El haz y el envés: sobre palíndromos | Letras Libres
artículo no publicado

El haz y el envés: sobre palíndromos

 

                                                                     i. m. Darío Lancini (1932-2010)

La atracción por los palíndromos –textos que se leen de ida y vuelta– aparece en épocas remotas en lenguas muy diversas y acaso sea común a todas las literaturas. La tradición occidental se remonta al siglo III a. C. y al tracio satírico Sotades pero cabe suponer un origen distinto a las variedades orientales del género. En los palíndromos japoneses las letras que forman las piezas del juego no representan fonemas sino sílabas. En los palíndromos chinos no se lee el mismo texto de ida y vuelta, pues al invertirse el orden de sucesión los caracteres se combinan de otro modo y se resuelven en palabras y frases distintas. Combinar letras que representan fonemas sin significado propio no es igual que combinar símbolos que representan palabras. Pero si cortáramos un palíndromo occidental por la mitad tendríamos que leerlo como un palíndromo chino: la segunda parte del texto aparecería al dar la vuelta a la frase. (Así, al leerse de ida y vuelta, mi “Note cómo es aledaño Dalí” se despliega en “Note cómo es aledaño Dalí la doña del aseo, mocetón”.) Todos los palíndromos, en todas las lenguas, obedecen al mismo impulso primordial: encontrar sentido en lo que no parece ser sino ruido. Nos maravilla que un texto pueda leerse por el haz y el envés por la misma razón por la que nos encanta ver cobrar formas a las nubes.

Que para leer la línea de vuelta lo hagamos como si apenas descifráramos la escritura, con el dedo al ras de la página, muestra que se trata de un arte textual antes que verbal, visual antes que sonoro. Un poema requiere oído; en un palíndromo –que puede resultar un poema– la lengua entra por los ojos. He escrito arte donde tal vez debí decir juego, pero también llamamos poesía a una práctica cuyos ejercicios suelen no ser sino eso. La diferencia depende del resultado. En cualquier caso, es pasatiempo de letrados. Lo han practicado Dante, Swift, Poe, Carroll, Joyce, Khlebnikov, Nabokov, Borges, Arreola, Perec, Calvino, Cortázar, Monterroso... En nuestra lengua el gran maestro (término ajedrecístico, pero algo de ajedrez tiene el palíndromo) es indiscutiblemente el venezolano Darío Lancini (1932-2010): sus creaciones no son solo textos reversibles sino muchas veces auténticos poemas.

Amor azul

Ramera, de todo te di.

Mariposa colosal, sí,

yo de todo te di.

Poda la rosa, Venus.

El átomo como tal

es un evasor alado.

Pide, todo te doy: isla,

sol, ocaso, pirámide.

Todo te daré: mar, luz, aroma.

 

Sé de pocos más de quienes pueda decirse lo mismo. Uno de ellos es el autor de Eco da eco de doce a doce (el libro publicado por Ediciones de la Galera en estos días al que una versión reducida de estas páginas sirve de prólogo): Pedro Poitevin (Friburgo, 1973), matemático de profesión, profesor investigador de lógica, ajedrecista seriamente aficionado y, como Monterroso, guatemalteco en tránsito: combinación idónea.

¿A qué obedece la fascinación por los palíndromos? No a la satisfacción de la simetría, sino a las revelaciones que la simetría propicia. Que ala, ele, somos o anilina se lean del mismo modo de derecha a izquierda y de izquierda a derecha no tiene mayor interés; que el nombre Anita contenga en el reverso la palabra atina nos intriga: es como si la contigüidad de los vocablos, cada uno el secreto de la otra, su oculto sentido, no fuera accidental, sino necesaria y naturalmente significativa. Como las cartas del tarot y las monedas del Libro de los cambios, las palabras de los palíndromos sirven a un arte combinatoria que se resuelve en arte divinatoria. Los palíndromos son oráculos y esfinges: no es la voz de quien los escribe la que habla en ellos y lo que esa voz dice está cifrado. “Cuando descubrí los palindromas”, escribió Cortázar, “me sentí instalado en una situación de relación mágica con el lenguaje”.* El sentido ilumina un destino: Anita atina.

Uno de los palíndromos más conocidos en español es una extensión del anterior: “Anita lava la tina.” Tiene la gracia de la sencillez, pero no el encanto de la célebre estampa misteriosa: “Dábale arroz a la zorra el abad”. ¿Por qué el abad le da arroz a la zorra? ¿La sometía a la austeridad monástica? ¿Por qué la zorra lo aceptaba en lugar de, digamos, las gallinas? (Misterios que se desvanecen y dan paso a otros si entendemos que la zorra es “una zorra”, una mujer salaz.)

Los palíndromos no se construyen solo con palabras palíndromas, como el del arroz y el abad, sino sobre todo con las que no lo son y en el camino de vuelta se descomponen para formar con las vecinas otras voces, pero hay por supuesto palabras recurrentes (no hay palindromista sin su ay y su ya, sin su diva y su luna, su oíd y su dio) y sin duda palíndromos a los que los exploradores llegan una y otra vez. ¿Cómo estar seguro de que una frase tan redonda como la noticia mitológica Eco da eco de doce a doce no ha sido ya encontrada por otro?

