El discreto encanto del escepticismo | Letras Libres
artículo no publicado

El discreto encanto del escepticismo

La fe en el futuro ha justificado más de un genocidio en nombre de la humanidad. John Gray descree del racionalismo progresista, del que han abrevado tanto marxistas como liberales.

a Teodoro González de León, por su cumpleaños

Entre los críticos contemporáneos de lo que se ha dado en llamar, y a menudo de manera peyorativa, “humanismo liberal”, John Gray (County Durham, Inglaterra, 1948) es, sin duda, uno de los más serios, perspicaces e imaginativos (por su afición a la literatura como vademécum de la filosofía). Sus armas no son nuevas –son las del viejísimo e inquietante escepticismo– y su blanco tampoco lo es: el mito del Progreso, al cual achaca todos los males contemporáneos pero lo hace, redundo, con el buen humor pirroniano del escéptico.

Gray cree que las descocadas y mortíferas ilusiones que la humanidad se hace sobre su futuro son en buena medida ingenuas y ridículas. Pero ese ideario ha quitado la vida a millones y millones de personas durante los últimos siglos, en nombre de un racionalismo que es tan crédulo y mágico como su origen: la mitológica resurrección de Cristo y la religión producida por ese supuesto milagro. La cristiandad es dueña del truco para conocer el plan universal de la providencia, fatuidad que le heredó al liberalismo y al marxismo. Y a no pocos científicos de ambos bandos y diseñadores del futuro que pululan en el mundo virtual.

De sus libros El silencio de los animales, La comisión para la inmortalización y El alma de las marionetas el lector sale, si no convencido, algo más escéptico, como es mi caso, que tiendo a ser como el farmacéutico Homais flaubertiano (no hay otro), un atrincherado en la creencia de que, a pesar de los pesares, la humanidad progresa. Grey lo duda y muy en serio. Y como no es un posmarxista –su crítica a Žižek, reproducida en el sitio web de esta revista, es demoledora– no se entretiene en culpar del desastre a la variedad vigente del sistema capitalista –el supuesto neoliberalismo que a veces de liberalismo tiene muy poco– ni le interesa resucitar ideologías crecidas al amparo del hongo del Progreso.

Gray es un pagano descreído del judeocristianismo y observa –como Harold Bloom en otro sentido– que de aquel hervidero de escuelas la herejía gnóstica fue la que se adueñó secretamente del alma moderna. Y pese a que Gray –librepensador, como se decía antes, más bonito– coincide con varias de sus tesis –que en esencia asumen que la Revolución francesa lo echó todo a perder–, no se le puede incluir entre los llamados contrailustrados, casi todos católicos rancios y agustinianos.

Paradójicamente, sin embargo, está más cerca de estos desencantados que de los ateístas militantes de la actualidad, acaso los más progresistas, pues pretenden expulsar a Dios de la casa y una vez más atribuirle todos sus poderes al hombre, criatura, para Gray, insignificante y pasajera. Todo escéptico está obligado a dejar una ventanita abierta para la fe. A Gray le encanta la hipótesis de Stalker de Andréi Tarkovski: es probable que los extraterrestres existan y nos hayan visitado varias veces, dejándonos tan solo, maleducados, algo de basura de gran importancia metafísica y científica para los ignorantes humanos aunque de escaso interés para ellos.

En El silencio de los animales Gray critica la fe en el futuro y examina algunos casos de intelectuales que, testigos del horror totalitario, respondieron como Curzio Malaparte –que nunca consideró que los crímenes de la Segunda Guerra Mundial, de los que fue cómplice como fascista, riñesen con su posterior profesión de fe maoísta– o como Arthur Koestler –que, después de calificar al comunismo soviético como un “dios caído”, se dedicó a cosas igualmente absurdas, como la parapsicología.1

Una vez que ha dejado en claro la equivocación fatal de todos los intelectuales marxistas, Gray arremete contra sus primos hermanos, los letrados liberales, quienes, al desechar la utopía, se aferran a la “mejora gradual o meliorismo”. Aunque el meliorismo parece más sensato, igualmente se sustenta en el mito del Progreso ineluctable y es responsable, en su hipócrita moderación, de crímenes tan monstruosos como las bombas atómicas sobre el Japón o la larga cobertura liberal a regímenes ignominiosos durante la Guerra Fría.

