El paraiso invivible | Letras Libres
artículo no publicado

El paraiso invivible

Étienne Cabet nació en Dijon, el 10 de enero de 1788. Su padre era un tonelero entusiasta de la Gran Revolución, y el niño creció oyendo en la familia canciones y consignas revolucionarias. Su precoz inteligencia lo salvó de heredar el oficio paterno, pues destacó tanto en la escuela local que un maestro, que sería luego ilustre, Jacotet, lo nombró a los quince años su reemplazante como profesor de matemáticas, astronomía y dibujo, tarea que el joven cumplió a cabalidad.
     Le hubiera gustado estudiar medicina, pero era una carrera demasiado larga y costosa para el hijo de un pobre artesano, de modo que debió resignarse a la abogacía, profesión que estudió a la vez que trabajaba para costearse la Universidad.
     Desde esa época padeció de los ojos, una enfermedad que a lo largo de cinco años lo tuvo al borde de la ceguera; después, por lo visto, se curó o por lo menos la enfermedad se estancó. La política lo apasionó desde muchacho y una de sus primeras tareas profesionales, apenas recibido, fue defender en Dijon a quienes la Restauración borbónica perseguía por haber secundado los cien días de Napoleón (desde que huyó de su prisión en la isla de Elba hasta la derrota de Waterloo). La oposición de Cabet a la restauración monárquica lo llevó a militar en sociedades secretas, como la logia masónica "Les Amis de la Vérité" (disuelta en 1820) y los Carbonarios (en la sociedad "Vérité Suprème") entre los que llegó a figurar como importante dirigente. Sus primeras publicaciones, de esta época, versan sobre temas jurídicos y constitucionales y no hay en ellas ni atisbos del vuelo utopista en que se embarcaría años después.
     Participó en la Revolución de 1830, que puso fin al régimen de los Borbones, y apoyó a Louis Philippe, a quien escribió cartas públicas exhortándolo a ser un mandatario republicano y radical. El Duque de Orleans lo nombró Procurador General en Bastia, Córcega, en octubre de 1830, para premiar su adhesión o alejar sus incómodas efusiones. Su paso por la judicatura resultó breve; fue revocado en mayo de 1831. Pero ese mismo año salió elegido diputado por Dijon en la Asamblea Nacional.
     En 1832 publicó un libro sobre "La revolución de 1830" y al año siguiente fundó un semanario, Le Populaire, que tendría mucho éxito. Sus críticas al régimen pasaron a ser sistemáticas, de un radicalismo un tanto confuso, y lo pusieron en una situación cada vez más difícil, por la hostilidad oficial. Un ministro del reino, ofendido por uno de sus artículos, lo retó a duelo. Cabet se negó a batirse. Llevado a los tribunales, fue condenado a dos años de prisión, pero se le conmutó esta pena por cinco años de exilio. Trató de refugiarse en Bélgica, de donde fue expulsado al segundo día. Se trasladó entonces a Londres, donde se reunieron con él Madame Cabet y la hija de ambos, Céline.
     Allí, en una modesta casita de un suburbio londinense, de donde salía para sepultarse en los libros de la Biblioteca británica, Étienne Cabet escribió, primero, una pretenciosa Histoire Populaire de la Révolution Française de 1789 à 1830, y el libro que le daría una popularidad tan grande como efímera, y no sólo en Francia, sino en muchas partes de Europa y en los Estados Unidos: Le Voyage en Icarie (Viaje por Icaria), que aparecería en Francia en 1840, adonde Cabet retornó luego de los cinco años de expatriado. El éxito del libro fue instantáneo y sostenido: llegó a tener cinco ediciones. El sueño arcádico que describían sus páginas hechizó a muchos millares de personas, sobre todo de las clases más humildes, aunque sin duda es exagerada la afirmación del biógrafo y estudioso de Cabet, Jules Prudhommeaux, según el cual llegó a haber cuatrocientos mil "comunistas icarianos" en Francia, número que difícilmente hubieran alcanzado, reunidos, todos los militantes de los grupos, sociedades y organizaciones utopistas más o menos coetáneas de la de Cabet: los "comunistas" violentistas seguidores de Noël Babeuf (1746-1797), y los utópicos pacifistas ilusionados con las doctrinas de Saint-Simon (1760-1825) o de Charles Fourier (1772-1837).