Un palíndromo no se inventa: se des-cubre. Como cualquier poema, a fin de cuentas: “una auténtica obra de arte, poema, escultura, melodía, es una forma ideal que preexiste en las posibilidades de la lengua, del mármol, de las notas, y que el artista descubre como se descubre un teorema”, anotó Italo Calvino a propósito del palíndromo de Luc Étienne Ce repère, Perec. Solo que aquí la musa musita (a ti suma su mal) no en los oleajes del sentimiento y los vendavales de la pasión sino en las esquinas del juego y los resquicios del equilibrio sintáctico.

Un buen palíndromo resulta poema, relato, sentencia, oráculo u otra cosa –siempre otra cosa– cuya naturaleza ignoramos hasta poner el punto final. Pero el género importa poco. Lo interesante es la aparición de imágenes inusitadas, a veces inmediatamente reflexivas y desdobladas en ideas, en cabos de una línea de pensamiento, a veces vagamente alusivas. Frases que compendian, con desapego e ironía que las libera del peso sentencioso y la vana suficiencia, enteras filosofías: Solo ser, tras Sartre, solos. O resumen situaciones arquetípicas, nudos dramáticos esenciales: Desamor. Aroma. Sed. O enuncian con ingenio lugares comunes: La era diva, la vida real. Breves relatos de gracia sobre todo fonética: Roló dedo gordo. Lo drogo de dolor. Frases de salón dieciochesco: Sade: sé darte leve letra de sedas. Con frecuencia, el premio está en los vocablos inusuales: Ávida, darale Verónica ramal amaracino. Revelará dádiva. El palindromista es un arqueólogo fascinado con pequeñas rarezas. Naturalmente, abundan las alusiones, los guiños. El palíndromo vuelve derechamente por donde vino pero la senda es siempre sinuosa y obliga a lanzar miradas a todos lados: Eso, Neruda: me opuso ese delator bélico. No caeré. Te desea, celoso. Le cae sed etérea. Conocile. Brótale deseo. ¿Su poema dure? No sé. (Todos los ejemplos de este párrafo son de Pedro Poitevin, en el libro citado.)

Aunque hay larguísimos palíndromos en prosa, como el célebre de Georges Perec, de más de 500 palabras, algo (o muchas cosas: la densidad semántica, la sinuosidad alusiva, la proliferación de aliteraciones y rimas) tiende en ellos no solo a la poesía, con la que casi siempre tropiezan y a veces armoniosamente se encuentran, sino al verso. Leer en líneas cortadas permite construir con más seguridad el sentido: las pausas son asideros. Se ve claramente en Lancini. Pero hacer verdaderos versos, controlando los acentos y el número de sílabas, como hace Poitevin en las breves estrofas de las páginas finales de Eco da eco de doce a doce, es un logro mayor.

 

Alameda, racimo, leve rayo,

ópalos de salina sed, la clara

mar, alcaldesa: ni la sed solapo,

o ya revelo mi cara de mala.

 

No menos notables son los dos poemas palindrómicos de Poitevin en homenaje a Lancini:

 

Soneto para Darío Lancini

Oirá Darío, la musa ataca.

Acalla, musa, o no oirá, río.

¿O ir con él pesare a cosaca?

Acá tapa su mal amor baldío.

Oír bala, la sal sé ya casaca.

A cama suma la dé todo trío.

Oí: traé, tomá, rajá resaca.

Acá se rajará: ¡motear, tío!

Oír todo te da la musa maca.

Acá saca y es la sal ala, brío.

Oíd la broma, la musa pataca:

¿Acaso caerase pleno crío?

Oirá, río, –¿o no?– a suma llaca.

Acata a su mal, oirá Darío.

 

Eso llamárase corazón

¿O no? ¿Oirá Darío?

La sed es ala. La ley es aire.

Sé vela, levita.

¿Oirá Darío, Edipo?

La suma leve ley osaré.

Sé verla.

¿Oirá de mí? ¿De mi don? ¿No?

Dime, dime, Darío, al revés eras.

Oye leve la musa: lo pide.

¿Oirá Darío?

A ti vela leve, seria. Sé.

¿Y el ala? La sé de sal.

¿Oirá Darío? ¿O no?

No, zar, o cesará mal, lo sé.

 

La maestría del artífice es evidente. No menos claro es el aviso del poeta. ~

 

 


Notas


* Cortázar decía palindroma, como Arreola y otros, por galicismo. Me escribe Gabriel Zaid: “La palabra es pseudogriego inventado en inglés por Ben Jonson (palindrome). El drae nunca registró palindroma sino palíndromo desde la edición de 1956, y da las raíces griegas, como si de ahí viniera. Hace lo mismo el Robert y hasta el oed, aunque da como primera aparición la de Jonson, c. 1629. Lo más notable del asunto es que en griego moderno (Oxford pocket) palindromikós = reciprocating (movement). Y karkínos = crab, cancer, palindrome.”

 


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