El retorno de la poesía popular | Letras Libres
artículo no publicado

El retorno de la poesía popular

Como la Internet y la margarina, el fax y el café instantáneo, la idea de los Portables es consecuencia de la guerra. Durante la Segunda, para aliviar el tedio y el miedo dominantes en las muchas horas en que no se combate, los Estados Unidos enviaron a los frentes antologías o selecciones de un solo autor, actualización del antiguo vademecum, el libro que uno siempre puede llevar consigo.
     La editorial Viking perfeccionó la noción en tomos de bolsillo tan notables como The Portable Faulkner. En él Malcolm Cowley rescató y consagró a un gran novelista a quien se consideraba acabado antes de cumplir cincuenta años; o bien, The Portable Nietzsche donde Walter Kaufmann hace caber en 691 páginas los cuatro libros esenciales de su autor y páginas de sus otras obras, notas y cartas. Viking fue comprada por Penguin Books y la serie creció en tamaño pero continúa y sus títulos se reeditan cada año o varias veces al año.
     En su gran momento Emecé inició en Buenos Aires una colección semejante. Por desgracia, sólo llegó a publicarse un tomo: Prosa y verso de Quevedo (1948), editado por Borges y Bioy Casares, que contiene el prólogo recogido en Otras inquisiciones. Desde hace algunos años Taurus en Madrid y Cal y Arena en México han hecho sus propios Portables. Luis Miguel Aguilar ha añadido a la serie "Los Imprescindibles" una antología de Poesía popular mexicana que en unos cuantos meses tiene ya varias reimpresiones y parece destinada a convertirse en un long seller. El canon del anticanon
Aguilar no recoge la poesía que el pueblo mexicano ha creado de un modo anónimo ni la lírica infantil ni las letras de Agustín Lara o José Alfredo Jiménez. Su límite es la poesía culta que el gusto popular ha sentido, sostenido y reclamado como suya. Quisiera que el sector cultural viese esta selección como un libro atendible y el "lector popular" encontrara en él, y esto ya parece haber sucedido, la versión siglo XXI de la antología anónima y sin fecha El declamador sin maestro que estableció para México el canon del anticanon. Por coincidencia, Poesía popular mexicana apareció en el mismo 1999 en que murieron Berta Singerman, la declamadora que llenaba estadios con sus recitaciones, y el poeta español Manuel Benítez Carrasco cuyos poemas "El perro cojo" y "Cinco toritos negros" cierran esta compilación.
     Su lectura me obliga a corregir la microhistoria cultural que me había forjado para consumo interno. Según ella 1955 fue el año en que se eclipsaron estos poemas. La declamación y la oratoria dejaron de ser modelos del "buen decir" para convertirse en anacronismos ante la nueva época de James Dean y de Elvis Presley. En la capital la "ciudad letrada" se mudó a la CU y con ella se fue la "cultura del abogado" que invariablemente tenía bajo el cristal de su escritorio o en un cuadro el poema "If" de Kipling traducido por Efrén Rebolledo. Desaparecieron las librerías de los zaguanes y los mercados en que circulaba la poesía de cordel, sobre todo en ediciones baratísimas de "El Libro Español". Los juegos florales de los estados no tardarían en ser convertidos por Víctor Sandoval en premios nacionales. En las carpas la rechifla no dejaba escuchar a los recitadores y el "pueta" —con u como propone Guillermo Sheridan— figuraba en las rutinas de los cómicos al mismo título degradante que el "jotito" y el "peladito". Desaparecieron de los periódicos las secciones fijas en que se ridiculizaban "las mariguanadas de los poetisos", los poemas contemporáneos, e invariablemente se contrastaban con alguna límpida estrofa de Gaspar Núñez de Arce o Juan de Dios Peza. La inmortalidad del anonimato
Agustín Lara se oscureció después de su apoteosis en el homenaje de 1953. Nadie supo hallar la voz del Eclesiastés, Horacio, Calderón y Nezahualcóyotl en la poesía "ranchera" de José Alfredo Jiménez. A tal punto que Eduardo Mejía considera imposible que versos como "No vale nada la vida,/ la vida no vale nada:/ Comienza siempre llorando/ y así llorando se acaba./ Por eso es que en este mundo/ la vida no vale nada", puedan haberse escrito sin la colaboración de Rubén Bonifaz Nuño.
