por su independencia, nada tiene de reflexión política: ofrece el relato, sobre fondo de cartón piedra, de "las cuatro victorias de los vizcaínos sobre los castellanos", una especie de partido de futbol con el resultado Athletic de Bilbao, 4; Real Madrid, 0. Aplicado al presente, suponía una exigencia de exclusión, tanto de los españoles como de los vascos que no suscribiesen la xenofobia nacionalista.
     Claro que, para fructificar, la semilla del diablo tenía que adaptarse a la realidad. El incipiente nacionalismo carecía de fuerzas para ensayar la propia carlistada, como soñaban muchos de sus jóvenes adeptos atendiendo al impulso de "irse al monte". Aquí la sacralización del ideario sabiniano intervino en sentido contrario, a través de la profunda influencia que sobre el fundador ejerció el modelo de la Compañía de Jesús, tan infalible en sus juicios como el Papa y ejemplo de una militancia disciplinada e implacable contra "el enemigo" (entonces los protestantes, ahora España y el españolismo). Sabino les llamó "los gudaris (soldados) de Jesús", y de hecho el Partido Nacionalista Vasco fue el primer partido en la historia que trata de reproducir el patrón organizativo de una orden religiosa. Ahora bien, de la enseñanza jesuítica salía también la necesidad de conjugar el absolutismo de los principios con el pragmatismo al incidir sobre la realidad. De ahí que Sabino acabe propugnando una adecuación a algo que le repugna, un objetivo regionalista transitorio, con el fin último de recuperación de la independencia. La vía para la política moderada y ambivalente del PNV estaba de este modo fijada, pero sin que por eso desaparezca el fondo de ortodoxia que siempre reivindicarán los fieles al legado sabiniano, como su discípulo Santiago de Meabe, que firmaba sus artículos en la prensa nacionalista sudamericana como "Geyme" (Gora Euzkadi ["viva Euzkadi"] y Muera España).

De un San Ignacio a otro
     El Partido Nacionalista Vasco fue fundado el día de San Ignacio, 31 de julio, de 1895. La ETA lo fue el 31 de julio de 1959. No cabía más claro reconocimiento de continuidad de los jóvenes nacionalistas recién expulsados respecto de un partido al que únicamente reprochaban, entonces, una intolerable pasividad antifranquista, dados los recursos que aún poseía para la actuación clandestina. El manifiesto fundacional era de signo democrático y se orientaba a lograr "la salvación de las esencias vascas a través de un cauce exclusivamente patriótico". Sabino Arana estaba presente, detrás del telón. Pero, muy pronto, la exigencia de romper con la pasividad eliminó la premisa de moderación. Los modelos disponibles en los años sesenta, para una estrategia de oposición a la opresión nacional, eran ante todo de signo revolucionario y tercermundista, con la excepción de ultranacionalistas israelíes al modo de Menahem Begin. Los ejemplos del fln argelino, de la Revolución Cubana, de la Guerra de Vietnam, inflamaban a la juventud europea y servirán a los jóvenes nacionalistas para encontrar símbolos de referencia y pautas de acción violenta más eficaces que las pintadas de "Gora eta", al tiempo que permitían trazar un rotundo parteaguas frente al burgués y conformista pnv.

El razonamiento de los etarras de los sesenta, jóvenes urbanos de clase media y con frecuencia estudiantes o alevines de profesionales, era bien simple. La opresión del régimen de Franco sobre Euskadi ["País Vasco", la actual Comunidad Autónoma Vasca española, integrada por las provincias de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa] tenía un efecto desnacionalizador que sólo podía contrarrestarse con la lucha de la nueva juventud, de la gaztedi berria patriota, a quien tocaba vengar la derrota sufrida en 1937 por sus progenitores nacionalistas. Como siempre en el nacionalismo radical, la guerra estaba ahí como agente de legitimación de la violencia que pronto iba a ponerse en marcha.
