El novohispano que negoció con el shogún | Letras Libres
artículo no publicado

El novohispano que negoció con el shogún

 

 

Numerosos naufragios ocurrieron en los mares que separan a Filipinas de Japón en la segunda mitad del siglo XVI y el primer tercio del XVII. La mayoría de esos hundimientos culminaron en tragedia, con la desaparición de embarcaciones y tripulaciones completas, mientras que otros fueron causa de incidentes y desencuentros entre japoneses y españoles.



Víctima de uno de esos trágicos eventos, sin duda el más renombrado en México, fue el que sufrió en 1596 Felipe de Jesús y otros veinticuatro frailes franciscanos, la mayoría japoneses convertidos a la fe cristiana. El fraile mexicano y sus acompañantes habían partido de Manila con rumbo a la Nueva España, pero un tifón y la fatalidad los llevaría a las costas japonesas en un momento en que el shogún Toyotomi Hideyoshi había adoptado una actitud intransigente contra la predicación del cristianismo. El resultado fue la confiscación de la carga del buque en que viajaban. Y aun ante las protestas a que diera lugar la pérdida de la carga, Hideyoshi ordenó la crucifixión en Nagasaki de todos los frailes que viajaban en el mismo.

La muerte de Hideyoshi en 1598, y el ascenso al poder en 1600 de un nuevo shogún, Tokugawa Ieyasu –quien al principio mostró una mayor tolerancia hacia el cristianismo y un gran interés en el comercio y las comunicaciones directas con la Nueva España–, relajó un poco las tensiones entre japoneses y españoles. Se restableció la comunicación entre el shogunato y los gobernadores en las Filipinas y floreció el comercio entre Manila y la región central de Japón. En ese marco tuvo lugar, el 30 de septiembre de 1609, el naufragio del galeón San Francisco frente a las costas japonesas. Sus tripulantes y pasajeros, encabezados por Rodrigo de Vivero y Aberruza, primer conde del Valle de Orizaba, fueron socorridos por la población ribereña (hoy Onjuku, prefectura de Chiba), logrando salvar la vida 317 de los 373 que viajaban.

Rodrigo de Vivero había sido nombrado gobernador interino en las Filipinas en abril de 1608 por su tío, el virrey Luis de Velasco. A la llegada de su sucesor, Juan de Silva, Rodrigo de Vivero salió de Manila rumbo a Acapulco el 25 de julio de 1609, según todas las crónicas un momento tardío para emprender el larguísimo viaje transpacífico, porque a partir de esas fechas empezaba la época de ciclones. Desde el comienzo de su travesía, el San Francisco, que llevaba una carga excesiva, enfrentó tempestades que culminaron en el naufragio y la destrucción total del barco. Aferrados al mástil, las velas, las ventanas, o cualquier pedazo de madera que sirviera para flotar, los sobrevivientes de una muerte segura fueron ayudados por los pescadores de Onjuku a llegar hasta la playa. El señor feudal de la zona instruyó que se les llevase a su castillo en Ohtaki, una población cercana, donde estos novohispanos permanecieron varias semanas, hasta que el shogún dio instrucciones de que fueran trasladados a Edo (Tokio).

Después de presentarse ante Tokugawa Hidetada en Tokio, Vivero prosiguió su viaje a Shizuoka para entrevistarse con su padre, Tokugawa Ieyasu, formalmente retirado, pero que en realidad aún mantenía los hilos del poder. Según su propia narración, desde ese primer encuentro Vivero planteó al shogún los temas que para él eran de mayor interés: libertad de prédica para todas las órdenes religiosas cristianas y expulsión de los holandeses de Japón, porque su presencia en el país constituía una amenaza a los intereses españoles.

Con la venia del shogún, durante los siguientes diez meses Vivero recorrió gran parte del territorio japonés, estableciendo estrecho contacto con las misiones que los franciscanos habían construido en Tokio, Kioto y Osaka. Sin ser un enviado de la Corona española, o al menos del virrey de la Nueva España, y sin poderes formales para ello, pues su visita era tan forzada como accidental, Vivero negoció con el Shogún un ambicioso acuerdo por medio del cual, entre otras cosas, se establecerían relaciones diplomáticas entre ambos imperios y se iniciarían relaciones marítimas y comerciales directas con la Nueva España.

