El corredor olímpico | Letras Libres
artículo no publicado

El corredor olímpico

No es infrecuente soñar que uno está corriendo. A veces persigue algo que no logra alcanzar, puede que corra toda la noche y amanezca cansado, o que haya soñado repetitivamente en la infancia que a unos pasos de chutar el balón a portería abierta las piernas le fallan, se debilitan en el último momento, se derriten en la grama y con el pecho angustiado se despierta de súbito
Uno reconoce el sueño, se lamenta de una vez más no haber metido el gol, estira las piernas para constatar que todo fue un sueño, y vuelve a caer, como se dice, en brazos de Morfeo.
     Correr es muy parecido a caminar, con la diferencia fundamental de que al correr los dos pies se separan del piso simultáneamente, y por un breve intervalo el cuerpo queda suspendido en el aire, es decir vuela. Es un tramo muy corto y a pocos centímetros del piso, pero el pequeño vuelo se restablece deinmediato y a fuerza de repetirse y sumarse a cada paso el hombre gana efectivamente el aire y se desplaza más rápido. Elcaminante confía sobre todo en la gravedad que lo pega a latierra; el corredor desafía la ley universal y sueña con abolirla.
     Alas en los talones, imagen antigua encarnada en el legendario Pelida como en ninguno: Aquiles, el de los pies ligeros, el celerípede divino es veloz en todo. Su vida es corta y lo sabe, y entonces se apresura; cuando habla lo hace con "aladas palabras", y la velocidad es el arma que lo distingue en el campo de batalla. Cuántas veces no lo ha visto uno correr de este a aquel enemigo empuñando la espada, acelerar el paso y lanzar la jabalina, o guiar sus caballos, regalo de Poseidón, que son los más ligeros. Si el talón lo hizo mortal, el tendón que lleva su nombre lo inmortalizó en nuestra anatomía.
     Al paso del tiempo son incontables los émulos del hijo de Tetis, comenzando por los campeones de esa afición tan precisamente griega de las competencias atléticas. En Olimpia se conservaba la lista de los vencedores a partir del año 776 a. de C., nos dice el historiador, fecha al parecer de la vigesimoctava olimpiada, y abunda en que el propio Aristóteles se interesó en continuar el registro de los campeones. Aunque las Olimpiadas se celebraban cada cuatro años, anualmente se llevaba acabo alguna fiesta panhelénica, decretándose una tregua de tres meses en las diferentes acciones bélicas que siempre estaban en curso, para que los competidores pudieran desplazarse a la sede respectiva. Porque también estaban los juegos píticos, que se convocaban en Delfos, los juegos de Nemea, cerca de Argos, cada tres años, y los juegos ístmicos, organizados en Corinto un año sí y otro no. Correr solía ser la primera destreza atlética en el programa, y aunque las carreras de carros eran las competencias más populares y con mejores premios, la prueba más importante era la carrera de velocidad, equivalente a losdoscientos metros planos actuales. Los ganadores eran glorificados como héroes en virtud de una antigua tradición, según la cual fueron unos corredores de esta disciplina los que oyeron llorar a Zeus recién nacido y lo salvaron de las fauces de Cronos. El vencedor tenía derecho a llevar en la frente el stéfanos, símbolo de inmortalidad, y a que se le erigiera una estatua. Al contenido intensamente religioso de los juegos se sumaba desde luego el aspecto económico. Un trípode, una vasija, talentos de oro, cuarenta ánforas de aceite de oliva del Ática. Se idealizó el premio en una corona de olivo silvestre en Olimpia, de laurel en Delfos, en Corinto de pino y en Nemea de hojas de apio, y entonces la ciudad del vencedor lo premiaba con dracmas por el honor que sobre ella recaía con su victoria.
     Relegado por mucho tiempo a cosa de niños y ocasional diversión, el corredor olímpico ha regresado por sus fueros, y se instala como una de las imágenes más caras a los días del milenio y la globalidad, un mundo que valora por encima de todo la rapidez de las vidas y las cosas. Con su dorada medalla al cuello, el velocista es sin duda uno de los epítomes más depurados del hombre moderno clásico: un hombre acendradamente atlético y a la vez esbelto, absolutamente especializado, eficiente, ganador, competitivo,intensamente mediático: hombres y mujeres de alto rendimiento.