     Con todos ellos tienen concomitancias las ideas de Étienne Cabet, y también con el escocés Robert Owen, el padre del experimento comunitario de New Lanark, a quien Cabet visitó en Gran Bretaña y a quien algunos críticos lo acusan de haber imitado. Pero la fantasía utópica que diseñó Cabet en Viaje por Icaria es más completa y obsesiva que la de todos ellos y la que entronca más directamente con el padre y fundador de la tradición utópica occidental, el inglés Thomas More, cuya Utopía Cabet reconoció haber leído y estudiado en su exilio londinense, cuando se disponía a escribir su fabuloso Viaje por Icaria.
     El libro es una ficción, no sólo en términos ideológicos, sino estrictamente literarios, pues se presenta como un "roman" (una novela) (Roman philosophique et social se subtitula) y ésa es también la estructura con que fue concebido. La novela, una caja china, comienza con un narrador en primera persona —se supone que el propio Cabet— que cuenta cómo, mostrándole una gramática traída de Icaria por un amigo que visitó ese misterioso paraje donde todos vivían felices, tentó a su amigo Lord W. Carisdall, aristócrata inglés de veintidós años, culto e inquieto, y éste, ganado por la curiosidad, suspendió su matrimonio para conocer aquel país. Viajó allí en diciembre de 1835 con su "fiel John" y volvió a Londres en junio de 1837, con un Diario de Viaje. Este Diario es el cuerpo central de la voluminosa (y por momentos soporífera) novela.
     El libro consta de tres partes; la primera, una descripción detallada de Icaria y todas sus instituciones; la segunda, una historia de cómo ese país, en el pasado tan desventurado y violento como los otros, llegó a acabar con la desigualdad, causa de todos los males sociales, y la tercera, una relación de todas las tesis y principios "comunitarios" o "comunistas" de Cabet (para él ambos términos eran sinónimos).
     Icaria consiguió su transformación en una sociedad dichosa y justa —igualitaria— de manera pacífica, gracias a un mítico estadista y justiciero llamado Icar. El nombre se deriva según algunos del Ícaro de la mitología griega; y según Silvestre H. Piotrowski, de la canción revolucionaria de 1789, "Ça ira, ça ira" (lo que parece algo traído de los cabellos). La transformación de Icaria duró, exactamente, cincuenta años. En este medio siglo se consiguió la igualdad económica de todos sus habitantes mediante un impuesto progresivo a la renta y a la herencia que fue redistribuyendo los ingresos hasta reemplazar el viejo sistema de ricos y pobres, de manera gradual, por una sociedad donde impera la más estricta igualdad, según el principio "De cada uno según sus fuerzas y a cada uno según sus necesidades".
     En Icaria han desaparecido el dinero y el comercio: no se compra ni se vende nada, ni existe el trueque, porque el Estado provee a los ciudadanos de todo lo que necesitan. No existe tampoco la propiedad privada, que ha sido reemplazada por la colectiva, con este argumento: "¿No estableció la Naturaleza la comunidad de aire y de luz? ¿No brilla el sol para todos? ¿No nos dice la Razón, en lo concerniente a la tierra, que los productos de la cual son tan necesarios como el aire y el agua y deben ser regidos por el mismo principio?"
     Han desaparecido las clases y los prejuicios sociales derivados de la desigualdad y duques y artesanos andan mezclados y un obrero puede ser magistrado. El servicio doméstico ha sido abolido y ahora en Icaria no hay borrachos, ladrones ni ociosos. Todo el mundo labora y como ya no se trabaja por el objetivo del lucro, el trabajo es ahora uno de los placeres que contribuyen a la felicidad de los seres humanos.
     Como el desarrollo de la ciencia y la técnica ha sido enorme, las máquinas realizan lo mayor del esfuerzo y permiten que los horarios de trabajo sean más cortos, de manera que hombres y mujeres puedan dedicar mucho tiempo a la familia, institución sagrada de la sociedad icariana, para la que, en un libro posterior —Le Vraie Christianisme suivant Jesus Christ (1846)— Cabet reclamaría el haber restaurado el "verdadero cristianismo", el de los primeros cristianos "que practicaban la vida comunal".
     Como todos los constructores de utopías sociales, Étienne Cabet fue hombre de obsesiones. A su pasión igualitarista, sumó la planificadora y numérica. Una simetría rigurosa regula la organización política, administrativa y económica de Icaria. La nación icariana está dividida en cien provincias, todas iguales en extensión geográfica y número de habitantes. Cada provincia está gobernada por una asamblea y el país por una Asamblea nacional de dos mil diputados elegidos por las mil comunidades.