Por razones que veremos más adelante, el acuerdo alcanzado no sería ratificado por la Corona española. En archivos ingleses, españoles y mexicanos existe una abundante documentación en forma de cartas, informes y memoriales, que han sido la base de magníficos análisis por parte de historiadores de varios países sobre este episodio histórico. Pero una de las razones de su singularidad, y del atractivo de su estudio, es que el propio Rodrigo de Vivero escribió un memorial sobre su estancia en Japón y sus negociaciones con el shogún, así como una carta que dirigió al rey Fernando III, abogando por la ratificación del acuerdo. Actualmente existen solamente dos copias del memorial de Vivero, titulado Relación y noticias de el reino del Japón, con otros avisos y proyectos para el buen gobierno de la monarquía española, de D. Rodrigo de Vivero, que la dedicó a la C. R. Mg. del Rey Nuestro Sr., año de 1609. Una copia se encuentra en el Museo Británico y la otra en la Academia de la Historia en Madrid.

El proyecto de Vivero, especialmente en lo que se refería al establecimiento de relaciones diplomáticas, comunicaciones marítimas y comercio directo entre la Nueva España y Japón, tardaría más de dos siglos y medio en concretarse, hasta que los nipones reiniciaron sus contactos con las naciones del mundo occidental, y México se había transformado en una nación independiente. Pero, gracias a sus escritos, la visión de su proyecto no fue del todo olvidada, y posiblemente haya servido de inspiración para que algunos mexicanos propusieran establecer relaciones con Japón en las postrimerías del siglo XIX.

 

Un criollo en Oriente

Rodrigo de Vivero y Aberruza fue un criollo que nació en México en 1564. Lo más probable es que su nacimiento haya ocurrido en la ciudad de México, donde su familia contaba con importantes propiedades y la protección del virrey o, como apunta Luis González Obregón, en la encomienda que sus padres poseían en Tecamachalco, ubicada en la ciudad de ese nombre, en lo que hoy es el estado de Puebla. Su padre fue Rodrigo de Vivero y Velasco, noble español emigrado a la Nueva España en 1550 de la mano de su tío, el segundo virrey de la Nueva España, Luis de Velasco, el viejo. En 1563, Rodrigo de Vivero y Velasco se casó con Melchora de Aberruza, una joven que recientemente había enviudado de Alonso Valiente, uno de los conquistadores originales que acompañaron a Hernán Cortés en la conquista de México en 1521 y que recibió de este, como pago a sus servicios, la encomienda de Tecamachalco, una de las más ricas y extensas de la Nueva España. Al casarse en segundas nupcias con Rodrigo de Vivero y Velasco, Melchora de Aberruza contribuyó enormemente a acrecentar la fortuna de la familia, una de las más poderosas de la oligarquía novohispana.

Cuando tenía doce años, Rodrigo de Vivero fue enviado por su padre a España, donde fue paje en la Corte de la reina Ana, la cuarta esposa del rey Felipe II. A muy temprana edad tuvo sus primeras experiencias militares en la campaña de Portugal, bajo el mando del duque de Alba. Acaso fue en esos años, en España, en el seno de la Corte misma, cuando por primera vez percibió que, bajo la superficie del trato nobiliario, después de todo no era lo mismo haber nacido en la península que en México, en las Indias, y que el sistema español de la época establecía muy sutiles diferencias aun para los criollos que, como él, pertenecían a una familia noble y profesaban una incuestionable lealtad al monarca español.

Vivero regresó a México en 1584 para administrar la encomienda familiar en Tecamachalco. Más adelante, nombrado por su tío, el virrey Luis de Velasco, ingresó al gobierno de la Nueva España, donde desempeñaría cargos de gran responsabilidad.

Tenía ya una amplia experiencia militar, administrativa y política antes de ser enviado a las Filipinas en 1608, ante la repentina muerte, muy probablemente por envenenamiento, del entonces gobernador de esas islas, Pedro de Acuña.

A los 44 años de edad la vida y el virrey lo sorprenden con esa misión. Asumió el cargo de gobernador interino en las Filipinas cuando llegó a Manila en agosto de 1608. Casi de inmediato tuvo sus primeros contactos por correspondencia con el shogún, ya que antes de su arribo se habían registrado algunos desmanes y revueltas de la población japonesa residente en Manila, calculada entonces en alrededor de mil quinientas almas. Practicando su mejor diplomacia, Vivero liberó e hizo devolverse a su país a doscientos de esos japoneses y, al mismo tiempo, encarceló a otros que estaban claramente involucrados en actividades de piratería en aguas filipinas. La comunicación oficial que estableció con Tokugawa Ieyasu le serviría un año después, cuando llegó a Japón en calidad de náufrago.

Fue un católico ferviente, especialmente cercano a los franciscanos, convencido de que el Imperio español, con su soberano a la cabeza, tenía la sagrada misión histórica de resistir la reforma protestante y expandir la versión católica del cristianismo por todo el orbe: consideraba que esta era la más importante y el fin último de todas las conquistas españolas. Incluso, al visitar un templo budista en Nara le viene a la mente el santuario dedicado a “Nuestra Señora de Guadalupe” en México.