     Además, desde la publicación en 1963 del libro Vasconia, obra del filólogo Federico Krutwig, estaba al alcance de esos jóvenes la cuadratura del círculo, consistente en marcar distancias ante Sabino Arana (lo que Krutwig llamó "aranismo") al mismo tiempo que se conservaba intacto, aunque enmascarado, su núcleo doctrinal. A partir de 1945 el racismo sabiniano se había vuelto impresentable, así que Krutwig pondrá en lugar de la raza, la lengua como seña de identidad, con lo cual el in-group y el out-group no variaban de contenido, sólo que la exclusión era proclamada ahora, no contra los belarrimochas [u "orejas cortas", viejo apodo de los que no son racialmente vascos], sino contra los euskeldunmochas [los que no hablan vasco; de euskeldun, "vascohablante"]. Euskadi iniciaba el camino de "regreso" a Euskal Herria. Y en vez de sublevaciones integristas, Krutwig propone la insurrección, siempre a muerte y antidemocrática, contra los supuestos poderes coloniales que ejercerían la dominación sobre Euskadi, esto es, España y Francia. En medio de elucubraciones delirantes sobre una Vasconia que se extendiera desde Burdeos/Burdigala hasta las puertas de Zaragoza, Krutwig proporcionó el código de comportamiento a que se atendrá, por espacio de cuatro décadas, el etarra: "Es una obligación para todo hijo de Euskal Herria oponerse a la desnacionalización, aunque para ello haya que emplear la revolución, el terrorismo y la guerra. El exterminio de los maestros y de los agentes de desnacionalización es una obligación que la Naturaleza reclama de todo hombre. Más vale morir como hombres que vivir como bestias desnacionalizados por España y Francia." La lucha armada, vista en clave maoísta, sólo debía cesar con el triunfo final. El ropaje era otro, pero en realidad lo que hizo Krutwig fue adaptar a Sabino al tiempo de radicalización juvenil que fueron los años sesenta, con la lucha armada —léase terror— por fin como instrumento fundamental de la acción política.
     La brutalidad de la represión franquista en todos los órdenes, desde el idioma hasta la política, hizo el resto, empujando a muchos jóvenes a integrarse en algo que encarnaba una oposición verdadera. No por nada, en ese periodo, son frecuentes los contactos de ETA con el comunismo, y en especial con las Comisiones Obreras. La forma habitual de sociabilidad juvenil, la cuadrilla, el grupo de afinidad formado espontáneamente por unos cuantos amigos, fue un vehículo especialmente eficaz para canalizar los grados de la incipiente militancia al abrigo de las miradas de otros. ETA se beneficiará también de la tendencia de la sociedad vasca a cerrarse sobre sí misma frente al exterior, en este caso la policía franquista, generando círculos de solidaridad que, con el tiempo, servirán de cauce al nacionalismo radical para ejercer a su vez la vigilancia, el control y la exclusión en los pueblos y en los barrios. No obstante, los traumas y las escisiones —debidos a la tensión entre nacionalismo e izquierdismo, sumados a la intensidad de la represión policial— pondrán a las etas del momento contra las cuerdas, apenas recibido el bautismo de fuego y de terror en el verano de 1968, con los tiroteos que protagoniza primero como verdugo y luego como víctima el líder universitario Xabi Etxebarrieta, y sobre todo con el asesinato de un policía torturador en Irún. Fue precisamente el consejo de guerra montado contra los dirigentes de ETA y presuntos autores de la ejecución del policía Melitón Manzanas, en diciembre de 1970, lo que en términos taurinos cumplirá la función del mal puntillero: levantar de nuevo al animal medio muerto. ETA estaba desgarrada en el momento del proceso de Burgos, como se conoció al episodio del consejo de guerra; de él salió reforzada y con un apoyo hasta entonces inexistente en la sociedad vasca. A pesar de las detenciones y de las muertes, los cinco años finales del franquismo contemplarán el ascenso de ETA en capacidad operativa, apoyo social e incluso prestigio internacional, después del éxito del atentado contra Carrero Blanco en diciembre de 1973. Recordemos una película como Operación Ogro de Gillo Pontecorvo, heredera de La batalla de Argel del mismo director. En apariencia, dos luchas heroicas en que el terror estaba al servicio de un nacionalismo democrático. Sólo que muy pronto, el inicio de la transición democrática en España, y la disolución de las expectativas revolucionarias o socialistas de la década anterior, dejaron al descubierto que los etarras no llevaban consigo mensaje alguno progresista. Se limitaban a ser, como refleja el título de un excelente libro de Fernando Reinares, "patriotas de la muerte".

