En los noventa años de Bobbio | Letras Libres
artículo no publicado

En los noventa años de Bobbio

Es evidente, para conservar la memoria es necesario nombrar lo pasado, utilizar las palabras precisas para definirlo, realizar una operación peligrosa y exponernos a sus consecuencias. Y esas consecuencias son fatalmente políticas, aún ahora en vísperas del Tercer Milenio, y a pesar de que se nos ha vaticinado el Fin de la Historia.
En el "Prefacio" de un libro de recuerdos y testimonios personales titulado Italia Civil, fechado en noviembre de 1963, Norberto Bobbio escribió una frase poco común en su prosa más bien seca y directa: "detesto a los fanáticos con toda el alma".1 Esta expresión anímica tiene un motivo: a él y a su generación les tocó combatir contra tres tipos de fanatismo: el fascista, el católico y el comunista .
     Acerca del fascismo dice: "Cuando Mussolini conquistó el poder, pocos días antes yo había cumplido trece años —Bobbio nació el 18 de octubre de 1909; cuando cayó el 25 de julio de 1943 yo tenía treinta y cuatro".2 Es el periodo de su formación intelectual y política dentro de los círculos liberales opuestos a la dictadura. Sufrió una doble persecución por ser militante antifascista y por ser judío. Formó parte del Comité de Liberación como representante del Partido de Acción cuyo lema fue "Justicia y Libertad". Sobre el catolicismo no hay más que entender su vínculo con la lucha secular librada en Italia contra las pretensiones universalizantes del Vaticano y su insistencia en meter las manos y los dogmas religiosos en los asuntos políticos internos e internacionales. Frente al comunismo su postura fue siempre de rechazo al totalitarismo encabezado por la Unión Soviética. Este alumno de Gioele Solari insistió en que el modelo estalinista significaba un alejamiento de los valores enarbolados por la Ilustración en pos de la dignidad humana. Se trata de tres fanatismos igualmente indeseables, reacios a aceptar alguna verdad que no sea la propia.
     Aunque este pensador es conocido por su adhesión a la política deliberativa, él mismo ha reconocido que esa postura tiene límites porque los fanáticos rechazan por sistema el diálogo y el respeto por quienes piensan de otra manera. En tales condiciones es imposible plantear un acercamiento basado en la razón.
     A primera vista parece extraño, entonces, que él se haya preocupado por establecer un diálogo con los comunistas italianos. No obstante, la cuestión se explica, al menos en parte, por los diferentes troncos culturales de procedencia de los soviéticos y de los italianos dentro de las distintas vertientes del comunismo: los primeros tuvieron como base las cerradas y rígidas posturas de Lenin, en tanto que los segundos tuvieron como sustento las más abiertas y sugerentes ideas de Gramsci. Esta diferencia dio pie, por ejemplo, a que los comunistas en Italia fueran uno de los factores determinantes para la implantación, al terminar la Segunda Guerra Mundial, del sistema republicano.
     Bobbio —un poco a la manera de Eduard Bernstein frente a los socialdemócratas alemanes a finales del siglo pasado— trató de hacer ver a sus compatriotas vinculados con el marxismo que ya, en los hechos, habían optado por un camino diferente al insurreccional y, por tanto, debían asumir la responsabilidad de la opción seleccionada. A mi entender ese fue el espíritu de la "Invitación al coloquio" (1951) y del "Diálogo entre un liberal y un comunista" (1952) que tuvieron como interlocutores privilegiados a intelectuales y dirigentes políticos de la talla de Galvano della Volpe y Palmiro Togliatti. Estos ensayos, junto con otros dedicados al mismo tema, fueron reunidos posteriormente en el libro Política y cultura.3
     En la misma tesitura abrió una nueva disputa ideológica con los comunistas entre 1973 y 1976. Provocó el encuentro de ideas mediante algunas preguntas punzantes: ¿Existe una teoría marxista del Estado? ¿Qué alternativas proponen ustedes ante la democracia representativa? Los interlocutores aumentaron en número, entre ellos destacaron Archille Occhetto y Umberto Cerroni. Las intervenciones del escritor turinés en esa polémica terminaron por formar un libro, ¿Qué socialismo?4 En la discusión resaltó el hecho de que los comunistas veían en la democracia liberal un medio para llegar a la sociedad socialista, mientras Bobbio no concebía a la democracia liberal como un simple medio, sino como un fin en sí mismo con sus métodos y valores.