Pero su fervor religioso no cegaba la frialdad de su análisis estratégico o militar. Tuvo una visión realista de la geopolítica mundial. Hombre culto y experimentado, conocía los límites del poderío español y de las conquistas de las que era capaz. Al contrario de muchos de sus contemporáneos, también sabía que algunas conquistas serían del todo imposibles, imprudente siquiera considerarlas. Aunque llegó a insinuar que juntos, españoles y japoneses, podrían conquistar a la vecina Corea, quizá más como un argumento para reforzar la amistad entre ambos que como una posibilidad real, nunca se hizo ilusiones sobre la posibilidad de conquistar militarmente a China o a Japón. En cambio, Vivero consideraba que a través de la predicación religiosa sería posible lograr la expansión del cristianismo en ambas naciones, aunque ese triunfo no necesariamente se reflejaría en una conquista y dominación española de los pueblos chino y japonés

Su lealtad al monarca no impidió que expresara su admiración por muchos de los usos y costumbres del pueblo japonés, en especial por su implacable aplicación de las leyes, incluidas las ordenanzas expedidas por el shogún. Fue muy consciente del peso determinante de la pluma en la conformación de los juicios de sus contemporáneos y en la elaboración de la historia. Por ello, al acercarse el final de su vida apuntó que él siempre había empuñado ambas armas, “la espada y la pluma”.

En 1620 Vivero fue designado por Fernando III gobernador de Panamá, una colonia pequeña pero de importancia estratégica para todo el imperio español por su ubicación geográfica, ya que toda la producción de oro y plata de las minas de Bolivia y Perú se enviaba a España cruzando esa región. En Panamá volvería a enfrentarse a los piratas holandeses, a los que ahora se les habían sumado otros, de origen inglés y francés. Permaneció en ese lugar como gobernador y presidente de la Audiencia por un largo periodo, hasta 1628, cuando pidió al rey que le concediera la gracia de retornar a su tierra, a vivir en su encomienda en Tecamachalco, trabajar en su ingenio azucarero en Orizaba, y disfrutar sus propiedades en México, la capital de la Nueva España. Murió a los 72 años, en 1636, en Orizaba. De acuerdo a su última voluntad, registrada en su testamento, fue enterrado en la bóveda que se encuentra bajo el altar mayor del templo del Convento de San Francisco en Tecamachalco, donde probablemente aún se encuentran sus restos.

Pero dejemos que sea el propio Rodrigo de Vivero y Aberruza quien despeje cualquier duda sobre su lugar de nacimiento, y su manifiesto orgullo de su origen novohispano:

 

Bien podrían recusarme por parte en lo que toca a este capítulo, pues se me ofrece tratar de las Indias, de donde soy natural. Alabanzas suyas muchos autores las han escrito, lo ameno de sus valles, la fertilidad de sus plantas, su primavera perpetua, sin que el rigor del invierno se la haya atrevido ni otra inclemencia de las que martirizan otros reinos con mucho perjuicio de la salud y gusto que por estas calidades tan sin igual se pudiera buscar la Nueva España.1

 

No hay duda de que Vivero fue un leal súbdito del monarca español, pero también era criollo y, como tal, desarrolló su propia perspectiva sobre la mejor manera de gobernar a la Nueva España, como lo muestran sus escritos dirigidos al monarca. Por ello, para su época, fue muy crítico de la forma en que España explotaba los recursos naturales de la tierra en la que él había nacido, como muestran algunas frases escritas de su puño y letra: “Que España empobrece a las Indias i las Indias enriquecen a España, i cuánto conviene que no pasen a ella estrangeros, i los que hubieren, se saquen.”2

Vivero ocupó posiciones de gran importancia en el gobierno de la Nueva España –aunque no las más importantes, virrey o miembro de la Audiencia–, por lo que sin duda resentía que el rey las otorgara a los peninsulares , pasando por encima de los nacidos en México:

 

Quién señor tiene más derecho a la encomienda que los que ganaron la tierra sin que los prefieran los cortesanos de Madrid que nunca la han visto ni sus pasados las mercedes de tierras, labores y estancias a quién por más justo derecho se debían hacer mercedes, dignidades y oficios, que a los nietos y bisnietos de los que en ella derramaron su sangre por V.M., siendo igualmente capaces los de estos reinos con los de otros y muchas veces aventajados. ¿En qué pecaron, Señor, para que V.M. los olvide?3

 

Le preocupaban los grandes problemas que afligían a la Nueva España del siglo xvii: la dramática disminución de la población indígena; las dificultades de la defensa de sus extensas costas, y de las Indias en general, frente a los ataques de los piratas extranjeros, y la disminución de la producción de plata, columna vertebral de la economía novohispana. Concentra su atención en estos temas, sobre los que tenía experiencia personal abundante, y aprovecha para lanzar severas críticas a los cortesanos de Madrid.