     Para "resolver" el problema de la religión de Icaria, dos años después de la revolución de Icar, se nombró un Consejo compuesto de sacerdotes, profesores, moralistas, sabios y escritores eminentes para que discutieran y llegaran a conclusiones concretas. A los cuatro años de intenso trabajo, el Consejo aprobó, a veces por unanimidad y a veces por larga mayoría, lo siguiente: 1) Dios existe y el alma es inmortal. 2) No se admite la divinidad de Jesucristo, a quien sí se le reconoce su labor redentora y justiciera y se rechaza la inspiración divina de la Biblia, así como las revelaciones celestiales a Moisés y la idea de un Dios encarnado en la historia, y se establece la inexistencia del cielo y el infierno. La religión adoptada por Icaria es un humanitarismo espiritualista cuya espina dorsal es la hermandad, la fraternidad. Los icarianos son "asociados, ciudadanos, iguales en derechos y deberes; todos comparten los cargos y los beneficios de la asociación; todos forman una familia cuyos miembros están unidos por la fraternidad". Para que los ciudadanos puedan elegir sus creencias cuando tengan conocimientos y hayan alcanzado cierta madurez, en Icaria se prohíbe adoctrinar en materia religiosa a los hombres antes de que cumplan diecisiete años y las mujeres dieciséis.
     El Estado es una realidad omnipresente. Una rigurosa planificación regula la vida de las gentes en este Edén igualitario, donde se tiene la impresión de que el sistema ha conseguido exonerar a los individuos de toda iniciativa, ya que él los alimenta, viste, educa, entretiene y ha programado la vida con una prolijidad que linda con lo patológico.
     El día comienza a las cinco de la madrugada, hora en que todos los icarianos se levantan. A las seis, los hombres parten al trabajo. Las mujeres lo hacen a las nueve de la mañana, hora en que los niños entran a las escuelas. La educación es universal, obligatoria, gratuita, y piedra miliar del igualitarismo icariano. De doce a una del día, las familias se reúnen en los enormes refectorios públicos para departir. Comen de dos a tres de la tarde y luego, de tres a nueve de la noche pasean por los jardines, terrazas o paseos públicos o asisten a los teatros y espectáculos. Los horarios de trabajo son tan cortos gracias a las máquinas, que han ido sustituyendo el esfuerzo humano. A las diez de la noche todos los icarianos están acostados y hasta las cinco de la madrugada todas las calles de las ciudades icarianas se hallan desiertas.
     Una estricta regulación norma la conducta en el trabajo. Los trabajadores deben guardar dos horas de silencio absoluto, conventual, para concentrarse mejor en sus obligaciones, pero las dos horas siguientes pueden conversar con sus vecinos. El resto del tiempo, mientras laboran, pueden cantar, para sí mismos, o en coros, animándose.
     Las mujeres han dejado de ser discriminadas; pueden acceder a las profesiones liberales, pero el sistema icariano, con su manía reglamentarista, tiende a la especialización sectorializada y excluyente: así, las médicas deben atender a pacientes mujeres, las juezas juzgar a delincuentes femeninas, etc. Pero, según el testimonio de Lord Carisdall, en Icaria los tribunales no deben tener mucho trabajo, ya que los delitos son mínimos y excepcionales, pues han desaparecido las cárceles, así como los reformatorios.
     La gente vive donde trabaja y los barrios de las ciudades son habitados por gentes de la misma profesión (algo que anticipa el principio de la organización urbana estalinista que imaginó para Brasilia el arquitecto Niemeyer, donde las gentes debían vivir también agrupadas según sus oficios y quehaceres).
     La educación es la función más importante y responsabilidad exclusiva del Estado. Gracias a ella reina en Icaria el igualitarismo. Se enseña a todos lo mismo, pero hay diferencia en relación a los sexos: a las mujeres se les educa, además, para ser esposas y madres ejemplares.
     Ya dijimos que la familia es una institución poco menos que sagrada en el paraíso concebido por Cabet. En él una moral estrictísima asegura la pureza de las costumbres, para que no haya un inconsciente desliz que destruya el igualitarismo. Por ejemplo, como un siglo después en la China Popular de Mao, el Estado se ocupa de que haya un vestuario común. Incluso se ha establecido un número limitado de sombreros, tocas, turbantes y bonetes (por una comisión de modistos y pintores) para que, aunque se tolera una cierta diversificación, no haya en el atuendo femenino extravagancias y excesos que vayan a resquebrajar el principio igualitario, lo que resucitaría viejos vicios.