     La controversia con los marxistas se extendió al terreno de los artículos periodísticos. Entre ellos hay uno muy significativo, "Los comunistas y Hungría" publicado en el rotativo La Stampa el 16 de octubre de 1986, treinta años después de la terrible represión contra el primer movimiento opositor a la hegemonía soviética en los países del Este europeo. Entre los hechos aberrantes se encuentra el asesinato del dirigente, Imre Nagy. Los comunistas italianos aceptaron haber cometido un error al apoyar a la Unión Soviética en aquel episodio; pero el autor de El futuro de la democracia consideró que no se trataba simplemente de la admisión de una culpa: "Es fácil reconocer los errores...  Lo complicado es entender por qué fueron cometidos tales errores. Más difícil y, sobre todo, más vergonzoso", porque:
[...] en una concepción totalizante del partido —el partido es el único depositario de la verdad—, absolutista de la política —la acción política sólo puede ser juzgada con base en los resultados con independencia de los medios empleados para alcanzarlos—, finalista de la historia —el curso histórico de la humanidad tiene un fin último preestablecido, la sociedad sin clases y libre de toda forma de opresión—, no podían ser considerados errores.
Andando el tiempo los comunistas italianos ya no creyeron que su partido fuese el único depositario de la verdad: aceptaron, en términos prácticos y conceptuales, el pluralismo y el relativismo.
Ya no admitieron la visión de la política como misión extraordinaria: reconocieron las reglas del juego democrático por las cuales se convierten en un partido como todos los demás. Dejaron de compartir la visión finalista de la historia: la solución de la sociedad sin clases se tradujo en una "utopía invertida". Eso explica lo embarazoso y poco convincente de las respuestas dadas por los miembros y dirigentes del Partido Comunista Italiano.

De hecho ya a finales de 1981, cuando el Ejército Rojo invadió Polonia para frenar el movimiento Solidarnocs, el PCI rompió definitivamente con el PCUS; pero fue sólo nueve años después cuando el PCI decidió abandonar el marxismo y asumir por entero la democracia liberal. Los dirigentes del PCI, transformado en Partido Democrático de la Izquierda, aceptaron explícitamente la vía no violenta para conquistar el poder junto con el respeto de los derechos ciudadanos. Reconocieron, por igual, las reglas del juego democrático; la interdependencia entre la libertad y la justicia, tópico característico del socialismo liberal en el que se inscribe Bobbio; el conflicto incruento como resorte del progreso social y económico; la concepción antidogmática, no providencial de la vida pública.
     En un artículo publicado el 14 de marzo de 1990 él recordó las diferencias programáticas entre el Partido de Acción, que abanderaba precisamente el socialismo liberal, y el Partido Comunista en las elecciones de junio de 1946. Allí menciona algunas frases usadas en aquel entonces: "Los comunistas imponen la disciplina de partido, en tanto que nuestro método es crítico dentro y fuera del partido". Los "accionistas" les decían a los comunistas: "Ustedes andan ensuciando los muros y escriben 'Viva Stalin'; nosotros no tenemos esa costumbre pero, en todo caso, hubiésemos escrito dos palabras, 'Justicia y libertad'". Irónicamente el filósofo turinés tituló su artículo "¡Buen trabajo, viejo topo!", echando mano de la frase de Shakespeare que tanto gustaba a Marx. Finalmente, la tenaz labor de convencimiento había rendido frutos; su insistencia en el diálogo y la tolerancia ante los comunistas no fue una estrategia equivocada. Pocos meses antes de esta transformación oficial, o sea durante los trabajos preparatorios del Congreso donde el PCI se convirtió en PDI, los propios comunistas, en un gesto que los ennoblece, reconocieron la labor del profesor turinés y le dijeron públicamente "Gracias Bobbio por la coherencia de tus ideas".5
     Hago estos señalamientos sobre la personalidad de Bobbio y algunos aspectos del debate político en su país porque fueron acogidos con sumo interés en otras latitudes. Quiero referirme en particular al significado que sus ideas han tenido, en una visión panorámica, en el mundo iberoamericano. Para ello me remito al evento internacional que se celebró en julio de 1992 en el Palacio de la Magdalena de Santander, sede de la Universidad Menéndez Pelayo, sobre "La figura y el pensamiento de Norberto Bobbio". En esa ocasión se recordó que la primera traducción de un texto suyo al castellano se realizó en México en el año de 1949. Fue el libro El existencialismo, escrito en polémica con Jean Paul Sartre.6 México fue igualmente el primer país iberoamericano que visitó. Aquí participó en el XIII Congreso Internacional de Filosofía en septiembre de 1963; sus anfitriones fueron Luis Recasens Siches y Eduardo García Máynez. Posteriormente visitó Brasil en 1982, Argentina y Chile en 1986 y Colombia en 1987.