 

Las negociaciones con el shogún

El contenido de las negociaciones de Rodrigo de Vivero con el shogún solo se explica en su circunstancia. En 1609, en el momento de su arribo forzado al Japón, existía una relación caracterizada por la desconfianza, entre españoles y japoneses. Los españoles en Manila, muchos de ellos nacidos en la Nueva España, no eran más de dos mil personas y vivían con el temor de una invasión japonesa a las Filipinas. Por su parte, los japoneses miraban con recelo la expansión española en la región. Temían que detrás de los frailes pudiera venir la armada española para tratar de imponer su dominación, tal como había ocurrido en la Nueva España y Filipinas. Al mismo tiempo, sin embargo, el nuevo shogún, Tokugawa Ieyasu, en varias oportunidades había manifestado un gran deseo de establecer un comercio directo con la Nueva España.

Había otros actores involucrados en este drama. Comerciantes portugueses y holandeses, deseosos de incrementar el comercio con Japón, y las órdenes religiosas católicas, especialmente los jesuitas y los franciscanos. Cada quien defendía sus intereses. Los mercaderes portugueses, asentados en Nagasaki desde mediados del siglo XVI, disfrutaban de prósperas relaciones comerciales con Japón, y no tenían ningún incentivo para compartir ese comercio con España, su tradicional competidor, aunque en ese momento ambos reinos dependieran del mismo soberano, Felipe III. Los holandeses, por su parte, habían recibido recientemente la autorización del shogún para comerciar en el mismo puerto y los británicos recibirían la misma concesión en 1613. Esas eran malas noticias para los españoles. Con esas concesiones, holandeses e ingleses consolidaban su presencia en Japón. Además de promover el comercio, se dedicarían a combatir la presencia española en Asia del sur por todos los medios a su alcance, incluyendo la intriga en la Corte del shogún y ataques eventuales a las naves españolas en los mares de Asia suroriental.

Mientras tanto, los jesuitas, tradicionalmente apoyados por los portugueses, y los franciscanos, con el respaldo de los españoles, competían activamente por aumentar su influencia. La creciente actividad de ambas órdenes representaba una causa de preocupación para el shogún quien, presionado por las sectas budistas y shintoístas, había decidido restringirlas al mínimo. En diversas ocasiones, el shogún había manifestado claramente su oposición a que las órdenes celebrasen actos religiosos públicos, método especialmente socorrido por los franciscanos, y la oposición de las sectas budistas a la expansión del cristianismo había llevado a incidentes de violencia en varias ciudades japonesas.

Fue en este contexto que ocurrió el naufragio del galeón San Francisco. Rodrigo de Vivero no proporciona muchos detalles sobre sus actividades durante su estancia de diez meses en Japón, aunque sí menciona que sus anfitriones lo llevaron a visitar los monumentos más impresionantes y las ciudades más importantes del país. No solo visitó Edo (Tokio) o Surunga (Shizuoka), sino que también estuvo en Meaco (Kioto), Usaca (Osaka), Fushimi, Sakai, Usuki y otras poblaciones más pequeñas. Muchas cosas despertaron su admiración e interés. Tuvo palabras de aprecio para la organización y el carácter de los japoneses, la limpieza de sus ciudades y la fuerza de sus guerreros.

Dos razones parecen haberlo empujado por la senda de la negociación: la influencia de los franciscanos, quienes trataban de ampliar su presencia en el país y, como correspondía a un militar con mente estratégica, y sin duda Vivero la tenía, su deseo de eliminar la presencia holandesa de Japón. Visitó al shogún Tokugawa Ieyasu en dos ocasiones. En la segunda, le presentó un conjunto de propuestas para que sirvieran de base de un acuerdo entre ambos imperios:

1. La expulsión de los holandeses del territorio japonés, por considerarlos enemigos del Imperio español.

2. En respuesta a una solicitud previa del shogún para que la Nueva España enviara a cincuenta mineros para compartir sus conocimientos y técnicas en la explotación de la plata, Vivero propuso que la mitad de la producción de las minas en las que los mineros fueran a trabajar debía entregárseles a ellos, mientras que la otra mitad debía ser distribuida en partes iguales entre el shogún y el rey de España.

3. La apertura de los puertos japoneses y condiciones seguras a todos los buques de la Nueva España y Filipinas para operar durante el tiempo que durara su estancia en Japón.

