El hombre de negro | Letras Libres
artículo no publicado

El hombre de negro

Desde muy joven, la japonesa Minako Oba (1930-2007) demostró gran pasión por los libros a tal punto que a los once años, en una encuesta del colegio, rellenó la casilla “opción de futuro” con los ideogramas de “escritora”, cuando lo que en realidad se le preguntaba era la escuela secundaria a la que quería asistir. En tiempos de la guerra, se trasladó junto con su familia a la localidad de Saijo, en Hiroshima, debido a que su padre cumplía funciones de médico naval. Así, mientras trabajaba en una fábrica textil, a Minako Oba le tocará ser testigo del ataque atómico de 1945 y su visión de la masacre aflorará posteriormente en su obra, centrada en temas como las víctimas de la guerra, la marginación social y el feminismo. En 1959 se estabaleció, junto con su marido, en Alaska. Permaneció once años en Estados Unidos, lo que le proporcionó material para su primer libro, Los tres cangrejos, que retrata la vida cotidiana de los estadounidenses de a pie. En 1996 sufrió un infarto cerebral que la dejó paralizada del lado izquierdo y la obligó a hacer vida en una silla de ruedas. Murió de insuficiencia renal a los 76 años. Su obra, a pesar de ser abundante, permanece prácticamente inédita fuera de Japón, a excepción de algunos relatos publicados en inglés. La narración que ahora presentamos se vale de un estilo sencillo cercano al diario y a la crónica periodística.

Traía una bolsa y un bastón, vestía pantalón y chaqueta de cuello alto, tipo uniforme de gala, si bien negro como una sotana. Debajo del brazo llevaba uno de esos sombreros cónicos de caña que suelen usarse en el sureste asiático; acaso fuera pescador. Ese hombre acababa de salir del cine. El sombrero se lo habría quitado para no estorbar a la gente en el interior de la sala, que era más pequeña que cualquier otra sala de proyección, del tamaño de un teatro de buhardilla. Se proyectaba una película de 16 milímetros.

Yo también salía de aquel teatro, el Yokohama-Kannai Academy 2, después de ver El ejército imperial marcha hasta la extenuación.1 No hubo más de veinte espectadores. A mi lado se sentó un señor con aspecto de oficial de las Fuerzas de Autodefensa.2 No estoy segura, pero me dio la impresión de que el oficial y aquel hombre de negro eran la misma persona. Cuando el hombre de negro salió de la oscuridad de la sala, se me quedó mirando bajo la deslumbrante luz del exterior. Era un domingo caluroso de junio, aunque refrescaba. Si bien había empezado la estación de lluvias, aquel día no llovía, así que el aire se notaba más seco que de costumbre. Mirándome fijamente, sus labios se movieron como si quisiera decirme algo. Tuve la sensación de haberme encontrado ya antes con él, en alguna otra parte, pero no fui capaz de recordarlo –en la comisura de los labios se le distinguía un lunar–. Lo más seguro es que él estuviera pensando lo mismo.

Su piel, curtida por el sol, semejaba papel de estraza que una vez arrugado hubiera sido estirado de nuevo. Por su apariencia rondaría los setenta años, pero de eso tampoco puedo estar segura. Seguía mirándome con sus ojos pequeños como frutos negros y brillantes. No parecía japonés. Por debajo de sus párpados dobles, que le daban cierto aire compungido, sus ojos minúsculos y relucientes se dirigieron hacia mí una vez más. Tras comprobar que su mirada me había desconcertado, decidió alejarse. Entonces me vino a la memoria.

Conocí a ese hombre en Bangkok. De eso hará ya quince o dieciséis años. En aquella época yo trabajaba para la televisión. Me habían encargado realizar una serie de entrevistas a soldados que se habían quedado a vivir en países del sureste asiático una vez finalizada la guerra; soldados que no quisieron regresar. Sí, ahora lo recuerdo. Íbamos en una barca, probablemente camino del mercado flotante. He olvidado los detalles, puesto que fueron varios los soldados con los que me entrevisté –de la mayoría no conservo recuerdo alguno–, pero sin duda el que iba en aquella barca era él. Se estaba comiendo un plátano cuando empezó a hablarme de su pasado, sin que yo le hubiera preguntado nada. Lo reconocí por el lunar en la comisura de los labios, un lunar que percibí en el tiempo de levantar y bajar la mirada. La posición era exacta a la del lunar de un viejo amigo, algo que también me vino a la mente en aquel primer encuentro. Salí corriendo tras él, pero no alcancé a recordar su nombre:

–No será usted... antes... en Bangkok... –dejé escapar a medias, mientras le cerraba el paso. Sin embargo, la expresión de su rostro había cambiado completamente: ahora se hacía el distraído. Negó con la cabeza y agitó la mano a la altura de la oreja. Se puso el sombrero y se alejó a toda prisa. Visto de espaldas, con el sombrero calado y la vestimenta negra, parecía que fuera a pescar truchas. La mano agitada en la oreja quizás significara que era un poco duro de oído. Volví a rememorar. ¿Acaso no estaba ya por entonces algo sordo? No cabía duda de que se trataba de la misma persona. Estaba prácticamente convencida de ello, pero viéndole agitar la mano junto a la oreja, con esa expresión de rechazo y el sombrero calado, tuve dudas una vez más. ¿No había sido él quien se había quedado parado hasta dos veces para mirarme fijamente y también el primero en tratar de decir algo?

–No pienso regresar a Japón, ni modo. Al menos no hasta que me muera. No quiero volver a ver ese país. Que no salga mi cara, por favor. Abandoné a mi mujer y a mis hijos y puede ser que vean el programa. Ya han pasado treinta años, así que no creo que me reconozcan, pero nunca se sabe.

Tal y como me pidió, no le filmamos la cara durante la entrevista para la televisión. El resto de los entrevistados no tuvo inconveniente, por eso recuerdo en particular las palabras y el rostro de ese hombre. La posición del lunar también quedó grabada en mi memoria.

Tenía esposa tailandesa, cinco hijos y algunos nietos. En Japón también dejó mujer e hijos, pero acaso se viera obligado por las circunstancias a quedarse en Tailandia tras servir en el frente, dando como resultado aquella situación. Lo que nunca me llegó a decir es si había abandonado su destacamento durante la guerra, es decir, si había desertado, o bien si había decidido quedarse después de terminada la contienda. La cuestión es que decidió no volver, evitando así ser desmovilizado junto al resto de las tropas. Quizás había sobrevivido gracias a la ayuda de una mujer tailandesa, su mujer, cosa que le habría impulsado a tomar una resolución.

Por lo visto, en Japón había ejercido de zapatero. Como artesano se jactaba de la calidad de sus zapatos. Sin embargo, en Bangkok regentaba una tienda de medicamentos chinos. Según él, actuó de sanitario durante la guerra, así que lo más probable es que adquiriera aquellos conocimientos cuando aún servía en el ejército. Aunque también podía ser que hubiera aprendido a reconocer las diferentes hierbas medicinales durante los pesados avances de las tropas o durante su huida.

La tienda estaba situada a la orilla del río. Allí esperaban su mujer y su nuera con tres de los nietos. No entendían japonés, así que, mientras escuchaban nuestra conversación como si de música se tratara, se dedicaron a observar con curiosidad la cámara y el equipo de audio. Al terminar la filmación, su mujer se despidió de nosotros sin mediar palabra, juntando las palmas de las manos. En el sureste asiático, a la hora de saludar o expresar gratitud, en vez de hablar, juntan ambas manos frente al pecho como si rezaran. Aquella figura me recordó a las imágenes de Buda. Era muy hermosa.

Además de vender los productos en la tienda, usaban también la barca para hacer negocios sobre el agua. La tenían llena de todo tipo de mercancías que transportaban río abajo y río arriba; artículos diversos, desde comestibles hasta ropa, entre otros enseres de primera necesidad. El río les servía de carretera.

Los japoneses que habían llegado a Tailandia durante la guerra y que habían decidido no volver a su tierra, obteniendo así la ciudadanía tailandesa, tenían un perfil bien distinto al de los emigrantes que partieron hacia América del Norte o hacia América del Sur. En principio, desplazarse a otro país no entraba en sus planes. Llegaron más bien empujados como ovejas desde Japón y sufrieron infinidad de contratiempos que provocaron la dispersión de la manada,hasta que algunas de ellas quedaron rezagadas y otras se dieron a la fuga. Algunas de las que lograron huir se vieron obligadas a formar parte del rebaño de sus compañeras tailandesas, siempre que las aceptaran.