     Para abundar sobre el caso mexicano cito textualmente un fragmento de la ponencia del profesor chileno Agustín Squella Narducci: "Cabe señalar que el momento de mayor interés por el pensamiento de Bobbio ocurrió entre 1986 y 1988. Ello se explica por diversos motivos. En primer lugar, en aquellos años se tradujo una gran cantidad de obras de Bobbio, gracias al interés de José Fernández Santillán y del Fondo de Cultura Económica. En segundo lugar, la presencia en México de Michelangelo Bovero, uno de los discípulos de Bobbio, constituyó un decisivo estímulo en la recuperación del pensamiento del maestro. Finalmente, las traducciones de Bobbio de esos años coincidieron con el momento más álgido del debate latinoamericano en torno a las posibilidades de consolidar las nuevas democracias".7
     Conviene, sin embargo, hacer algunas precisiones a lo expuesto por el profesor Squella. Me parece que el interés en México por la obra de Bobbio no ha decaído; antes al contrario, ese interés se ha acrecentado. De otra parte, es oportuno mencionar que la primera visita de Bovero a México fue en 1987 en ocasión del congreso internacional "Teoría política y democracia" organizado por el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM a la que han seguido, de entonces a la fecha, una decena de viajes de carácter académico a nuestro país. Por lo demás Bovero ha estado, con el mismo propósito, en naciones como España, Argentina, Brasil y Perú. En nuestro país han trabajado la obra de Bobbio, Elisabetta di Castro, Lorenzo Córdova Vianello, Corina Iturbe, Luis Salazar, Laura Baca Olamendi, César Cancino —en este caso, según el parecer de Squella—, Rodolfo Vázquez y Gustavo Cajica —ambos desde la perspectiva jurídica.
     El pensamiento del filósofo italiano fue tomado en consideración al momento de ser fundado en Argentina, bajo la presidencia de Raúl Alfonsín, el Consejo Federal para la Consolidación de la Democracia.8 A la difusión de las ideas bobbianas en aquel país contribuyeron decididamente Genaro R.

Carrió, Ernesto Garzón Valdés y Carlos S. Nino.
     Fue Miguel Reale quien introdujo en Brasil, en los años cincuenta, los textos jurídicos de Bobbio. En la década de los ochenta tuvieron gran éxito obras como La teoría de las formas de gobierno, El futuro de la democracia y el Diccionario de política. Entre sus seguidores brasileños se encuentran Celso Lafer y Tercio Sampaio.
     Para ilustrar el caso colombiano basta mencionar que: "Según expresiones de Osvaldo Duque Luque [...] trabajos de Bobbio en torno a los temas del Estado, el Derecho y la Política sirvieron de referencia a muchas propuestas de reordenamiento institucional promovidas en Colombia con motivo de la Asamblea Nacional Constituyente de la que resultó la Constitución de 1991".9
     Mención especial merece la señalada visita de Bobbio a Chile en 1986, o sea, tres años antes de la salida de Pinochet. Dictó dos conferencias ante auditorios repletos, la primera en la Universidad Católica y la segunda en la Universidad de Valparaíso. Una anécdota que suele contar con entusiasmo acerca de ese viaje es la pancarta extendida por los estudiantes de Valparaíso en la cual se leía: "Bienvenido Sr. Bobbio, los que luchan por la democracia y la libertad lo saludan". El antiguo combatiente antifascista insistió en fotografiarse junto al lienzo.