4. Si fuera necesario, el otorgamiento de permisos para construir buques en Japón con la garantía de que se les proveería de todos los materiales necesarios a precios locales.

5. Libertad de culto para los españoles y permiso para traer sacerdotes católicos a Japón para que los atendieran.

6.

 
 

La seguridad de que los embajadores que el rey de España pudiera nombrar en el futuro serían bien recibidos en Japón, tomando en consideración que serían representantes de un gran rey. También pidió la jurisdicción de estos embajadores sobre todos los españoles viviendo en Japón.

 

Según Vivero, el shogún aceptó todas estas Capitulaciones, con dos excepciones: la fórmula de distribución de los eventuales beneficios de la explotación de la plata y la de expulsar a los holandeses del territorio japonés. Es evidente que Tokugawa difícilmente hubiera aceptado una propuesta tan inequitativa de distribución de potenciales beneficios de la explotación de las minas de plata en Japón. Asimismo, el shogún siempre se había opuesto a la sugerencia de que los holandeses fueran expulsados, pues los consideraba leales socios comerciales. De hecho, al cerrarse el shogunato a cualquier contacto con los países occidentales, la única excepción serían los holandeses.

Pero Tokugawa aceptó las demás propuestas de Vivero y se empeñó en que lo convenido fuera ratificado sin dilación por el soberano español, Fernando III. Con ese propósito, nombró a un fraile franciscano, Alonso de Muñoz, como su enviado ante el virrey en la Nueva España y el monarca en Madrid. Incluso extendió a Vivero un préstamo de cuatro mil ducados y una embarcación para que pudiera regresar a la Nueva España. Muñoz se embarcó con Vivero en el viaje a Acapulco junto con veintiún comerciantes de Kioto y Osaka, interesados en la explotación de la plata. Este barco, construido por un ex marino inglés que había trabajado para la marina holandesa, William Adams, quien se había convertido en un cercano consejero del shogún, fue bautizado por el propio Vivero como el San Buenaventura. Fue la primera vez que un barco construido en Japón cruzaba la inmensidad del océano Pacífico. Partieron de Urawa, al sur de Tokio, el 1º de agosto de 1610. Arribaron a Matanchel, hoy San Blas, en el estado de Nayarit, el 27 de octubre del mismo año, y a Acapulco el 13 de noviembre.

El mismo día que el San Buenaventura arribó a Matanchel, Vivero escribió una carta a Fernando III en la que subrayaba las principales bondades de su acuerdo con el shogún:

1. La expansión del cristianismo en Japón, “el bien espiritual de tantas almas, que sin iglesias ni religiosos podrían faltar a la fe”.

2. El beneficio de la monarquía española, “el bien de V.M. i sus reinos. En el Japón no puede intentarse conquista por la multitud de gente belicosa, i por la fortaleza de los sitios, algunos inexpugnables: pero podrá reducirse con las armas espirituales”.

3. Evitar que los holandeses se asentaran definitivamente en Japón, haciendo más segura la navegación de las naves españolas en el océano Pacífico, y el sostenimiento de la presencia española en las Molucas.

4. La posibilidad de que las naos de la Nueva España y Filipinas tomaran puerto en Japón e incluso poblaran alguno de ellos, haciendo más factibles desde ahí nuevas exploraciones y descubrimientos.

5. La construcción de naos y galeras en Japón “que no sé parte del mundo donde mejor se pueda hacer ni a menos costo”.

6. El establecimiento de un comercio directo con la Nueva España, muy atractivo por la supuesta abundancia de minas de plata y oro en Japón, y la existencia de “paño, grana, añil, cueros, fieltros, fresadas y otros géneros de que gustan y tienen necesidad, tan copiosos en España y en las Indias que será harto provecho sacarlos de ellas”.

No tenía dudas. Era partidario de abrir las comunicaciones marítimas y el comercio directo con Japón, y llegó al punto de afirmar que, si la Corona tuviera que decidir entre mantener la Nao de Manila o establecer esta nueva Nao con Japón, sería más provechosa esta última. Estaba convencido de que el acuerdo no solo sería benéfico para la expansión del catolicismo, sino que incrementaría la influencia del monarca español en Asia, evitaría la expansión de Holanda en Japón y diversificaría el comercio y aun la economía de España y la Nueva España.