Remitiéndose a Montaigne, supuesto padre de la modernidad que no contemplaba el Progreso entre sus variables, Gray considera que “la historia y la ciencia demuestran que los seres humanos son con mucho parcial e intermitentemente racionales, pero para los humanistas modernos la solución es simple: los seres humanos serán más razonables en el futuro”, idea tan loca, insiste Gray, como que Jesús regresó de entre los muertos.2

Considerar el humanismo liberal como otro trascendentalismo basado en una idea unívoca del hombre acerca a Gray, en mi opinión, a Foucault y a otros personajes de la edad de oro del estructuralismo, lo que acaso no le haga gracia al británico. No sabemos, remata Gray, si la evolución darwiniana acabará por favorecernos pero la progresía liberal ignora, contumaz, que el Antropoceno terminará y nuestra civilización habrá muerto, heredando, quizá, otra: a la inteligencia artificial, como concluye el filósofo en El alma de las marionetas.

Para Gray, tan tontos fueron el victoriano Herbert Spencer (uno de los olvidados creadores del siglo XX) como el matrimonio Webb, ese par de fabianos bobalicones que aceptaron que la Unión Soviética de la hambruna ucraniana y de los procesos de Moscú era el país del futuro. ¿Qué hacer, entonces?, como dijeron los rusos dos veces. Esa pregunta es acaso la única capaz de incomodar a los sabios y comodinos escépticos. Previéndola, Gray nos enfrenta a Freud y al emperador filósofo Marco Aurelio, quienes, tan distinto uno del otro, se cubrieron con el bálsamo del pesimismo en su época, y tienen a Schopenhauer, figurativamente, como cómplice. El emperador y el vienés acertaron al mirar en el hombre a un animal solo superficialmente consciente, condenado a una lucha sin fin por sobrevivir y reproducirse. Ninguno de ellos cometió la imprudencia de fundar religión alguna, aunque, en el caso del psicoanálisis, Jung se apartara con la bandera del mito por delante y el muy materialista Freud resistiese –a diferencia de Ernst Haeckel, otro olvidado, que mi padre, el ateo, leía religiosamente– la tentación de fundar una nueva religión positiva, la científica, pese a los ruegos o las desobediencias de sus discípulos.

A un escéptico, sugiere Gray, no se le pueden pedir soluciones cuando “la distancia entre el silencio de los animales y el de los seres humanos”3 se debe, no al lenguaje, sino al uso del lenguaje. A Gray le inquieta, como a George Steiner en un párrafo memorable, que si los animales sueñan y se comunican entre sí, para lo cual no es menester leer a Konrad Lorenz sino darse una vuelta por YouTube, algo anda mal en la todopoderosa y gnóstica voluntad humana de saberlo todo y soñarlo todo.

Tras esa lección de humildad podemos leer La comisión para la inmortalización, de los tres libros el más anecdótico y el más convincente. ¿Con qué otro parámetro puede medirse la arrogancia humana si no es la lucha contra la muerte? Gray, antes de ponerse lírico y releer con nosotros a los escritores de ayer y de hoy que nos han tratado de convencer de que solo la muerte aligera la vida, como su querido T. F. Powys (“No tengo ninguna creencia. Creer es un camino demasiado fácil para llegar a Dios”),4 recuerda la obsesión victoriana por despojar a la muerte de la liquidación del ser. Es decir, con sus ouijas y médiums los parapsicólogos pretendían que el cuerpo era solo una envoltura terrenal y los muertos, cristianamente, sobrevivían en el más allá, lo que posibilitaba que una nueva sabiduría, la teosófica, nos comunicara con ellos en busca de chisme o consuelo.

