El asesinato alcanza al obispo | Letras Libres
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El asesinato alcanza al obispo

La tarde del 26 de abril del año pasado, pocas horas antes de ser asesinado en el estacionamiento de su casa en la parroquia, el obispo Juan Gerardi Conedera se había estado tomando unos whiskitos y contando chistes en una pequeña reunión en el jardín trasero de la casa de un amigo.
"En las reuniones a que asistía, ofrecía todo un repertorio de chistes", dijo dos días después a la policía el padre Mario Orantes Nájera, vicepárroco del obispado. Los guatemaltecos admiran la capacidad de contar chistes, una defensa contra la desesperanza y la soledad interior debidas a la imposibilidad de expresar lo que se piensa. Dos culturas distintas, la católica española y la pagana maya, dieron forma al carácter nacional del país, junto con siglos de crueldad y aislamiento. En 1885, un exiliado político y escritor nicaragüense, Enrique Guzmán, describió ese país como un Estado lleno de tantos informantes del gobierno que "hasta los borrachos son discretos".
     Monseñor Gerardi era un hombre corpulento y todavía robusto, aunque ya tenía 75 años. Medía más de 1.80 y pesaba más de noventa kilos. Tenía tórax y espalda amplios, nariz grande y colorada, el cabello gris, grueso y rizado. Sus amigos recuerdan que le gustaba beber, y también su inteligencia realista y un conocimiento casi premonitorio de la política de Guatemala, conocimiento que lo convertía en el asesor más fiable en esos asuntos para el arzobispo Próspero Penados del Barrio. Como fundador y director de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado, la ODHA, Gerardi era un importante vocero de la Iglesia.
     Esa tarde en el jardín de su amigo, el obispo estaba efervescente. La reunión fue una celebración por la conclusión de Guatemala: nunca más, un informe de cuatro volúmenes y cuatrocientas páginas, elaborado por la Remhi, Recuperación de la Memoria Histórica, investigación sin precedente de las "desapariciones", asesinatos, torturas y la violencia sistemática que se había infligido a la población de Guatemala desde inicios de los sesenta, cuando una serie de dictadores militares de derecha gobernaron el país y libraron una guerra contra los grupos guerrilleros de izquierda. Ese conflicto había concluido formalmente en diciembre de 1996, con los acuerdos de paz organizados por las Naciones Unidas. El informe identificaba por su nombre a más de 52 mil muertos y desaparecidos civiles durante la guerra, cuyo número se calculaba en 200 mil, y revelaba que el ejército de Guatemala y los grupos paramilitares asociados a éste habían cometido el 90% de los crímenes, mientras que a las facciones guerrilleras correspondía poco menos del 5%. El informe era minucioso y exhaustivo.
     La condición establecida para aceptar los acuerdos de paz por el ejército y la guerrilla era una amnistía general contra el enjuiciamiento por crímenes de guerra. Esto incendió a los activistas de los derechos humanos, que consideraron esa amnistía como una protección. El obispo Gerardi había fundado la Remhi en 1994, en parte porque dudaba que una comisión respaldada por la ONU para investigar la verdad tuviera fuerza suficiente ante el ejército. En realidad, el informe de la comisión de investigación de la verdad fue más allá que la Remhi al acusar de genocidio al ejército. Esto abrió la posibilidad de llevar a juicio a algunos oficiales, pues la amnistía no incluía los crímenes contra la humanidad. Pero, el pasado abril, el informe de la Remhi fue la acusación pública más escandalosa de los crímenes de guerra jamás cometidos en Guatemala.
     Cuando terminó el homenaje a la Remhi esa tarde, Ronalth Ochaeta, el director ejecutivo del ODHA, de 34 años, llevó en su coche a monseñor Gerardi a la casa de éste en San Sebastián, una vieja parroquia del centro de la ciudad. Casi enseguida, sin siquiera cambiarse de ropa —vaqueros, camisa de algodón a cuadros y una rompevientos color crema— el obispo volvió a salir. Le había pedido al vicepárroco, el padre Mario, que lo sustituyera en la misa de las seis, ya que iba a su habitual cena de los domingos con su hermana, en la casa de su sobrino. Alrededor de las diez menos cinco, el obispo Gerardi volvió de la cena y metió su automóvil en el estacionamiento de su casa.
     Cualquier noche, hasta una docena de hombres sin hogar, y a veces alguna mujer, se protegían en un pasaje cubierto paralelo a la casa y el estacionamiento de la parroquia. Esos vagabundos tenían apodos: El Carne Asada, El Gallo. Así se llamaban entre ellos y así los conocía la policía, aunque todos los demás se referían a ellos como los "bolitos", que en Guatemala quiere decir: los borrachitos. "Mis borrachitos", solía decir el obispo Gerardi, y ellos, a su vez, lo llamaban El Jefe.
     Esa noche, dos bolitos, El Colocho y El Chino Iván, estaban en un estanquillo de bebidas alcohólicas y abarrotes a la vuelta de la iglesia, tomando cerveza y viendo la televisión. Hacia las diez, se fueron de la tienda y atravesaron la calle, hacia un jardín que hay frente a la iglesia. El Chino Iván se dio cuenta de que había olvidado sus cigarrillos y regresó por ellos, y El Colocho siguió solo. Al aproximarse entre los árboles a la casa de la parroquia, oyó abrirse la puerta metálica del estacionamiento y vio salir a un hombre de unos veinte años. Era de estatura media y complexión fuerte, pero lo más llamativo era que iba desnudo de la cintura para arriba. Guatemala es una ciudad de altiplano, y las noches pueden ser frías; la gente no anda sin camisa.
     El Colocho sabía que el padre Mario no manejaba, pero que monseñor Gerardi tenía dos automóviles, un Golf de la VW y un jeep Toyota, y que al entrar y salir del estacionamiento alguno de los vagabundos a veces lo ayudaba a cerrar la puerta. El Colocho le preguntó al hombre semidesnudo si estaba por salir un coche, y éste respondió: "simón, ése". En ese momento, una patrulla llegó por la 6a Avenida, pasó por el jardín que está frente a la iglesia, y el hombre se quedó helado en la oscuridad, mirando. Luego regresó, cerró la puerta del estacionamiento y corrió hacia la 7a Avenida, detrás de la iglesia.
     Unos cinco minutos después, El Colocho vio al desconocido regresar al jardín, abrochándose una camisa blanca. Entonces El Chino Iván, que reaparecía con sus cigarrillos, se encontró con el desconocido. Según El Chino Iván, éste lo abordó y le dijo: "compadre, véndeme un cigarrillo". El Chino Iván le dio dos, y el hombre le dio un billete de un quetzal, equivalente a unos quince centavos de dólar (El Chino Iván luego se lo entregó a la policía), y le dijo: "buena onda, gracias". Luego se fue de nuevo, esta vez por la 6a Avenida, rumbo al Palacio Nacional, situado a unas calles de distancia.