     A fin de evitar la contaminación con las malas costumbres del resto del mundo, Icaria desconfía de los extranjeros y practica la xenofobia. Los forasteros no son invitados a venir, y si lo hacen, se lesmantiene aislados, en hoteles reservados para ellos hasta que parten. Es muy difícil que puedan instalarse en el país y están prohibidos de casarse con los icarianos.
     El arte, las letras, la cultura no escapan a la planificación; todo lo contrario: su misión es entretener educando y llegar siempre al gran público. Estatuas, pinturas y en general todas las creaciones artísticas se exhiben en calles y plazas y no se concibe siquiera forma alguna de elitismo. Cualquier asomo de obscenidad es reprimido con energía. Ni qué decir que el desnudo está prohibido en todas sus manifestaciones —todos los vestigios de ese arte obsceno de la vieja sociedad han sido destruidos— y se espera de los creadores de Icaria que sean, como diría Stalin años después, "ingenieros de almas". El teatro, por ejemplo, dice Cabet, brechtiano avant la lettre, "es una escuela en la que los maestros son las bellas artes encargadas de combinar sus prestigios a fin de educar mientras divierten".
     La frase es bastante confusa, aunque su sentido no deja de ser claro. Lo mismo se puede decir de todo el Viaje por Icaria, libro frondoso, repetitivo, de estilo alambicado y torpe, lleno de engolamiento y desplantes retóricos, escrito de prisa, a vuela pluma, sin rigor, donde sobran palabras y faltan ideas. Sorprende que un libro tan mal escrito, de retórica tan insulsa, llegara a tener la extraordinaria repercusión que alcanzó en su época, aunque luego cayera en el olvido y Cabet, con los años, fuera uno de los utopistas decimonónicos que más se desdibujó y afantasmó, hasta ser ahora sobre todo una ausencia.
     Pero de la popularidad que lo rodeó no cabe la menor duda. Cuando otra utopista, Flora Tristán, recorrió el suroeste de Francia, en 1844, promoviendo su paraíso particular, la "Unión Obrera" universal, en sus encuentros con obreros y artesanos se encontró por donde iba, en los talleres, con trabajadores que se proclamaban "comunistas icarianos" y le reprochaban, a veces con violencia, la modestia de sus tesis para la reforma de la sociedad, comparadas con el radicalismo drástico y arcádico de la revolución icariana.
     Lo que dio una cierta singularidad a la ficción utopista de Étienne Cabet fue que, a diferencia de otros constructores de sociedades perfectas, que no salieron nunca del plano teórico, el hijo del tonelero de Dijon, que era un hombre de acción —una verdadera fuerza de la naturaleza, según sus seguidores—, trató de incrustar su sueño utópico en la realidad, como los personajes de la utopía borgesiana de "Tlon, Uqbar, Orbis Tertius".
     Desde que regresó de su exilio londinense a Francia, en 1839, Cabet entró en un ritmo de actividad frenética. Además del Viaje por Icaria (1840), resucitó Le Populaire, donde en innumerables artículos divulgó y defendió sus ideas "comunistas". En 1843 comenzó a editar el "Almanaque Icariano" (astronómico, científico, práctico, industrial y estadístico) que continuaría hasta 1848. Además, fue enriqueciendo y completando su diseño de la sociedad perfecta en numerosos opúsculos y folletos, entre ellos: Comment Je suis communiste, Le Credo Communiste y el más ambicioso Le Vraie Christianisme suivant Jesus Christ, de 1846.
     A medida que su libro sobre Icaria y sus ideas le ganaban fama y seguidores, también se hacía de enemigos. El régimen monárquico de Louis Philippe lo hostilizaba, y andaba en permanentes polémicas con otras sectas y movimientos revolucionarios, sobre todo con los discípulos de Babeuf, que le reprochaban su pacifismo.
     En mayo de 1847, Le Populaire publicó un manifiesto de Cabet que, bajo el título de Allons en Icarie, comenzaba así:
Puesto que en Francia se nos persigue, puesto que se nos rehúsan nuestros derechos, se nos priva de la libertad de asociación, de reunión, de discusión y de propaganda pacífica, vayamos a buscar en Icaria nuestra dignidad de hombres, nuestros derechos de ciudadanos y la Libertad con la Igualdad...