Una noche, después de entrevistarme con varios de aquellos hombres, asistí a una fiesta que había organizado un empresario de éxito para homenajearlos. Habiendo pasado todos por lo mismo, se reunían ahora para brindar con alcohol y compartir sus experiencias. Coincidió que el hombre en cuestión se sentó a mi lado. Permaneció en silencio mientras bebía. La afluencia de alcohol elevó el volumen de las conversaciones hasta que empezaron a oírse los primeros canturreos. Aun así, aquel tipo no se animó a participar en ninguna de las charlas. No parecía reaccionar a las voces de los demás; cosa que me hizo pensar, ahora lo recuerdo, que quizás era un poco duro de oído. Si bien no dejaba de tomar, seguía sentado sin inmutarse, como si rememorara el pasado con nostalgia, en actitud apacible. Hasta que alguien empezó a cantar una canción militar (por aquella época estaban de moda en Japón), a lo que esta vez sí reaccionó diciendo: “Si hemos sobrevivido es porque comimos carne humana.” Lo dejó caer en un murmullo apenas audible que pudo pasar completamente inadvertido. No creo que se oyera bien entre aquella algarabía, pero seguro que alguno de los asistentes sí lo escuchó. Sin embargo, nadie dio muestras de haber prestado atención y el banquete continuó como si nada. A mí aquella frase me dejó atónita. Me quedé mirando la cara de aquel hombre, que balanceaba el cuerpo ligeramente al ritmo de una de aquellas estrofas militares que seguía en boca de los asistentes. “Si hemos sobrevivido es porque comimos carne humana.” ¿Sería tan solo una metáfora? Desde entonces esas palabras se me quedaron grabadas en la memoria. Su nombre, en cambio, no lo recuerdo. Tampoco recuerdo los nombres de aquellos con quienes compartíamos mesa y que no reaccionaron al comentario.

“No volveré a ver Japón.” En boca de aquel hombre “no volveré a ver” sonaba más bien a “no quiero volver a ver”. También lo entendí como un “Japón me dejó tirado”. Me parece que después dijo cosas como que Japón lo había obligado a abandonar a su mujer y a sus hijos. El país que lo había acogido, permitiéndole seguir con vida, era Tailandia, así que él se sentía tailandés. Dejó muy claro que no volvería a Japón en lo que le quedaba de vida. Que no pisaría de nuevo, ni por asomo, el suelo de este país. ¿Pero aquel hombre y el hombre vestido de negro no eran acaso la misma persona? Por el uniforme de cuello alto y el sombrero de caña, propio de los pescadores, se diría que era tailandés, pero tampoco es que hubiera nada extraño en él, aparte de que se me quedó mirando como si me conociera. Ladeó la cabeza en gesto dubitativo y luego se alejó sin más, convencido quizás de que se había confundido de persona.

Lo que estaba claro es que los dos recién acabábamos de ver El ejército imperial marcha hasta la extenuación. La película, en formato documental, indaga los motivos ocultos que desembocaron en el fusilamiento de dos soldados durante la campaña de Nueva Guinea. La ejecución tuvo lugar casi un mes después de que terminara la guerra. Los soldados pertenecían a un destacamento la mayor parte de cuyos efectivos había caído en combate. El protagonista principal, un hombre que perteneció a la misma compañía, visita uno a uno, con la intención de interrogarlos, a los suboficiales que supuestamente asistieron al fusilamiento. Se trata del mismo hombre que fue arrestado por lanzar una bola de pachinko contra el emperador.3 Para descubrir la verdad de los hechos y haciéndose acompañar de los familiares de las víctimas, ruega a los suboficiales ya retirados que confiesen, llegando incluso a amenazarlos, pero ellos no hacen más que justificarse sin aclarar nunca nada. Finalmente, incrimina al oficial que dio la orden, pero este, en vez de admitir su culpa, hace una abstracción de los hechos y termina achacando la muerte de los dos soldados a la crueldad inexorable de la guerra.

El espectador, a medida que siente cómo aumenta su irritación, se topa con la siguiente hipótesis: atormentados en el frente por un hambre terrible, bajo el consentimiento tácito de todos ellos, ¿acaso no se habrían puesto de acuerdo para comerse a sus compañeros?

En el documental, el hombre riñe y forcejea con algunos de los implicados, pero al hacerlo frente a la cámara nos preguntamos si no estará todo pactado de antemano. La exasperación aumenta gradualmente hasta que algunos de ellos terminan haciendo comentarios que provocan en el espectador la sospecha de un sentido oculto. La doblez de las personas se va haciendo patente. Mientras tienen lugar las entrevistas, la policía permanece al acecho, siempre cerca, por si tuviera que intervenir. De vez en cuando los agentes participan en la conversación, entonces la cámara los filma desde ángulos insospechados que contribuyen a crear una imagen ridícula de la policía.

En el epílogo se explica que el protagonista reside actualmente en prisión purgando una condena de doce años por atentar contra la vida del oficial que dio la orden de disparar durante el fusilamiento. En el intento terminó hiriendo de gravedad al hijo mayor del oficial.

