El diablo por conocido | Letras Libres
artículo no publicado

El diablo por conocido

Enrique Peña Nieto nació en 1966. Convocamos a un grupo heterogéneo de escritores nacidos alrededor de ese año para responder esta pregunta: ¿qué significa para ti, en términos generacionales, el regreso del PRI a Los Pinos?

Nací el 16 de septiembre de 1969, pocas horas después de que Díaz Ordaz gritara “¡Viva la concordia entre los mexicanos!” y dos meses después de que Neil Armstrong pisara por primera vez la superficie lunar. Ambos acontecimientos me parecen trágicamente opuestos: mientras conquistábamos el espacio, un presidente de México mentía ritualmente. Hoy, desde la emocionante resaca del descubrimiento del bosón de Higgs, el PRI vuelve por sus fueros a Los Pinos. Se ha citado mucho aquella paráfrasis que Marx hiciera en El 18 brumario de Luis Bonaparte: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.” Acaso nuestra generación sea la generación de la farsa.

Si el PRI fuera unos montes y pariera, su ratón sería Enrique Peña Nieto. No concibo un producto más genuino, más perfecto de la lógica del partido tricolor que el virtual presidente de México. Es el carisma y el vacío, una epidermis erizada de frases hechas, un Golem al que no un rabino sino un cacique de Atlacomulco insufló vida. No es, por supuesto, la renovación del PRI sino su acabado final, su gran retoque, su armor all. Y va, a su manera, a funcionar, porque la maquinaria –el gran tinglado de los prosélitos– ha sido aceitada con el cuidado del relojero que sabe que la paciencia y la perseverancia son sus mayores virtudes. El cierre de filas es la puesta a punto del reloj del PRI. Ese característico esprit de corpsno lo han sabido emular ni el PRD ni el PAN, que cada cierto tiempo implosionan.

Si sé cómo funciona un partido por el que nunca he votado es porque me he visto inmerso en su atmósfera desde que nací. Yo y todos nosotros, todos. La broma del  priistaque llevamos dentro esconde una terrible verdad: lo que empezó como un modus operandi específico terminó siendo una idiosincrasia. Ya parece un axioma que moverse es no salir en la foto, que la moral es un árbol que da moras, que un político pobre es un pobre político. ¿Y qué hicimos históricamente cuando pudimos llevar a cabo la alternancia? Optamos por la ortodoxia y el conservadurismo. Ese autorretrato nuestro se completa hoy con el regreso del priismo pródigo. Me asombra que nos dé tanto terror votar por la izquierda, al grado que preferimos al diablo, por conocido. Ojalá que dentro de seis años sufraguemos con más amígdalas. ~