El uno y el todo | Letras Libres
artículo no publicado

  El uno y el todo

Ni uno menos (Yi ge dou bu neng shao), dirigida por el gran director chino de la "Quinta Generación" (post-Revolución Cultural) Zhang Yimou, ganó el León de Oro en Venecia en 1999, un premio inmenso para una pequeña película, aunque artísticamente (hasta cierto punto), y tal vez aún más sociológicamente, interesante. El director eligió actores no profesionales, en su mayoría reclutados y seleccionados en el campo, y el logro más notable de la película está en el manejo que hace Zhang de un grupo de niños campesinos —de edades que varían—, que son los estudiantes de una escuela primaria rural de un solo salón, a la cual, al principio de la película, la treceañera Wei Minzhi (caracterizada por Wei Minzhi —los personajes conservan los nombres originales de los actores—) llega como maestra sustituta, porque Gao, el maestro titular y un hombre mayor, será alejado temporalmente por una crisis familiar.
     Wei Minzhi es poco más que una niña ella misma, con sólo educación primaria, y sus instrucciones consisten en una breve conversación con el maestro Gao (cuando éste está por irse). Y él le muestra el rudimentario estado físico de la escuela (ella dormirá en la propia escuela, compartiendo un cuarto con tres de los estudiantes).
     Ni uno menos está conscientemente creada con una trama mínima y un cuidadoso, pero escaso, uso de la técnica cinematográfica. Como sucede tan seguido en el cine iraní, alabado por Zhang Yimou, los niños son aquí el vehículo de la trama y del comentario social (una estratagema casi esencial y muy útil en Irán para evitar la censura de los mullahs). Zhang extrae tanto variedad como individualidad de su reparto de niños campesinos, y la interacción entre ellos y Wei Minzhi en el primitivo salón —interacción controlada, no sentimentalizada, marcada por súbitas sorpresas personales en tanto que Wei, una niña poco mayor, aprende a dirigir niños— es el mejor, más natural y menos artificial aspecto de la película.
     Cuando el niño Zhang Huike no aparece una mañana y Wei descubre que se ha ido a la capital de provincia a buscar trabajo para ayudar a su empobrecida familia, ella se enfrenta a un problema doble: personal y social. Se le ha dicho a Wei que, para cobrar su pequeño salario, debe tener el mismo número de estudiantes para cuando regrese el maestro Gao. Ella piensa primero en su paga, y decide partir, de alguna forma, hacia la capital, donde debe encontrar al niño. Pero —sin perder el motivo de ganancia personal y responsabilidad— su viaje a la gran ciudad también se convierte en una aventura social, la misión de traer a un niño desertor de regreso a la escuela. Y su viaje y vagabundeos convocan tanto a una mayor inventiva cinematográfica como a un mayor número de clichés sociopolíticos.
     Las aventuras de Wei en la ciudad se convierten en una especie de baile con una serie de parejas abstractas: la emoción genuina, el sentimentalismo, el proceso de madurez de una joven niña y —al vuelo— la observación e indirecta crítica de la China de hoy, condicionada por la conciencia de la mirada atenta de la censura del gobierno.
     El primer problema es cómo pagar el viaje de Wei a la ciudad. Cuando finalmente intenta colarse en un camión, es echada, y comienza a caminar. Hay un rápido corte hacia su caminar con decisión, sin chamarra y con el pelo suelto, como si hubiera madurado en un momento, que es una efectiva variación cinematográfica del cliché comunista chino de la joven decidida en ruta a cambiar el mundo. Y es acompañada por uno de los pocos toques musicales (dulce y triste) usados discreta y efectivamente a lo largo de la película. Provinciana rústica en la ciudad, escucha consejos recogidos al azar e improvisa intentos torpes de localizar al niño descarrilado. En cierto punto gasta casi todo su dinero en papel y tinta y escribe anuncios, sin una dirección que indique cómo hacer contacto con ella, pues no tiene dónde quedarse. A los papeles se los lleva el viento (mientras Wei duerme en la calle) y son barridos por barrenderos —una imagen elegante de futilidad y del paso del tiempo. En otro punto intenta, durante todo un día, afuera de una estación de televisión, identificar al director de la misma (el tiempo pasa a través de una serie de disolvencias) preguntándole a todos los que pasan a pie o en bicicleta, pero sin ocurrírsele interrogar a los que entran en coche. Mientras, hay cortes a Zhang Huike mendigando comida y finalmente siendo aceptado por la dueña de un restaurante que le ofrece alimentarlo si a cambio él se dedica a lavar los trastes.
     La censura (o su sombra) aparece con el trato universalmente gentil que reciben Wei y Zhang en la ciudad. Nadie los amenaza, nadie trata de abusar de ellos. La única figura que se le acerca a la cualidad villanesca es el recepcionista a la entrada del estudio de televisión, quien le niega la entrada a Wei por no tener una identificación formal. Aquí tenemos al cliché ("yo sólo obedezco órdenes") del burócrata menor que bloquea el acceso al obviamente mejor intencionado (ex oficio) y benevolente burócrata de nivel alto, en este caso el director de la estación, que regaña al recepcionista e invita a Wei a su oficina. A Wei se le hace aparecer en un programa de noticias junto a una conductora elegantemente vestida, y su lacrimógeno mensaje llega a la dueña del restaurante y, a través de ella, al niño, con quien por fin se reúne. Pero la división entre las dos Chinas —la rural encajada en su pobreza, la urbana con sus sueños neocapitalistas— aparece claramente en la simple doble toma de la locuaz conductora en su moderno traje y la dolorosamente tímida Wei en sus ropas campesinas, confusa pero eventualmente elocuente entre sus lágrimas. La película finaliza con el regreso triunfal y una arenga escrita sobre la importancia de que los niños no abandonen la escuela. Pero también nos quedamos con la cuestión abierta del contraste, y tal vez la alienación creciente, entre la nueva y agresiva vida de la ciudad china y el campo, donde, tal vez a pesar de ella misma, Wei Minzhi se ha convertido en la heroína tradicional de valores comunales y del valor del "todo", con la voluntad de no aceptar ni siquiera "uno menos." -- Traducción de Santiago Bucheli