El caudillo no es asesinado. El Obregonato, 1928-1968 | Letras Libres
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El caudillo no es asesinado. El Obregonato, 1928-1968

El Caudillo alzó los ojos para mirar al hombre que le mostraba su dibujo en el block. Se encontró ante la pistola calibre 22 que José de León Toral se disponía a accionar. Fue un segundo. En ese instante desde las mesas del fondo dispararon al mismo tiempo Ernesto Domínguez Puga y Pepe Batán. Una bala destrozó la clavícula de Toral, la segunda le dio entre las costillas.

Álvaro Obregón se levantó manchado de sangre e impidió que los asistentes al banquete lincharan a su posible asesino. Los dos agentes de las Comisiones de Seguridad que le salvaron la vida se abrieron camino a golpes. Llegaron junto al general que había sido presidente de 1920 a 1924 y volvería a serlo desde 1928 hasta su muerte en 1968.

 

 

Obregón el invicto, el más grande general mexicano de todos los tiempos, el estratega que jamás perdió una batalla, repetían en la televisión y en la radio la mañana del 2 de octubre en que al fin se hizo pública la noticia de su muerte.

El Caudillo Inmortal, el Padre de la Patria, el Rayo de la Guerra, el Héroe de la Paz que, como Presidente Vitalicio, Secretario del PRO y Jefe Máximo de las fuerzas armadas, condujo a México a lo largo de casi todo el siglo XX, añadían. Exhortaban al pueblo a manifestar su dolor en calles y plazas y ante la inmensa estatua ecuestre que rivalizaba con la de Cristo Rey. Se erguía en los campos de Celaya en donde Obregón perdió su venerado brazo pero también acabó con Francisco Villa y la División del Norte, que era en realidad el Ejército del Norte.

Las brigadas del PRO (Partido Revolucionario Obregonista) fueron las primeras en llegar al Zócalo de Ciudad Obregón, como se llamaba desde 1935 a la capital mexicana. Las escenas de duelo y llanto abundaban en todo el país en contraste con el júbilo de los que tocaban el claxon, ponían a todo volumen música de los Beatles y gritaban su dicha de verse libres por fin del ogro omnipresente.

El Manco había ocupado su vida entera desde que en la escuela de párvulos les enseñaron el Catecismo Obregonista: “¿Cómo se obtiene la paz? Derramando un poco de sangre mala para que pueda vivir y prosperar la sangre buena. ¿A qué aspiran los niños mexicanos? A venerar al Caudillo y tratar de ser como él en todos sus actos.” “¿Qué es el poder ejecutivo? El poder de ejecutar la voluntad de la Patria y defenderla a muerte contra los enemigos de la Revolución Obregonista.”

 

 

En el Castillo de Chapultepec los embalsamadores momificaban el cuerpecillo a que se había contraído la figura imponente del Estratega. Al enviudar por segunda vez en 1948 Obregón se casó con la gran estrella María Félix. La pareja presidió las celebraciones de los 40 años de la Revolución en 1950 e inauguró la era de la pantalla televisiva con su mensaje para el próximo medio siglo.

A los 70 el Caudillo parecía inmortal. Su imagen no tenía nada que ver con la efigie de los años revolucionarios. Era esbelto y erguido, ya sin la corpulencia ni el arcaico bigote de puntas. La cabeza a rape daba la imagen de un emperador romano. Sus aduladores lo comparaban una y otra vez con Julio César y veían en su libro Veinte mil kilómetros en campaña una obra igual o superior a La guerra de las Galias.

 

 

Antes de recibir al gabinete en pleno, el primer ministro Gustavo Díaz Ordaz se reunió con Fidel Velázquez, secretario general de la COT (Confederación Obregonista de Trabajadores), y con Ernesto Domínguez Puga, el Hoover mexicano que desde 1929 estaba a cargo de la Obrepol, la omnipotente fuerza de represión y espionaje, la NKVD y el FBI de México. Sin la Obrepol no se explicaba lo que el general Eisenhower llamó el Milagro de Obregón: un país en perpetuo caos que halló al fin la paz y el comienzo de la prosperidad bajo la mano firme de un Caudillo, amigo de Estados Unidos, que representaba para ellos un sistema al menos en teoría revolucionario, capaz de oponerse al comunismo y apoyar en todo a Washington y a Wall Street, a la empresa privada y los grandes negocios. “Obregón es un bribón pero es nuestro bribón”, concluyó el vencedor de la Segunda Guerra Mundial.

