El Moloch internacional | Letras Libres
artículo no publicado

El Moloch internacional

¿Religión o nación?
En las últimas semanas el periódico nos ha traído de manera repetida fotos de los kamikazes palestinos antes y después de su muerte violenta. Recuerdo la de ese joven con el Corán en una mano y un rifle en la otra. Dio la vida por su fe. Como Sáid, su compañero de muerte, quien se llevó a 19 adolescentes
en una discoteca de Tel Aviv, así este Sáid, cuyo padre declaró: estoy dispuesto a sacrificar a mis otros hijos por la causa. La causa, la fe... ¿Es la fe la causa? ¿De cuál fe estamos hablando? ¿De una fe religiosa y, en ese caso, de cuál religión? Los kamikazes parecen ser musulmanes todos, pero entre los nacionalistas palestinos, entre sus terroristas, hay también cristianos como Jorge Habash, fundador del FDLP, movimiento ultra que nunca aceptó los acuerdos de Oslo. La fe que inspira a esos hombres no es religiosa sino nacionalista. Como dijo hace poco Georges Corm, ex ministro libanés: "No es porque los israelíes son judíos que los palestinos resisten. De ser budistas, la resistencia palestina a la creación ex nihilo de un Estado sobre sus tierras hubiera sido igual de viva".
     Los periódicos no nos ofrecieron imágenes tan espectaculares del lado israelí, pero el fanatismo identitario no es menos violento, y si bien no se encuentran kamikazes entre los colonos barbudos, religiosos o no, lo cierto es que la violencia que ellos practican no es menos terrible. Sin hablar de la violencia fría y devastadora de los dirigentes del actual gobierno, de su ejército, de sus servicios de seguridad. La religión está muy lejos de sus preocupaciones, por más que les pueda ser útil. En los dos bandos, la religión es más un pretexto que una causa; es más una bandera, un marcador distintivo, que la razón del conflicto.
     Desde 1920 en lo que era Palestina, desde 1991 en los Balcanes, lo que nos espanta y asombra son guerras entre comunidades definidas por un híbrido "étnico-político-religioso"; más que definidas, marcadas. Es la nación existente o programada, la hebrea, la palestina, quien elimina al otro con la práctica de la "limpieza étnica"; es la nación nacionalista la que no tolera al otro, la que decide quién es quién y obliga a escoger entre la maleta o el ataúd. No es la religión (Islam, judaísmo, cristianismo), que en realidad no resulta necesaria al programa de nation-building a sangre y fuego, sea sionista, fundamentalista judío, palestino o fundamentalista musulmán. En casos comparables, la ausencia del factor religioso en la lucha entre identidades rivales no ha disminuido para nada los niveles de enemistad y de ferocidad. Vean el caso de los hutus y los tutsis de Ruanda, todos cristianos.
     No es un consuelo, ciertamente, pero no hay que confundirlo todo y hablar siempre de "guerra santa" y de jihad como lo hacen ciertos palestinos y ciertos judíos, para mayor gusto de sus adversarios y de los enemigos de la religión. Así como la guerra de Chechenia no es un episodio del dizque eterno conflicto entre la Cruz y la Media Luna, la guerra de Palestina no es una lucha entre dos fes religiosas que separan a los hijos de Abraham. Es la lucha entre dos fes nacionales, entre dos naciones recién creadas: la hebrea, que cumplió hace poco cincuenta años, y la palestina, que empezó a nacer unos años después en el doloroso parto de los campos de refugiados, especialmente después de la Guerra de los Seis Días (1967).
     El Estado de Israel es y pretende ser el heredero del pueblo judío, pueblo víctima por excelencia hasta 1945; en la actualidad los palestinos se conciben, con razón, como "víctimas de las víctimas". Toda proporción guardada, y sin que ello sea comparable en cuanto al grado de horror, la expulsión de 1948 y la ocupación de 1967 funcionan para los palestinos como el Holocausto en la formación de la identidad israelí y en la formulación de sus reivindicaciones. En ese sentido, palestinos y hebreos son hermanos gemelos.
      
     ¿El año próximo en Jerusalén?