El más conspicuo de estos enemigos de la muerte fue lord Arthur James Balfour, alguna vez primer ministro tory de su majestad Eduardo VII, quien hizo de la escritura automática (casi al mismo tiempo que Breton) el mecanismo mediante el cual nuestros difuntos nos dictarían qué hacer (la esposa de W. B. Yeats recibía los mensajes que llevaron a su marido a escribir Una visión en 1925). La democracia y el sentido común de los isleños anglosajones hizo que esa fantasía no le hiciese daño a nadie, cosa que Gray en tono antiliberal no subraya. Sin embargo, hay un personaje que conecta las historias, una cómica y otra trágica, de Inglaterra y la Unión Soviética: Robert Bruce Lockhart. Balfour llegó a interrogar a Lockhart –representante oficioso de Inglaterra en la urss, también amante de la baronesa Moura– sobre sus actividades soviéticas.

Muy distinto al sonso espiritismo victoriano fue lo ocurrido en la Unión Soviética. Heredera de los “Constructores de Dios” zaristas, una fracción mística del bolchevismo (del que abrevaban Máximo Gorki y Anatoli Lunacharski, entre otros) decidió, un poco a la manera de la Santa Muerte mexicana adorada por los narcos, que matando sin piedad se vencería a la muerte. Embalsamar a Lenin –como se sabe los soviéticos carecían de la antigua tecnología egipcia y su momia se les pudrió– era solo una coquetería para turistas revolucionarios e idólatras ortodoxos ateizados superficialmente por aspersión. La esperanza de poder revivirlo más adelante se esfumó muy pronto a pesar de que los científicos estudiaron a conciencia su cerebro.

Nunca termina de aterrar la cínica ignominia con que Lenin y Trotski, a fines de 1917, acordaron la liquidación sistemática de millones de rusos, tarea que, años después, Stalin se tomó más en serio a través de la planificación quinquenal. Lo que consta en archivos hace imposible liberar de su culpa originaria a los viejos bolcheviques, más tarde desaparecidos en el gulag o rematados en los sótanos de la Lubianka, cuando se cuenta con información de la que hasta Solzhenitsyn carecía al momento de escribir su histórico testimonio. Lo nuevo, leyendo a Gray y sus fuentes, es que algunos poderosos comunistas rusos fueron convencidos por H. G. Wells y su enigmática “amante-sombra” rusa Moura Zakrevskaya, baronesa Budberg (1893 o 1892-1974), de que a la muerte solo se le podía vencer mediante la eugenesia.5 Todos ellos amaban a la humanidad pero no a los niños, viejos, campesinos dizque ricos, mujeres embarazadas, homosexuales o disidentes políticos. En nombre de la humanidad y para vencer a la muerte, debían ser aniquilados: si el Estado soviético asesinaba a más personas que la muerte natural lograría el monopolio sobre el universo.

Wells, escritor fantástico a fin de cuentas, acabó por dudar de su macabra elucubración pero no Gorki, uno de los pocos que se atrevió, tan poderoso se sentía, a volver a la urss, donde tarde o temprano lo envenenarían (el otro fue el ingenuo y genial Serguéi Prokófiev, que sobrevivió para morir el mismo día que Stalin). Tanto Gorki como Lunacharski –el Vasconcelos bolchevique que tuvo la suerte de morir por causas naturales en 1933, antes de la matazón– eran místicos encubiertos. Al igual que los nazis, eran antiguos admiradores de Madame Blavatsky (tengo a la reina teósofa, en compañía de los ideólogos bolcheviques y mencheviques, en la sección rusa de mi biblioteca gracias a un consejo de Aurelio Asiain), Haeckel y Nietzsche.