     El Colocho y El Chino Iván se tendieron a dormir junto a los otros bolitos. Hacia la medianoche, la puerta de la casa de la parroquia, a la derecha del estacionamiento, se abrió y el padre Mario salió en bata y piyama. Según El Colocho, el cura preguntó si alguien había salido. El Colocho le dijo que había visto a un hombre desnudo de la cintura para arriba salir del estacionamiento. Luego recordó que el cura dijo: "Ah, entonces quédate ahí, porque acabo de llamar a la policía". Recuerda que el padre Mario parecía nervioso. En su declaración a la policía, esa misma noche, el padre Mario dijo que los bolitos le habían dicho que no habían visto nada raro. Sin embargo, en dos declaraciones posteriores, su explicación coincidió con la de El Colocho.
     El padre Mario dijo a los investigadores que había pasado la tarde del domingo en su recámara, mirando la televisión y disfrutando de su comida favorita, pollo frito. Luego de la misa vespertina, llevó a dar un paseo corto a su pastor alemán, Baloo, de once años. Se puso la piyama a la hora de costumbre, alrededor de las 7:30, y fue a la cocina para tomar un medicamento contra la migraña. En la cocina habló brevemente con la cocinera, Margarita López, y con el sacristán, Antonio Izaguirre, que estaban cenando. Cuando terminó de comer, la cocinera, que estaba resfriada, se fue a su cuarto, y el sacristán a su casa. El padre Mario le dio de comer a Baloo, se lavó, se sentó ante la computadora y se conectó a Internet. Más tarde, afirmó, volvió a ver televisión en su cama hasta más o menos las 10:20, cuando se quedó dormido. Se despertó media hora después, apagó la tele y se durmió de nuevo.
     Alrededor de la medianoche —declaró el padre Mario—, al darse la vuelta en la cama lo despertó una luz fuera de su recámara que atravesaba el tablero de vidrio de la parte superior de la puerta. A esas horas la luz solía estar apagada. Se levantó y salió, dejando a Baloo en la habitación. Había otras luces encendidas y puertas abiertas en el pasillo que recorre la casa, desde las habitaciones del padre Mario y el obispo, pasando por dos pequeños patios, la cocina y el cuarto de la cocinera, directamente hasta el estacionamiento, que es un espacio abierto al final de la casa, junto a la iglesia. El corredor mide poco más de nueve metros de largo. El padre Mario encontró al obispo tirado en un charco de sangre al lado de su jeep. Tenía los tobillos y las muñecas cruzadas, y yacía boca abajo. En el piso, cerca del cadáver, había un pedazo triangular de loseta de concreto manchado de sangre, no lejos de un suéter azul.
     Hacia la una de la mañana, a Fernando Penados, sobrino del arzobispo, lo despertó su padre para decirle que habían asesinado a Gerardi. El obispo era el mentor de Penados. Éste había trabajado con el prelado en la ODHA en 1990, cuando tenía veinte años. El obispo Gerardi a menudo viajaba al extranjero en representación de la ODHA, para acudir a diversos foros internacionales, y Penados lo acompañaba en algunas ocasiones. Conocía al obispo desde niño, y los dos hombres habían estrechado su relación durante aquellos viajes, sobre todo en los vuelos a Europa. Penados trabajó en algunos de los casos más destacados y laberínticos de los derechos humanos en Guatemala. Tomó cursos de criminología patrocinado por la FBI y por los gobiernos francés y español, y luego, hace tres años, a los 26 años de edad, dejó la ODHA para convertirse en subdirector de investigaciones del Ministerio Público, la fiscalía de Guatemala, empleo al que renunció poco después porque, según dijo, "ahí trabajaban demasiados criminales". La primavera del año pasado, cuando asesinaron a Gerardi, era profesor de la Academia de Policía.
     Penados llegó a la iglesia alrededor de la 1:25. Monseñor Efraín Hernández, canciller de la curia y primera persona a quien llamó el padre Mario, ya había llegado, y también había policías y bomberos, aunque no se había tendido un cordón de seguridad en torno a la escena del crimen. El cadáver del obispo estaba cubierto con una sábana y la gente caminaba en su derredor. También había gente que salía y entraba a la casa.
     Penados gritó que había que sellar la zona, y llamó al fiscal general. La policía estableció una zona de seguridad alrededor del cadáver con una cinta de poliéster, pero esa zona era de pocos metros, y una prueba importante quedó fuera de su perímetro: una huella sangrienta de un zapato pequeño y angosto. (Un video de un bombero que llegó antes que la policía —en Guatemala, los bomberos transportan los cadáveres a la morgue— revela que la huella estuvo ahí desde el principio.) Penados, furioso, ordenó que se ampliara la zona acordonada, pero la policía la redujo de nuevo. "Claro que después la ampliaron mucho, pero para entonces la escena del crimen ya estaba por completo contaminada", afirma.
     En algún momento de esa noche, Penados y algunos de sus amigos de la ODHA decidieron organizar un grupo de investigación del asesinato. Las personas cercanas al obispo supusieron que la investigación del gobierno sería sesgada, y que no se perseguiría a los sospechosos más evidentes, los militares amenazados por el informe de la Remhi.

Al menos tres personas habían visto al posible asesino, el hombre semidesnudo que había dejado su suéter en el piso, cerca del cuerpo del obispo. El Colocho dijo a la policía que llevaba pantalones vaqueros y botas negras de suela amarilla —marca Caterpillar—, y que era moreno, de cara redonda, ojos y boca grandes, bigotito y barba rala, cabello rizado, muy corto, "al estilo militar". Cuando el inquiridor insistió en saber más del corte de cabello, El Colocho insistió en que había pasado treinta meses en el ejército y que sabía reconocer un corte de pelo militar. El Chino Iván mencionó que esa misma noche, más temprano, alguien le había dejado a los bolitos botellas destapadas de cerveza y sándwiches, "algo que no es normal". Muchos bolitos aseguraron que la cerveza estaba "compuesta", porque enseguida se durmieron profundamente, y por eso nadie oyó ni vio nada de lo que pasó en el estacionamiento.