Sin embargo, tan pronto como él y sus acompañantes llegaron a Acapulco, las autoridades y los comerciantes de Filipinas presentaron al rey serias objeciones al pretendido acuerdo, entre las que destacaban dos: 1) que los japoneses aprenderían a construir barcos capaces de navegar largas distancias y eso aumentaría significativamente el riesgo de una invasión japonesa a Filipinas y 2) la apertura del comercio directo de la Nueva España con Japón ocasionaría la pérdida para las Filipinas de todo el comercio asiático, siendo que la Nueva España “no tenía nada que venderle” a Japón, en donde los bienes eran de mejor calidad y más baratos. Estas críticas parecían ser persuasivas para algunos cortesanos en Madrid, de por sí contrarios a que la Nueva España mantuviera comercio directo con otras naciones, también trataban de proteger los intereses de los comerciantes portugueses en Nagasaki, así como a los jesuitas, ambos interesados en mantener alejados de Japón tanto a los comerciantes españoles como a los frailes franciscanos.

Mientras Alonso de Muñoz y Rodrigo de Vivero viajaron a la Corte en Madrid para defender el acuerdo, el virrey Luis de Velasco decidió aprovechar la coyuntura y despachar a un enviado especial, Sebastián Vizcaíno, para que visitara al shogún y le expresara formalmente su agradecimiento por la asistencia que le había brindado a Vivero y aprovechara el viaje para devolver a su país a los japoneses que lo habían acompañado en el viaje de regreso de este a la Nueva España. En realidad, Luis de Velasco había considerado desde hacía tiempo el envío de una misión exploratoria a una región al norte de Japón con el objetivo de localizar unas legendarias islas supuestamente abundantes en oro y plata. Vizcaíno salió de Acapulco en marzo de 1611 y llegó a Japón el 10 de junio del mismo año.

Vivero tenía dotes para la negociación diplomática. Vizcaíno demostró carecer de ellas y, al menos al momento de su llegada a Japón, no se sentía en una situación de debilidad frente al shogún. Además, en nada favoreció su misión el hecho de que su visita tuviera el objetivo secreto, que no pasó inadvertido para los japoneses, de localizar y tomar posesión, en su viaje de regreso a la Nueva España, de las islas mencionadas, conocidas por los españoles como “Rica de Oro” y “Rica de Plata”. El problema con esa misión fue que no solo acrecentó la desconfianza del shogún hacia los españoles, sino que, como Vivero había advertido oportunamente y después se comprobó, esas islas solo existían en la imaginación de navegantes ávidos de conquistas y comerciantes codiciosos de nuevas riquezas.

Una razón adicional que incrementaría aún más la desconfianza japonesa hacia la misión de Sebastián Vizcaíno fue su solicitud de inspeccionar los puertos japoneses de la costa oriental para fondearlos y verificar su capacidad para recibir naves españolas. Esa solicitud, que fue concedida por el shogún, fue aprovechada por William Adams para insinuar que esa práctica no se acostumbraba en Europa y que la misma podría ser un indicio de una intención futura de los españoles de llevar a cabo una invasión armada de Japón.

El recelo de los japoneses se acrecentó aún más cuando, al salir Vizcaíno de Japón, supuestamente para regresar a la Nueva España, pero en realidad para intentar localizar las famosas islas, para su mala fortuna se encontró con tormentas y tifones para los que su galeón no estaba preparado, que casi lo destruyen por completo, lo que lo obligó a regresar a Japón y pedir ayuda al shogún. Pero este último, como era de esperar, había perdido la confianza en el navegante español y se negó siquiera a recibirlo. Vizcaíno solo pudo regresar a la Nueva España un año después, a principios de 1614, acompañando a Hasekura Tsunenaga, un japonés que había sido nombrado enviado especial ante el virrey de la Nueva España, el rey de España y el papa, no por el shogún, sino por el señor de Sendai, el daimio Date Masamune.

Acompañado de Sebastián Vizcaíno y Luis Sotelo, un fraile franciscano que por varios años había promovido la idea de un acuerdo entre ambos imperios, Hasekura salió de Sendai el 28 de octubre de 1613, llegando a Acapulco tres meses después, en enero de 1614. Hasekura tenía la misión de persuadir al rey de España y al papa de que autorizaran el envío de más frailes franciscanos a Japón. Después de una estancia de cuatro meses en la Nueva España, donde fue bien recibido tanto por el virrey como por los representantes de la Iglesia católica, se embarcaría hacia España, a donde llegó en octubre de 1614. Su paso por la Nueva España fue reseñado por un noble azteca en el Diario de Chimalpáhin (hay traducción parcial del náhualt al español por Miguel León-Portilla y completa por Rafael Tena).

