El mito cubano y la esquizofrenia política | Letras Libres
artículo no publicado

El mito cubano y la esquizofrenia política

Más de cien legisladores mexicanos, miembros de cuatro partidos (PRI, PAN, PRD y PT), ovacionaron de pie y por más de cinco minutos un discurso de cinco horas de Fidel Castro contra la democracia. "El pluripartidismo crea fragmentación en nuestras naciones" —dijo el caudillo cubano. Y los pluripartidistas políticos mexicanos, que pasaron una semana en La Habana alojados en hoteles prohibidos para la población de la isla, aplaudieron con entusiasmo.
     Esos mismos legisladores, orgullosos de su democracia representativa, han solicitado a la Comisión Permanente del Congreso un extrañamiento al presidente Vicente Fox por haberse reunido, en La Habana, con una representación de la disidencia de la isla. El encuentro, dicen, implica un abandono del "principio de no intervención y defensa de la autodeterminación de los pueblos", por lo que el canciller Jorge G. Castañeda deberá comparecer ante el Congreso y explicar lo que consideran una "violación de la Doctrina Estrada".
     En efecto, desde 1917 la política exterior de México se ha basado en la igualdad jurídica de los Estados, la no intervención en los asuntos internos de otras naciones y el derecho de los pueblos a su autodeterminación. En esas premisas nacionalistas se apoyaron Carranza, en 1918, y Cárdenas, en 1938, para defender el derecho de México a ejercer el control de sus recursos naturales y su industria. De modo que esa política exterior no fue más que el reflejo diplomático de las dificultades que México experimentó en sus relaciones con Estados Unidos y Europa, a raíz de la aplicación del Artículo 27 de la Constitución.
     La Doctrina Estrada, formulada en 1930 bajo la presidencia de Pascual Ortiz Rubio, establecía que México debía mantener relaciones diplomáticas con todos los gobiernos del mundo sin tener que negar o reconocer la legitimidad internacional de los regímenes políticos. Si se producía un cambio brusco de gobierno en América Latina, por un golpe de Estado de derecha o una revolución nacionalista de izquierda, México se reservaba el derecho a mantener el vínculo diplomático con la nueva administración sin otorgarle su reconocimiento político. El canciller Genaro Estrada tenía en mente, por supuesto, la presión que ejercieron Europa y Estados Unidos sobre los gobiernos de Carranza, Obregón y Calles.
     El "castrismo mexicano", como le llama Jesús Silva Herzog-Márquez, confunde la Doctrina Carranza —no intervenir en los asuntos internos— con la Doctrina Estrada —prescindir del reconocimiento de legitimidad. También olvida que ambas doctrinas respondieron a la urgencia de trazar la política exterior de una nación agredida y aislada. En todo caso, la idea que esos revolucionarios trasnochados se hacen de la no intervención es parcial, ya que rechazan la relación del gobierno de México con la disidencia cubana y celebran el entendimiento de Fidel Castro con la oposición mexicana. Lo primero es injerencia; lo segundo, solidaridad.
     ¿Cómo entender la esquizofrenia de políticos e intelectuales que defienden la democracia en su país y el autoritarismo en el país vecino? A mi juicio, sólo caben dos posibilidades: o son políticos e intelectuales autoritarios, parapetados tras instituciones y valores democráticos, o desean, por nostalgia o por cinismo, que el régimen de Fidel Castro subsista para que cumpla ciertas funciones simbólicas en la región —rencor antiyanqui, nacionalismo revolucionario, denuncia de la "globalización neoliberal", defensa de la "identidad latinoamericana"...— que ellos mismos han descartado para México. Me inclino por la segunda.
     La Revolución de 1959, qué duda cabe, fue un suceso crucial para la generación de intelectuales y políticos que hoy rige los destinos de México. Ser consecuentes con esa memoria sentimental no implica cerrar los ojos a la realidad de la isla y conservar el mito en la imaginación, sino percibir y reconocer, desde ahora, las señales del inevitable futuro democrático de la nación cubana. La relación con la República de hoy y no con la Revolución de ayer, como ha dicho el canciller Castañeda, es la mejor manera de asignarle a México un lugar en ese futuro. -