El llamado de Cabet alcanzó un eco muy grande y de inmediato, tanto en Francia como en otros países europeos, corrieron listas de voluntarios y se hicieron colectas para construir Icaria. Cabet viajó a Gran Bretaña para consultar a Robert Owen sobre el lugar ideal. El reformista escocés, que ya había llevado su experimento social y económico a Estados Unidos, aconsejó Texas. Los icarianos, siguiendo esta sugerencia, procedieron a comprar tierras allí. Pero, como Cabet descubriría luego, sin tomar las elementales precauciones (por mirar demasiado el cielo, se olvida a veces que un abismo separa a éste de la sórdida realidad humana). Una primera oleada de icarianos —la "Vanguardia", compuesta por 69 pioneros, entre los que se encontraba también un catalán de España, Joan Rovira— partieron de Le Havre el 3 de febrero de 1840. Habían pagado cada uno, para formar parte del grupo, seiscientos francos por cabeza. Según el acuerdo firmado por Cabet con el Estado de Texas y la Peters Real State Company, los icarianos debían recibir un millón de acres; en realidad, les dieron sólo cien mil. Cabet se había comprometido a que los icarianos tendrían construida una vivienda por lo menos en cada lote en el mes de julio, pero como la Vanguardia llegó a Texas sólo tres semanas antes de la fecha límite, este requisito resultó incumplible. Por lo demás, el terreno que la Peters Real State Company le entregó no era continuado, sino un archipiélago de lotes —un damero— que sólo se tocaban en los vértices y estaban separados por propiedades ajenas.
     La segunda oleada de icarianos llegó a Texas el 29 de agosto. Como no habían cumplido su parte del contrato y se encontraron sin tierras, tuvieron que regresarse a New Orleans. Cabet se había quedado en Francia, retenido por la Revolución de 1848 —que depuso a Louis Philippe e instaló en su lugar a Luis Bonaparte— y sólo llegó a New Orleans a comienzos de 1849. Encontró el caos más completo. De los quinientos icarianos que habían partido de Francia, en varios grupos, sólo quedaban 280. Algunos habían regresado a Europa y otros seguían en América pero por su cuenta y riesgo, sin contacto con el grupo.
     Haciendo esfuerzos sobrehumanos para vencer la adversidad, Cabet consiguió un terreno abandonado hacía poco por los Mormones en Nauvoo, Illinois, donde llegó con lo que le quedaba de seguidores el 15 de marzo de 1849. De inmediato comenzó la construcción de la República Comunista Icariana, de acuerdo a los principios establecidos en Viaje por Icaria. La propiedad privada quedó abolida y, aunque se permitieron viviendas familiares, las comidas y el trabajo eran colectivos y la vida fue organizada dentro del igualitarismo más estricto. Contrariamente a lo que ocurría en la novela, en la realidad todo empezó a salir mal en el Edén icariano desde el principio.
     Cabet tuvo que volver a Francia de prisa donde los icarianos que retornaron lo habían procesado acusándolo de estafa. El pesado litigio, del que por fin fue absuelto, duró quince meses. Cuando Cabet pudo por fin regresar a Nauvoo, en Illinois, la colonia estaba en completo desorden: había cesado el trabajo comunal, los colonos habían restablecido la propiedad privada, repartiéndose la tierra, y nadie respetaba la antigua disciplina (que, por ejemplo, establecía horas fijas para acostarse y levantarse). Cabet pidió poderes dictatoriales para restablecer el orden y resucitar el colectivismo. Pero ahora había una oposición feroz contra su persona y autoridad y en octubre de 1856 la asamblea comunal lo obligó a dimitir.
     Con 180 fieles, Cabet abandonó Nauvoo, hacia Saint Louis buscando otra tierra para construir su Paraíso. La consiguió por fin en Cheltenham, Missouri. Pero, extenuado y amargado por las frustraciones y penalidades, una violenta apoplejía acabó con Étienne Cabet el 8 de noviembre de 1856. Tenía 68 años.
     Sus discípulos, mal que mal, establecieron la colonia icariana en Cheltenham, que, aquejada de divisiones internas y luchas de facciones, a duras penas sobrevivió seis años. Otra colonia icariana surgió, de un grupo desprendido de la comuna de Nauvoo, que intentó un nuevo experimento comunista en Corning, Iowa. Esta colonia duró hasta 1878 en que se dividió también, por rencillas internas. Luego de varios juicios, la propiedad fue dividida entre dos grupos rivales: "La Comunidad Icariana" y "La Nueva Icaria". Muy transformadas, pálidas sombras de aquel modelo arcádico fijado por el Viaje a Icaria, estas dos comunas duraron, la primera ocho años y veinte la segunda. Cuando, antes de que terminara el siglo, ambas desaparecieron, Étienne Cabet y su paraíso, minucioso e invivible, habían pasado al olvido. ~
     — New York, mayo de 2002