     El tercer testigo fue un chofer de taxi que vio un Toyota Corolla blanco estacionado frente a la iglesia poco antes de las 10:30. Un hombre con corte de pelo militar, desnudo de la cintura para arriba, estaba de pie junto al coche, hablando con el conductor, y el taxista anotó el número de placa del automóvil. Poco después, otro coche, un Toyota Corolla dorado sin placas, apareció de pronto y pasó a su lado. La narración del taxista apareció el 29 de abril, tres días después del crimen, cuando los abogados del ODHA que se ocupaban del caso se enteraron de que un sacerdote tenía un informe interesante. El chofer del taxi, aturdido y aterrado, había acudido al sacerdote porque la historia contada por El Colocho y El Chino Iván estaba en todas las noticias. Le dio al cura las placas, P-3210, y se fue. Quizá no dejó su nombre, o tal vez el sacerdote, asombrado y asustado también por esa visita, no lo registrara. En cualquier caso, el cura no sabía quién era el taxista.
     ¿Por qué alguien que pasa en un taxi memoriza el número de una placa?, preguntaba Penados. "Primero, por la hora. Y luego, porque esa persona no es una blanca paloma. El taxista se fija en ese tipo de cosas por su pasado". El chofer del taxi le dijo al cura que una vez había estado en la cárcel acusado por algo relacionado con drogas. Penados dijo que alguien con este tipo de experiencia tiende a fijarse en las mismas cosas que advierte la policía. Si alguien sin camisa está junto a un coche en una calle oscura a altas horas de la noche, una persona como ésa se fija en las placas del automóvil.
     Penados lleva corte de pelo militar, y usa anteojos oscuros y camisetas que exhiben músculos cultivados en el gimnasio. Camina dándose aires y tiene aspecto de duro, aunque enseguida se percibe su encanto. El grupo de investigadores que reunió en el ODHA recibió el mote, un poco en broma, de Los Intocables. Aparte de Penados había otros tres intocables. Dos de ellos, Arturo Rodas y Arturo Aguilar, son enormes jóvenes en sus veinte años. Rodas viste con estilo conservador, pero Aguilar, que ama la poesía y la filosofía, lleva un arete, un corte de última moda y ropa suelta a la moda grunge. Juntos en su pequeño jeep Suzuki Samurai parecían un par de detectives de Babar. El tercer intocable, Rodrigo Salvadó, es un estudiante de antropología alto, delgado, con cola de caballo. Al principio, Penados sintió la misión de Los Intocables como una especie de investigación opuesta a la del Ministerio Público. Iban a recopilar información que pudiera utilizarse para ponderar las declaraciones del procurador. Pero, al paso del tiempo, se dio cuenta de que en vez de una función meramente defensiva, podían lograr presentar una denuncia contra los verdaderos asesinos. Pasaba mucha información por la ODHA.
     Penados y Los Intocables localizaron las placas memorizadas por el taxista: habían sido de un vehículo que alguna vez perteneciera a la base militar de Chiquimula. El año anterior se había cerrado esa base, y el vehículo —una pick-up— ahora estaba registrado en el Comando Superior del Ejército de la Ciudad de Guatemala. El Ministerio de la Defensa declaró que habían vendido la camioneta, y que las placas no pertenecían al ejército. Sin embargo, pronto se supo que el vehículo se había vendido sin las placas. Después se descubrió que una de las dos placas numeradas P-3210, que debían estar en posesión del Estado Mayor, habían desaparecido.
     Al inicio de la investigación comenzaron a llegar anónimos a funcionarios de la Iglesia sobre la participación en el asesinato de dos oficiales del ejército, el coronel Byron Disraeli Lima Estrada y su hijo, el capitán Byron Lima Oliva, y de que el crimen había sido de orden político. Parte de esa información parecía proceder del propio ejército, lo que indicaba que no todos los militares aprobaban la operación de los Lima, de la que se decía que había estado muy bien organizada, y que se habían utilizado métodos de control y alejamiento de los bolitos y las demás personas que estuvieran en el jardín vecino a la iglesia. Cuando la ODHA llevó su información sobre los Lima a la comisión establecida por el presidente de Guatemala, Álvaro Arzú, para investigar el asesinato, un asistente del mandatario les dijo que la comisión no quería tener nada que ver con esa fuente de investigación: "No podemos investigar a la seguridad del presidente, por razones de gobernabilidad".
     El coronel Lima había sido comandante de la base militar de Chiquimula. Era un antiguo jefe de la dependencia interna de investigaciones del ejército, el G-2, responsable de la mayoría de las desapariciones políticas de los años ochenta. Formaba parte de un grupo de oficiales retirados que se reunían periódicamente con el general Marco Tulio Espinosa, jefe del Estado Mayor Presidencial, el EMP, para discutir sus preocupaciones sobre cómo los acuerdos de paz y los alegatos de los activistas de los derechos humanos afectarían a los oficiales que habían participado en la guerra civil. El EMP, responsable de la seguridad del presidente, tiene cierta autonomía. A través de los años, las secciones secretas de investigaciones del EMP, inclusive una conocida como el Archivo, han sido responsables de numerosas desapariciones y asesinatos. El capitán Lima pertenecía a una unidad secreta "antisecuestros" del EMP.
     Los registros de inmigración mostraban que el capitán Lima había llegado a Guatemala desde Miami la tarde del 26 de abril, el día del asesinato. Durante un interrogatorio de los investigadores de la Procuraduría, dijo que había estado en un bar llamado Sports Grill hasta las 11:30 aquella noche. Afirmó haber ido directamente del bar a la sede del EMP, pero al verificar los recibos de las tarjetas de crédito se advirtió que había pagado su cuenta a las 8:30. Entonces modificó su relato, y aseguró haber cenado con otro soldado en la sede del EMP a las once. Lima aseguró que no se había enterado del asesinato de Gerardi hasta leer sobre el asunto al día siguiente en los periódicos, aunque eso parece poco probable, pues el cuartel del EMP está a una cuadra de la iglesia, y el asesinato del obispo hubiera tenido un interés particular para los oficiales de esa sede. La noche del asesinato, un par de investigadores del EMP que no tenían motivo oficial para estar en la escena del crimen, y cuya presencia ahí había sido oficialmente negada por el ejército, aparecieron en un video tomado en la iglesia.
     En agosto, un periódico informó que la compañía de teléfonos había registrado una llamada desde la parroquia de San Sebastián a un teléfono público fuera de la academia militar de San Marcos, la noche del crimen. Al día siguiente de publicarse esta historia, el teléfono desapareció, arrancado de su poste.
