Escándalo habemus | Letras Libres
artículo no publicado

Escándalo habemus

Luego de la tontería que cometió el Congreso de Guanajuato reformando la ley local que atañe al aborto, la versátil Musa Inepta visitó a un artista opaco y le insufló inspiración para un dibujo epatante: el indio Juan Diego despliega su tilma y, oh sorpresa, en lugar de rosas y Virgen de Guadalupe aparece la impúdica de Marylin Monroe mostrando sus teticas y olfateándose una axila.
     Previsiblemente, al artista le pareció un milagro; previsiblemente hubo quien lo colgó en un museo, quien se consideró ofendido en sus creencias religiosas y quien destruyó el dibujo; previsiblemente hubo quien se consideró muy ofendido en sus creencias liberales y vio en esto agravio a la libertad de expresión. A la prensa progresista, que dos acelerados rompieran el dibujo le dio oportunidad de vociferar en primera plana "RESURGE LA CENSURA EN JALISCO", logrando, al convertir a dos necios en el estado de Jalisco, un milagro superior a los panes y los peces.
     Aclaro de una vez: por pobre que me parezca la inspiración del artista, defiendo su derecho a padecerla. También creo que la mujer es la única responsable de su maternidad, y más si ha sido víctima de una violación. Pero ese no es el asunto: lo interesante en todo caso es que los herederos de "Pedro el Ermitaño" y los "jacobinos de época terciaria" se atareen en actuar la enésima edición de sus rencores en el debut de una democracia que por fin alterna el poder, y se empeñen en que hay una política detrás del episodio.
     Uno de los indignados ante este "atentado contra la libertad de expresión" dijo que "era previsible". Después, recordaba a Hitler, a la "dictadura de los espíritus que requiere el gran capital" y al infaltable opio de los pueblos. Claro que era previsible: si se caricaturiza a la Virgen de Guadalupe, es tan previsible que sus fieles se enojen como que sus adversarios aleguen la libertad de expresión; tan previsible el voltaire como el torquemada; tan previsible la defensa de la libertad de crear de uno como la de creer del otro, etc. En resumen: un contrato de previsibilidades que se azuzan mutuamente para avivar los sahumerios de ambas religiones.
     En el caso de los guadalupanos la previsibilidad se explica sola: no es difícil saber qué esperar de una afrenta al signo de una fe que además roza los otros territo-rios sagrados de la mexicanidad, el culto desaforado de la madre y la identidad quebradiza. En el caso del artista, es fácil y redituable agraviar un fervor multitudinario, gra-duarse a casus belli, cobrar quince minutos de fama y auto-inmolarse en el altar de sus convicciones.
     Lo inquietante es la previsibilidad de las izquierdas y el placer con que atizan estos zipizapes. Hay algo sospechoso en él. En su momento de mayor crisis, de liderazgos diluidos, plataformas tambaleantes y convicciones borrosas, una izquierda sin proyecto, sin autocrítica, remolona y resentida no se topa, Sancho, con la Iglesia: la busca, carga pilas en su recelo y se honra sacudiéndole el polvo a un par de obispos cachetones. Hay pocos espacios tan hospitalarios para la izquierda como la unánime rechifla a la sotana (no hay mejor reino que el de Cristo para las guerras civiles, dice Montesquieu). En la tontería del Congreso de Guanajuato y en "la censura de Jalisco" hay boleto para la tierra firme del anticlericalismo azufroso, excitado porque al presidente electo le da la gana de ir a misa; el comecurismo dominguero, la mueca contra el tufo ultramontano, el tiro al blanco fijo, la rumiada de Nietzsche. ¿Hay algo más estimulante para aquel cuyo primer acto revolucionario fue responder a la orden paterna de persignarse levantando el puño izquierdo?
     Me pregunto cómo conciliar esta pasión con la defensa de "los usos y costumbres" que esa izquierda reivindica, en otros casos, como ley superior. Sabemos que el guadalupanismo es la expresión más activa, vetusta y sólida de una convicción popular, blasón y estandarte del mismo pueblo al que las izquierdas querrían liderear, paradójicamente, hacia la preservación de sus propios valores. (En este sentido, mi general Zapata no hubiera roto el cuadro: le habría cercenado los zebedeos al autor, antes de formarle cuadro.) La lotería nacional y la Virgen de Guadalupe, dice Octavio Paz, es en lo único que creemos los mexicanos después de siglos de fracasos.1 Si queremos una izquierda racional que asuma a la sociedad como una solidaridad, ya podríamos empezar a respetar las creencias esenciales del pueblo con el que deseamos solidarizarnos y cuya solidaridad requerimos.
     La tradición feudal y la ñoñez jacobina vuelven a tirantearnos como en los eternos buenos tiempos. "Yo no lo deploro —diría ese guadalupano de López Velarde—: antes me alegro de que los iracundos y los pueriles sectarios lleven trazas de poder ofrecernos siempre un sabroso sainete de ideas. Me alegra, porque es saludable asistir a los escenarios en que disputan el candor y la petulancia".2 -