El cuarto espía | Letras Libres
artículo no publicado

El cuarto espía

Dice el refrán inglés: Everything happens in threes. Todo pasa en tres —excepto, por supuesto, cuando el tres se convierte en cuatro. Ese cuarto es como una tentación. Mucho antes de la película El tercer hombre se implicaba que el tercer hombre era el malvado, the third man, pero cuando se decía en inglés se refería al dúo de espías Burgess y MacLean y al tercer eslabón de la cadena de espías. Durante un tiempo se conformó esta figura inestable que es el triángulo agudo, pero cuando Kim Philby desapareció un día en Beirut para reaparecer en Moscú, protegido de la KGB, se le declaró el tercer espía maestro. Luego se supo que había más de tres hombres y su maestro, y se buscó por todo el establishment al cuarto espía. La fuga de Burgess fue a la vez espectacular pero inesperada. Donald MacLean y Burgess (verdadero nombre: Guy Francis de Moncy Burgess, aristócrata de nombre, homosexual de renombre y un borracho consuetudinario) desaparecieron viajando rumbo a Rusia (¿o debo decir la Unión Soviética?) en el descapotable (aunque mejor sería decir convertible) de Burgess para cruzar Francia y media Europa oriental y al atravesar la Cortina de Hierro se convirtieron en un dúo doloso. Detrás dejaban al verdadero espía maestro, Kim Philby. Philby había sido dejado, más que detrás, en la estacada y no sería malo recordar quiénes habían sido Burgess y MacLean. Burgess, a pesar de su inestabilidad privada (o tal vez por ella misma) había sido una figura importante (y tan secreta como lo permitía su escasa sobriedad) en el Servicio Secreto inglés, mientras MacLean había sido la liason en asuntos nucleares entre los Estados Unidos y el Reino Unido —que no serían en el futuro tan unidos. A pesar de las reapariciones de Philby, el entramado de agentes dobles y triples se deterioró cuando la CIA recomendó que su conxión con el MI5, o Servicio Secreto inglés, no fuera tan estrecha y se convirtiera en una relación de un solo lado.
     Philby (llamado Kim por su padre, un conocido orientalista, por el nombre, ¿quién lo diría?, del niño espía en la novela famosa de Kipling) hizo uso de su fama de reaccionario, en la que llegó a posar de franquista, y todo parecía estar sin novedad en el frente occidental cuando Philby se esfumó un día (o una noche) de Beirut, donde estaba estacionado como periodista y escritor renuente y reaccionario. Pero el ardor por Philby se enfrió notablemente y sólo se volvió a recalentar cuando otro espía soviético, Gordon Lonsdale (verdadero nombre: Konstantin Molody), otro escapado, publicó sus memorias —convenientemente serializadas, como las series de episodios del cine— y Philby, que había sido el negro de Molody (bonita pareja, el espía memorioso y el escritor fantasma), produjo una nueva sarta de inculpaciones con sus culpas retrógradas hasta que el gobierno conservador publicó un White Paper, libro blanco con el que Edward Heath le echaba liberalmente el muerto a otro. Philby podría ser un escritor fantasma porque para los ingleses estaba muerto, aunque ahora se paseaba por Moscú mientras le conseguía el vodka, puro o impuro, a Burgess y le birlaba la mujer a MacLean. Philby, además de devenir el tercer hombre, se convirtió en el segundo o tercer amante de la ajetreada esposa de MacLean —de Londres a Washington, de Londres a Moscú. Cadáveres exquisitos de la Guerra Fría.
     Pero si Burgess y MacLean dejaban detrás a Philby, Kim (creo que le podemos llamar Kim: después de todo siempre lo hizo su amigo Graham Greene) fue un perfecto caballero cubierto por su habilidad de espía y un defecto inglés que padecen nobles y plebeyos: el tartamudeo. (Este impedimento lo compartía con otro escritor que fue espía, pero para su patria, en la Primera Guerra Mundial, Somerset Maugham.) Philby le escribía desde Moscú a Greene pidiendo ¡calcetines de lana! Enterrado con honores de coronel de la KGB, Kim Philby terminó sus días viviendo en una mediocridad vista pero no prevista.
     De pronto apareció otro espía —que no se fugó a Moscú sino que quedó bien plantado en Londres. Como no hay tres sin cuatro (vean a los tres mosqueteros), el cuarto espía apareció, de entre todos los lugares del reino, en Buckingham Palace, junto a la reina Isabel: de curador de su vasta colección de pintura clásica. Se llamó Anthony Blunt. Blunt quiere decir romo, desafilado, pero también contundente: Blunt era un experto y dice un refrán que todos los expertos son mentirosos. Blunt era un experto mentiroso. Cuando fue finalmente descubierto llegó a un acuerdo con sus captores: no sería procesado pero confesaría sus crímenes, delataría a sus cómplices y nombraría a sus protectores. MI5 respetó el acuerdo pero tuvo que informar al gobierno y a su jefe de Estado —que era la reina misma.
     Ahora acaba de publicarse una biografía del cuarto espía, titulada Anthony Blunt: sus vidas. Entre ellas, central, estaba su vida en palacio. Entre los cuadros maestros de la reina que el espía maestro seguía viniendo a visitar una vez por semana estaba la colección de Isabel Segunda. Hay aquí que anotar una farsa inglesa: la reina Isabel sabía que Blunt era un espía, confeso pero no condenado. Blunt, por su parte, sabía que la reina sabía —y los dos jugaban un juego acordado. Blunt, erudito, explicaba a la reina lo que significaba un trazo, por ejemplo, de Poussin —su especialidad y el favorito de la reina. Es una asimetría que no fuera un especialista en David, el artista comisario y cómplice de Robespierre, sino en el pintor admirado del cardenal Richelieu y del rey Luis Trece, célebre por su Adoración del becerro de oro, una alegoría que convenía al esteta que fue servidor de la reina y esclavo de su ideología, hecho caballero por la corona y convertido en agente doble del MI5. No en balde su perfil altivo tenía un subtítulo: "Retrato de un monstruo". Pero el monstruo ahora es conocido, reconocido por una biografía titulada Philby, el espía que traicionó a una generación —que tiene como guía una presentación de John Le Carré. Anthony Blunt se ha convertido finalmente en una nota al pie de página de la nueva historia universal de la infamia: casi un asterisco romo. -