Hasekura también fue bien recibido por Felipe III y el papa Paulo V, en una estancia que se prolongaría por casi dos años en España e Italia, e incluso se hizo bautizar en Madrid en presencia del monarca hispano. Sin embargo, es muy posible que el envío de esta misión de Date Masamune a Felipe III y al papa Paulo V, sin el consentimiento del shogún, y de hecho contradiciendo sus restricciones al cristianismo en Japón, haya sido determinante para que este decidiera endurecer aún más esas prohibiciones, precisamente en los meses en que Hasekura viajaba entre España e Italia. Al final, con las múltiples noticias sobre las crecientes restricciones que el shogún había puesto a las actividades de todas las órdenes religiosas católicas, la misión del enviado de Masamune también fue un fracaso. Derrotado, regresó a la Nueva España en 1618 y después salió rumbo a Filipinas. No habría de regresar a Japón sino hasta 1620.

Para comprender el desenlace de este drama, hay que destacar que, desde 1612, Tokugawa Ieyasu había sido explícito en su decisión de favorecer el comercio y las comunicaciones directas entre su país y la Nueva España, pero había manifestado ciertas reservas frente la expansión del cristianismo en Japón. Sin embargo, ante el activismo de las órdenes religiosas, esas reservas se tornaron en un rechazo total a las mismas. Así lo expresó en una carta dirigida al virrey de la Nueva España que le hizo llegar a través del propio Sebastián Vizcaíno cuando este logró regresar a Acapulco como pasajero en el mismo barco de Hasekura:

 

La doctrina seguida en vuestro país difiere enteramente de la nuestra: por eso estoy persuadido de que no nos conviene. En las escrituras búdicas se dice que es difícil la conversión de quien no está dispuesto a convertirse. Más vale, por consiguiente, dar fin en nuestro suelo a la predicación de esta doctrina. En cambio, multipliquen sus viajes los bajeles de comercio aumentando con ellos las relaciones e intereses. Vuestras naves pueden entrar [...] en todos los puertos sin excepción.4

 

En esas condiciones la Corona española no ratificaría el acuerdo. Después de grandes dudas y discusiones en el seno de la Corte, que durarían varios años, la carta de respuesta de Fernando III al shogún llegó a su destinatario hasta octubre de 1615; ni siquiera respondía a la propuesta de establecer comunicaciones marítimas y comercio directo entre Japón y la Nueva España. En efecto, para llevar la carta de respuesta de Fernando III al shogún, la Corona española nombró a tres franciscanos. Encabezados por Diego de Santa Catalina, estos frailes-embajadores salieron de España en junio de 1613 y en octubre de ese año ya estaban en la ciudad de México. Sin embargo, ante las informaciones que Vizcaíno trajo del Japón en el sentido de que el shogún había endurecido su rechazo al cristianismo, por instrucciones del virrey Fernández de Córdoba fueron retenidos en la ciudad de México hasta no recibir nuevas instrucciones. Estas llegaron al virrey en diciembre de 1614 en la forma de una nueva carta del rey al shogún, en la que ahora se omitía cualquier posibilidad de establecer comunicaciones marítimas y comercio directo entre la Nueva España y Japón.

Los embajadores franciscanos, que habían permanecido más de un año en la Nueva España, finalmente salieron de Acapulco en abril de 1615, arribando a Japón en agosto de ese año. El shogún se tomó dos meses para recibirlos en una reunión en la que finalmente no les permitió argumentar nada. Para ese momento Tokugawa había decretado la expulsión de Japón de los misioneros de todas las órdenes religiosas. Con las manos vacías, los frailes-embajadores salieron de Japón con destino a las Filipinas en julio de 1616.

Como se puede observar, las grandes divergencias religiosas que existían entre ambos imperios, así como errores diplomáticos y malentendidos en negociaciones posteriores, fueron obstáculos insuperables que se interpusieron al acuerdo negociado entre Vivero y el shogún. Pero la abierta oposición al proyecto también provino de los mercaderes en Manila y de los comerciantes portugueses en Nagasaki, que vieron como una amenaza a sus intereses que Japón comerciara directamente con la Nueva España. Por su parte, los jesuitas, presentes en el país desde el arribo de Francisco Javier a Japón en 1548, tampoco veían con buenos ojos la ampliación de la influencia de los franciscanos. Juntas, todas esas oposiciones hicieron dudar a la Corte española sobre la conveniencia de permitir a la Nueva España desarrollar comunicaciones y comercio directo con Japón. Pero la prohibición del cristianismo en Japón despejó cualquier duda.

De esa manera, poco tiempo después de negociado, el acuerdo entre Vivero y el shogún quedó en el abandono. Como bien señala Juan Gil, las divergencias entre los objetivos de unos y otros eran tan grandes que no las resolvería el interés común. Respondiendo a la política de suspensión de todos los tratos de Japón con los españoles, una cédula real de 1635 daría por terminado el trato del Imperio español con Japón. Más adelante, en 1638, el shogún suspendería los vínculos de Japón con todos los países europeos, con excepción, como se ha señalado antes, de los holandeses, a quienes se les permitiría mantener una representación comercial frente a las costas de Nagasaki.