 

 

El cesarismo, la voluntad de uno contra la voluntad de todos, el poder imposible de compartir. Cada cierto tiempo el Caudillo se deshacía de sus antiguos hombres y nuevas generaciones ocupaban los puestos de mando. El que no destacaba era eliminado, quien sobresalía y llegaba a amenazar con su brillo el resplandor de Obregón caía en desgracia para no volver a levantarse.

Desde España, Argentina y Cuba el exilio mexicano alimentaba una campaña incesante de odio. Encontraba aliados en todas partes (“La dictadura esclerótica de Obregón es una vergüenza para el mundo”, Jean-Paul Sartre en 1958) y los libros y los artículos feroces de Martín Luis Guzmán y José Vasconcelos circulaban dondequiera menos en México.

Obregón se abría a la prensa internacional. Conservaba su antiguo encanto. Su buen humor y su humildad aún eran capaces de desarmar a sus críticos: “He tenido que sacrificarme, muy a mi pesar, ante quienes me ruegan que continúe en el poder. No tengo más ambición que la de servir a mi Patria. Yo soy en el fondo un simple agricultor. Lo que más quisiera es retirarme a cultivar la tierra en mi hacienda de El Náinari. ¿Culto a la personalidad? Yo no pido nada para mí. No puedo desairar a quienes me levantan estatuas y ponen mi nombre a las obras públicas. ¿Que en México hay corrupción, miserias e injusticias? Sí, cómo negarlo. La tragedia social que nos legó el porfiriato era tan terrible que en todos estos años de Revolución Obregonista apenas empezamos a remediarla. Dennos tiempo, no nos juzguen con tanta severidad. Yo trabajo las 24 horas del día. La luz de mi escritorio en el Castillo de Chapultepec está siempre encendida. No descanso. Sé que es mucho lo que me falta y me duelo y me desespero por ello. ¿Presos políticos? No hay uno solo en México pero somos implacables con las bandidos que quieren destruir la obra de nuestro pueblo. No lo permitiré. Para eso estoy aquí por voluntad popular.”

 

 

Cosa rara en su especie, al Caudillo le gustaba la poesía, al menos cierto tipo de poesía. Leerla, escribirla y sobre todo escucharla. Durante cuarenta años hubo una producción sin tregua de alabanzas en verso. Por ejemplo, este fragmento del acróstico que en 1960 dio al poeta Juan Bosco Malo el primer premio de los Juegos Florales para el cincuentenario de la Revolución Obregonista.

O h guerrero implacable, Señor de las Tormentas,

B atallas has librado, heroicas y cruentas.

R adiante es tu aura magna de Caudillo inmortal

E n tu lucha sin tregua contra el dolor y el mal.

G uerrero y estadista, patriarca y ciudadano,

O bregón es el Padre de todo mexicano.

N unca nos abandones, Héroe puro y genial.

 

 

A comienzos de siglo el Obregón de veinte años esperaba en Sonora los días en que llegaba el atado con números de La República Liberal, el periódico que Díaz subsidiaba para dar un medio de expresión al ejército frente a El Imparcial de los “científicos”.

Recortaba dos secciones: “El arte de la guerra”, por el coronel Rendón, el gran teórico militar del porfiriato, y “Ecos del bulevar”, en que el cronista Crainqueville (Juan Valle) trataba de inventar a la capital como una París y una Babilonia de América.

“Qué triste es México”, decía otro autor “decadente”, Ciro B. Ceballos. Pero el Cronista insistía en presentarla como la Gran Prostituta de Babilonia, el templo del deseo, el placer y el pecado. Su imagen se mezclaba con la silueta de Bianca Alfieri, la hermosa cortesana a la que amaba Juan Valle.