     El asesinato de Gerardi se atribuyó de inmediato, y casi por unanimidad, a los militares, como venganza por el informe de la Remhi. Los periódicos locales y extranjeros citaban a dirigentes políticos, religiosos y de los derechos humanos de todo el mundo, que denunciaban el crimen como un hecho político. Algunos incluso afirmaban que el proceso de paz en Guatemala "moriría" o por lo menos que "correría un grave peligro" si no se hacía justicia enseguida. En la década anterior, las dependencias militares de investigación, que habían recibido apoyo de la cia y habían tenido carta blanca para asesinar a los opositores al orden establecido, se habían ido dedicando cada vez más al crimen y a conservar el poder. Ahora, en su golpe quizá más audaz, ¡habían asesinado a un obispo!
     Pero el crimen podía verse desde otro ángulo, con una versión que pasaba la responsabilidad del ejército a la Iglesia, y esta versión rápidamente transitó desde los niveles más altos del gobierno y el ejército al público. Conforme a esta interpretación, el asesinato fue un crimen pasional, un lío de homosexuales; así lo describió el general Espinosa, jefe del EMP —según testigos fiables—, en una reunión del gabinete celebrada el día siguiente del crimen. Y el rumor pasó del presidente Arzú, los ministros de gobierno y los oficiales del ejército a los empresarios influyentes, y recorrió los callejones traseros de la diplomacia.
     El rumor del "crimen pasional homosexual" se hizo público a fines de junio. Fernando Linares Beltranena, un columnista conservador del periódico más leído del país, La Prensa Libre, fue uno de los primeros que se ocupó de esta versión, en un editorial: "¿Es difamatorio atribuir a Gerardi ser un presunto homosexual? ¿Cómo se sienten los homosexuales [...] de que su estilo de vida se llame públicamente un insulto y una deshonra? [...] La deshonra para Gerardi es su cruel y vil asesinato, no que se insinúe que supuestamente practicara cierto estilo de vida".
     El 22 de julio, unos setenta policías de las fuerzas especiales rodearon San Sebastián. El padre Mario, que estaba almorzando en la casa de sus padres, fue llamado para volver a la iglesia, donde fue arrestado por el asesinato del obispo Gerardi. Lo seguía Margarita López, la cocinera de la parroquia, que sollozaba a voces y plañía. La habían arrestado por destruir y ocultar pruebas, sobre todo porque, por orden del padre Mario, había lavado la escena del crimen, toda esa sangre, poco después de que se habían llevado el cuerpo del obispo a la morgue. También se llevaron ese día, como prueba, al pastor alemán del padre Mario. El arresto se había precipitado por la noticia de que un antropólogo forense en Madrid había estudiado las fotografías de la autopsia del obispo Gerardi y había encontrado señales que sólo hubiera podido producir una mordida de perro.
     El padre Mario es un hombre alto, regordete, bien arreglado, de aspecto un tanto neurasténico. Tiene 36 años, y era entonces un cura relativamente joven en una parroquia tranquila, por lo común reservada a los obispos con demasiados compromisos, como Gerardi, y a los obispos ancianos a punto de retirarse. Sus obligaciones eran leves. Compartía cuatro misas diarias, los miércoles seis, con el obispo.

Su salario era de quinientos quetzales —unos 74 dólares— mensuales, más catorce quetzales por cada misa.
     El sacristán de San Sebastián me contó que el padre Mario pocas veces salía de sus habitaciones, y que pasaba mucho tiempo hablando por teléfono. Se describía su relación con monseñor Gerardi como suficientemente amistosa, aunque un poco superficial, y aun como cálida y afectuosa, según los parientes del obispo. Su mala salud —migrañas, asma, colitis, úlceras— fue la explicación habitual de su nombramiento en San Sebastián, además de su cercanía con monseñor Hernández, canciller de la curia, que había sido su párroco y era como un segundo padre para Mario y su hermano mayor, Sergio, también sacerdote. El padre Mario había estudiado en el Liceo Javier, una prestigiosa escuela de jesuitas, con estudiantes sobre todo de las clases media y media alta. En los años setenta y ochenta salían de esa escuela jóvenes activistas políticos y radicales, aunque el padre Mario se hizo seminarista en la conservadora orden de los salesianos. Su familia tiene relaciones con la derecha de la Iglesia. Su madre es sobrina del arzobispo Mariano Rossell y Arellano, un agresivo anticomunista que colaboró con la CIA en el año que condujo al golpe de 1954, que derrocó al gobierno reformista democráticamente electo del coronel Jacobo Arbenz. Un antiguo compañero de escuela recuerda que el hermano de Mario, Sergio, era apodado El Nazi, por su personalidad autoritaria y su amor por lo militar.

El padre Mario parece muy poco apto para las rigurosas exigencias del sacerdocio. En su forma de hablar hay cierto tono infantil, incluso un uso exagerado, aun para los guatemaltecos, de diminutivos; en todas las transcripciones de sus declaraciones utiliza el verbo "empiyamar", casi como si pensara en un mimo dedicado a él. Y la desconcertante acumulación de posesiones encontradas en sus habitaciones no concuerdan con el repudio al mundo material. El padre Mario dormía en una cama king size importada de Inglaterra. Casi todos los muebles de su recámara eran de caoba, incluso los libreros, que contenían unos seis mil tomos, sobre todo de temas teológicos, y aparatos electrónicos, como una televisión JVC de 36 pulgadas, una videograbadora y un equipo de sonido láser Pioneer. Tenía una computadora Macintosh 6500/300, una impresora Epson Stylus 800 a color, una colección de cincuenta CD-ROM, un equipo de sonido JVC cuadrafónico, y cerca de doscientos discos compactos, sobre todo de música clásica y baladas románticas populares. Tenía un sillón reclinable y una silla para la computadora forrada de piel. En el clóset tenía 65 camisas, casi todas de Ermenegildo Zegna o mandadas a hacer en Londres; doce sacos de piel, doce pares de zapatos italianos, veinte pares de pantalones y quince suéteres, todo de marca; cuatro cinturones Dunhill y por lo menos seis pares de piyamas. Tenía tres relojes caros, uno de ellos un Cartier de oro. En un cajón de la mesita de noche del padre había una pistola Walther calibre .380 y varios cartones de balas, descritos como un regalo de su hermano Sergio, y que el padre Mario afirmó que tenía intenciones de vender.
     Algunas de las cosas encontradas en las habitaciones del padre Mario reflejaban su amor extraordinario por Baloo. Había un perro de peluche en la colcha, y la cómoda exhibía trofeos que Baloo había ganado en concursos caninos, así como fotografías enmarcadas del perro. También había en la habitación fotografías de Baloo con una erección, o, como dijo Fernando Penados a una eminente figura de la Iglesia, "en su máxima expresión".