La destrucción de la democracia
La llegada de la democracia no supuso el fin de eta, a pesar de la obtención de la autonomía vasca y de la amnistía que sacó de la cárcel y del exilio a los activistas. Todo lo contrario. El nuevo clima de libertad hizo posible la subida en flecha del reclutamiento y de los atentados, así como la hegemonía del sector maximalista, los "milis", frente a quienes otorgaban prioridad a la actuación política. El asesinato del dirigente Pertur, autor de la ponencia que en el segundo sentido inició el camino del futuro partido político Euskadiko Ezkerra ["Izquierdas Vascas"], fue la prueba de que ahora las escisiones se pagaban con la muerte. Años más tarde, otro asesinato ejemplar, el de Yoyes, probó que tampoco sería posible abandonar voluntariamente la militancia. Del grupúsculo se pasaba así a la organización criminal. Hubo dieciséis personas asesinadas en 1975, 74 en 1978, 93 en 1980. La justificación ideológica consistía en afirmar que la muerte de Franco no había abierto paso a una transición democrática real, sino a una continuación enmascarada de dictadura. La persistencia de los malos usos por parte de la Policía y la Guardia Civil, anticipo del terrorismo de Estado que con los "Grupos Antiterroristas de Liberación" cobra forma a mediados de los ochenta, apoyaba tal afirmación. En el fondo, se trataba de que, para eta, resultaba indiferente que en España hubiese dictadura o democracia. Lo esencial era la lucha a muerte contra el Estado español para obtener la independencia, más aún cuando el PNV se inclinaba a gestionar la autonomía y por todos lados era evidente que el electorado vasco rechazaba el objetivo de la independencia.
     En pocos años, ETA logró diseñar un eficaz modelo de combinación entre el protagonismo de la organización terrorista, en la que residía el centro de decisiones, adiestramiento y finanzas, localizado geográficamente en el sudeste francés —que hasta bien avanzados los ochenta sirve de santuario—, con la actuación de múltiples comandos en la península, en principio orientados ante todo a golpear a los "poderes fácticos" (policías, guardias civiles y oficiales del ejército) y una trama que va infiltrándose en los distintos niveles de la sociedad y de la política vascas. Una coalición política, luego partido, Herri Batasuna (HB), sometida férreamente a los dictados del grupo del terror, un organismo de coordinación, la Koordinadora Abertzale Socialista [abertzale, "patriota vasco", "nacionalista vasco"], las capturadas Gestoras Pro-Aministía, para ejercer presión social a favor de los encarcelados, la organización de los familiares de presos (Senideak ["Familiares"]), el imán de captación de la juventud nacionalista Jarrai ["Continuar"], un diario (Egin ["Suceso"]) que mantiene la cohesión ideológica, publica los comunicados de ETA y sirve para transmitir consignas de acción codificadas. Incluso un sindicato con implantación creciente, lab [Langile Abertzale Batzordeak, "Asociación de los Trabajadores Patriotas"]. Todo ello al servicio de un electorado especialmente numeroso en Guipúzcoa, con porcentajes que oscilan entre el quince y el veinte por ciento de los votos, correspondientes a una horquilla de 150,000 a 200,000 votantes. Los recursos procederían principalmente del llamado "impuesto revolucionario", que se recaudaba inicialmente en San Juan de Luz [Francia] o en Bayona, casi a la luz pública. Luego vendrán los secuestros. La crisis económica iniciada en los años setenta contribuía a agudizar un malestar que podía ser captado por el mensaje populista y obrerista de HB y contribuye al cambio en la composición sociológica de eta, ahora veinteañeros de medio rural-industrial, de escasa formación y nivel social, y en algunos casos de extracción inmigrante, con Guipúzcoa como polo de desarrollo e implantación.
