El morador de un estilo | Letras Libres
artículo no publicado

El morador de un estilo

Cuando pase la confusión, cuando aprendamos a leer, estaremos en condiciones de reconocer a los maestros. Mientras tanto no queda más que esperar. Seamos pacientes. Dejemos que ceda el encandilamiento provocado por las sagas tropicales. O no: hagamos exactamente lo contrario. Desviemos los reflectores. Busquemos libros que nos interpelen. Convirtamos la lectura en una conspiración.
     La rapidez con la que se ha establecido el canon moderno de la narrativa en nuestra lengua es cuando menos sospechosa. No doy los nombres que lo conforman pues el lector los tiene ya en mente. ¿Cómo llegaron ahí? ¿Quién decidió su inclusión? La brevedad de la respuesta es elocuente: el mercado. Algún día se escribirá la crónica de estos tiempos singulares en los que la crítica, los escritores y las amas de casa compartieron libros de cabecera.
     A veces hay, a pesar de todo, motivos de sonrisa. Uno de ellos: el impulso que ha llevado a la editorial Adriana Hidalgo a poner nuevamente en circulación los libros de uno de los narradores mayores de la literatura hispánica del siglo xx: Antonio Di Benedetto (1922-1986). Creador de una prosa soberana, animada por una música personal, el autor argentino publicó, además de tres novelas de primer orden —Zama (1956), El silenciero (1964) y Los suicidas (1969)—, una serie de fulgurantes relatos breves donde la escritura crea una sucesión de intensidades.
     Publicado originalmente en 1978, Absurdos —su quinto volumen de prosas narrativas— contiene tres o cuatro de los mejores cuentos del idioma. Hay en ellos, sobre todo, una preocupación formal: la búsqueda de la emoción contenida. Pero también una sutil indagación: el testimonio de la incapacidad del sujeto para salir airoso en su contienda contra el Universo. Di Benedetto heredó de Kafka, su maestro más notable, el gusto por la alegoría y la creencia en un núcleo esencial, indestructible, que nos lleva a persistir absurdamente, a aferrarnos a la existencia aún en los momentos en que más valdría librarnos de ella. Los relatos de Absurdos están atravesados por esa mezcla de exigencia formal y tensión existencial.
     En un hallazgo propio de los grandes narradores, Di Benedetto vio en la pampa argentina el escenario ideal para poner en funcionamiento historias donde el protagonista central es, sin excepción, la soledad cósmica del hombre. Recreó una zona, un paisaje, pero nunca con afán arqueológico. Incorporó coloquialismos y arcaísmos, pero como cicatrices que enrarecen el tono de la escritura, que suspenden el tiempo histórico. En "Aballay"—el texto mayor de Absurdos—, un individuo roído por la culpa decide, luego de oír el sermón de un sacerdote, imitar a los antiguos estilitas: nunca más pisará el suelo, prolongará sus días montado en un caballo. En "Pez", una minusválida amanece acompañada por el cadáver de su marido; aislada en un remoto caserío, quedará expuesta a la sed, al tiempo inclemente, a un perro hambriento... En la nouvelle "Onagros y hombre con renos", un sujeto y su hijo recorren como penitentes, luego de sobrevivir a una matanza, un interminable páramo donde harán la vida de los hombres prehistóricos. Privados de la alienante seguridad de la rutina, estos personajes ven abrirse, entre ellos y el mundo, un abismo insalvable.
     Absurdos nos recuerda que Di Benedetto ocupa un lugar importante entre los más ilustres fabuladores modernos: como ya había hecho en los cuentos de su primer libro, Mundo animal (1953), fragua tramas en el reino de las bestias para evidenciar nuestra propia miseria. La tragedia del "Caballo en el salitral", la presencia de vizcachas y conejos en el "Tríptico zoo-botánico con rasgos de improbable erudición", las aventuras de un gato separado de los hombres en "Felino de Indias" producen una reverberación que siempre nos alude.
     Al final, sin embargo, permanece una inquietud: la de haber visitado al morador de un estilo. Si los temas de Di Benedetto no son su patrimonio exclusivo, el aliento desconcertante de su prosa sí lo es. En su escritura hay una respiración, un ritmo distintivo que delimita con claridad las propiedades de la voz. Hay, también, una capacidad de significar con la distribución del texto en la página, una voluntad de decir susurrando, una aversión por la estridencia. La escritura nunca se amolda a las expectativas del lector —el estereotipo ha sido desterrado; por el contrario, lo enfrenta a una experiencia de fricción, de roce, que no es sino una invitación al placer.
     Cuando pase la confusión, estaremos en condiciones de rehacer el canon. No renegaremos de Borges, pero daremos su justo peso a Roberto Arlt y a Macedonio Fernández. Olvidaremos a un puñado de escritores profesionales, de figuras públicas, y hablaremos de Juan Carlos Onetti, de Juan Rulfo, de Antonio Di Benedetto. Hablaremos de literatura. Sabremos leer. Sabremos gozar. Mientras tanto tenemos el recurso de la conspiración.
     "Prefiero la noche. Prefiero el silencio", escribió Di Benedetto. Hagamos caso omiso a sus inclinaciones. -