     Octavio Paz y José Luis Martínez condenaron a los poetas "del corazoncito de México" al infierno de la cursilería sin redención. En los noventa ambos se retractaron y Martínez se sumó a la clamorosa rehabilitación de Nervo. Pero en aquel entonces si alguien confesaba gustar de estos poetas —al fin y al cabo aquellos que le revelaron la poesía— era puesto en cuarentena. En cambio a todo el mundo le encantaba "Macorina" que se creía obra de Chavela Vargas, como nadie pensaba que las letras de "Nunca" (Ricardo López Méndez) y "Caminante del Mayab" (Antonio Mediz Bolio) no fueran de su musicalizador Guti Cárdenas.
     La única inmortalidad es el anonimato: versos de "Macorina", ni siquiera el poema completo, fue lo único que sobrevivió entre los cien libros del poeta asturiano Alfonso Camín (1890-1982), iniciador en Cuba de la poesía negrista y autor en México de novelas indigenistas como Xóchitl y El indio Juan Diego. Tío abuelo del compilador y de su hermano Héctor, Camín fue un poeta famoso. Lo elogió López Velarde: "... Y si busco en la floresta/ de España un bardo de hoy, tu ave en fiesta/ casi es la única que me contesta."
     Más singular es el caso de Rosario Sansores, hoy vindicada por José Joaquín Blanco y en aquel ayer epítome de lo innombrable con sus floridas crónicas de sociales y su columna diaria "Rutas de emoción" en Novedades. Pero admiradísima (sin que nadie sospechara su autoría) por el poema "Sombras" en la voz de Julio Jaramillo.
     El golpe más dañino vino de fuera: la reseña de George Orwell a los poemas de Kipling seleccionados por Eliot. Orwell formuló el concepto de la "buena-mala poesía": aquella que expresa en versos memorables algo que uno tarde o temprano se encontrará pensando. Ejemplo de Campoamor: "Las hijas de las madres que amé tanto/ me besan ya como se besa a un santo." Las dos culturas
Luis Miguel Aguilar nació en 1956, los años que me parecían del derrumbe, y me demuestra cuán equivocado estaba. En su infancia y adolescencia todavía asistió a declamaciones, rezó poemas de fray Miguel de Guevara y José Manuel Sartorio, leyó El declamador sin maestro y tuvo acceso a fuentes para mí desconocidas como los discos de Rafael Acevedo y los libros Poesías inmortales para toda ocasión y Joyas de la poesía. No es cierto, nos dice, que nadie lea poemas y los libros no se vendan: a la gente sí le interesa la poesía pero su gusto va a contrapelo de lo que se considera el gusto moderno. A éste le aconseja apropiarse del otro o entenderlo al menos. Por ejemplo, es increíble que "El brindis del bohemio" sea tan popular (y elogiado por Gabriel Zaid) pero que no se consiga ni en bibliotecas el libro donde lo publicó Guillermo Aguirre y Fierro: Sonrisas y lágrimas (Aguascalientes, 1942). O que Manuel M. Flores no tenga una edición actual de Pasionarias. La última que he visto es de editorial Pax-México, 1988, que ratificó el canon al publicar también las Poesías escogidas de Nervo, Darío, Peza, Gutiérrez Nájera, Acuña y Díaz Mirón, más el Romancero gitano. Los poetas, subraya el compilador, pueden figurar en las dos culturas: el crítico elige "Idilio" de Díaz Mirón: el gusto popular, "Paquito" y "A Gloria", del mismo modo que prefiere "Y yo que me la llevé al río" a Poeta en Nueva York, y los Veinte poemas a Residencia en la tierra. Nervo y Sabines
En la poesía popular mexicana nadie supera el triunfo de Amado Nervo, "surtidor de poesías para todas las necesidades y todos los temas": desde la defensa contra los invasores hasta el desembarco en la Luna. El compilador no cree que Jaime Sabines sea aún poeta popular. Dice que lo será en 2020 cuando lo adopten como adultos todos los niños que hoy lo leen en las escuelas. Porque cada poema culto se lleva por lo menos cincuenta años en hacerse de verdad popular. La prueba del compilador es preguntarles a los meseros de los restaurantes: ninguno conocía a Sabines pero todos sin excepción habían leído a Nervo.