El joven Obregón se fascinó con aquel invento. Cumplió el sueño de tener la ciudad a sus pies como el vencedor que en 1914, en 1915, en 1920, en 1924 y en 1929 hizo su entrada triunfal a la cabeza de sus ejércitos. Pero siempre la aborreció y acabó por destruirla. Echó abajo la arquitectura colonial y los edificios art nouveau porfirianos. En donde estuvo México levantó Ciudad Obregón a imagen y semejanza de Los Ángeles. Un poderoso estímulo para el gran cambio fue la concesión de varias multinacionales automotrices.

 

 

Mientras doña María posaba para las cámaras vestida de luto y los embalsamadores terminaban su obra, Fidel Velázquez y Ernesto Domínguez Puga conversaban en la terraza del Castillo. La visión de lagos, bosques, ríos y montañas que contempló desde allí Maximiliano de Habsburgo lo llevó a juzgarlo el panorama más hermoso del mundo, Miravalle en contraste con su Miramar en Trieste. En 1968, bajo el espeso manto de la contaminación automovilística, no quedaba nada de todo aquello: Ciudad Obregón era la más horrible del planeta. En ese instante le avisaron al jefe de la Obrepol que subían en intensidad los enfrentamientos entre los que lloraban al Caudillo y quienes coreaban injurias y cantos vejatorios a Obregón. Domínguez Puga ordenó que sus hombres tomaran posiciones en las azoteas del Zócalo. Enfurecido por las vejaciones al Padre de la Patria, Díaz Ordaz dispuso que sus tropas de elite cerraran las entradas de la gran plaza.

 

 

En 1928, en las catacumbas de los Jóvenes Macabeos, la sociedad secreta ultracatólica que respondía con el terrorismo y la guerrilla urbana a la pasividad de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, el frustrado magnicida se preparó para resistir el dolor. Sin embargo, la costumbre de los hierros candentes y las camisas erizadas de cuchillas Gillette no pudieron prepararlo contra los métodos de Pepe Batán: el entierro en vida y la inmersión en agua hirviendo.

Confesó todo: el presidente Calles y el líder Luis Napoleón habían infiltrado y manipulado a los Jóvenes Macabeos para librar a México del dictador que no se iría nunca de la presidencia. Calles pudo huir a San Diego. En la carretera de Cuernavaca Luis Napoleón fue ejecutado sin juicio previo por Pepe Batán y Domínguez Puga.

La rebelión de los generales callistas Gonzalo Escobar, Roberto Cruz y Fausto Topete fue aniquilada con su eficacia habitual por Obregón. Si antes triunfó gracias en parte a la movilidad que le daba el ferrocarril sobre las divisiones de caballería, en 1928 pudo servirse de los adelantos bélicos. Él, que se ufanaba de haber ordenado en Guaymas en 1913 el primer bombardeo aéreo de la historia, contó para la batalla decisiva en Jiménez, Chihuahua, con los biplanos de su fuerza aérea, sus primitivos tanques y su moderna artillería.

En vez de proseguir la lucha de guerrillas en el Bajío, logró con la ayuda del embajador Dwight C. Morrow que los obispos acordaran en el castillo de San Juan de Ulúa el fin de la Guerra Cristera. Las iglesias se reabrieron al culto, acabó la persecución religiosa y los cristeros quedaron abandonados a su suerte. El Tedeum con que el arzobispo de México celebró la reelección obregonista de 1932 marcó la nueva armonía entre el clero y el Caudillo. Dos años antes las fuerzas en conflicto se habían unificado en el PRO, Partido Revolucionario Obregonista, que en adelante iba a actuar sin rival de ninguna especie.

El Congreso aprobó por unanimidad en 1938 que, para cumplir con la voluntad popular y evitar la molestia de las elecciones, Obregón fuera declarado presidente vitalicio. Cada año decía en su informe bajo una lluvia de aplausos: “En un mundo convulso México progresa y se destaca como una isla de paz y tranquilidad.”

 

 

Nadie esperaba que, mientras velaban al Caudillo en el Palacio de las Bellas Artes, el Obregonato iba a terminar con la matanza del 2 de octubre de 1968 en el Zócalo de la capital. El 20 de noviembre, por decreto del nuevo presidente Díaz Ordaz, perdió su nombre de Ciudad Obregón y volvió a ser la eterna ciudad de México. ~