     El ganador y su país se sienten muy orgullosos y no es para menos: estamos frente al hombre más veloz de la tierra, capaz de correr los cien metros planos sobre pista de tartán en menos de diez segundos. Unahazaña alcanzada por pocos y considerada la prueba diamante de lasactuales Olimpiadas. Está el que brinca más alto, desde luego, el que salta mayor longitud, el que nada más rápido, el que lanza más lejos eldisco o la jabalina, pero ningunamedalla tiene tanto prestigio como la del hectómetro, como le llama la prensa especializada.
     En la Olimpiada de Seúl 88, Ben Johnson alcanzó la meta con un cronometraje de nueve segundos 79 centésimas, alcanzando una velocidad máxima de 43.7 kilómetros por hora. Un verdadero prodigio. El hombre no es ni con mucho el animal más veloz: un halcón peregrino llega en picada a los 350 kilómetros por hora y el vencejo cola de espina puede volar a 160; el pez más rápido es el vela, que llega a alcanzar los 110 km/h, y de los animales terrestres el legendario guepardo o cheetah, que puede correr a más de cien.Pero tampoco es el más lento: al perezoso ai-ai, que duerme 16 de cada 24 horas, le toma un día completo recorrer los 100 metros. A la naturaleza le es totalmenteindistinto que un individuo llegue una centésima de segundo antes que otro a una línea imaginaria, la meta, o un segundo o dos. Pero el hombre, acostumbrado a los nanosegundos que acompañan el desempeño de gigabytes y miliamperios, ha desarrollado una fascinación por ese tipo de nimiedades. El final de photo-finish es una cosa de especialistas, y la medición del tiempo está en manos de relojeros expertos y la vibración del cesio. Así fuera por 0.01 segundos, Ben Johnson había roto la barrera de los 9.8, como constató en su momento la prensaespecializada.
     La misma que al poco tiempo y por espacio de semanas y meses daría a conocer la vergüenza de un ganador y su país, y no era para menos: Johnson dabapositivo en los análisis de dopaje. Anabólicos esteroides, he ahí esos músculos, esa velocidad del demonio del canadiense, dijeron lasvoces autorizadas, y vino la crucifixión de Ben, el hombre más rápido del mundo. Si el pecado metabólico de Jesse Owens, un exceso demelanina en las células cutáneas, no fue suficiente para descalificarlo y sólo se sancionó con el desprecio de Hitler y su salida del estadio, a Johnson, por cierto con el mismo tinte cutáneo, su transgresión bioquímica le costó la medalla de oro y por tanto la gloria, la inscripción en la pared olímpica. Hoy las estadísticas no registran aquel tiempo fantástico, el nombre de quien sea como sea vino a ser el hombre más rápido que nunca ha habido. Duró una década el récord incómodo. En el mundial de atletismo de 1999 el estadounidense Maurice Greene le bajó la centésima al 9.8, y los enteradosrespiraron tranquilos, el cuerpo inmaculado al menos igualaba al cuerpo excesivo.
     Otro tipo de vergüenza está no en el desenlace sino en la génesis de una victoria olímpica. No sé de dónde saca la memoria una de esaspelículas que les encantan a los gringos, de casos reales que involucran a sus héroes nacionales; el policía que perdió la vida en cumplimiento de su deber, los bomberos que apagaron el cruel incendio, el soldado que salvó a sus compañeros, el atleta: en este caso estelarizado por Michael Landon, el Joe Cartwright de Bonanza, aunque en realidad él sólo aparecía al principio y al final de la película, casi un cameo, corriendo en la pista de tartán y ganando medallas. Durante la mayor parte del tiempo es él de niño, que va entrando a la secundaria oalgo por el estilo, y tiene un problema muy grande: enuresisnocturna. Su madre, una madre tiránica y mala, decide que la mejor forma de quitarle el mal hábito es avergonzarlo, y todas las tardes tiende la sábana manchada en la ventana para que se entere el barrio. Con un terrible agravante: la niña que le gusta al pequeño Michael en la escuela es además su vecina. Así que día tras día, semana tras semana, mes tras mes, semestre tras semestre, tan sólo toca la chicharra el muchacho debe ponerse a correr como alma que persigue el diablo, subir la cuesta a todo lo que da, tomar velocidad en la bajada, aprovechar las curvas hasta llegar a la casa, subir al cuarto, jalar la sábana, llorar derabia, soportar el duro sarcasmo materno. Hasta que dejó de orinarse en las noches y entonces se convirtió en plusmarquista olímpico, medalla de oro no recuerdo en qué carrera de quién sabe cuáles juegos olímpicos.
