El (Espectacular) Fin de la Historia | Letras Libres
artículo no publicado

El (Espectacular) Fin de la Historia

 

Por lo demás, me es odioso todo aquello que únicamente me instruye sin acrecentar mi actividad o animarla de inmediato.

J. W. Goethe, citado por F. Nietzsche al inicio de la “Segunda consideración intempestiva”


Si hubiera prevalecido la razón, habríamos celebrado modestamente. Al fin y al cabo el país no cumplía doscientos años de vida independiente: solo 189. Al fin y al cabo esa cifra, el número 200, no tiene más ni menos relevancia que cualquier otra cifra. Al fin y al cabo la coincidencia de las dos fechas, el bicentenario del inicio de la lucha de Independencia y el centenario del inicio de la Revolución, no era más que eso: una coincidencia, una casualidad que no merecía tanto alboroto. Pero ya se sabe que la razón rara vez prevalece dentro del Estado mexicano y que este decidió invertir todo un año y miles de millones de pesos en celebrar a lo grande –entiéndase: espectacularmente– una mentira (los doscientos años), una superstición (el culto a las cifras redondas) y un accidente (la azarosa sincronía de los dos acontecimientos). Ahora bien: ya tomada la decisión de festejar, ¿no se podía haber procurado que los festejos tuvieran duraderas consecuencias prácticas? Desde luego: obras públicas. Pero también eso que, según los mitólogos, provocan las grandes fiestas: renovación del tejido social, tonificación de los individuos.

Rememorar la historia, lo explicó Nietzsche en su segunda consideración intempestiva (“Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida”, 1874), sirve para fortalecer la vida o sirve para debilitarla. Una de dos: o se recurre al pasado para identificar procesos abiertos y comprometerse con tareas pendientes y adherirse a ciertas causas, o se recurre a él para concluir que ya todo está hecho y terminado y que la acción individual y colectiva es, por tanto, innecesaria. Dicho de otro modo: o uno emplea la historia para nutrir y potenciar sus proyectos actuales o la historia nos devora y sobresatura y paraliza. Piénsese, claro, en Funes, el célebre personaje de Borges: lo recuerda todo pero está tullido y no crea un carajo. Piénsese, también, en esos historiadores-anticuarios que tanto criticaba Nietzsche: saturados de datos y baratijas, apenas si son capaces de producir algo útil para el presente. Aquí hay que tomar un riesgo y afirmar de una vez: luego de la experiencia de 2010, luego de la absurda fiebre bicentenaria, luego del delirio conmemorativo auspiciado principalmente por el gobierno federal, debe de haber millones de mexicanos en un estado de rumia semejante al de Funes –ciudadanos exhaustos, abotagados, desactivados. ¿O es que de verdad yo soy el único que se siente –otra vez Nietzsche– “cansado de historia” y más o menos desprovisto de esa “fuerza plástica” necesaria para convertir la historia en algo vital?

El problema no es solo la sobresaturación histórica –aunque vaya que es un problema. El problema es, sobre todo, ese sesgo monumental que el Estado mexicano imprimió a la historia durante todo el año. Desde luego que casi todos los Estados actúan de la misma forma y, en vez de ocuparse de los procesos y accidentes históricos, atienden los grandes hechos y a los grandes héroes. Desde luego que de ese modo, reduciendo la trama a unos cuantos personajes y eventos, les es más fácil crear una ilusión de armonía y continuidad, esa sensación de que todo embona y corresponde y de que el régimen actual está ahí porque justo ahí debería estar. Sin embargo, aunque es lerda y pesada, la historia monumental no siempre oprime. Como sabía Nietzsche, en ciertas circunstancias puede hasta alentar la acción: puede mostrar que los grandes hombres y las grandes épicas existieron, fueron posibles, y por tanto podrían ser posibles de nuevo. El asunto es que, si esa historia monumental no se acompaña de medidas que fomenten la acción, nada más inhibe: acrecienta la distancia entre los individuos y los héroes, confunde los hechos con los mitos y hace ver la historia como algo distante, ajeno, inalterable.

Hay que decirlo ya: en 2010 el gobierno federal empleó las celebraciones del bicentenario y el centenario como un arma contra los ciudadanos, como un instrumento para inhibirlos y desactivarlos. No importa si esto se hizo deliberada o inconscientemente: lo importante es que las prácticas y los discursos con que el régimen celebró estas fechas tendieron a marginar al individuo de los procesos históricos –es decir: a negar su potencia como agente histórico. ¿De qué manera se hizo esto? Bastante fácil: convirtiendo la historia en un espectáculo, en un simulacro montado por unos pocos y contemplado pasivamente por el resto. En ningún momento el gobierno federal concibió la historia como un proceso abierto y cargado de desafíos para el presente: era un libreto ya concluido y listo para ser representado. En ningún momento se pensó en representaciones pequeñas y locales: se planeó desde el principio un espectáculo masivo y, peor, diseñado para los televisores. En vez de azuzar la participación popular y promover que las distintas comunidades celebraran a su manera, se contrató, ay, a un tosco promotor de espectáculos. En lugar de reformar –digamos– el absurdo reglamento que rige el uso de los símbolos patrios y organizar –digamos– un concurso en que el himno nacional fuera interpretado de diferentes maneras, se premió una cancioncita perpetrada por, ay, Aleks Syntek. Es obvio que todo estuvo planeado para lucir un momento en las pantallas –¡los carritos alegóricos, los rayos láser, los fuegos artificiales!– y desaparecer al siguiente sin dejar huella alguna en el mundo material.

