El hermano menor | Letras Libres
artículo no publicado

El hermano menor

El calendario no miente. Se han cumplido ya veinte años de la muerte de Sándor Márai y el eco de la entrada escueta y directa del 15 de enero de 1989 que el novelista apuntó en su diario sigue cruzando el desierto: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora.” Unas semanas más tarde, en su casa de San Diego, se pegó un tiro en la cabeza. Desde entonces el mundo ha cambiado en todo y casi nada. Es distinto y es el mismo, irreconocible e invariable a la vez. Para llevar el registro escrito de esos cambios, que lo mismo operan en el exterior que al interior de la multitud de vidas que se alojan en cualquier individuo, se necesita algo más que una paciencia oriental ante el ineluctable y a ratos desesperante paso del tiempo; se requiere el tipo de lucidez valiente e irrenunciable que poseía Márai y que, vertida sin apenas filtros en sus diarios y novelas autobiográficas, sirvió al escritor como puente entre el carnaval de los dramas personales y ese cataclismo universal que fue el siglo XX.

No tendría demasiado caso hablar aquí del estado que guardaba la cultura centroeuropea hacia el año 1900 y de cuanto ocurrió después, sin repetir los tópicos y lugares comunes del archiconocido asunto. Menos cuando se trata de Márai. Basta decir que el mundo que lo alumbró fue el mismo que el de otros grandes escritores centroeuropeos, en esencia aquel mundo de ayer que retrata impecable e implacablemente Stefan Zweig. Si se quisiera obtener una toma más concentrada de la vida en Kassa, la pequeña y liberal ciudad de provincias a ratos húngara y otras eslovaca donde nació Márai, con regresar a la libre y hanseática Lübeck de Los Buddenbrook se cumpliría el propósito. De hecho, hasta antes del exilio la vida de Márai siguió el guión inconfundible de la desfalleciente burguesía europea. Su entorno emocional e intelectual es el de la novela de Thomas Mann. Su periplo es semejante al de una generación inmediatamente posterior. Apenas cumplida la mayoría de edad, Márai también aparece fatigando las aceras de Berlín, París, Viena y Londres, ciudades que llegará a conocer como la palma de su mano y en las que se inicia como periodista liberal e intelectual férreamente europeo, dos oficios que en los años de entreguerras, los mismos de aquel Long Week-End de Robert Graves y Alan Hodge, se hallan en franca extinción. No sabemos si las cosas ocurrieron tal y como el propio Márai las relata en sus excepcionales Confesiones de un burgués. Probablemente no. Pero lo cierto es que al redactar sus artículos y notas en la mesa de algún café literario –“esos laboratorios de la soledad”– y aprehender con ello el espíritu de una época en que las almas sufrían atormentadas y las revoluciones, lideradas por pequeñas y disciplinadas facciones, ocurrían sin que casi nadie se diera cuenta y con un corte preciso en las líneas telefónicas de los cuarteles de policía, el joven Márai adquirió una de las más aptas y agudas punterías del siglo. Sirva de ejemplo este pasaje de una crónica suya escrita en 1933, “El Mesías en el Palacio de los Deportes”: “Órdenes breves, brutales, desde todas las direcciones. Tono cuartelero que todos los oídos absorben con placer. A las ocho y media en punto el altavoz brama: ‘¡Heil!’ Al escuchar esos bramidos comprendo repentinamente el éxito de los nazis. Sólo los derviches y las personas mortalmente desesperadas braman de ese modo.”

En 1935 Márai recibió en Budapest a Thomas Mann, su preceptor espiritual y hermano mayor en la custodia del último humanismo europeo que en ese momento se encuentra bajo un feroz asedio. Ambos aparecen saludándose en una fotografía extraordinaria que también puede ser vista como la imagen de una despedida. Poco tiempo después, acosado por el desánimo y la depresión, en su segunda novela autobiográfica, ¡Tierra, tierra!, Márai renegará de las “sociedades de consumo postindustrial” al culparlas de mantener a las masas humanas en un estado anímico infantil mediante la tecnificación, al igual que el socialismo real lo hacía echando mano del terror.

Desesperado ante la abrumadora ocupación soviética y deseoso de hallar la liberación dentro de sí, quien fuera un orgulloso representante de la burguesía liberal centroeuropea no se reconoce más en ese espacio cultural y en 1948 parte hacia el exilio definitivo. La primera escala es Ginebra. Siguieron Nápoles y Nueva York, donde el escritor inició su larga trashumancia americana y una prolongada reclusión con la cual quedaba de manifiesto la ruptura que se estaba produciendo en lo más hondo de sí mismo. Si bien era un personaje conocido entre los exiliados húngaros, se rehusó a asistir a actos oficiales y jamás procuró los círculos sociales ni literarios de Estados Unidos. Se volvió un fantasma y esta mutación alcanzó, naturalmente, las fibras más íntimas de su escritura. De hecho, para este gran fabulador de su propia vida fue notorio, a partir de ese momento, que no habría más confusión entre ficción y hechos, entre literatura y biografía. La redacción de sus diarios se intensifica en el exilio, y con este la rabia y la agudeza crecientes de un Sándor Márai desconocido. En su caso, resulta perfectamente aplicable lo dicho por Juan Villoro respecto a quien practica el elusivo género: “ese cambiante registro no muestra lo que es, sino aquello en lo que se está convirtiendo”.

Ciertamente, en el último tramo el recorrido vital de Márai se ensancha hacia todas direcciones. Posee aún una fuerte curiosidad ante lo que ocurre a su alrededor. Su desánimo no evita que, con más de ochenta y cinco años encima, permanezca atento y consigne lecturas y relecturas, desastres naturales y cambios sociales –el terremoto del 85 en México, la irrupción de los homeless en las calles de Estados Unidos, el lento pero irreversible deshielo del Este. Pero quizá más conmovedora y perturbadora que su muerte por propia mano es la ejemplar entereza con que afrontó la vejez y la enfermedad.

Ahí está su propio testimonio. En la hora final, Márai supo que no hay aprendizaje ni Montaigne que sirvan; que hay un momento en el cual la vida y la muerte valen lo mismo, a condición de haber mirado de frente a ambas sin vanidad ni temores; que, extrañamente, a los ochenta y nueve todo final es también un comienzo. ~