Esto no significa que, en la realidad, todos los contactos se suspendieron. Por ejemplo, en 1732 fue publicado en la ciudad de México un libro sobre el idioma japonés que deja suponer que algunos contactos, a través de China y las Filipinas, aunque muy esporádicos, continuaron. Estudios recientes también demuestran que algunos de los japoneses que viajaron con Hasekura permanecieron en la Nueva España. Probablemente otros japoneses que se convirtieron al catolicismo, usando nombres cristianos, llegaron a la Nueva España vía Filipinas durante el largo periodo que Japón se aisló del mundo occidental.

 

Redescubrimiento de Rodrigo de Vivero

En 1854, forzado por la presencia en Yokohama de siete buques armados de Estados Unidos, y después de más de doscientos años de un encierro casi total, el shogunato decidió poner fin al aislamiento de Japón. La noticia de que el comodoro Perry había forzado la reapertura del país seguramente no pasó inadvertida en México porque para ese momento Perry era bien conocido en nuestro país. Era el mismo marino que solo siete años antes, en 1847, había bloqueado y tomado por la fuerza el puerto de Veracruz, durante la invasión norteamericana a México. Solo un año después, en diciembre de 1855, José Joaquín Pesado, destacado político y escritor liberal del siglo XIX, publicó en la revista La Ilustración Mexicana, de Ignacio Cumplido, una copia incompleta de La relación del Japón de Rodrigo de Vivero. Es interesante hacer notar que Pesado nació en 1801 en San Agustín del Palmar, población muy cercana a Tecamachalco. Es decir, fue originario de la misma región que Rodrigo de Vivero. En una nota, comentando brevemente el texto de la Relación, Pesado apunta:

 

Este manuscrito lo hallé entre algunos papeles del Sr. Manuel Montes Arguelles, persona notable en Orizaba por su saber, y de ahí lo hice transuntar para darlo ahora a la prensa... Nombrado su dueño Virrey y capitán general en las Filipinas, pasó a aquellas islas a desempeñar su empleo, y al volver de ellas padeció el naufragio que aquí se refiere, y estuvo algún tiempo en el Japón. Es sensible que su Relación haya quedado trunca. Yo la he solicitado en el Archivo de los Condes del Valle pero por desgracia no existe en él. Se conoce que su autor era hombre de importancia e instrucción no común.5

 

Aunque Pesado no hace una mención explícita a la reapertura del Japón, podemos presumir que estaba consciente de la noticia y que reflexionó que las nuevas circunstancias hacían especialmente aconsejable publicar la Relación aunque fuese en una versión incompleta. En ese sentido, es destacable la figura de la persona que, sin proponérselo, hizo posible su acceso al texto. Manuel Montes Argüelles (1780-1835) fue un criollo, hacendado y alcalde de Orizaba, Veracruz, uno de los treinta y cinco firmantes originales del Acta de Independencia del Imperio Mexicano y miembro de la Suprema Junta Provisional Gubernativa. Fue abogado y diputado al Congreso de 1823. Asimismo, fue miembro de la “Sociedad de los Guadalupes”, agrupación secreta favorable a la causa de la Independencia de México, conformada por personas pertenecientes a la oligarquía (Francisco Martín Moreno comenta que entre sus miembros hubo condes, marqueses, doctores, licenciados y comerciantes), de la que también formó parte Diego Andrés Hurtado de Mendoza, conde del Valle de Orizaba y, como tal, descendiente de Rodrigo de Vivero. ~

 


Notas

1 Rodrigo de Vivero, Tratado económico político de lo que concierne a los gobiernos de España, p. 64.

2 Ibidem, p. 38.

3 Ibidem, p. 66.

4 El texto de esta carta de Tokugawa al virrey Luis de Velasco puede consultarse en la obra de Francisco Santiago Cruz, Relaciones diplomáticas entre la Nueva España y el Japón, México, Editorial Jus, Colección México Heroico, 1964, p. 30.

5 Véase Rodrigo de Vivero, “Relación del Japón”, en La Ilustración Mexicana, Tomo v, México, 1855.

Nota: Decidimos ilustrar este ensayo sobre un novohispano en Japón con imágenes de un viaje anverso: el de trece náufragos japoneses que en 1842 arribaron a las costas de México y vivieron aquí las experiencias que después plasmaron en estos fascinantes dibujos. Agradecemos a la Editorial Artes Gráficas Panorama y en especial a Roberto Hiyama y a Agustín Villegas, responsables del libro Vida en México de trece náufragos japoneses (México, 1998) por habernos facilitado el material iconográfico. – La redacción