     El componente socialista se diluía por imperativo de los tiempos dentro de la fórmula de la doble liberación, nacional y social, con unos planteamientos ideológicos de amplio espectro, desde la captación de las formas contraculturales de la juventud hasta la persistencia del estereotipo ruralista, con la presentación de los etarras muertos o encarcelados como ejemplos de muchachos simpáticos con todos, plenamente integrados en la vida de sus pueblos o barrios. Como advirtiera Marx, bajo la apariencia idílica de las comunidades campesinas se encontraba el más duro despotismo, en este caso la culminación de la religión política de la violencia fundada por Sabino Arana, con un planteamiento totalitario en que la propia ETA jugaba ante sus seguidores el papel de líder carismático, todopoderoso e infalible, al que se sacrifican los propios mártires (muertos y presos) y sobre todo los adversarios, a quienes se priva además de la condición humana: si es un militar o un guardia civil, porque no es persona; si es un ciudadano, una persona cualquiera, porque "algo habrá hecho para que ETA le mate". Las movilizaciones y las ceremonias de masas, con el ritual militar (encapuchados, loa, desfiles) y religioso (fotografías de los mártires) y la evocación de ese paradisiaco "orden vasco" preindustrial no son sino variantes del ceremonial fascista.
     Una microsociedad muy cohesionada resultaba así fundida en torno a eta. El único problema consistió en que, a pesar de la acumulación de muertos, más de ochocientos en un cuarto de siglo de democracia, el PNV se inclinó desde 1986 claramente a jugar la carta de la autonomía con la colaboración del PSOE. Quedaba a ETA únicamente la baza militar, y progresivamente los comandos fueron cayendo hasta que, en plena ofensiva de atentados, la colaboración policial francesa se concretó en la detención de la cúpula etarra en Bidart (1992). Comenzó a pensarse en el principio del fin cuando, en pleno desconcierto etarra, el PNV vino en su ayuda iniciando la ruptura de su aislamiento político. Tal vez temiera quedarse sin la presión de eta; con toda seguridad se daba cuenta de que el voto nacionalista no avanzaba y, sobre todo, en Europa se había abierto inesperadamente la puerta para la independencia de las pequeñas naciones. Poco a poco fue dibujándose un acercamiento, paradójicamente acelerado por las movilizaciones democráticas que comienzan a ocupar la calle desde 1993 en protesta contra los secuestros de eta, algo que ningún nacionalista creyó entonces posible y que hizo temer al PNV el fin de su hegemonía. En esta circunstancia, consciente de su inferioridad en el plano "militar", ETA diseñó una nueva estrategia en que, sin renunciar a la centralidad del atentado, amplió el espectro de sus actuaciones según lo que llamó "la socialización del sufrimiento". No eran ya los poderes fácticos del Estado español los que se oponían a la materialización de las "aspiraciones vascas" —léase etarras— sino el conjunto de los no nacionalistas, inspirados por los líderes de opinión y por la prensa, sobre quienes recaerán atentados selectivos de vocación ejemplar, culminando en los del líder conservador guipuzcoano Gregorio Ordóñez y el ex presidente del Tribunal Constitucional, Francisco Tomás y Valiente, figura señera de la democracia española, por no hablar del fallido contra la vida del entonces jefe de la oposición, José María Aznar.
     Se trataba de lograr la destrucción de la democracia. La nazificación en sentido estricto del movimiento se completaba con las amenazas y los actos agresivos contra demócratas en las ciudades y pueblos vascos, cuyo emblema era el vandalismo callejero, la llamada "lucha de calles" (kale borroka) articulada desde los centros de sociabilidad, las herriko tabernas ["tabernas nacionales"]. El nuevo esquema interno funcionó bien, creando un circuito muy eficaz de formaciónde terroristas a partir de los adolescentes controlados por Jarrai y practicantes de la citada kale borroka, en tanto que el círculo de las organizaciones sectoriales y sobre todo Herri Batasuna y Egin eran cauces mediante los cuales ETA introducía sus consignas en el sistema político, la vida social y la opinión pública. ETA se convirtió en algo con visos de eternidad para los españoles y para los vascos; comenzaron a surgir voces de "equidistantes" instando al Gobierno para que aceptase "el diálogo". Como buenos nazis, los dirigentes de ETA jugaban una y otra vez con la inversión de significados: su oferta política basada en el triunfo de los objetivos del terror fue bautizada en 1995 como "Alternativa Democrática".