Los bolcheviques pusieron su “misticismo científico” al servicio del genocidio. No podía ser de otra manera cuando el gnóstico Lunacharski se arrogó como ministro de instrucción pública, lo que habría sido impensable para el más aguerrido de los gnósticos de Alejandría, juzgar a Dios por sus crímenes contra la humanidad. La colectivización del campo fue para los místicos bolcheviques –otros entonces ya perseguidos pero indiferentes a la tragedia como Trotski, lector de Anatole France, la veían más “racionalmente”– una solución final similar a la que Hitler empleó diez años más tarde para acabar con los judíos. La comisión para la inmortalización vuelve indiscutible la homologación entre ambos totalitarismos, algo que irrita a los neomarxistas del siglo en curso.

Cada vez que leo a Badiou y a Žižek afirmando sofísticamente que Mao y Pol Pot se quedaron cortos, no por la cifra millonaria de sus víctimas sino por no haber inventado nada distinto tras sus genocidios, encuentro una línea de continuidad entre sus ideas y las de Wells y Gorki. Es decir, el comunismo, en su primer intento (porque los neomarxistas piden otro), fracasó, no debido a sus crímenes, sino por no haber planificado un más allá de la muerte. Sin comentarios. Gray, tan ajeno, como buen inglés, a lo escrito en Francia, bien haría en leer, si no lo ha hecho, a Philippe Muray, quien en Le XIXe siècle à travers les âges (1984) afirma que el socialismo “científico” fue, para nuestros bisabuelos y tatarabuelos, la otra cara del ocultismo. Casi lo mismo.

A su vez, El alma de las marionetas. Un breve estudio sobre la libertad del ser humano, es el tractatus de Gray, su apólogo contra el progreso tal cual lo entiende nuestra época digital. La verdadera libertad no es la humana, dice, sino la de la marioneta, según lo escribió Kleist en Sobre el teatro de marionetas (1810). Quien no elige su suerte, así lo interpreto, es más libre que aquel que se resiste, todopoderoso y autodeificado, a morir. Es más libre quien muere debido al azar de un atentado terrorista, me imagino, que aquel fallecido por su propia decisión de fumar tabaco o hacer alpinismo. La marioneta se columpia ignorante de los hilos que la mueven, mientras al hombre lo esclaviza la fe que tiene en trascender más allá de la muerte y de su planeta, gracias a la diosa Razón en su fase postecnológica.

Dentro de la estricta línea escéptica, Gray sostiene que la única libertad es la interior, indiferente al amo que la mayoría de los humanos “escoge” como libertador. Nunca como en los años recientes ha sido más gnóstico el hombre, convencido de que la nanogenética y otras vainas le permitirán diseñar el color de los ojos y la profesión de sus hijos nonatos. Es probable que ello ocurra, pero a Gray nuestra ciencia no le parece menos mágica que la del Renacimiento. Vivimos en una época en que las mentes científicas más lúcidas reconocen que las leyes de la naturaleza son regularidades tan solo aparentes y, sin embargo, se cree que la razón científica nos hará poshumanos, al lograr desembarazarnos de nuestro defectuoso cuerpo y del planeta arruinado durante el breve Antropoceno. Gnósticos, dice Gray, vivimos en un mundo malhecho; sin embargo, se nos ha convencido de que podremos, al fin, escapar de nuestra esclavitud, en tanto “chispas de conciencia” encerradas en el mundo material.

En su batalla, Gray se apoya en inmortales de la altura de Leopardi, tenido falsamente como romántico, o en escritores preocupados por el futuro (para no encasillarlos en ningún subgénero) como Poe, J. G. Ballard o Philip K. Dick, este último víctima –alcohol y drogas mediante– de la teoría de la conspiración, neurosis que suele aquejar a quienes retan al progreso. Ese también fue el destino de Guy Debord, el visionario de “la sociedad del espectáculo” que se suicidó en 1994 al ver del todo cumplidas sus profecías sin que ninguna revolución lo impidiese. Nadie, según Gray, es más necio que el creyente en la teoría conspiratoria, pues atribuir la planeación de sofisticadas calamidades a seres mediocres dibuja a quien profesa esa suspicacia. En fin, los escritores obsesionados por el futuro murieron en estado de escepticismo, sabedores de que “la razón humana jamás comprenderá la naturaleza de las cosas”.6