     Baloo fue un regalo que hizo al padre Mario su hermano Sergio. Durante cuatro años, a partir de 1992, el padre Sergio ocupó el prestigioso puesto de rector del Colegio San José de los Infantes. Durante su gestión, adquirió una deuda en su mayor parte injustificable de 4,800,000 quetzales (entonces casi 650 mil dólares). Parte de ese dinero se utilizó en pistolas: Colts, Taurus, Jericos. El cura regalaba pistolas, y las vendía. Esas pistolas ahora son un problema, porque muchas, que se compraron y se registraron a nombre de la escuela, están desaparecidas. También se han encontrado facturas de otras armas desaparecidas, y un conjunto de pistolas que nunca se registraron. Pero las pistolas, y los millones de la deuda, no fueron la razón de que se destituyera al joven cura. El padre Sergio "estaba teniendo problemas tipo Lewinsky", dijo el nuevo rector, José Mariano Carrera. "Según entiendo, su destitución se debió a las denuncias de varias maestras ante la curia".
     Carrera, mayor de sesenta años, me dijo que había deseadoretirarse a una pequeña granja cafetalera, pero cuando se hizo evidente que Sergio Orantes había hundido a la escuela en el caos, el arzobispo Penados, un viejo amigo, le pidió tomar las riendas del asunto. Hasta el momento, apenas se había pagado un millón de quetzales de la deuda. Ahora un consejo supervisa la contabilidad de la escuela, pero cuando Sergio estaba ahí podía hacer cheques del patrimonio escolar a su gusto, sin vigilancia de ningún tipo. "Aquí querían mucho a Sergio —dijo Carrera—, antes de irse regaló cuatro pistolas a cuatro de sus amigos de la escuela. Y, desde luego, perros" (criaba pastores alemanes en la escuela). El nuevo rector descubrió una cuenta bancaria del Popular Bank de Florida a nombre de ambos hermanos Orantes.
     El padre Mario iba a Houston dos veces al año a recibir tratamiento médico. Carrera me dijo que Baloo también iba a Houston, para que el padre Mario no estuviera triste. En Houston, el cura se quedaba en un departamento de su "madrina de ordenación", Martha Jane Melville, un soltera de mediana edad que pertenece a la familia dueña del monopolio del cemento en Guatemala. Melville es célebre por su belleza y su generosidad financiera con los católicos conservadores. Ella suministró —igual que las cuentas bancarias de Sergio— muchos de los objetos encontrados en las habitaciones del padre Mario.
     Monseñor Hernández, el canciller de la curia —un funcionario muy poderoso de la Iglesia, la persona a quien hay que recurrir para resolver los líos burocráticos (y el primero a quien llamó el padre Mario la noche del crimen)—, había arreglado el traslado del padre Sergio a otra parroquia, con un certificado que daba fe de que había dirigido, con responsabilidad y honradez, el Colegio San José de los Infantes, pese a los millones de quetzales injustificados de deuda. "Monseñor Hernández es como Richelieu —afirmó Carrera—. Se hace cargo de los asuntos del gobierno de la Iglesia". Se detuvo un momento a pensar en el dilema ético que estaba presentando. "Lo que me parecía raro es que, bueno, se trata de curas. Uno tiene que confiar en su santidad. Si Hernández sabía lo que estaba haciendo Sergio, se lo tendría que haber dicho a los arzobispos". Poco después de que se dieron a conocer los problemas de Sergio en la escuela, éste se fue de Guatemala. Cuando asesinaron al obispo, estaba de novicio jesuita en un seminario de Panamá. "Quién sabe si lo van a dejar graduarse o si lo irán a expulsar", dijo Carrera al preguntarle sobre cómo había repercutido la publicación reciente del pasado de Sergio en su situación. (Sergio Orantes, a quien no pude localizar, se había retirado del seminario.)
     Fernando Penados sabía por experiencia que investigar el asesinato de un prelado es un asunto delicado. La investigación del asesinato de Gerardi no sería una excepción. Para la Iglesia la indagación del crimen estaba sacando a la luz elementos de las vidas de algunos prelados que no resultaban muy agradables, por decir lo menos. "Nuestra responsabilidad era llegar a los hechos, pero nos preocupaba la reacción de los obispos al comunicárselos", me dijo Penados. No obstante, cuando éste advirtió al obispo Ríos Montt, sucesor de Gerardi en la ODHA, que una investigación cabal del crimen suponía exponer a la Iglesia a más vergüenza y escándalos, Ríos dijo: "si hace falta purificar la Iglesia para llegar al fondo de este crimen, entonces la purificamos".
     Una mañana, Ronalth Ochaeta, director ejecutivo de la ODHA, me llevó al lugar del crimen. Ochaeta es una persona intensa y de aspecto serio, y a menudo intimida a los demás. En julio suscitó una polémica, tras el arresto del padre Mario, cuando dijo: "Desde los tiempos de Jesús, la Iglesia siempre ha tenido sus Judas". Desde entonces, los voceros de la Iglesia han declarado con vehemencia su confianza en la inocencia del padre Mario. Con todo, afirma no arrepentirse de haber declarado lo de Judas. "Creo que Mario sabe más. No me cabe duda".
     Monseñor Gerardi murió a unos seis metros de la puerta del estacionamiento, junto a su jeep, estacionado frente al Golf que había utilizado la noche del asesinato. Ochaeta me mostró un lugar cercano al VW donde había quedado un gran charco de sangre. Junto al jeep se había formado otro charco más pequeño, alrededor de la cabeza del obispo, y había dos franjas de sangre embarradas desde el charco más grande al más pequeño, lo que indicaba que el cuerpo había sido arrastrado casi cuatro metros. Ochaeta especulaba que las asentaderas del prelado habían trazado esas franjas conforme lo arrastraban dos personas. Una lo alzaba de las axilas, la otra de las piernas. La teoría de Ochaeta es que los asesinos querían evitar que la sangre se escurriera hacia afuera, donde dormían los bolitos. Los fiscales han sostenido que las franjas de sangre se hicieron con un trapeador en un intento de crear pruebas falsas. Alegaron que el obispo fue asesinado en la habitación, o apenas fuera de ésta, del padre Mario, que el obispo había encontrado algo que el padre Mario no quería que viera su superior.
     Ochaeta me dijo que los anteojos del prelado, a los que faltaba una lente, se encontraron en el piso cerca de la puerta del asiento del conductor del VW. La lente había caído en la bolsa interna de la portezuela, lo que indicaba que Gerardi podría haber recibido el primer golpe en la cabeza al salir del coche. El trozo triangular de loseta de grava y concreto, de unos 3.5 kilos, apareció a metro y medio de la misma puerta del automóvil. El suéter que quedó en el piso estaba más cerca del frente del estacionamiento. Había sangre embarrada en la llanta derecha trasera del jeep y en el piso alrededor de esa rueda, lo que indicaba que el obispo había recibido los últimos golpes en la cabeza en ese lugar.
