El Tzompantli de Zultépec-Tecoaque | Letras Libres
artículo no publicado

El Tzompantli de Zultépec-Tecoaque

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Zultépec-Tecoaque era a principios del siglo XVI un importante poblado prehispánico, parte del señorío acolhua localizado en la región occidental del actual estado de Tlaxcala. Fundado aproximadamente en el año 1200 d.C. sobre evidencias de construcciones teotihuacanas, fue destruido en 1521 por conquistadores españoles como castigo por la captura y el sacrificio de una caravana integrada por hispanos y algunos indígenas aliados. Las derruidas edificaciones llamaron la atención desde tiempos coloniales tempranos y el lugar fue identificado como Tecoaque por los habitantes indígenas de la región, nombre que podría significar “lugar donde se comieron a los señores o dioses”.

Uno de los resultados del más reciente proyecto de investigación fue identificar el nombre del lugar en el periodo Posclásico Tardío, el cual era en lengua náhuatl Zoltépec o Zultépec (cerro de las codornices). Los datos plasmados en las fuentes históricas y las tradiciones locales, así como la exploración arqueológica del sitio, permitieron relacionar a Tecoaque con el sitio de Zultépec mencionado en documentos de los siglos XVI y XVII.

Entre las menciones relacionadas con el antiguo asentamiento de Zultépec, luego identificado como Tecoaque, se encuentra la referida a la captura en 1520 de una caravana proveniente de la Villa Rica de la Vera Cruz y al posterior sacrificio de sus miembros, europeos y algunos indígenas aliados, en un asentamiento acolhua de la región de Texcoco. Las fuentes hispanas donde se relatan los sucesos son las Cartas de relación (segunda y tercera) enviadas por Hernán Cortés al emperador Carlos V de España, documentos de los que emanan la Historia general de las Indias de López de Gómara y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Díaz del Castillo, en los cuales se relatan los mismos acontecimientos.

Estando Cortés en Tenochtitlán fue informado de la llegada a las costas de Veracruz de navíos procedentes de Cuba al mando de Pánfilo de Narváez, enviado por el gobernador de Cuba para capturarlo. Después de dejar organizada a su gente bajo la responsabilidad de Pedro de Alvarado, el conquistador partió hacia Cempoala. Luego de vencer a los recién llegados hizo prisionero a Narváez y a algunos de sus hombres, ya que otros se unieron voluntariamente a él.

Días después, estando Cortés aún en Cempoala, tuvo noticias de Tenochtitlán, enterándose de que en esa ciudad los indígenas tenían cercados a los españoles debido a que Alvarado había ordenado una matanza de nobles indígenas. Después de dejar organizada una caravana que lo seguiría llevando enfermos y propiedades de los europeos, el conquistador regresó a la capital de los mexicas. El 21 de junio de 1520 entró a la ciudad, quedando sitiado hasta la llamada “noche triste”, durante la cual escapó con parte de sus hombres, llegando siete días después al poblado tlaxcalteca de Hueyotlipan.

En este lugar se enteró, por los tlaxcaltecas, de la captura de la caravana así como del posterior sacrificio de sus miembros. Destaca Cortés la muerte de cinco de a caballo, de 45 peones hispanos así como de trescientos indígenas aliados, al igual que la de un criado de su confianza que traía cosas de su propiedad. Señala que en Cempoala había dejado cosas suyas y de sus compañeros, siete mil pesos de oro fundido, catorce mil pesos de oro en piezas y otras muchas cosas que valían más de treinta mil pesos de oro.

En la Tercera carta de relación apunta que, estando en Texcoco preparando la reconquista de Tenochtitlán, envió a Gonzalo de Sandoval con quince de a caballo y doscientos peones por los bergantines que tenía en Hueyotlipan y que al mismo tiempo mandó a “que destruyese, y asolase un Pueblo grande, sujeto a esta Ciudad de Tesaico, que linda con los Términos de la Provincia de Tascatecal”, debido a los sucesos.

Relata en la misma carta que, después de la captura de los miembros de la caravana, los indígenas los sacrificaron y les sacaron el corazón frente a sus ídolos, además de que cuando Gonzalo de Sandoval pasó por el pueblo halló en una pared blanca, escrita con carbón, la frase “Aquí estubo preso el sin ventura de Juan Yuste”, un hidalgo de los cinco de a caballo. Comenta, además, que, cuando los indígenas vieron que el alguacil mayor llegaba para castigarlos, comenzaron a huir pero los hispanos les dieron alcance y mataron a muchos; el resto de la población fue esclavizada, y el lugar quedó abandonado.

 

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Durante las excavaciones en los contextos arqueológicos del sitio hubo una serie de hallazgos, destacando el descubrimiento de una cantidad importante de entierros humanos, algunos de los cuales eran de origen europeo. El análisis de la información recuperada permitió verificar la información plasmada en los documentos históricos ya mencionados, ayudando a ubicar el sitio en el tiempo y el espacio.

Durante la investigación en el centro ceremonial del asentamiento se localizó al interior de una oquedad una concentración de catorce cráneos. El conjunto estaba cubierto con una vasija grande decorada con diferentes motivos iconográficos. Los cráneos estaban en buen estado de conservación y presentaban como característica especial perforaciones casi circulares en ambas regiones parietotemporales, lo que permitió inferir que habían estado expuestos en algún momento en un tzompantli, altar en que se colocaban las calaveras de los sacrificados.