     ¿Hasta cuándo Jerusalén será manzana de la discordia en lugar de ser la ciudad santa de los hijos de Abraham, judíos, cristianos y musulmanes? Hace muchos años, a la hora de la creación de Israel y de la primera guerra entre hebreos y árabes, el presidente de la Universidad Hebraica de Jerusalén, Judah Magnes, repetía que la única manera de reconstruir Israel en la Tierra Santa era emplear procedimientos moralmente puros. De no ser así, Dios, que no perdonó nunca a su pueblo sus periódicas recaídas en la idolatría, tarde o temprano  le haría sufrir de nuevo un Jerbán, una catástrofe.
     En 1949 existía un partido llamado Ihud que predicaba que se debía permitir que los árabes que habían huido de Israel a la hora de la guerra regresaran inmediatamente, y sin condiciones, a sus casas. Decía también que jamás, en ningún caso, se debería tratar a los refugiados, a las personas desplazadas, como rehenes políticos. Lamentaba que "después de lo que los judíos de Europa han sufrido, se cree un problema de personas desplazadas en Tierra Santa" (21 de agosto de 1949). Tan se creó que tres generaciones de palestinos vivieron y siguen viviendo en los campamentos de las Naciones Unidas.
     ¡Pensar que un pequeño túnel, resultado de la obstinación de unos arqueólogos inevitablemente contaminados por la ideología y el nacionalismo (¿cuál historiador, cuál arqueólogo se atreverá a tirarles la primera piedra?), puso en peligro en 1996 los primeros resultados conseguidos, después de muchos años, por unos hombres de buena voluntad! El túnel no era, como decían los amigos de los duros en Israel, un pretexto usado por Arafat para faltar a su palabra: era la chispa en el polvorín armado por Netanyahu y los duros. Sin polvorín, la chispa no tendría efecto. Viendo hace unos días a los peregrinos judíos agolpados contra el Muro de las Lamentaciones, uno recordaba que aquel muro se llama también "muro de los magrebíes", aquellos descendientes de los musulmanes andaluces venidos desde Tlemcén en el siglo XIV para fundar el Waqf Abú Madyan, a lo largo del Muro del Templo, alrededor de la puerta de los Magrebíes de la mezquita Al Aksa. Allá, muy cerca, cavaron los arqueólogos el ahora tristemente célebre túnel de los Asmoneos.
     ¿Era necesario para Netanyahu abrir ese túnel y es necesario, ahora, mantenerlo abierto? ¿Qué importaba el túnel si no se cumplían todos los puntos pendientes de los acuerdos palestino-hebreos? ¿Qué importaba el túnel, si los palestinos seguían condenados al estrangulamiento económico y a la pérdida de toda esperanza de acceder algún día a la dignidad nacional? Netanyahu y su gente cosecharon la tempestad que sembraron. Después de todo, ellos acusaban al general Yitzhak Rabin de ser un traidor, un vendepatrias; incitaron, armaron el brazo de quien lo asesinó, el cual ahora, en libertad, ha de triunfar y regocijarse en estas horas de desastre.
     El mortífero paseo de Ariel Sharon casi en el mismo lugar, en octubre de 2000, repitió la historia del túnel. El héroe de la guerra de Kippur (1973), el responsable de la guerra de Beirut (1982), preparó su toma del poder y la situación presente. Su visita más que intempestiva al santuario del Islam, la explanada de las mezquitas, al lado del santuario judío del Muro de las Lamentaciones (plegarias), ha provocado la segunda Intifada, "la guerra de las piedras", que opone multitudes de jóvenes palestinos armados de piedras a policías y soldados israelíes, muchas veces tan adolescentes como sus enemigos, fuertemente armados y que usan sus armas: setecientos muertos y diez mil heridos al momento de escribir.
     "Arik, Hamás, mismo combate", podrían gritar los partidarios de la paz entre palestinos e israelíes, una paz que, con o sin guerra próxima, parece muerta.
     Los enemigos de la paz en los dos bandos triunfan. Corrió la sangre. Se cruzó esa terrible y delgada línea roja y todo ha cambiado. Si Jerusalén es la ciudad de Dios, uno tiene derecho a preguntarse de cuál Dios: ¿Moloch, Baal, el Huichilobos de los sacrificios humanos que destronó un tiempo al Dios único (que no se podía nombrar) de los judíos, el Dios uno y trino de los cristianos? ¿Entre los judíos, los cristianos, los musulmanes —enumerados por respetuoso orden genealógico—, de cuál Dios se trata? ¿El Dios de justicia, de amor y de paz, el misericordioso? ¿No será más bien el Dios de los Ejércitos, que pide tantos sacrificios humanos como Moloch y Huitzilopochtli y quizá más? Los jóvenes palestinos se lanzan a destruir la tumba del patriarca José, e inmediatamente sus primos hebreos hacen lo mismo con mezquitas en Tiberíades y en alguna otra parte.