     La pequeña huella angosta estaba cerca del cuerpo y señalaba hacia la parte trasera del estacionamiento. Ochaeta pensó que pertenecía a la misma persona que había dejado las huellas de sangre (sin duda, la sangre de Gerardi), en los escalones que conducen a un corredor que comunica el estacionamiento con la iglesia, y las manchas de sangre encontradas en el muro de ese corredor. La huella es importante porque no concuerda con la de ningún sospechoso obvio, ni la hubiera podido dejar ahí el hombre sin camisa, que, según los bolitos, llevaba botas Caterpillar, cuya huella hubiera sido más grande. La huella es una clave de apoyo a una de las teorías que comparten los fiscales y la ODHA: que hubo más de un asesino. Ochaeta cree que uno de los asesinos estaba dentro de la parroquia, esperando, y que otro estaba oculto entre los bolitos y entró detrás del auto del obispo. Uno era el hombre que dejó su suéter manchado de sangre en el estacionamiento y se encontró con El Colocho cuando se alejaba; el otro podría haber huido por la iglesia y salir por cualquiera de sus puertas. Pero para salir por ahí alguien habría tenido que abrir la puerta de la sacristía. Había manchas de sangre en el cuarto del padre Mario y en diversos sitios de la casa, algunas de las cuales las encontró el perro la noche del crimen. El cura insistió en que había tenido cuidado de no pisar la sangre, aunque parece probable que lo hubiera hecho por accidente. Y aseguró que Baloo había estado en su habitación todo el tiempo.
     Nos interrumpieron a Ochaeta y a mí un grupo de niñas de la escuela de la Sagrada Familia. Llevaban velas y papalotes de colores hechos a mano, símbolo de comunión con los muertos en Guatemala. Los papalotes tenían pegadas fotografías recortadas de periódicos y titulares sobre monseñor Gerardi y el informe del Remhi, así como mensajes escritos a mano. Las niñas apilaron sus papalotes cerca de las velas y colocaron un arreglo floral junto al muro del estacionamiento, y luego entraron en la iglesia a rezar. Fue conmovedor. Es la primera generación de niños guatemaltecos a los que se les enseña que es posible pronunciarse contra el asesinato de Estado.
     20 mil espectadores observaron la procesión de curas y monjas que iba detrás del ataúd alrededor de la Plaza Central, frente a la Catedral Metropolitana. Un papalote tenía una fotografía del padre Mario, que fue uno de los que llevó en andas el féretro. Tomé otro papalote, en el que algún adulto había escrito "¿Y el sacerdote qué?". No debe descuidarse la participación de Mario Orantes. Ese papalote tenía una fotografía del padre Mario bajo custodia, derrumbado en una silla, con una mano en la frente, cubriendo un poco los ojos, la imagen misma de la miseria absoluta.
     Pese a la confusión que rodea el caso, cuando en Guatemala se dice que el asesinato del obispo Gerardi fue "un crimen perfecto" no significa que no haya sospechosos. Se sospecha del ejército. Pero es difícil entender por qué. Edgar Gutiérrez, director ejecutivo del proyecto de la Rehmi, me dijo que no se le había ocurrido que pudieran asesinar a Gerardi, dados los riesgos, el clamor inevitable y la presión de los grupos internacionales que seguirían el asesinato de una figura tan destacada. Apenas después se dio cuenta de que el homicidio había sido "una compleja jugada". Gutiérrez es una de las personas que se refiere al asesinato como una "obra maestra".

En su nivel más simple, el crimen puede verse como respuesta al informe de la Remhi, que había abierto las heridas supuestamente cerradas con los acuerdos de paz. El ejército tenía todos los motivos para querer matar al obispo Gerardi. El homicidio se interpretaría como advertencia de que el ejército no toleraría amenazas contra su posición en la democracia posterior a los acuerdos. Pero para que el crimen hubiera sido "perfecto", el ejército también hubiera tenido que quedar oficialmente impune. Y una forma de lograrlo sería disfrazarlo como consecuencia de un conflicto doméstico. Esta estrategia había funcionado bien antes. En el decenio de 1990, los opositores al gobierno habían sido asesinados en robos de coches, asaltos en las autopistas o crímenes pasionales ficticios. Se han documentado muchos de estos casos. Pero precisamente por lo común de esos métodos, para que el ejército quedara de verdad impune este crimen tendría que ser más ingenioso. ¿Qué tal con un escenario que pareciera implicar a la propia Iglesia en el asesinato, haciendo parecer que la relación entre Gerardi y Orantes había desembocado en un crimen pasional entre homosexuales? Que el hombre sin camisa visto al salir del estacionamiento había participado en algún acto sexual que había terminado mal. Que el dirigente de la ODHA era un "hueco" borracho, un maricón.
     Desacreditar al ala de la Iglesia que estaba tratando de promover una "justicia", además de la ordenada por los acuerdos de paz, iba de acuerdo con la política del presidente Arzú. Presidir los acuerdos de paz es el éxito más preciado de Arzú. Uno de los beneficios de los acuerdos, no el menor, fue la ayuda internacional que Guatemala obtuvo una vez reducido el número de violaciones a los derechos humanos que se le atribuían. El país tiene uno de los peores registros de infracciones a los derechos humanos de América Latina. La insistencia de los activistas de que se haga justicia es considerada por Arzú como algo que interfiere en el proceso de paz, y el asesinato de monseñor Gerardi coincidió con una feroz campaña del gobierno contra las organizaciones de derechos humanos en general, y la Iglesia Católica en particular. En septiembre, en un discurso pronunciado en la graduación de los cadetes militares, Arzú llamó a los activistas "casi traidores a la patria".
     El subtexto del asesinato del obispo Gerardi era que, por mucho que la paz hubiese transformado a Guatemala, el poder fundamental del ejército seguía intacto. Salvo que "el crimen perfecto" tuvo defectos y no fue perfecto, por lo que vio el taxista. La placa del coche a cuyo lado estaba el hombre de torso desnudo condujo a la ODHA al ejército. Además, casi nadie tomó en serio la insinuación de que el obispo fuera homosexual. Sin embargo, a la larga, quizás esos defectos del crimen perfecto no fueran sino una molestia para quien haya organizado la muerte del prelado.
