Entrevista con Guillermo Cabrera Infante | Letras Libres
artículo no publicado

Entrevista con Guillermo Cabrera Infante

Generoso, amable, discreto, Cabrera Infante aceptó contestar desde su exilio londinense estas preguntas. Sus respuestas estuvieron acompañadas de su firma, certificando la autenticidad de sus palabras, y una nota que él mismo coloca a manera de epígrafe antes de comenzar a responder: Como dijo el poeta Auden citado por el poeta Brodsky: “Benditas sean las reglas que prohíben las respuestas automáticas”. Exilio, persecución, aislamiento, eliminación, ostracismo, reclusión, son palabras que identifican el devenir de varios de sus biografiados en este nuevo libro (Vidas para leerlas), una especie de Ilustres, Preciosos Vencidos. Para algunos de ellos su signo de identidad es el exilio, el cual termina en muertes solitarias, ignoradas, silenciosas. ¿Son acaso muertes de este tipo el castigo mayor que las dictaduras desean/buscan para quienes disienten? En el entendido de que “nada mata tanto a un escritor como el olvido que es peor que el desprecio”, ¿morir así, en el “silencio eterno”, es el único fin del exilio? No necesariamente. Aunque en Cuba los exiliados del siglo pasado, como José Martí, supieron morir en el exilio en tierra cubana. Martí, claro, vino a suicidarse en Cuba pero a manos españolas. Martí murió en el silencio pero en la República su muerte tuvo una resonancia estruendosa. Su ejemplo vivo, después de muerto, fue ejemplar. Supo morir limpiamente, de “cara al sol” como quería. Otro exiliado eminente, el novelista Cirilo Villaverde, murió en el exilio de Nueva York, pero dejó una obra literaria a la que todos rendimos tributos. Su novela Cecilia Valdés es una obra maestra de la literatura en el exilio.
Desde el 3 de octubre de 1965, usted es un exiliado: “Cuba es un paraíso del que huimos tratando de regresar”. ¿Qué le ha quitado y qué le ha dado el exilio? El exilio me ha dado una fuerza moral. Antes para mí la vida era un juego, ahora es un lugar al sol moral. El exilio me ha quitado, como escritor, a mi lector natural, que son los cubanos de Cuba. Pero he ganado otros lectores, españoles, sudamericanos y sobre todo los cubanos del exilio, que, como sabe, suman ya más de dos millones. Distinguido conocedor de la vida habanera (“Dos patrias tengo yo: La Habana y la noche”), ¿qué es lo que más extraña de ella? ¿La “noche obscena”, el “caos nocturno”, su “esplendor perdido”? Una suerte de esplendor que sólo vibra en el recuerdo y que no tiene nada que ver con la nostalgia. Es más bien, como Ulises en la corte de Alcinous, una evocación. Como en la mitología, en La Habana los héroes aspiran a la condición de dioses. En su exilio, ¿aún cree, con William Faulkner, que el hábitat perfecto para un escritor es el prostíbulo? ¿Cómo complace allá su gusto por los “sentimientos vulgares”? Otros escritores se han apropiado esa fábula de Faulkner. Pero no yo. La única manera de vivir de/en un prostíbulo es siendo chulo. O un hijo de puta. Diga, en estos tiempos viles en que todos los sueños se convirtieron en pesadillas, ¿cómo concibe el futuro? El futuro no es más que una forma amenazante del presente, mientras que el presente no existe más que como pasado. Como se ve es el pasado el que amenaza convertirse en futuro. Una de las nociones de veras inquietante es la visión de déjà vu. Es decir, una forma de paramnesia. ¿Qué es más real en estos envilecidos tiempos: los “malos tiempos que vivir” o los “tiempos de imposible vida”? La vida es una señora gorda con muy poca ropa y un impenetrable disfraz. Es la muerte por otros medios. Es la vida la que nos acaba y le echa la culpa a la muerte. ¿Qué tan radicalmente debe tomarse su sentencia: “Un gran secreto es casi como un amor: sólo cobra sentido al revelarlo”? ¿Cree usted que incluso los amores secretos deben ser revelados? Decía Oscar Wilde, que siempre tuvo demasiada razón, que la diferencia entre un gran amor y un capricho es que el capricho dura más. El gran amor no dura más que para ser contado. Hay una guaracha guasona que canta: “Tengo un capricho contigo/un capricho de verdad”. Esa guaracha dura más que muchos boleros, que es la música de los amores secretos. Cuando ya no hay nada, ¿basta aferrarse a la escritura y la memoria? La memoria, ¿cura del dolor del exilio, salva de la muerte? La memoria es todo: la que tiene la llave de la literatura y de la vida. Sin memoria no podrían ustedes estar leyendo esta línea –y yo no la escribiría. Los griegos creían que Mnemosine, la diosa de la memoria, era la madre de las musas. La memoria es un bálsamo y a la vez un elixir paradójico. La literatura, ¿“después de todo no es más que un extendido epígrafe”? En el caso de Vidas para leerlas sí lo es. ¿Cómo va la novela que está escribiendo? ¿Es sobre el exilio de un cubano, según se rumora? ¿Cuándo podremos leerla? Mi novela tiene un título genérico que compartirá, espero, con dos títulos más, todos llamados Cuerpos divinos. La entrega en que trabajo ahora se llamará La ninfa inconstante, el título venido del cine y vuelto de revés. No tiene nada que ver con el exilio. Todo pasa en La Habana, en un barrio, El Vedado, concebido como un laberinto para dos amantes. Como quien dice Ariadna y Teseo, que en este caso se pronunciará Deseo. Es mi intento terminarla antes de que termine 1998. Pero para llegar a la Yunai hace falta el hilo conductor de esa engañadora, engañada belleza griega. ~ — Isaac Mendoza