     Sólo que su lógica del odio y del crimen fue demasiado lejos, con el secuestro de un funcionario de prisiones y, una vez liberado éste —ofreciendo una imagen digna de Auschwitz—, con el secuestro y asesinato de un joven concejal del Partido Popular. La enorme movilización popular contra ETA no culminó en un frente democrático, pero dejó ver que, con la ayuda del desmantelamiento progresivo de los comandos, la estrategia de socialización del sufrimiento tocaba fondo en la opinión. Llegó entonces de nuevo en su ayuda la deriva independentista del pnv, que en el verano de 1998, en el Pacto de Estella/Lizarra aceptó de hecho los objetivos etarras, la acción por una soberanía vasca que comprendería nada menos que la Comunidad Autónoma Vasca, Navarra y el País Vasco francés, al juzgar "superado" el Estatuto de Autonomía y una ruptura total con los partidos democráticos españoles, todo a cambio de una tregua de cuatro meses prorrogable, disfrazada para la opinión pública de "indefinida". Tanto nacionalistas demócratas como los proetarras creyeron que la sociedad vasca, cansada, les daría un gran triunfo electoral con esa paz vigilada por las bombas y las pistolas. No fue así, y como en agosto de 1999 los nacionalistas demócratas se negaron a secundar la huida hacia delante propuesta por eta, ésta rompió la tregua, dejando de paso claro que su brazo político legal era un simple ejecutor de consignas y auxiliar financiero. De ahí la propuesta de ilegalización de Batasuna (nuevo nombre de HB) que ahora se ha puesto en marcha por iniciativa del Gobierno conservador de Aznar y del PSOE, apoyándose en las investigaciones del juez Baltasar Garzón, a tenor de las cuales HB era sólo el instrumento político utilizado por eta, una rama del mismo entramado, lo mismo que las demás organizaciones de la constelación. Mantener a Batasuna dentro de la vida legal equivale a hacerlo con eta.
     Además, el regreso de ETA a la práctica del terror desde diciembre de 1999 puso de manifiesto que su dimensión criminal y nazi prevalecía hasta la exasperación. A la cifra de los 41 muertos registrados hasta principios de agosto de 2002 hay que añadir el aspecto cualitativo: la vocación de exterminar físicamente a cuanto intelectual, periodista o político representativo, sea conservador o socialdemócrata, se le oponga. Serían éstos los culpables de la prolongación del "sufrimiento de Euskal Herria", esa entidad política imaginaria, nunca vista en el pasado, que rechazan la mayoría de los electores en la Comunidad Autónoma Vasca, la gran mayoría de los navarros y la abrumadora mayoría de los vascos franceses. De ahí la pretensión de formar un "censo vasco", en que se inscribieran los abertzales para formar un poder constituyente, excluyendo o suprimiendo a quienes no lo fueran. Un objetivo, por otra parte, que, en el miedo a perder las elecciones al Parlamento Vasco del 13 de mayo de 2001, compartió el presidente del pnv, Xavier Arzalluz. El PNV venció en las elecciones, pero el retroceso de la coalición electoral proetarra, Euskal Herritarroz ["Pueblos Vascos"], antecedente de Batasuna, fue espectacular. Los comandos fueron desmantelados uno tras otro, incluso el Donosti, y aunque sobran los aspirantes procedentes de la kale borroka, perseguida por las nuevas leyes, todo ha de limitarse de momento a comandos itinerantes con coches bomba, en atentados de bajo riesgo para los terroristas. Le resta a ETA el recurso político de impulsar el "soberanismo" del gobierno vasco, hoy en día su única razón de existir, fuera lógicamente de seguir cosechando sangre y manteniendo el imperio del terror en el interior de la sociedad vasca. ~

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Antonio Elorza es ensayista, historiador y catedrático de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid. Su libro más reciente es 'Un juego de tronos castizo. Godoy y Napoleón: una agónica lucha por el poder' (Alianza Editorial, 2023).


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