El estudio antropofísico del grupo de cráneos fue determinante para confirmar los hechos relatados en las fuentes históricas. Inicialmente la indagación de los restos óseos fue realizada por Mario Ríos, quien señaló la probable presencia de europeos en la muestra. En 1997 Carlos Serrano confirmó la presencia de europeos entre los cráneos hallados, así como de una mulata y de indígenas mesoamericanos, además de notar la presencia de huellas de corte en los cráneos y con ello corroborar el sacrificio de los capturados, con la posible ingestión de su carne.

De los catorce cráneos doce no presentan mandíbula inferior. En cuanto a los maxilares superiores, muestran una pérdida casi total de sus piezas dentarias y las pocas que aún conservan están fracturadas o con fisuras, resultado posible de su cocimiento. Los grados de intemperismo mostrados en los cráneos permiten inferir, además, que fueron colocados en el tzompantli en parejas, uno masculino y otro femenino. Asimismo, destacan las huellas de los cortes realizados con el fin de desprender los músculos que los cubrían para su posterior ingestión ritual.

Como resultado del análisis realizado se definió que siete de los catorce cráneos son masculinos y siete femeninos, dividiéndose en dos grupos. El primero, de origen amerindio, está integrado por tres cráneos con características morfológicas que permiten proponer su origen otomí; por dos cráneos que pertenecen a personas originarias de la costa del Golfo y por otros dos relacionados con grupos étnicos del centro de México, posiblemente tlaxcaltecas; todos ellos masculinos. Por último, destaca la presencia del cráneo de una mujer, que por sus características morfológicas se presupone del área maya. En el segundo grupo, de origen no mesoamericano, se ha podido confirmar la presencia del cráneo de una mulata; el resto de los cráneos son de personas de origen europeo.

También se ha podido concluir que los cráneos expuestos en el tzompantli de Zultépec-Tecoaque correspondían a personas adultas, de entre 20 y 35 años.

 

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Con sustento en la información plasmada en algunas fuentes históricas, en especial en las descripciones de la festividad de Panquetzaliztli –el decimoquinto mes del calendario náhuatl–realizadas por los frailes Sahagún, Durán y Benavente, además de con información arqueológica recuperada en el sitio, se pudo establecer que fue durante esta celebración que se sacrificó a algunos de los miembros de la caravana capturada.

Narra Sahagún que a los nueve días de ese mes aparejaban a los que habían de matar y los adornaban con muchos papeles; al final hacía un baile con ellos, durante el cual cantaban los esclavos, para después sacrificar a los cautivos y luego a los esclavos en el templo dedicado a Huitzilopochtli. Los cuerpos de los sacrificados eran arrojados por las escaleras. Los datos arqueológicos permiten inferir que los decapitaban para luego desmembrarlos y comer sus carnes; por último, que sus cabezas eran ensartadas en el tzompantli.

Durán, por su parte, relata que las calaveras expuestas en la empalizada eran las de los sacrificados en dicha festividad. Destaca que los pobladores no quitaban los cráneos expuestos, sino que las calaveras se caían a pedazos por “viejas y añejas”.

Benavente, por último, relata que tal festividad estaba dedicada especialmente al dios de la guerra, y que por lo mismo a los ofrendados se les sacaba el corazón, que era presentado al Sol. A veces los ministros que celebraban la ceremonia se comían el corazón o lo enterraban, antes de tirar los cuerpos por las escaleras. Si el ofrendado era un cautivo de guerra, su captor y sus amigos ingerían su carne.

Un día después del ritual del sacrificio, los viejos, los principales y los casados tomaban un pulque llamado matlaloctli y macuiloctli. Puede inferirse que se bebía para volver tolerable la cercanía de la muerte y que se ingería en vasijas en forma de maguey, llamadas octecómatl, también encontradas en el lugar.

La presencia de una piedra de sacrificio (téchcatl) en la parte superior de la estructura permitió inferir que el ritual se efectuó allí. Ese era un espacio considerado sagrado, donde era posible ofrendar la vida de algunos hombres sin infringir ninguna regla, ya que era un axis mundi en que se cruzaban los ámbitos terrenal y celestial.

Otros elementos encontrados fueron algunos objetos sacrificiales. A pocos metros del lugar donde fueron enterrados los cráneos, se encontró casi a nivel del piso una caja con un hueco superior pequeño que, quizá, sirvió para guardar el corazón de uno de los sacrificados, probablemente el de una mujer. Al interior de la oquedad se encontró un poco de tierra arenosa, tal vez resultado de la descomposición de su contenido orgánico.

Otro hallazgo, en el cuarto escalón de la escalinata del templo circular, fue el de un nicho rectangular en cuyo interior se depositó un cuchillo de sacrificio trabajado en sílex, técpatl, acompañado con fragmentos de copal. La pieza era el instrumento con que se realizaban los sacrificios, y por lo mismo tenía un importante simbolismo: era un objeto sagrado, poseedor de enormes poderes, al que sólo podían acceder los iniciados en las actividades y los conocimientos sagrados, es decir, los sacerdotes sacrificadores. El copal, resina olorosa que según los mitos deleitaba a Quetzalcóatl, acompañaba al cuchillo porque se creía que el aroma de la sangre del sacrificado mezclado con el olor del copal llegaba a los dioses.

Considerando lo anterior, los sacrificios descritos se inscriben en un momento histórico de inestabilidad y guerra. Dicho ritual manifestó, en ese momento, una súplica a los dioses para que mantuvieran el mundo y el equilibrio del cosmos, además de un intento de sumar a sus fuerzas las de los enemigos ingiriendo su sangre y su carne. ~