Estampas de la sierra (cuento) | Letras Libres
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Estampas de la sierra (cuento)

Antonio Estrada Muñoz nació en Santa María de Huazamota, municipio de San Francisco de Mezquital, Durango, habitado por los reductos de la aguerrida etnia tepehuán, el 23 de octubre de 1927. Murió en la Ciudad de México, el 7 de abril de 1968, a los cuarenta años.
     Fue hijo de Florencio Estrada, un ranchero que tomó lasarmas del Ejército Libertador Cristero del estado de Durango y logró el respaldo de los tepehuanes, cuyos agravios ancestrales no provenían de la nueva ley de cultos; y de Dolores Muñoz, que siguió a su marido con los niños, aunque era hermana de los caciques locales, partidarios del gobierno. Antonio vivió sus primeros años como espectador y protagonista involuntario de la Segunda Rebelión Cristera, en el sur de Durango. Después de la cacería y muerte del coronel Estrada, su viuda huyó a la Ciudad de México, donde Antonio estudió en la escuela para huérfanos de cristeros La Divina Infantita. Continuó susestudios en el Seminario Conciliar de León, Guanajuato, yfinalmente, en 1953, en la Escuela de Periodismo Carlos Septién, de la Ciudad de México.
     Como periodista, mantuvo el ánimo opositor de su padre y estuvo a punto de acabar igual, cuando se sumó al movimiento cívico de Salvador Nava en San Luis Potosí, contra elcacique Gonzalo N. Santos. El movimiento publicó su libro reportaje La grieta en el yugo en febrero de 1963, que fue inmediatamente confiscado y destruido, y le ganó una perse-cución a muerte, de la que escapó. El libro fue reeditado por la Editorial Jus, que había publicado su primera novela dos años antes.
     Casado en 1954 con Dora Maldonado, tuvieron seis hijos y muchas angustias económicas. Trabajó como meritorio en ElUniversal Gráfico; hizo trabajos de corrección y periodísticos por encargo de Gente, Mundo Mejor, Señal, Siempre!, El Universal; fue velador en una fábrica de colchas y en las tiendas Elektra.Empezaba a estabilizarse económicamente, como editor de una revista interna de la constructora ICA, cuando enfermó y murió de infarto al miocardio.
     Tuvo la suerte de que Juan Rulfo reconociera su talento literario, pero no tiempo de alcanzar el reconocimiento público. Gran parte de su obra sigue inédita, aunque póstumamente han señalado su valor Jean Meyer (La Cristiada, Siglo XXI, 1977),Christopher Domínguez Michael (Antología de la narrativa me-xicana del siglo XX, Fondo de Cultura Económica, 1989), Aurora M. Ocampo (Diccionario de escritores mexicanos, UNAM, 1992), Adolfo Castañón (Arbitrario de literatura mexicana, Vuelta, 1993) y José Luis Martínez (La literatura mexicana del siglo XX, con Christopher Domínguez Michael, Consejo Nacional para la Cultura ylas Artes, 1995). Rulfo calificó a Rescoldo como "una de lascinco mejores novelas mexicanas", según el testimonio de Jean Meyer ("Rescoldo. Los últimos cristeros", El Nacional, 12 de marzo de 1989). Guy Thiebant presentó en la Sorbona una tesis de doctorado sobre la novela cristera, donde Estrada ocupa el lugarcentral.
     Publicó tres libros: dos novelas y el reportaje mencionado: Rescoldo. Los últimos cristeros, México, Jus, colección VocesNuevas No. 17, 1961, segunda edición, 1988, tercera edición en la colección Clásicos Cristianos No. 6, 1999; La sed junto al río, México, Jus, colección Voces Nuevas No. 25, 1967, segundaedición, 1989; y La grieta en el yugo, México, Jus, 1963.
