El taller del biógrafo: Una conversación con Jon Juaristi | Letras Libres
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El taller del biógrafo: Una conversación con Jon Juaristi

Jon Juaristi (Bilbao, 1951) es una de las personalidades más singulares de la cultura en nuestra lengua. Poeta, narrador y profesor, ha escrito obras de referencia sobre el nacionalismo y sus mitos, como El bucle melancólico (Espasa Calpe, 1997), ha explicado con honestidad y elocuencia su trayectoria política en Cambio de destino (Seix Barral, 2006), es autor de la admirable biografía Miguel de Unamuno (Taurus, 2012) y acaba de publicar una revisión erudita y lúdica de la monarquía española: A cuerpo de rey (Ariel, 2014). Su obra combina el rigor y la pasión por las ideas y las palabras con un humor fino y sabio que es lo contrario a la falta de seriedad.

En Miguel de Unamuno (Taurus, 2012) usted asegura que para el biógrafo siempre es importante recurrir a su propia experiencia vital. ¿Por qué?

En todo caso, siempre será útil contrastar lo que sabemos por experiencia directa con lo que aprendemos del documento. Hice una pequeña trampa al plantear esta cuestión de una manera un tanto radical en la biografía de Unamuno, porque, en efecto, las coincidencias entre mi vida y la suya eran numerosas y, bien expuestas, podían impresionar al lector. No siempre se da tal cantidad de elementos comunes entre biografiado y biógrafo, y ello impide que este principio pueda ser elevado al rango de norma metodológica. Sin embargo, la propia cercanía biográfica funciona a veces como un factor de disuasión, que desanima (todo está muy visto, te dices, para qué repetir lo ya sabido). Convertirla en clave principal, en motivo fundamental de inspiración, ayuda a desbloquear la escritura.

En su retrato de Unamuno hay comprensión, pero también distancia y una gran cantidad de humor e ironía. Lo presenta como uno de los primeros “intelectuales” españoles. Tras escribir la biografía, ¿se siente más cerca o más lejos del personaje? ¿Cuáles serían sus grandes errores y aciertos?

Tomo la idea de Unamuno como primer intelectual español –o, al menos, como primer intelectual español moderno– de mi amigo Stephen G. H. Roberts, de la Universidad de Nottingham (a mi juicio, el mayor especialista vivo en Unamuno). Calificar a Unamuno de intelectual no necesita justificación. Lo era en el sentido moderno y sustantivo del término: o sea, alguien que intenta influir con sus ideas en la política y en la sociedad de su tiempo a través de la prensa. Este tipo humano surge en Europa y América a finales del siglo xix. Lo que Roberts hace –en mi opinión, muy atinadamente– es poner de manifiesto el carácter fundacional y arquetípico de Unamuno en lo que a la historia de los intelectuales españoles se refiere.

No hablaría de aciertos y errores. Las ideas de Unamuno, en su mayor parte, no me convencen. Su religión (o su filosofía de la religión) ya le parecía terriblemente caduca a Borges, uno de los pocos latinoamericanos que se la tomó medio en serio y condescendió a discutirla. En España ha sido, paradójicamente, el aspecto del pensamiento de Unamuno que más ha interesado tanto a obispos como a comecuras.

¿Qué queda del 98?

Una gran literatura. En poesía, Antonio Machado (y Unamuno); en novela, Baroja (y Unamuno); en teatro, Valle-Inclán (y Unamuno); en ensayo, Unamuno (y Unamuno). Con solo estos cuatro nombres se justificaría, si hiciera falta, una modernidad española. Claro que también hay otras cosas: la pintura, con su descubrimiento del paisaje y del paisanaje –en Beruete, Haes, Regoyos, Zuloaga, Sorolla, Gutiérrez Solana, etcétera–; el nacionalismo musical de los Falla, Turina, Guridi... A mi juicio, todos ellos están mucho más vivos que los que vinieron después.

En su biografía de Unamuno aparecen las tradiciones y las transformaciones sociales, las controversias intelectuales, breves biografías de algunos personajes que rodeaban al escritor. ¿En qué medida es importante la reconstrucción de una época cuando se cuenta una vida concreta, y viceversa?

Czesław Miłosz pensaba que la reconstrucción de la época era lo único que podía justificar la autobiografía. Quizás. Es lo que mueve, desde luego, la gran escritura autobiográfica moderna, desde la Ilustración (Pepys, Casanova, Saint-Simon, Jovellanos...) hasta el siglo XX (Stefan Zweig o Baroja, por ejemplo). Ahora bien, la biografía –no la autobiografía– es un género histórico de segundo grado y, como tal, busca instalarse en un contexto suficientemente documentado desde la historia política, social, económica, cultural, etcétera. Acaso la excepción sea la de la biografía de los subalternos, que tiende a confundirse con la microhistoria (pienso en el Menocchio de Carlo Ginzburg, en el Martin Guerre de Natalie Zemon Davis...).

¿Qué importancia tiene el género biográfico, y autobiográfico, para el estudio de la historia de las ideas?

Depende de los casos. Las buenas biografías o las memorias, buenas o malas, sinceras o falaces, son siempre valiosas en los casos de creadores de ideas.

A menudo, la biografía y la autobiografía se han usado para la construcción nacional. Como ha mostrado en varias de sus obras, y también en su libro más reciente, A cuerpo de rey, las trayectorias individuales se distorsionan para elaborar mitos patrióticos. ¿Es un proceso que tiene unas constantes a través de tiempos y épocas? ¿Una función de la biografía seria es desmontar esos mitos?

Tampoco podría responder de forma tajante y unívoca. En algunos casos, yo diría que sí, pero no sé si merece la pena. Pongo un ejemplo: en los años treinta del pasado siglo aparecieron distintas biografías hagiográficas del padre del nacionalismo vasco, Sabino Arana Goiri (las de Ceferino de Jemein y la de Pedro de Basaldúa son las más difundidas). Por supuesto, forman parte del mito de orígenes del nacionalismo vasco, y como tales deben ser tratadas por los historiadores. Pero ¿debe un biógrafo detenerse a desmontar sus aspectos, digamos, míticos y nacionalistas? No lo tengo tan claro.

¿Qué biografías, o libros con perspectiva biográfica, han sido decisivos para usted?

Muchas. Una de las primeras que leí, la de Eugenio Aviraneta, por Baroja, fue importantísima para mí. Más que de las grandes biografías como la del conde-duque de Olivares, por Marañón y después por John Elliott (que también), he aprendido de las pequeñas escritas por Julio Caro Baroja, que pensó mucho y muy acertadamente sobre el género (El Señor Inquisidor y otras vidas por oficio, Vidas poco paralelas, Semblanzas ideales, etcétera). Hablo de las biografías españolas, claro. Para lo referente a México y a Latinoamérica, en general, tendría que mencionar las de Enrique Krauze. Y en lo referente a otros países, las de Roy Foster, Mona Ozouf, Pietro Citati, etcétera. Sin olvidarme de clásicos como Chesterton o Lytton Strachey, que no serán demasiado rigurosos, pero sí amenos, y eso también es de agradecer. ~