El engaño | Letras Libres
artículo no publicado

El engaño


ENGAÑO Y DESILUSIÓN

El engaño

A pesar de sus considerables altibajos, verdaderas obras maestras y logros moderados, Robert Altman es sin duda —sobre todo después de la muerte de Stanley Kubrick— el mejor cineasta veterano estadounidense. El engaño (The Gingerbread Man) se encuentra lejos de ser una obra maestra, pero es la obra de un maestro, y —a pesar de que la cinta finalmente decepciona— la maestría aún se deja ver por entre sus fallas. El engaño es un film noir contemporáneo; ese género norteamericano de sombras, atmósferas amenazantes y visiones oscuras de la animalidad humana que surgió del expresionismo alemán (y de las manos de los exiliados antinazis), y que fue bautizado con su perdurable nombre por los críticos de cine franceses. El noir tuvo su época de oro inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la ubicuidad de la debilidad humana y la corrupción moral —"amoralidad" en el verdadero sentido de la palabra: el uso instrumental y cruel de otros seres humanos— parecen haber sido puestos en evidencia de manera persuasiva en los tiroteos de guerra, con el derrumbamiento de la solidaridad y bajo los horrores de la "ocupación" del Eje. (Es de interés sociológico el hecho de que la década de los ochenta en los Estados Unidos haya sido testigo de un resurgimiento del noir, durante uno de los periodos moralmente más condenables de la historia política estadounidense: la era reaganiana.)
     El engaño es fiel al espíritu del noir en el sentido de que muy poco puede decirse a favor de sus personajes —excepto quizá de Lois Harlan (Daryl Hannah), un personaje complementario, pálido y dramáticamente insignificante. Rick Magruder, un abogado criminólogo —astuto, dominante y muy exitoso— es interpretado por el prestigiado actor shakespeareano de origen inglés Kenneth Branagh, con un acento del sur de los Estados Unidos consistente y verosímil, mucho más convincente que los intentos, por parte de varios actores no sureños, por conservar una pronunciación local. A través del drama de su seducción —en Savannah, Georgia, bastión del viejo Sur— por parte de una lista mesera que lo atrapa con una elaborada historia de peligro mortal para, a la larga, conducirlo hacia el asesinato "accidental" de su padre, Branagh mantiene la energía trepidante propia de un hombre que se maneja de forma deshonesta y egoísta por la vida: la quintaesencia del abogado tramposo y de alto nivel, en un país en el que la balanza de la justicia está desequilibrada no por el soborno a los jueces, sino por la compra de los abogados más caros y hábilmente despiadados.
     Magruder también es un mujeriego, atraído por "mujeres que tienen problemas con las palabras rebuscadas", según el reproche sarcástico que le hace su ex esposa, quien (en un excelente acierto de casting visual) es retratada como una morena espigada, que, aunque más sofisticada y con el glamour de la clase alta, tiene un vago parecido con la femme fatale de la "escoria blanca" estadounidense, Mallory Doss (Embeth Davidtz). Desafortunadamente, Altman tiene que luchar con las limitaciones de la línea argumental. Se trata de una lucha propia de muchos noirs, pero en este caso la narrativa proviene de John Grisham, el exitoso escritor de thrillers sobre abogados (de prosa abominable), con tramas a menudo complicadas pero artificiosas y psicológicamente simplistas. Altman había amenazado con retirar su nombre de la edición final, impuesta por sus productores y, aunque esto no sucedió, la cinta está obviamente mutilada y es muy probable que sólo haya quedado una historia vacía y sin suficiente construcción de personajes y acumulación de incidentes, los puntos fuertes de Altman. Incluso la trama presenta enormes huecos inexplorados, que nos dejan confundidos sobre cómo fueron llevadas a cabo ciertas maniobras —por ejemplo, un secuestro momentáneo de los hijos de Magruder, que ocurre en un parpadeo y por lo mismo requeriría de una precisión y planeación militar que rebasan por mucho las capacidades de los villanos de baja monta involucrados en él. Dixon Doss, el padre vagabundo, es interpretado por Robert Duvall con sus usuales matices precisos e inteligentes; sin embargo, le es concedido muy poco tiempo a cámara y la vaga afirmación de que pertenece a una "secta" nunca se desarrolla más allá de la aparición de sus compañeros, que son solamente unos vagos tan viejos y deteriorados como él.
     Y sin embargo, en términos cinematográficos, la cinta alcanza su punto de mayor interés cuando resulta creativamente confusa. Las mejores películas de Altman —Nashville (1975) y Vidas cruzadas (1993)— son polifónicos poemas morales con varios personajes en movimiento, viñetas colocadas una al lado de la otra por su poder afectivo y montajes de sonidos en niveles superpuestos —todos ellos fusionando diversos elementos dispares en un flujo de varias texturas que, a la larga, al entrelazar todo, tendrá una descarga emocional; todo esto conforma el retrato que hace Altman de una época y una sociedad, sin la necesidad de una solución argumental nítida. Por momentos (aunque escasos) El engaño destila esta cualidad a través de escenas individuales. En la seducción del inicio, por ejemplo, Mallory emite en tonos altos una historia de angustia y persecución (que después se revela como falsa), mientras Magruder deja fluir una corriente de pretenciosos consejos de autoayuda en una voz arrogante que suele inundar la realidad con palabras; a la vez ella —en un aparente tercer gesto desesperado— se despoja de su ropa empapada detrás de una cortina tejida que la hace perfectamente visible: ambos monólogos culminarán súbitamente en un abrazo. Por otra parte, la fotografía lírica de Gu Changwei tiene la virtud de unir imágenes de manera brillante basándose en semejanzas formales de estructura, fusionando momentos creativamente y trascendiendo una narrativa heterogénea. (Gu Changwei fue el operador de cámara de Chen Kaige en Adiós a mi concubina, que compartió la Palma de Oro en Cannes en 1993.)
     El noir típico es una fábula que carece de un centro moral personificado, en tanto que los protagonistas son por lo general corruptos, corrompibles o de una debilidad despreciable. El mal que se lleva a cabo tiene sus raíces en la lujuria o en el dinero (en El engaño descubrimos que Mallory espera heredar una propiedad de inmenso valor por su madera explotable). Hubo en los noirs de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta (antes de que la oprobiosa plaga política del macartismo destruyera vidas creativas y valores estéticos durante más de una década en Hollywood), revoloteando en el trasfondo, una crítica implícita (y de izquierda) en contra del dinero como valor y la avaricia como motivación. En esta cinta, el villano tácito —y mucho más limitado ideológicamente— es la corrupción (o bien, la peligrosa posibilidad de manipulación) del sistema legal estadounidense en manos de abogados poderosos; un sistema que Mallory ha puesto en práctica a través de Magruder para recluir a su padre en un asilo y después culpar totalmente al abogado por la muerte de aquél. Para ganarle la jugada a Mallory y demostrar que ha estado fingiendo en todo momento, Magruder le miente respecto al testamento de su padre, afirmando de manera falsa que ella no está incluida en él. Mallory se delata y trata de matar a Magruder: una vez bajo arresto, ella le grita al abogado: "¡Me mentiste!" Esta acusación, pronunciada por una mujer que no ha hecho más que mentir, flota, sin embargo, en el aire: sobre la práctica legal estadounidense con su ética generalizada de ganar a cualquier costo, y sobre el consistente Magruder interpretado por Branagh, que persigue y persigue ninguna causa que sea noble, buena o justa. - — Traducción de Fernanda Solórzano