El hombre que hackeó Hollywood | Letras Libres
artículo no publicado

El hombre que hackeó Hollywood

Desde Tiburón (1975) de Steven Spielberg, los ejecutivos hollywoodenses dieron con una fórmula vigente hasta hoy: a mayor inversión, mayor ganancia. Por eso se invirtieron cuatrocientos millones de dólares en Piratas del Caribe 4. En costas extrañas (2011). Dato para contrastar: el PIB de Tuvalu, uno de los más bajos del mundo, es de 38 millones de dólares anuales. Vivimos el siglo del cine que cuesta diez veces más de lo que un país pequeño produce al año. Esa vorágine de dólares a menudo ahoga las ideas innovadoras. La vanguardia cabe en Hollywood, pero solo en ambientes controlados. El resto del tiempo se siguen las fórmulas probadas –creativas, de producción– que aseguran la ganancia: a mayor inversión, menor riesgo.

El productor Jason Blum introdujo su cuña en ese molde para abrir una nueva veta, la del blockbuster de bajo presupuesto. Su pequeña revolución no solo está sacudiendo una industria acostumbrada a los cañonazos de billetes: contribuye también a la llegada de nuevos aires creativos.

Blum produjo intrascendentes mediocridades hasta que dio con la gallina de los huevos de oro: Actividad paranormal, de 2007, pero estrenada en 2009. Filmada con quince mil dólares y distribuida por Paramount, recaudó casi doscientos millones. Tras el éxito, Blum no degolló a su gallina: buscó clonarla. Creó Blumhouse, cuyo lema es “La celebración de todo lo aterrador”, y comenzó a trabajar.

Desde entonces ha producido cuarenta películas en cinco años. Algunas de ellas fueron fracasos que no llegaron a los cines o que se perdieron entre los botaderos de dvd en rebaja; otras estrenaron en pocas salas o directo en Netflix. Pero algunas fueron éxitos de taquilla –tanto como para hacer de Blumhouse una empresa muy rentable.

Ejemplos: la inversión de Actividad paranormal 2 (2010) fue de tres millones de dólares; la recaudación, de 177 millones. La inversión de La noche de la expiación (2013), que ocurre en un Estados Unidos ficticio donde se permite el homicidio una vez al año, fue de tres millones de dólares; su recaudación, de 89 millones. No importa, pues, si películas como Área 51 (2015) gastan cinco millones y recaudan siete mil dólares: las ganancias de las otras cintas costean esos fracasos programados.

Tres ejes rigen el modelo de Blumhouse. El primero es la calidad de sus películas. Ubicado mayormente en el terreno del horror y el suspenso, su cine ejerce virtudes que suelen evitarse en Hollywood, como la ambigüedad –a menudo hay finales abiertos, rasgo utilísimo al planear secuelas– aunada a cierta dosis de experimentación formal –no en vano su primer acierto fue Actividad paranormal, película de riguroso apego a las convenciones del found footage, mientras que cintas menos conocidas, como Espera hasta que se haga de noche (2014), son, aunque poco redituables económicamente, una llamativa mezcla de remake y secuela intertextual–. Sus películas suelen ser buenas películas, y cuando no lo son resultan, al menos, llamativas. Es probable que el espectador promedio de Blumhouse no se vaya decepcionado. Otras de sus cintas son pura mórbida instigación: Cercana obsesión (2015) presenta a Jennifer Lopez como una profesora de literatura que tiene un encuentro sexual con un alumno vecino suyo. Cualquier pretexto es bueno para hacer flashbacks a la escena sexual, tan ingenua como cachonda.

Otro eje: su estricto control de gastos. En Planet Money, podcast de National Public Radio, Rob Cohen (director de Rápido y furioso, de 2001, desempleado tras el fracaso de su película de 2005 La amenaza invisible, ahora director de la redituable Cercana obsesión) apuntó las reglas de Blum: pocos diálogos –los extras cobran una cuota adicional cada que dicen alguna línea–, pocas locaciones –no en vano la mayoría de sus producciones ocurren en una o dos casas, reduciendo gastos de renta y scouting–, y una última, despiadada: pagar el mínimo legal posible. Suena leonino porque lo es, pero allí radica el éxito: Blumhouse caza directores en desgracia creativa o financiera –M. Night Shyamalan o el mencionado Cohen–, jóvenes cineastas que dirigen por casi nada de dinero pero amplia distribución y una tajada de la taquilla –Oren Peli, de Actividad paranormal, o James Wan de La noche del demonio (2010)–, o actores famosos que acceden a participar en sus producciones a cambio de un porcentaje de la recaudación –así es como Ethan Hawke o Jennifer Lopez entraron a su redil.

El último eje que sostiene a Blumhouse es lo que la separa de las productoras pequeñas: su distribución. Blum tiene un first-look deal, un contrato de primera opción a diez años con Universal Studios; esto implica que su producción pasará por los ejecutivos de Universal antes que por cualquier otro. El acuerdo permite difundir sus películas de manufactura austera a través del sistema que distribuye producciones costosas como Mundo Jurásico aunque la diferencia en el gasto en publicidad sea enorme–. Blumhouse no tiene campañas de promoción que inflen sus productos: alcanzan su triunfo o fracaso en vista de qué tanto convenzan a la audiencia. Y el público ha respondido de manera favorable: no solo con su cine de horror, sino con películas como Whiplash (2014) –que le valió a Blum una nominación al Óscar– o éxitos de crítica y audiencia en televisión, como The jinx (2015).

“La vida es tan rara que tiene curiosas formas de volverse lógica”, escribió Juan Villoro en Dios es redondo. En un medio donde la sobredosis de dinero busca opacar a la competencia, resulta paradójicamente congruente que unas películas de presupuesto limitado eclipsen a producciones mucho más onerosas. En Hollywood, el dinero es una herramienta, y un artesano hábil puede hacer maravillas con utensilios modestos. La filmografía de Blumhouse prueba esa idea. ~