Pero el escéptico Gray no puede darse ese lujo, ermitaño o vagabundo, como “intelectual público” (ese contrasentido inventado por los anglosajones). Debe su mala fama en Londres a la veleidad de sus posicionamientos políticos, lo cual es lógico tratándose de un filósofo que se jacta de no tener convicciones sino dudas. Estas, referidas al mundo contemporáneo, son su flanco más débil.

Era inevitable que, como mexicano, tomase nota atenta de su descripción –adecuada aunque con el infaltable aroma relativista– del sacrificio humano entre los aztecas que el filósofo usa como antesala para discutir la violencia contemporánea. No obstante, me asombró la ingenuidad de su planteamiento: Gray se pregunta cómo fue posible que la gran Tenochtitlán –un paraíso acuático y una ciudad más grande que cualquiera de las europeas en 1519– se alimentase de la economía religiosa del sacrificio, como si Berlín, digo yo, no tuviese antes de los bombardeos aliados sus museos abiertos (expurgados sin duda del “arte degenerado”) ni sus bibliotecas llenas (previa quema de ejemplares inconvenientes) ni a Furtwängler dirigiendo la sinfónica. Todo eso mientras ardían las cámaras de gas. Civilización y barbarie, Mr. Gray.

Gray descree, con buenos argumentos, de que la violencia haya disminuido en el mundo actual, y no solo porque ahora sabemos que las víctimas de Lenin, Hitler, Stalin y Mao fueron muchas más de las que suponíamos hasta hace poco. Según el filósofo, la paz perpetua entre las grandes potencias hizo de la guerra una actividad secundaria y la llevó a los márgenes del llamado sistema-mundo, donde mueren menos soldados, sustituidos por drones, pero más civiles. De igual forma –y de allí el símil con los aztecas, entrevisto hace décadas por José Clemente Orozco y Octavio Paz–, la televisión e internet, al alimentarnos de cadáveres en tiempo real, a la manera de los periódicos sacrificios aztecas, nos intimidan y protegen a la vez. Es aquello ocurrido en un allá lejano que, imperceptiblemente, se convierte en un aquí y ahora, como bien advertimos los mexicanos al ver que la violencia narca recorre la república. Observamos distraídamente guerras floridas y cuando dejan de serlo y tocan nuestra puerta es demasiado tarde para salvar el pellejo.

Si la vida humana vale menos que nunca, pero las pérdidas se maquillan, y Estados Unidos tiene a millones de sus ciudadanos en las cárceles, según sostiene Gray, todavía hay menos argumentos para creer que lo real es racional y que la razón sigue expandiendo el destino humano. El mundo es así a pesar de todos los intentos, literarios o científicos, de sustituir al defectuoso e inerme animal humano por homúnculos, desde el Golem y la criatura del doctor Frankenstein hasta los robots que en estos momentos se están diseñando, ya sea para navegar por nuestro cuerpo destapando arterias o para explorar el espacio exterior en busca de un hogar futuro para la arrogante humanidad.

¿Qué diría Popper, me pregunto, de haber leído a Gray? Supongo que atenuaría la desconfianza escéptica del británico con información que este descarta para escamotearle a la ciencia su lado noble. Gracias al vapuleado humanismo y suponiendo sin conceder que 2016 sea más violento que 1916 o inclusive que 1816, contra lo que cree Gray, nunca antes en la historia de la humanidad los hiperinformados gobiernos habían sido tan débiles y tan sometidos a la presión mediática más inconcebible. Un Big Brother mostrenco. Nunca antes, tampoco, había habido tantas personas privilegiadas (no solo de las clases más ricas) sobre el planeta. Y esto puede atribuirse al desarrollo de la medicina y a una ética mundial basada, como nunca, en los derechos humanos, cuyo cumplimiento les importaba un comino a Moctezuma II o a Hobbes –otro clásico de Gray–, ajenos al concepto. La persistente tortura, que con toda razón le preocupa a Gray (su documentación sobre las vesanias bolcheviques resulta alucinante), es ilegal por primera vez en la historia y quienes la practican corren riesgos que nunca imaginaron los inquisidores del Santo Oficio.