     El fiscal asignado al caso, Otto Ardón, le dijo a Ochaeta que el padre Mario había sido detenido simplemente para hacerlo decir lo que sabía. Pero luego Ardón se obsesionó con tratar de achacarle el asesinato al cura. En cierta medida, esto debe haber ocurrido porque no quería perseguir a los Lima o a ningún otro personaje del ejército. Antes de llegar al Ministerio Público, Ardón fue abogado de la Fuerza Aérea; además, tiene vínculos familiares con el ejército. En 1997, lo quitaron de fiscal del caso de una masacre de más de trescientas personas. Los parientes de los muertos alegaban que su sesgo a favor de los soldados en el juicio era patente e intolerable. Ardón hizo saber que no quería el caso. Pero, como se lo encargaron, tenía que hacer algo, y persiguió con tenacidad la teoría de que el padre Mario había sido el asesino y Baloo su cómplice.
     En septiembre, la atención de la mayoría de los guatemaltecos se había clavado en el "espectáculo de carnaval del perro y el cura", y en la llegada de científicos y juristas expertos para la exhumación de los restos del obispo. Las especulaciones del Dr. José Manuel Reverte Coma, antropólogo forense español y el primero en proponer la teoría de que un perro había mordido al obispo poco antes, durante o después de ser asesinado, parecían tan apremiantes que se requería una nueva autopsia. En todo el país, los automóviles llevaban calcomanías que ponían: "¡Libertad a Baloo!" Corría el rumor de que el fiscal y sus hombres habían impuesto al perro una actividad casi mortal para enseñarle a obedecer órdenes de ataque en alemán, escritas en forma fonética en una hoja de papel encontrada en el cuarto del padre Mario. Esto no le pareció descabellado al joven abogado del padre Mario, José Toledo. "A veces, los abogados utilizan estrategias no del todo morales, y los fiscales no son la excepción", me dijo. "Están convencidos de que el padre tiene información que no quiere dar. Quieren presionarlo. Quizá se desespere, o se fastidie, y dé algo. Pero no sabe nada".
     Nadie de la ODHA creyó que el padre Mario fuera el asesino, ni siquiera que hubiera participado premeditadamente. Pero ¿y si lo habían chantajeado o amenazado para que no hablara? ¿Y si había visto o sabía algo? Alguien de la casa parroquial tenía que haber abierto la puerta de la sacristía, para permitir a uno de los asesinos huir por la iglesia, y probablemente alcanzar el Toyota Corolla dorado que el taxista vio pasar a toda velocidad esa noche. Todas las personas de la ODHA con las que hablé —inclusive el obispo Ríos Montt— dudaban de la explicación del padre Mario sobre la noche del asesinato. La gente tampoco creía la versión de la cocinera de no haber visto ni oído nada. El testimonio del padre Mario estaba lleno de contradicciones y afirmaciones difíciles de creer. Sus declaraciones le parecieron a casi todos un intento obvio de eludir otra versión.
     El padre Mario aseguraba que al encontrar el cuerpo la cara estaba tan golpeada que no reconoció al obispo. Pero había vivido con él durante ocho años. Y Gerardi tenía un aspecto muy característico: era un hombre corpulento, de tez clara, en un país donde no son así la mayoría de los hombres. Aunque el estacionamiento está bien iluminado, el padre Mario dijo a los investigadores que tuvo que iluminar la cara del cadáver con una linterna para reconocerlo. En interrogatorios posteriores, afirmó que no bastó siquiera con la linterna, que hasta no ver el anillo del obispo en su mano no lo reconoció. En por lo menos dos de sus declaraciones, el padre Mario indica claramente que los bomberos llegaron primero al lugar del crimen, seguidos de monseñor Hernández, acompañado de dos "jóvenes". Pero en sus declaraciones siguientes la versión del padre Mario coincide con el registro, que muestra que cuando los bomberos llegaron a la iglesia monseñor Hernández y los dos "jóvenes" ya estaban ahí. Uno de los jóvenes estaba en la puerta y el otro dentro, llamando por teléfono a las autoridades de la Iglesia.
     ¿Qué pudo haber pasado esa noche? ¿Recibió el padre Mario a un amante homosexual, y ese amante fue uno de los asesinos? ¿Los homicidas convencieron al padre Mario de colaborar en algo menos nefando, diciéndole, por ejemplo, que sólo venían a robar algunos documentos relacionados con la Remhi? En una conversación con Penados y Ochaeta unos años antes, Gerardi admitió haber oído decir que el padre Mario era un informante pagado del ejército. En cuanto a las preferencias sexuales del padre Mario, no hay sino rumores. Los investigadores de la ODHA sabían que la Iglesia creía que era homosexual, pero cuando Fernando Penados habló con los hombres que se suponía que habían sido sus amantes, éstos negaron toda relación de ese tipo.
     Unas noches antes de la exhumación, fui en taxi a la clínica veterinaria San Francisco de Asís, con la esperanza de que se me permitiera ver a Baloo, cuya supuesta participación en el crimen había hecho arrestar a su amo. José Toledo me dijo que ahí tenían al perro. El veterinario me dijo que no podía ver a Baloo, que se suponía que ni siquiera debía saber que estaba ahí. Pero aceptó dejarme entrar para hablar del perro. Me dijo que Baloo había llegado gravemente enfermo a la clínica, que había estado bajo custodia del Ministerio Público y estaba deshidratado, descuidado y casi paralizado de las patas traseras por causa de una espondilitis. Ahora estaba mucho mejor.
     El veterinario fue discreto, pero me enteré de que Baloo estaba en el patio con otros perros. "¿Entonces la gente que viene a ver a sus perros puede ver a Baloo?" Y respondió: "Sí, pero no saben que están viendo a Baloo". "¿Y qué tal si finjo que estoy entrando a visitar a mi chihuahua enfermo y usted no tiene que decir nada? Yo sólo miro a mi derredor para ver si reconozco a Baloo". El veterinario lo pensó un momento, y luego dijo: "Bueno". Comenzó a mostrarme la clínica. Nos detuvimos en la sala postoperatoria de recuperación, y luego entramos en un patio donde había jaulas grandes ordenadas a lo largo. Tres de esas jaulas tenían perros, y dos eran pastores alemanes. Me acerqué a uno, hablándole con mimos; le dije "hola, buen perro", y el perro, delgado y atractivo, saltó meneando la cola. Me aproximé a la otra jaula, donde un pastor alemán de ancho cuello, sentado como un rey, mostró los colmillos y gruñó tan amenazador que instintivamente retrocedí. El veterinario asintió con la cabeza y dijo "perro bravo".
     Habíamos convenido que no identificaría a Baloo.

"¿Cuál de los perros es el más viejo?", le pregunté, y el veterinario sólo se rio.