¿Por qué ese hombre, con apariencia de loco, llega hasta tales extremos? Entre los miembros de una generación que experimentó los hechos más terribles, ya son pocos los que pueden cuestionarse esas cosas. La película fue dirigida por Kazuo Hara.

El hombre vestido de negro había visto esa película. Pero yo no tenía ninguna prueba de que fuera la misma persona que entrevisté en Bangkok quince o dieciséis años atrás y que me había causado una fuerte impresión. Uno de mis amigos más cercanos de antaño también tenía un lunar en la comisura de los labios, exactamente en el mismo lugar. No cabe duda de que hay mucha gente con un lunar en ese mismo sitio. Además, desde que me encontré con aquel hombre en Bangkok han pasado ya quince o dieciséis años, así que lo extraño sería que pudiera afirmar rotundamente que eran la misma persona. A lo mejor no se trató más que de una ilusión: el resultado de superponer a capricho el contenido de la película con mis propios recuerdos. Pero, en el caso de que no se tratara de una ilusión, significaría que aquel hombre había venido expresamente desde Bangkok a Japón con la única intención de ver aquella película, de la que habría oído rumores. Así pues, el hecho de que no hubiera vuelto a pisar Japón, ¿no podría deberse más a la falta de medios económicos que al rencor acumulado? Pero en ese caso, después de quince o dieciséis años de prosperidad en los que el valor del yen ha ido aumentando progresivamente, ¿no sería menos factible visitar Japón precisamente ahora? Sin duda el motivo debía de ser el rencor. ¿Pero hacia quién?

Hablando de ilusiones, podría ser también que, desde que nacemos, todas y cada una de las escenas de las que somos testigos forman parte de una ilusión. Se podría concluir entonces que el individuo que dio la orden de disparar, una vez terminada la guerra, era él mismo una ilusión, así que, por mucho que vayamos detrás de la esencia, nunca daremos con la verdad de los hechos.

Persiguiendo al fantasma del hombre vestido de negro terminé merodeando sin rumbo fijo por las calles de Isezakichō. Por ser domingo caminé por una zona de oficinas completamente desierta hasta desembocar en los alrededores de la estación de Sakuragichō. Allí me encontré de repente con un anciano que venía desde Chiba, a tres horas en tren, para ver los actos conmemorativos del puerto de Yokohama que se celebraban cada año. Me preguntó si no habría por allí algunos grandes almacenes, ya que deseaba sacar dinero antes de asistir al festival. Yo no tenía ni la menor idea de qué grandes almacenes pudiera haber en Yokohama.

–Disculpe que no le sea de ayuda... –mientras me excusaba pensé si sería en realidad posible usar la tarjeta en domingo para sacar efectivo. Me pregunté si no sería aquello otra ilusión y ladeé la cabeza. Sin que yo le dijera nada, aquel anciano, que había tardado tres horas desde Chiba para asistir a las fiestas de Yokohama, se puso a hablar muy animado:

–Es que estaba pensando en comer algo por el barrio chino antes de regresar...

Al volver a casa, mi vecina me trajo un bol de arroz cocido con frijoles. A pesar de que siempre parecía estar cansada, con la cara abotargada, ¿por qué seguía insistiendo en cocer aquel arroz rojizo? ¿Sería también aquello una ilusión? ~

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Traducción del japonés, presentación y notas de Iván Díaz Sancho.

 

 

 

 

 

1 Se trata del documental Yuki-yukite, shingun (1987). Existe versión subtitulada en inglés con el título The emperor’s naked army marches on. El título original podría traducirse literalmente como El ejército divino avanza hasta donde puede.

2 Fuerzas armadas creadas tras el fin de la ocupación estadounidense (1954); estaban limitadas a labores de defensa y no tenían capacidad para el ataque. En 2014, fruto de las tensiones con China y las dos Coreas, el nuevo gobierno de Shinzo Abe modificó la Constitución japonesa, de corte pacifista, para dotar de mayor capacidad de intervención al ejército en operaciones de supuesto apoyo militar a países aliados.

3 Se trata de Kenzo Okuzaki (1920-2005), quien tras la guerra dedicó su vida a actividades anarquistas convencido de que el emperador Hirohito debía asumir públicamente su responsabilidad. Entre sus acciones más famosas destaca el reparto de panfletos con un collage de imágenes pornográficas y fotografías del emperador. El 2 de enero de 1969 arrojó una bola de pachinko (especie de pinball) durante la aparición pública anual del emperador en el balcón del palacio. Desde entonces el balcón está protegido por un vidrio antibalas.