     El corredor de pista ha escogido una actividad profundamente narcisista. Toda la atención se concentra en sí mismo, esas piernas musculosas, ese torso perfecto, esos brazos ágiles, esa férrea disciplina, esa profunda concentración. En otros deportes y otros rumbos de la vida la carrera es secundaria, una herramienta, una habilidad, parte de una estrategia. En el futbol se corre mucho, pero la atención se centra en el adversario, en la geometría de la cancha, en la portería, en el balón, que es el que ha de atravesar la meta para alcanzar la gloria del gol. En la carrera no. Toda actividad inteligente se vuelve superflua y por unos segundos la existencia cede a la neurofisiología del paso. En el límite del narcisismo, cuando más aspira a serlo, el individuo desaparece y se convierte en un ser músculo-esquelético ultraespecializado en correr, correr, correr. El ganador y su país, sin embargo, regresan a su narcisismo de inmediato, sobre elpodio, con un ramo de flores, una medalla al cuello, el aplauso unánime del público y el himno nacional mientras la bandera en el mástil se levanta.
     También nosotros tenemos, por fin, nuestros celerípedes nacionales. Hemos destacado en caminata y hasta en algunos maratones, pero velocistas que se recuerden no ha habido hasta hoy:  los sonorenses Alejandro Cárdenas y Ana Gabriela Guevara se codean con la élite mundial de los cuatrocientos metros. No son todavía los cien, ni siquiera los míticos doscientos, pero ya esvelocidad cubrirlos en menos de 45 segundos. No sabemoslos detalles de su respectiva infancia, ni cuáles son los azaresde la vida que los llevaron a dedicar su juventud a la carreraincesante en el óvalo de tartán, la carrera más tonta de todas, la más inútil, la que lleva de ninguna parte a ninguna.
     Tan inútil finalmente no, puesto que muchas cosas ocurren en torno suyo. Se venden muchos periódicos, se vende mucha televisión, se mueven patrocinios, se viaja en abundancia, se anuncian productos de toda índole. No es sólo que el kilogramo de cuerpo atlético se venda y compre a destajo en los circuitos olímpicos, de un modo parecido al comercio de sexo: el cuerpo también se vende y se compra por televisión a través de fetiches varios. Durante meses Cárdenas ha venido prestando su imagen a un producto que a decir de los locutores es admirable y revolucionario. El Torso Toner es otro de esos aparatos que seguardan bajo la cama y es tan fácil habilitar en cualquier pasillo. Promueve el intercambio de grasa por músculo, acelera el metabolismo, incrementa el consumo de grasa durante las 24 horas, y en poco tiempo ya no tendrá usted "nada de panza ni esas molestas llantitas, y se sentirá motivado a seguir adelante". Una maravilla lo que hace este juego de fierros ultramodernos, y además sin fatiga ni pérdida de tiempo, bastan seis minutos cada tercer día para tener un cuerpo firme y bien formado, "el cuerpo que siempre había soñado". Es fascinante, así dice lalocutora tras entrevistar a nuestra gloria olímpica, saber que gracias al Torso Toner cualquier persona, cualquiera, puede tener acceso desde su hogar a la rutina de entrenamiento de un atleta de alto rendimiento. "Sí, claro," dice el atleta, "van a venir nuevas innovaciones, pero por el momento yo creo que es el mejor, ¿verdad? Es una lástima no haberlo conocido antes, porque si no a la mejor hasta la de oro hubiéramos ganado en el pasado campeonato mundial (donde se llevó la medalla de bronce)". Alejandro es sin duda un ejemplo a seguir para todos los mexicanos, remata el conductor.
     Sueña el hombre que corre, se pasa los días y los años corre que corre tras una meta ideal que en el fondo desconoce. De Aquiles el héroe a Flash el superhéroe, pasando destacadamente por el plusmarquista olímpico del hectómetro y el paladín del Torso Toner, el hombre persigue la velocidad como un valorabsoluto, sin reparar en que es por definición relativo: 9.79 segundos en los cien metros planos, sobre una superficie esférica que da una vuelta sobre su eje cada 24 horas, que viaja alrededor del Sol a cerca de treinta kilómetros por segundo y contodo el sistema solar en dirección a la estrella Vega a casi veinte. Sueña que corre y sí, todo es cada vez más rápido en la vida de los hombres. En el límite, la simultaneidad, el nacimiento y la muerte ocurren al mismo tiempo. -