     España es, seguramente, el país de habla hispana en donde nuestro escritor piamontés ha tenido mayor resonancia. A Felipe González se le atribuye la frase según la cual él impulsó la democracia y el socialismo tomando en cuenta los planteamientos de Bobbio. Se sobreentiende: impulso en los aspectos positivos de la transición española y no en las degeneraciones y corruptelas registradas en la última etapa de la gestión del PSOE. El grupo bobbiano en ese país está constituido por intelectuales como Gregorio Peces-Barba, Elías Díaz, Alfonso Ruiz Miguel —traductor de varias obras de filosofía jurídica y política—, Manuel Atienza, Andrea Greppi, Javier de Luca, Eusebio Fernández y María Ángeles Barrere.

Evidentemente, al hablar de Iberoamérica no podemos perder de vista las muy distintas realidades nacionales; pero hay coincidencia en asumir la democracia liberal según las reglas que, de acuerdo con Bobbio, la caracterizan: a) todo ciudadano, sin distinción de raza, religión, nivel económico o sexo tiene el derecho de expresar con su voto la propia opinión y/o elegir a quien la exprese por él; b) el voto debe tener igual peso, vale decir, "a cada cabeza un voto"; c) los ciudadanos en pleno uso de sus derechos políticos deben ser libres de votar de acuerdo con su propia conciencia en una contienda equitativa entre grupos políticos organizados que tratan de sumar las demandas y transformarlas en deliberaciones colectivas; d) ellos también deben ser libres para poder seleccionar entre alternativas reales; e) sea para las deliberaciones, sea para las elecciones, rige el principio de mayoría; f) ninguna decisión por mayoría debe limitar el derecho de las minorías, en particular el derecho de convertirse, en igualdad de condiciones, en mayoría.10
     Luego entonces, la democracia no es solamente, como es frecuente oír, el gobierno de la mayoría (las dictaduras de Stalin y de Mussolini también fueron respaldadas por la mayoría); por el contrario, la democracia es el sistema que se destaca por respetar a las minorías. Consenso y disenso forman parte sustancial de ese régimen político. ¿Qué vale el consenso allí donde el disenso está prohibido? En la dinámica propia de la democracia, donde debe haber un contacto permanente entre la mayoría y las minorías para alcanzar acuerdos, juegan un papel fundamental el diálogo y la tolerancia, y eso excluye los extremismos.
     Afortunadamente vemos que se han alejado, de la política que cuenta, los extremos en que pareció fluctuar el destino iberoamericano, fascismo o comunismo. Asimismo se ha replegado, al menos por el momento, el fundamentalismo católico. Con todo y las dificultades que tiene enfrente, la democracia avanza. Más aún, como lo aceptó Perry Anderson,11 el socialismo liberal, en cuanto convergencia entre tradiciones culturales distintas, muestra tener una nueva oportunidad a nivel mundial luego de la caída de la Cortina de Hierro y el decaimiento del liberalismo económico. La deseada confluencia (en la que ya reflexionaron autores como Hobhouse, Rosselli, Rawls y Bobbio mismo) convocaría a un socialismo no marxista y a un liberalismo no mancheteriano.12 Sería la conjunción armónica entre "Justicia y Libertad".
     Así y todo, no tengo duda de que en el orden silogístico formado por el liberalismo, la democracia y el socialismo, la premisa mayor de Bobbio sea el liberalismo de matriz ilustrada, de acuerdo con el dicho kantiano ¡Sapere aude!. Para corroborar esta afirmación me remito al mencionado "Prefacio" de Bobbio al libro Italia Civil que tomé como punto de partida. Allí se lee: "Del reconocimiento de las convicciones de los demás he tomado la mayor lección de  mi vida. He aprendido a respetar las ideas ajenas, a frenarme ante el secreto de cada conciencia, a entender antes de discutir, a discutir antes de condenar". Ejemplo digno de tomarse en consideración. -