En honor a Robert Schumann | Letras Libres
artículo no publicado

En honor a Robert Schumann

Un buen amigo dice que a mí no me gusta la música, sino los discos. Tiene razón. Y hace no mucho, en la enésima entrevista del año, Bill Gates demostró que no le gustan ni la música ni los discos, al declarar que, al contrario de los libros, los llamados compactos deben desaparecer por superfluos, y anuncia que serán sustituidos por programas donde cada usuario escogerá exactamente lo que quiere oír desde su teclado. No dudo que ese tiempo llegue muy pronto. Mientras tanto, seguiré disfrutando del placer de comprar discos, que, a diferencia de los libros, tienen mucho de juguetes, pues el feliz poseedor de una sonata para piano de Schumann tocada por Maurizio Polini, tan pronto llega a casa, puede abrir el celofán —ya Tower Records comercializó un artilugio que permite hacerlo sin riesgo de enloquecer— y en una hora, cuando mucho, disfrutar de su adquisición. Los compactos son pequeños y cómodos, objetos muy hermosos.
     Desde 1995 la revista musical española Scherzo ofrece unas guías que ofrecen la discografía recomendada y la obra completa comentada de los grandes músicos. Hasta la fecha han aparecido las dedicadas a Beethoven, Mozart, Brahms y Schubert (sólo los lieder), escritas por Arturo Reverter, mientras que Enrique Martínez Maura hizo la de Bach, Fernando Fraga las de Rossini y Verdi, Ángel Fernández Mayo la de Wagner, Justo Romero la de Falla, Domingo del Campo la de Haydn y Santiago Martín Bermúdez la de Stravinsky.
     Las guías de Scherzo, bastante competitivas con sus similares anglosajonas, son la delicia del melómano en tanto que consumidor de discos. Al menos yo, coleccionista enfermizo, me arrojo sobre cada una de ellas y, lápiz en mano, subrayo y señalo las preferencias de los autores, las comparto o las rechazo e, irremediablemente, acabo por ir a la tienda o pedir por internet los discos que, con escándalo, descubro que no están en mi discoteca, esa que Bill Gates volverá superflua en unos meses. Hélas!
     Particular emoción me ha dado leer, cotejar y compulsar el Robert Schumann que el escritor hispanoargentino Blas Matamoro, director de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, ha escrito para esa colección. Dicen que los hombres de letras nos dividimos entre los que tienen como amante a la música y los que veneran a la pintura. Tiendo a pensar que los primeros somos minoría; muchos de los grandes escritores del siglo XX murieron orgullosos de su sordera —Nabokov el primero—, y otros elogiaron a Stockhausen pero fueron sorprendidos comprando highlights de grandes sopranos, en saldo, marca patito, en las tiendas de discos. No olvido que Matamoro es un experimentado crítico musical, pero quienes lo leímos como el corresponsal español de Vuelta durante años lo tenemos, en fin y en principio, como un escritor.
     Es cierto, también, que algunos poetas y narradores, casi siempre franceses, han incursionado con sonora ineptitud en la crítica musical, como Gide, pianista amateur que escribió un Chopin que fue motivo de tierna conmiseración para don Jesús Bal y Gay lo mismo que para Stravinsky, prosista de primera a quien nada que fuese pensamiento crítico le era ajeno. Michel Butor, a su vez, escribió unas penosas interpretaciones esotéricas de las Variaciones Diabelli de Beethoven, aunque debe decirse, en contrapunto, que el libro de Pierre Jean Jouve sobre Don Giovanni es una joya. E inclusive el gusto musical de grandes apologistas filosóficos de la música deja mucho que desear. Recuerdo mi sorpresa cuando me enteré de que el mismísimo Schopenhauer tenía por gran músico y partitura esencial para sus ejercicios de flauta a un orfebre tan anodino como Franz Danzi.
     En fin, que Blas Matamoro ha escrito un estupendo Robert Schumann (Discografía recomendada. Obra completa comentada, Guías Scherzo, Ediciones Península, Barcelona, 2001, 196 pp.) Ayudado por un formato que exige del comentarista la síntesis expresiva y lo obliga a confrontar sus juicios ante una discografía disponible para su lector, Matamoro recorre buena parte de los 148 números de opus que componen el catálogo de Schumann, con un estricto conocimiento de la materia. A sus opiniones, a la vez cautas y comprensivas, se suma una prosa elegante de tan escueta y una explicación, que pocas veces había yo visto por escrito, de por qué Schumann, de la mano de ese ser extraordinario que fue Clara, tuvo la vida más romántica pero escribió una música que escapa a las convenciones manidas de lo que se entiende por romanticismo. Sólo el rigor intelectual de Matamoro podía poner sobre la mesa el misterio schumanniano en un libro que habla, esencialmente, de discos. El resto forma parte de la célebre frase de Jomi García Ascot: "Sólo hay algo mejor que la música. Hablar de música." ~