     Publicó además algunos cuentos: "Vente, pasmao" (premiado por El Universal, suplemento dominical, 12 de agosto de 1963); "La cruz de la huertera" (La Prensa, 19 de abril de 1964); "Elcura de los muertos" (La Prensa, 21 de junio de 1963); "Losbenditos" (El Cuento, agosto de 1964); "El pasmao" (La Prensa, 4 de octubre de 1964); "El sombrero" (El Cuento, junio de 1965); "El pañito" (publicación no localizada). Póstumamente,aparecieron "El lobo", "Udocio Míster" y "El pasmao" (sábado, suplemento de unomásuno, 14 de enero de 1989); "Valentín de la Sierra", con una explicación sobre el personaje del corrido, que no fue un héroe, sino un traidor a la causa cristera (sábado,suplemento de unomásuno, 21 de enero de 1989).
     Dejó siete libros inéditos: cinco novelas (Los indomables, La buena cizaña, La tierra era blanca, El enemigo y Cinco mujeres); unlibro de cuentos (Narrativa típica) y un estudio (Los cristeros y laliteratura). Los textos inéditos que ahora se publican son de Narrativa típica. — Antonio Ávila HernándezSuerte de San Antonio
Para ir tirando, Felícitas engorda que engorda el puerquito, vende que vende los blanquillos o la polla a punto de poner. Mas, contra toda costumbre de sus cuinitos, del monte en donde gustan rascar en busca de raíces y bayas, una tardesolamente regresa la madre. De los dos pequeños ni rastro, ni siquiera una señal, por más que pregunta por todo el pueblo.
     —Guapo, qué mi suerte. Habérseme perdido mis puerquitos. Los que dejé para engorda.
     Pero no está todo perdido. Grande siempre ha sido su fe en San Antonio. No puede fallarle.
     —Si me haces el milagro, prometo darte uno, para las velas y las flores de tu altar en la iglesia. Y hasta para una misa cantada que te mandaré celebrar con el señor cura. Hazme el gran milagro, San Antonio lindo, y te juro que también te arreglarémejor su altarcito de aquí. Te haré nuevas rosas de oropel y más bonitas cadenas de papel de china, y nunca te faltará tu veladora ni maravillas frescas en el florero.
     Es una noche dura, de suspiros a cada revolverse en el petate. Purosoñar ladrones y carnitas de puerco tierno, chillidos de cuino ante elcuchillo; corretear tras sus cochinitos por montes y jarales sin nunca encontrarlos, como si tuvieran alas los traviesos, como si mejor corrieran en tanto ella más los persigue... El Guapo mismo no puede dormir. Jimiquea y arranca a ladrar sin ton ni son a cada rato. También parece acongojado.
     En cuanto amanece, de nuevo al monte, a allá en donde pareció divisarlos entre sueños. Y quiere el buen San Antonio que El Guapo al fin los descubra, por medio día. Los puerquitos habían dado con un camotal en brote, seembebían en los mejores tubérculos.
     Con todo, semanas después aquella preocupación, cada vez más el duro cavilar sobre la forma de pagar a San Antonio el gran favor.
     "Están tan lindos. Llenos de carnes. Tan avispados que esun contento".
     No sabe Felícitas cómo cumplir: si ahorita o más despuesito. Si en el mismo peso y tamaño que tenía el cuinito prometido cuando el compromiso, o tal como está de crecido y bien dado.
     —Ahí te lo daré después. Ahí será despuesito.
     Ya son unos cuinos gordos, gordos, que valen buenos pesos.
     Y le empiezan a salir clientes, sobran las tentadoras ofertas.
     —¿Y ahora cómo le hago?
     Si dolor se le hizo pagar cuando eran unas mirruñas, hoy se le achica el corazón con sólo pensar que sin remedio tendrá que darle uno a San Antonio.
     —Ni modo: tratos son tratos... Pero ahí será despuesito.
     En el "ya veremos, ahí será despuesito", lo inesperado. Amanece muerto uno, de entripado. Ni para comerlo, menos para recuperar algo del maíz y los cuidados de engorda.