Nada indica, contrarrestaría Gray, que las cosas mejoren por imperativo racional. Pero nada, siendo un escéptico académico, prueba lo contrario (“Solo sé que no sé nada”). Un gran historiador del escepticismo –Richard H. Popkin– murió consecuentemente convencido de que era imposible saber quién mató a John F. Kennedy y por qué. Gray no es tan tonto como para afirmar que todo progreso es negativo, pero de una lectura superficial de su obra se desprende cierto maniqueísmo (religión nacida, curiosamente, del mismo caldero que el gnosticismo, cuyo predominio el filósofo lamenta). A Popper quizás (los vieneses y los frankfurtianos son iconófobos) le interesaría profundamente la visión de Gray sobre el mundo de Facebook y Twitter, en el que, gracias al individualismo, las masas habrían regalado o vendido incautas su privacidad.

Finalmente, en El alma de las marionetas, Gray homologa con chocante arbitrariedad liberalismo con humanismo y su noción del primero es en extremo laxa, más decimonónica que contemporánea. Por momentos parece, tan informado del mundo del siglo XXI como lo está, que Gray habla del liberalismo de Guizot, Mill o Jaurès (un liberal-socialista). Esto, a pesar de que uno de los reproches habituales contra el liberalismo político es, precisamente, su desdén a ofrecer soluciones mesiánicas o universales, concentrados sus políticos (los buenos) en sostenerse en el poder garantizando grados mesurables de bienestar a la ciudadanía. Da la impresión de que Gray le pide al liberalismo que renuncie a lo que tiene, timorato o escarmentado, de escéptico.

El alma de las marionetas concluye con las criaturas que probablemente sobrevivirán a los humanos: los robots o cíborgs que quizá nos salven, no a nosotros, criaturas periclitables en el mejor de los casos, sino a nuestra inteligencia, de la autodestrucción. En el mejor de los casos harán de nuestra sensibilidad intelectual un componente artificial del cual emanarán nuestras ideas y nuestras imágenes del mismo modo que en Solaris (Tarkovski, otra vez): como un misterioso océano capaz de inventar alguna fugaz forma antropomórfica para complacer al terrícola. En ese futuro, fluyendo, deberán estar no pocas de las dudas sistemáticas de John Gray, escéptico ante los “ictiófilos” que, como decía Herzen, creen anhelantes de libertad a la mayoría de los seres humanos. ~

 

 

 

 


1 Gray comete descuidos históricos indignos de un filósofo de su categoría: los Webb no eran hermanos, sino un matrimonio. Malaparte no soñó con viajar a China, fue allí donde enfermó mortalmente. En cuanto a los traductores, es notoria la edad de quienes fuimos educados en la cultura marxista: Dora o Fanni Kaplán, quien trató de matar a Lenin el 30 de agosto de 1918, hiriéndolo gravemente, no fue en general una “revolucionaria socialista” sino militante del Partido Social Revolucionario (psr), a cuyos miembros se llamaba “social-revolucionarios” o eseristas por sus siglas en ruso. El psr, de amplia implantación campesina, fue liquidado por los bolcheviques tras el atentado.

2 John Gray, El silencio de los animales, p. 66.

3Ibid., p. 134.

4 Gray, El alma de las marionetas, p. 39.

5 La gran Nina Berbérova escribió una biografía de esta maléfica mujer: Moura Budberg. Historia de la baronesa Budberg, Barcelona, Circe, 1991.

6 Gray, El alma de las marionetas, p. 39.