El visionario rigor de Félix Candela | Letras Libres
artículo no publicado

El visionario rigor de Félix Candela

Félix Candela fue mexicano en España y trasterrado en México hasta que el éxito profesional, y sobre todo el reconocimiento internacional, hicieron que ambos países se disputaran su gentilicio. De hecho ostentó dos: nació el 27 de enero de 1910 en Madrid y se naturalizó mexicano, dos años después de su exilio, en 1941.
     En México encontró las condiciones idóneas para hacer realidad las cubiertas ligeras que había estudiado años antes. Candela Outeriño había estudiado en la Escuela de Arquitectura de Madrid entre 1927 y 1935. Durante aquel periodo fue profesor asistente de Resistencia de Materiales. Las estructuras laminares que se construían en Europa desde los veinte llamaron su atención, y obtuvo una beca en 1936 para estudiar en Alemania sus características y procesos constructivos. Sin embargo, sus planes se vieron truncados por el estallido de la Guerra Civil. Se enlistó en el ejército republicano, fue capitán de ingenieros en varios frentes y, seguro de la derrota inminente, pasó a Francia en 1939, donde se le recluyó en campos de concentración algunos meses. Candela fue uno de los 25 arquitectos entre miles de exiliados republicanos que viajaron a México entre 1939 y 1942, gracias a la solidaridad del presidente Cárdenas.1  
     En esos años también recibieron acogida otros renombrados arquitectos como Max Cetto y Hannes Meyer. Cetto había abandonado su Alemania natal y su formación expresionista para buscar en la costa californiana primero, y en México después, la síntesis entre modernidad y tradición, entre lo racional y lo vernáculo. En Los Ángeles trabajó con Rudolph Schindler y en la otra nación fue buen amigo y aún mejor estudioso de Luis Barragán. Hannes Meyer, después de dirigir la Bauhaus en un periodo entre Walter Gropius y Mies van der Rohe, erró por varios países hasta establecerse en México más de un decenio. Si bien no llegó a construir ningún proyecto propio, la influencia de su paso fue decisiva tanto por sus propuestas urbanas como por su influencia pedagógica. Meyer fue uno de los fundadores del Instituto Politécnico Nacional, del que egresarían los mejores ingenieros del país, y Max Cetto fue profesor en la Universidad Nacional hasta su jubilación. Éste formó a las mejores generaciones de arquitectos mexicanos de la segunda mitad del siglo pasado y legó un prestigiado taller con su nombre. La residencia de ambos en aquel país coincidió con una época de crecimiento económico y con el auge de la construcción en gran escala.
     Al igual que aquéllos, Félix Candela también se dedicó activamente a la enseñanza y después de diez años inciertos en el ámbito profesional, construyó su primer cascarón experimental. Se trataba de una bóveda funicular que se caracterizaba por recibir únicamente tensiones de compresión, lo cual permitía mantener el mismo grosor en todos sus puntos. Las ventajas constructivas y económicas eran evidentes. Animado por el éxito de esta primera iniciativa, Candela fundó con sus hermanos Antonio y Julia, y con los arquitectos mexicanos Fernando y Raúl Fernández, la empresa Cubiertas Ala, dispuestos a introducir los cascarones de hormigón en el campo de la arquitectura industrial. Con su empresa, Candela, arquitecto, ingeniero, asesor, contratista, constructor y prestidigitador, convertía los caprichosos esquemas de sus colegas en estructuras sencillas y ligeras. Casi siempre subordinado a otros que lo invitaron a calcular o a construir las cubiertas de sus proyectos, sus méritos permanecieron en la oscuridad varios años.
     Su primer cascarón maestro fue el Pabellón de Rayos Cósmicos edificado en la Ciudad Universitaria de la ciudad de México en 1951.
Proyectada con Jorge González Reyna, la bóveda se trazó con doble curvatura para que no rebasara quince milímetros de grosor, lo cual permite, desde el interior, la medición de neutrones.

Los "paraguas" fueron sus mayores aportaciones: elementos formados por cuatro segmentos o tímpanos con forma de paraboloide hiperbólico, sostenidos por una columna central. Por la eficiencia del encofrado fue recurso común en las cubiertas industriales de las gasolineras y mercados de la época.
     Entre las numerosas colaboraciones con lo más destacado de la intelectualidad arquitectónica mexicana destacan los mercados que realizó con Ramírez Vázquez en 1955 y 1956, el restaurante Los Manantiales de Xochimilco con Joaquín Álvarez Ordóñez en 1958, y la capilla abierta de Palmira en Cuernavaca, en 1959, con Rosell y Larrosa.
     Los paraboloides hiperbólicos, que caracterizaron una época de esa arquitectura americana, sólo pudieron realizarse gracias al visionario rigor de Candela, a la mano de obra mexicana, intensiva y barata, que hacía posible encofrar con gran prontitud las superficies alabeadas definidas por tablones rectos de madera y a las normas de construcción, apenas exigentes, que toleraban los tenues grosores de los mantos de hormigón. El invento decayó cuando las condiciones cambiaron.
     En 1958 la compañía Bacardí le encomendó la construcción de su planta embotelladora y compartió lugar y cliente con Mies van der Rohe, que proyectó el pabellón de las oficinas después del frustrado proyecto para la sede en Santiago de Cuba. Candela se sentía próximo a otros ingenieros y arquitectos de su tiempo tan originales como Ove Arup, Pier Luigi Nervi o Frei Otto, y como ellos era muy severo con las propuestas del maestro alemán de Chicago y sus estructuras adinteladas, "que no habían evolucionado desde los griegos". La planta embotelladora que propuso está compuesta por seis cascarones de borde libre dispuestos en pares, los cuales abarcan una área mayor a cinco mil metros. Las bóvedas de planta cuadrada y de treinta metros por lado tienen un espesor constante de cuatro centímetros. Son los mayores cascarones que Candela construyera y una de sus obras más hermosas por la fluidez y transparencia del espacio, lo cual permite el paso de la luz entre las uniones, y por las fachadas perimetrales vidriadas.
     Su última obra importante, el Palacio de los Deportes para los juegos olímpicos de 1968, fue cúspide de la modernidad en México. Se trata de una estructura metálica semiesférica dividida en segmentos de planta cuadrada en los que se insertaron subestructuras alabeadas basadas en la forma de los "paraguas".
     Después de casi veinte años de docencia en la Universidad Nacional Autónoma de México decidió emigrar a los Estados Unidos para incorporarse a la de Illinois en 1971. Influyeron en tal decisión las desavenencias con la dirección de la Facultad de Arquitectura, una esposa estadounidense y la decadencia de su empresa, aunque su nuevo éxodo no dio fruto alguno, pues ya no existían las condiciones idóneas —mano de obra barata, normas flexibles y creatividad— de los años previos.
     Las cubiertas ligeras de hormigón armado en forma de angulosos paraguas o de sinuosos mantos que Félix Candela construyó en los años cincuenta y sesenta lo convirtieron en un hito de la arquitectura mexicana del siglo XX. Como diría su admirado Frei Otto, "sólo Candela logró convertir las estructuras laminares en una obra maestra".2  -