     La anciana se da a la pena, le llora como de la familia. No hay más queenterrarlo bien hondo en el corral, en tanto cavila sobre el nuevo problema: ¿cómo pagar la manda ahora que solamente tiene un puerquito?
     —Chist, chist —le hace al Guapo, como si lo conminara a guardar el secreto.
     Corre a hincarse ante el altar. Compungida, tronándose los dedos.
     —Ay, San Antoñito lindo... Qué suerte tienes: habérsete muerto tu puerquito. Mira nomás.
      
     Remedios
     El "mal de ojo" se cura con cola de venado. Por eso en el jacal del indio y en muchas casas derancheros hay una cola de venado, amarrada a un palito. Al niño enfermo, repetidamente se le pasa la cola blanca y suave sobre los ojos, como abanicándolo.
     Las jaquecas se curan con "chiqueadores" de frijol pegados en la sien con saliva. También con las hojas de algunas yerbas milagrosas, del mismo modo aplicadas.
     Para algunos viejos malestares, sobre todo del corazón o del cerebro, nada mejor que pastillas hechas de arañas patudas, de esas que abundan en las piezas húmedas, y masa de maíz.
     Para el piquete de avispa "guitarrilla", lo primero es agarrar dos piedras bolas y duras, pegar una contra otra y oler el tamillo que sueltan. Luego, correr lo más ligero que se pueda en busca de una charca o poza, de arroyo o de río, lo mismo da, con la piedra más pesada que puedas sobre la cabeza. Si consigues hallar agua honda y meterte hasta el cuello, estás salvado de esa lumbre de muerte que es la ponzoña de algunas "guitarrillas".
     Contra la mordedura de la víbora de cascabel, lo mejor es agarrarla por el cuello y la cola, y en la mitad morderla lo más que se pueda. Mejor remedio es morderla aún cuando estáviva. Si esto no hicieres, es seguro que te cargará el diablo. Cuando menos, quedas baldado del brazo o de la pierna.
     Contra la ponzoña de la fiera, lo primero es atarte a la parte dañada una moneda de cobre o al mismo alacrán, machacado. También abrir con el cuchillo y chupar recio la sangre envenenada. Después, beber agua de cal. Si el mal está en un brazo o en una pierna, con un popote se unta ácido corrosivoa lrededor y arriba del piquete, y sobre la carne viva se atabien fuerte un cordón negro, para que el veneno no llegue alcorazón.
     Si persisten los dolores de lumbre y la falta de aire, sobre la picadura se amarra un cuerito de lagartija "escorpión", de esas que matan a un metro de distancia, nomás con que uno se acueste encima de su agujero.
     Si aun así el enfermo sigue retorciéndose, se pone morado y echa espuma por la boca, cada vez con más cabellos en lagarganta, no queda más que darle a beber la "yerba sin raíz" o "víbora sorda", como se le quiera llamar. Se toma excremento del mismo "picado" o de otra gente, se envuelve en un trapo, como muñoncito, y se pone a cocer. Cuando el té ha amarillado, se le da a beber al enfermo, lo más que pueda. Si ni con eso se compone, hay que ir al pueblo a comprarle el cajón y apartarle un lugarcito en el camposanto.
     La tisis y los granos que ni siquiera los médicos de población grande pueden curar, desaparecen dando a comer al enfermo carne de víbora de cascabel. De un puro varejonazo, y sin que lo haya visto a uno, para que no esté enojada y su carne no tenga ponzoña, se mata una víbora de ésas. Se le quita la cabeza y la cola, y el resto se pone a secar hasta que empieza a deshacerse. El polvo se guarda en un jarro y en cada plato de frijoles se le echa una cucharadita todos los días.
     Las patas de mula y otros magullones de cuidado se curan con sebo de oso y de coyote.
     Para fortalecer la sangre, comer carne de zorrillo o de tlacoache.
     Para los enfermos del corazón, nada mejor que darles a beber agua con polvos de concha nácar.