¿Los ciudadanos? Bien, gracias. Del otro lado de la pantalla: sonriendo y aplaudiendo –contemplando como espectadores la función, mirando desde lejos procesos que en realidad les atañen íntimamente. Si se convocó a algunos, fue solo para que desempeñaran un papel nimio y ya establecido en el espectáculo: mano derecha arriba, pie izquierdo adelante. En cualquier caso, ciudadanos demudados, impotentes. Como ese adefesio de papel cartón, el Coloso, que según los organizadores representaba el espíritu combativo de los mexicanos y que no casualmente tenía una bota abollada y una espada rota, inservible. Pero no solo le faltaba filo a la espada del Coloso: toda la celebración del bicentenario, y muy especialmente la función montada el 15 de septiembre en el Zócalo de la ciudad de México, fue de lo más chata. Eso es lo que suele suceder cuando se representan, en clave espectacular, los hechos históricos: se liman sus tensiones y contradicciones, se evapora su sentido, se privilegia el disfraz y el decorado. Dicho de otra manera: se representa la historia precisamente para desactivarla, para convertir los procesos en gestos y ademanes. Si no se cree, recuérdese la mañana del pasado 16 de septiembre. Tan bonita mañana: el presidente Calderón repite, en Dolores, las palabras con que Hidalgo llamó allí mismo, doscientos años antes, al levantamiento armado. ¿Que para qué repite esas palabras el mismísimo jefe de las instituciones? Es obvio: para designificarlas, para terminar de apagarlas.

La pregunta es por qué: ¿por qué el gobierno federal aprovechó la oportunidad para promover la anemia ciudadana, la proliferación de espectadores? En el fondo, porque no cree necesitar de ciudadanos poderosos y activos, capaces de transformar el mundo material y de hacer, de paso, historia. Para ellos, los representantes y beneficiarios del régimen, Francis Fukuyama tenía razón: la historia ha terminado. A esto –aseguran– queríamos llegar: a una sociedad liberal de mercado. Este es el fin: nosotros somos, aunque no lo parezca, el triunfo de la historia. Está claro que el
gobierno federal comete aquí, bastante convenientemente, esa pifia que Michel Foucault detectó en su ensayo “Nietzsche, la genealogía, la historia”: dar cuenta del pasado a través del término final, suponer que todos los acontecimientos históricos no tuvieron más objetivo que imponer el régimen actual, empoderar a sus operadores. Ejemplo de ello es la manera en que Calderón interpretó –o mejor: deformó, mutiló– la Revolución mexicana en su discurso del 20 de noviembre: como si la Revolución hubiera sido obra casi exclusiva de Madero, un movimiento eminentemente político que no perseguía tanto la redistribución de los recursos como la aplicación de esos mecanismos democráticos (elecciones, representación) que hoy aplicamos. Es decir: como si las demandas revolucionarias hubieran sido cabalmente satisfechas, como si también ese expediente estuviera ya cerrado y resuelto.

¿Qué queda por hacer? Según el gobierno federal, nada memorable. Los deseos de nuestros antepasados –se repitió en los discursos, se sugirió en las celebraciones– se han cumplido y a nosotros ya no nos toca sino depurar y gozar lo conquistado. Cuando mucho hay que defender nuestra herencia de aquellos –narcotraficantes, populistas, radicales– que amenazan con destruirla:

Hay generaciones en la historia [dijo Calderón el 22 de diciembre, en el 195 aniversario de Morelos] a las que les corresponde luchar por la libertad, pero hay otras que deben luchar por preservar esa libertad.

A la generación de 1810 le tocó conquistar los derechos de los mexicanos.

Qué nos tocará hacer ahora a nosotros. Estoy seguro que a la generación del Bicentenario nos toca proteger y preservar, con todas nuestras fuerzas, con todo el poder del Estado, esas libertades, este patrimonio invaluable, por el cual derramaron su sangre Hidalgo, Morelos y otros tantos valientes, a quienes hemos conmemorado, precisamente, en este Año de la Patria, el 2010, año del Bicentenario de la Independencia, y del Centenario de la Revolución Mexicana.

 

Entonces: no crear ni transformar y ni siquiera renovar; proteger y preservar, cuidar el legado de otros valientes. Pero ¿esto –conservar y pulir el estado actual de las cosas– es en verdad suficiente? ¿Se puede animar y seducir a millones de mexicanos ofreciéndoles tan solo ese desafío? ¿Se puede mantener la ilusión de una nación vital y pujante –el proyecto México– con un relato histórico así de blando? Por supuesto que no –y ya se ve que cada año decenas de miles de mexicanos desertan de esa lánguida idea de nación y sencillamente cruzan la línea: del país, de la legalidad. Nietzsche otra vez, una última vez: “Esta es una ley general: todo lo vivo solo puede ser sano, fuerte y productivo si alcanza a atisbar un horizonte.” ~