     Sobre el gusto poético de los meseros no puedo decir nada, tan sólo respetarlo. Sin embargo, discrepo de esta apreciación basado en una experiencia personal. El 17 de marzo de 1999, invitado por Osvaldo Zama y Jorge Valdés Díazvelez, Sabines hizo la última lectura de su vida en la Casa de la Cultura de México en San José de Costa Rica. Más de trescientas personas llenaban la sala. El silencio era reverencial. En el avión de regreso a México no hubo un minuto en que alguien no se acercara a Sabines para pedirle un autógrafo o, lo que es más asombroso, una dedicatoria en el Otro recuento de poemas. Nadie sabía que iba a viajar en ese vuelo. Llevaban ejemplares porque es su lectura cotidiana y la prefieren a las películas y a las novelas de aeropuerto.
     Tardamos una hora en llegar a la salida internacional desde la sala ante la que aterrizó el aeroplano. Empujo la silla de ruedas y tengo que detenerla a cada momento. Otra vez libros surgidos de la nada, saludos de mano, veloces testimonios de lo que su poesía ha significado para todas esas personas. Entre ellas, sí, hay muchas con ingresos suficientes para un viaje aéreo: pero también, y quizá sobre todo, empleadas de las tiendas, oficiales de migración, aduaneros, maleteros y un gran número de jóvenes y de muchachas. Nunca había visto ni volveré a ver nada igual. ¿Buena-mala poesía?
Tampoco he visto a nadie que se emocione ni se deleite con versos de indudable valor histórico pero tan lamentables como las odas de Andrés Quintana Roo al "Dieciséis de septiembre" o de Francisco Ortega "A Iturbide en su coronación". En modo alguno creo que sean poesía popular como la que este libro recoge "de otros lares" y muestra un ignorado privilegio: cuántas poesías tan distintas se reúnen en la lengua española y qué suerte es el regalo de leer esta diversidad en el propio idioma materno.
     La última sección incluye aquellos poemas que se han puesto "a petición popular", como "El seminarista de los ojos negros", "Por qué me quité del vicio" y "Credo". Aquí me hace falta un poema popularísimo hace medio siglo, "Elogio al rebozo" de Gregorio de Gante, declamador que fue tan célebre como Manuel Bernal. Desconocía a quien se firma "Caballero" y no obstante puedo resolver la interrogación: no se trata de un poeta mexicano sino tan español como Miguel Ramos Carrión o Benítez Carrasco pues habla de "chumbera", "cortijo", "moza" y "chaval". Tampoco me explico la ausencia de Mario Benedetti en este capítulo. Quizá tendrá que esperar otros cincuenta años todavía. El poema más reciente entre los incluidos es el soneto al tiempo de Renato Leduc.
     "¿Buena-mala poesía?" Habrá que revisar a George Orwell. "Los motivos del lobo", caballito de batalla en todos los maratones declamatorios, es, si uno lo lee con cuidado, una obra maestra de Rubén Darío y la más asombrosa maravilla de versificación que se ha producido en castellano. Por esta y tantas otras cosas que nos obliga a ver con nuevos ojos hay que darle las gracias a Luis Miguel Aguilar.