     Los niños tullidos caminan untándoles en las corvas sebo de res con hormigas rojas.
     La erisipela se va rápidamente y sin contagio si duerme uno siquiera una noche con un sapo en el seno.
     Lo mejor para los "fríos" del paludismo es meterse hasta el cuello en una charca de agua bien fría, precisamente cuando se está con las calenturas y el temblor. Pasado un rato, siempre con el agua al cuello, a las calmadas se bebe una taza de café bien caliente.
     Para los catarros constipados, apenas untarse en la nariz infundio de gallina, y no bañarse mientras dure la curación.
      
     La otra mejilla
     Cuando por estas sierras nos alzamos los primeros cristeros, desde luego nos topamos con un asunto que nunca hubiéramos siquiera imaginado: que los mismos padrecitos nos prohibieran pelear por Cristo, por la religión que nosinculcaron nuestros padres y luego nos afirmaron ellos en el bautizo, la confirmación y la primera comunión. Y más cuando principalmente peleábamos por defenderlos.
     "No debéis ir a la violencia —nos decían—. Un cristiano ha de ser humilde y paciente, dejarse golpear. Debe poner siempre la otra mejilla. Jesús fue manso como un cordero. Por eso dejó que lo crucificaran. Pudiendo destruir a sus enemigos con sólo pensarlo, prefirió que lo infamaran y lo ajusticiaran como criminal. Además, desde Moisés tenemos el quinto mandamiento, que nos prohíbe matar. Quitarle la vida a un prójimo, aunque se trate de nuestro perseguidor, es hacer algo que nomás corresponde al dueño de la vida: Dios".
     Y así por el estilo. Aun los nueve que por estos montes y barrancas huían juntamente con nuestras familias. Los alzados queríamos preguntarles por qué siendo verdad eso de que no había más camino que poner la otra mejilla a los soldados de Calles, ellos no iban a entregarse para que de una vez losmartirizaran.
     Era esto otro misterio para nosotros los rebeldes.
     Con todo, como a los cuatro meses, cuando la guerra se había puesto muy fea, principalmente para los señores curas, las cosas empezaron a tomar nuevos rumbos.
     El que menos hablaba, fue traicionado por uno de nosotros mismos y lo colgaron los soldados. Otro, que se decía fraile franciscano, y andaba descalzo y con una sotana café toda raída, casi como un apóstol de a de veras, se adentró en la sierra a predicar a los indios y a los pocos rancheros de las quebradas que esta nueva refolufia no era más que un castigo a los católicos de México por ser malos cristianos. Dos, disfrazados de arrieros, decían misa, confesaban y bautizaban en algún rancho de confianza. Otros se fueron a Nayarit y Sinaloa, en donde la persecución no era tan dura, ni había alzados como aquí.
     Con nosotros nomás se quedó uno, el padre Arteaga, precisamente el más bravo en eso de sermonearnos a cada rato con lo de "la otra mejilla" y el quinto mandamiento. También había cambiado mucho a estas alturas. Casi no predicaba. Nomás se concretaba a decir misa, confesarnos y rezar el rosario.
     Parece que los padecimientos de la huyenda, aquel frillazo y las tormentas de muchas horas, y sobre todo los sustos —hartas veces estuvo en un pelito de caer prisionero o ensartado por una bala callista— lo tenían medio pensativo, y hasta tristón. Ya no era el mismo de antes, dicharachero y regañón.
     A mí siempre me había platicado sus cosas. Pero hacía semanas que también conmigo andaba mustio, muy otro.
     Por fin, aquello que casi me hizo llorar:
     —Senorino —me dijo de pronto, luego de buen rato de mirar y mirar cómo desarmaba, limpiaba y volvía a armar dos pistolas—. Senorino, ya no se puede con esta bola. No me queda otra que hacer lo mío, lo que todos. No toda la vida me van a estar cubriendo ustedes. Dice el Señor: "Ayúdate, que yo te ayudaré". Préstame una de tus pistolas. -