     No quiero dar la impresión de que las responsabilidades se reparten por partes iguales entre los dos bandos, ahora irreconciliables. Si bien los dos son culpables, lo es en mucho mayor medida el más fuerte. Si la comunidad internacional debe impedir la guerra entre Israel, Palestina y los demás países árabes, si debe garantizar el futuro de Israel, no puede posponer la proclamación del Estado palestino, no puede posponer la restitución a los palestinos de los territorios ocupados en la Guerra de los Seis Días, inventando una definición especial para Jerusalén y la desmilitarización total de la meseta del Golán.
     ¿Habrán muerto para nada Anuar el Sadat e Yitzhak Rabin y tantos y tantos hombres, mujeres y niños en los campos de batalla y en las ciudades bombardeadas del Medio Oriente?
      
     G de gueto
     "Gueto: abreviatura de borghetto (italiano); barrio en que vivían o eran obligados a vivir los judíos en algunas ciudades de Italia y de otros países". Hasta aquí el diccionario de la Real Academia. Después de los acuerdos de Oslo, Israel devolvió a regañadientes la quinta parte de sus territorios a los palestinos; es decir, evacuó el 20% de Cisjordania y Gaza, territorios ocupados por su ejército desde 1967, para dejar su administración a la Autoridad Palestina. No contento con guardar todavía el 80% de los territorios, Israel ha hecho de esa pobre quinta parte un gueto. Sin fronteras más que con Israel, sin viabilidad económica, sin continuidad territorial (se trata de un archipiélago de islas rodeadas por territorio israelí), sin control sobre el agua, la costa marítima y el espacio aéreo, el microestado palestino es el reino de todas las desgracias y todas las frustraciones. Israel cierra y abre a su antojo el puerto, el aeropuerto, las carreteras; multiplica los puestos de control, deja salir o no deja salir a trabajar en Israel a los numerosos palestinos que se trasladan cada día, para regresar en la noche a dormir en el gueto.
     Ese sistema permite a Israel estrangular económicamente a los palestinos o darles un poco de oxígeno, según su gusto. Así, actualmente, a consecuencia de la última crisis, dentro de la crisis permanente, el desempleo afecta a casi el 60% de la población palestina económicamente activa y trescientas mil personas han perdido su trabajo. El gobierno israelí, además, no transfiere a la Autoridad Palestina los impuestos que le pertenecen. Eso recuerda terriblemente el sistema de apartheid y de bantustanes (esos guetos de donde salían a trabajar cada día los trabajadores negros de Sudáfrica antes de la liberación y de la reconciliación nacional).
     De la misma manera, Israel deja o no deja entrar y salir las mercancías y los productos de la franja de Gaza, destruye casas, expropia terrenos, desmonta para establecer perímetros de seguridad o castigar en forma de represalias. Últimamente, con motivo de la nueva Intifada, el ejército israelí bombardea duramente los territorios palestinos, e incluso no duda en ocupar militarmente tal o cual parte.
     Israel se justifica denunciando la "violencia" palestina, la corrupción y la falta de democracia de la Autoridad Palestina. Olvida que el gueto no es precisamente una escuela de virtudes democráticas y que sus murallas engendran la desesperación. El Estado de Israel pretende ser y es el heredero del pueblo judío, del pueblo víctima por excelencia. Históricamente el gueto fue el instrumento y el símbolo de la opresión de los judíos. En la actualidad el Estado de Israel ha levantado guetos para los palestinos y ha hecho de ellos "los judíos de los judíos".
     Distingo entre el Estado de Israel y los israelíes, porque siempre hubo y sigue habiendo una minoría de ciudadanos para salvar el honor. Ojalá que la mayoría y el gobierno de Israel puedan reconocerse en el espejo que les enseñan hoy los palestinos: "Ese judío perseguido, ese judío encerrado en el gueto que fuiste ayer, ¡soy yo!" Quizá en ese proceso de gemelización y reconocimiento se podrá inventar lentamente una solución que ponga fin a un conflicto que empezó hace más de un siglo. Así podrían los dos pueblos vivir en una misma tierra. -