El paraíso perdido | Letras Libres
artículo no publicado

El paraíso perdido

¿A la tercera va la vencida? Ese fue el caso de François Mitterrand en Francia. Alcanzó la presidencia de la república en 1981, después de haber contendido y perdido con el general De Gaulle (1965) y con Valery Giscard d'Estaing (1974). Mitterrand se reeligió siete años después y consumó uno de los periodos de gobierno democrático más largos de la historia. Cárdenas, ahora que se registró como candidato por tercera ocasión, debe tener muy presente esta historia. La tenacidad de Mitterrand y su perfil, como candidato de izquierda, son cualidades que el ex jefe de gobierno de la Ciudad de México debe valorar positivamente. Existe, además, otra coincidencia: el líder socialista alcanzó la presidencia mediante la alianza del Partido Socialista con el Partido Comunista; Cuauhtémoc ha sido postulado en esta ocasión por una coalición, que incluye al PRD, al PT, al Partido Alianza Social, al Partido de la Sociedad Nacionalista y a Convergencia Democrática. Sin embargo, pese a toda esta serie de coincidencias el futuro de Cuauhtémoc Cárdenas no se ve promisorio. Las encuestas lo sitúan en el nivel más bajo de su carrera política (8%, Reforma, 29-xi-99) y no hay indicios de que su campaña esté repuntando.
     ¿Por qué un hombre que cimbró al sistema político en 1988 y que arrasó en la Ciudad de México nueve años después se encuentra hoy a la baja y no repunta? Las razones son varias, pero hay tres particularmente relevantes: Cárdenas ya no aparece, como en 1988, como el abanderado de la lucha democrática; el escándalo del 14 de marzo del año pasado, cuando las elecciones internas del PRD fueron suspendidas por las irregularidades, y las denuncias de Porfirio Muñoz Ledo, en el sentido de que Cuauhtémoc se comporta como un cacique, golpearon fuertemente su imagen. El candidato del PRD tampoco aparece ahora como el principal impugnador de las políticas neoliberales del gobierno de la república. Es cierto que sus posiciones en materia económica son más sensatas que en el pasado; ya no se pronuncia contra el TLC ni está a favor de la expansión indiscriminada del Estado en la economía; sin embargo, su discurso ha perdido agresividad. Por último, la victoria en la Ciudad de México en 1997 terminó siendo un regalo envenenado. En parte por su incapacidad como gobernante y en parte por la complejidad de los problemas del Distrito Federal, las expectativas y las esperanzas de un cambio radical en la Ciudad de México fueron defraudadas.
     Pero más allá de los errores, ¿hay una falla en su persona? Sí, sin duda. Por una parte, el capital político de Cuauhtémoc está directamente asociado al nombre y la obra de su padre. Sin embargo, su carrera política no se inició bajo el auspicio del general, sino de doña Amalia. Las fechas no mienten, el primer cargo importante de Cárdenas es el de senador de la república en 1976, luego se convirtió en subsecretario en la Secretaría de Agricultura y finalmente en gobernador de Michoacán; todo gracias a José López Portillo. Por otra parte, Cárdenas encabezó la disidencia priista en 1987 con la convicción de que había que terminar con la política de apertura comercial y de privatizaciones de Miguel de la Madrid; sólo después de que el presidente se cerró y dio a conocer el nombre del candidato (el más continuista de los continuistas), Cuauhtémoc renunció al pri y aceptó la postulación a la presidencia de la república por el PARM. La campaña de Cárdenas cobró una fuerza inusitada por la simpatía que despertó, pero también porque las fuerzas más retrógradas dentro del régimen lo apoyaron (La Quina, líder del sindicato petrolero, y Carlos Jonguitud, "líder moral" del sindicato de maestros). Pero la contradicción mayor está en que Cárdenas creía y cree en la existencia de un pueblo cardenista que habría sido aletargado por los gobiernos de la Revolución que perdieron el rumbo, pero que continúa vivo y está mayoritariamente con él. Su destino y su tarea histórica le han parecido desde entonces completamente claros: debe recobrar el sendero correcto de la Revolución Mexicana y cumplir, de paso, un anhelo personal: recuperar al padre que nunca lo vio como el heredero de su obra. Estos rasgos psicológicos se combinaron con la estructura del Partido de la Revolución Democrática, que está integrado por una serie de movimientos y tendencias que sólo tienen un punto en común: la veneración incondicional de Cuauhtémoc. El "culto a la personalidad" se transformó, así, en el único mecanismo que podía conjurar la división y la ruptura interna. El acoplamiento fue perfecto: el PRD obtuvo al caudillo que demandaba y Cárdenas se forjó un partido a su medida.
     El destino de Cárdenas no deja de ser paradójico. A menos que suceda algo extraordinario, no es probable que su campaña repunte ni que pueda disputar el segundo sitio en esta elección. Sin embargo, Cuauhtémoc tuvo la oportunidad de pasar a la historia como el impulsor del cambio democrático, por haber fracturado al PRI en 1987, y como el primer jefe de gobierno de la oposición en la Ciudad de México. A ello se hubiera sumado la autoridad moral que habría ganado en el interior de su partido al dejar el espacio libre para que otros se postularan. Pero optó exactamente por lo contrario. Decidió jugarse el todo por el todo con la esperanza de alcanzar su objetivo en el tercer intento. Desde un punto de vista estrictamente personal, la decisión es inobjetable. Objetivamente, las probabilidades de que gane su apuesta son prácticamente nulas. Sin embargo, no podría haber sido de otro modo: la larga marcha de Cárdenas se puede, esquemáticamente, reducir a un dato biográfico. De todos los contendientes, él es el único que nació y creció en Los Pinos; muerto el padre, todo su empeño se ha cifrado en recobrar ese paraíso perdido. -