     ¿Baloo bravo o Baloo bueno? ¿Baloo había efectivamente mordido al prelado en la cabeza y un dedo pulgar, como sostenían el forense español y los fiscales? No sólo la libertad del padre Mario, sino todo el proceso de paz de Guatemala parecían depender, en esos días de septiembre, de la respuesta.
     Los expertos de los Estados Unidos que asistieron a la exhumación en representación de la odah, el 17 de septiembre, se encontraron con un proceso de certificación complicado hasta lo imposible que les permitió nada más que observar. El experto español del fiscal, Reverte Coma, ya había presentado credenciales que le permitían participar en la autopsia. Ronalth Ochaeta estaba furioso: "Esas mierdas ya tienen todo cocinado". Yo pasé el día anterior a la exhumación en las oficinas de la odah, viendo a los abogados trabajar en los teléfonos, o tratar de hacerlo. Los teléfonos de la odah estaban intervenidos y constantemente tenían interferencia estática y se desconectaban. Las personas no dejaban de colgar exclamando: "¡Puta! Secuestraron la llamada".
     Los asesores de la odah eran Norman Sperber, dentista forense en jefe de los distritos de San Diego e Imperial de California, testigo experto en casos como los de Jeffrey Dahmer y Ted Bundy, y Jack Palladino, investigador privado y abogado de San Francisco, cuya lista de clientes incluye al presidente Clinton. También Robert Bux, jefe adjunto de investigadores médicos de Bexar, Texas, veterano de exhumaciones en gran escala realizadas en Bosnia y autor de "Death Due to Attack from Chow Dog", publicado en el American Journal of Forensic Medicine and Pathology. Al alba del día de la exhumación, se unieron a ellos en el atrio de la Catedral Metropolitana los obispos, los fiscales del Ministerio Público, abogados, forenses guatemaltecos especializados, observadores de las Naciones Unidas, y aun el embalsamador del obispo. Conducido por el obispo Ríos Montt, el grupo entró en la catedral y bajó a las criptas subterráneas. Algunos se pusieron máscaras quirúrgicas. Se ofreció una silla a Reverte Coma, de 76 años. Todos los demás estuvimos de pie durante quince minutos, mientras dos albañiles abrían el muro de la cripta. Luego se extrajo el ataúd rojo, se colocó en una base, se limpió con un trapo. Se abrió la tapa, y Ríos Montt pronunció un Padre Nuestro.
     Más tarde, ese mismo día, durante el estudio del cadáver, los estadounidenses pudieron confirmar gran parte de lo que ya había revelado la primera autopsia: la causa de la muerte fueron golpes contundentes en la cabeza, algunos infligidos con algún objeto que coincidía con el trozo de loseta. Pero también encontraron una fractura en el puente de la nariz del obispo causado por un objeto duro y cilíndrico, como un tubo, lo que sostenía la teoría de que hubo más de un asesino.

Reverte Coma llegó a su teoría de las mordidas de perro mediante el estudio de las fotografías de la autopsia. Un arco de cuatro perforaciones en la frente del obispo había llamado su atención. Un molde de los dientes de Baloo se ajustaba con exactitud sobre esas marcas, pero como las fotografías se habían ampliado 25%, eso no parecía demostrar nada. Además, según el doctor Sperber, las marcas no tenían la forma romboidal de las mordidas de perro, ni había indicios de rasgaduras furiosas. Las lesiones ni siquiera se parecían, y bien hubieran podido ser producidas por las orillas desiguales del pedazo de concreto. La prueba decisiva de una mordida hubiera sido marcas de penetración en el cráneo: los dos caninos superiores, de una pulgada de largo cada uno, eran mucho más largos que los dientes centrales, de modo que para que estos cuatro dientes dejaran una marca en la piel, los colmillos hubieran tenido que penetrar la capa de carne grasa y llegar al cráneo, quizá hasta al cerebro. Levantar la piel —y eso les bastó a los expertos del odah— hubiera bastado para demostrar que el hueso estaba intacto. Con todo, durante la autopsia Reverte Coma mantuvo un gran recipiente de agua industrial en constante ebullición. "Quiere llegar a lo que conoce bien, los huesos", me explicó Palladino. Reverte Coma insistió en hervir el cráneo del obispo en busca de indicios de penetración de colmillos, que, según otros especialistas, evidentemente no había.
     Parecía que la teoría de la mordida del perro quedaría demolida. Pero en una conferencia de prensa celebrada el último día de la exhumación, Reverte Coma abrazó a Otto Ardón y dijo efusivamente: "¡Qué expresión de triunfo tiene usted!"
     Para mí, el desempeño de Reverte Coma fue uno de los episodios más grotescos del caso. Con su acento castellano teñido de altanería hidalga, se refirió a los expertos estadounidenses como "muy bárbaros", y defendió su tesis de la mordida de perro. Extendió una mano y la golpeó con los dedos cerrados de la otra para ilustrar cómo un perro puede morder sólo con los dientes de arriba. "Es su palabra contra la mía", dijo desafiante. Luego representó el crimen. Primero, era el padre Mario ordenando al perro: "Fass!" ("¡Ataca!", en alemán); luego era Baloo, arrojándose; luego el obispo Gerardi agazapado, cubriéndose la cabeza con los brazos para protegerse del perro; después, de nuevo el padre Mario, pateando la cara del obispo con el zapato. "El individuo o individuos que patearon al obispo en la cara lo detestaban profundamente", anunció Reverte. "Han querido hacer parecer que se trataba de un crimen político. ¡Mentira! ¡Se trata de un crimen doméstico y eso es en extremo obvio!"
     Unos días después, la prensa de Guatemala informó que Reverte Coma había sido expulsado de la exhumación organizada por las Naciones Unidas de las víctimas de la masacre del Mozote, en El Salvador, por estorbar la investigación con interpretaciones ridículas: todos esos esqueletos pequeñitos no eran de niños asesinados —había sugerido— sino de guerrilleros adolescentes, jóvenes reclutas de una raza de hombres pequeños y desnutridos, que habían muerto en la batalla. Reverte Coma es un entusiasta del Quijote. Es autor de treinta libros, entre ellos De la macumba al vudú y La maldición de los faraones.
     Vi un video de Baloo cojeando aturdido durante el análisis de pruebas en el patio de la clínica de San Francisco de Asís. Parecía un perro viejo, decrépito, enfermo, sin vitalidad. Era el mismo que me gruñó, el perro bravo, pero no parecía capaz de nada más. Además, la hermana del obispo Gerardi, que había vivido durante algún tiempo en la casa de la parroquia mientras se recuperaba de una enfermedad, me dijo que si bien Baloo en efecto tenía mal carácter, quería mucho a monseñor Gerardi y a menudo dormía a sus pies.
     Los restos de Gerardi fueron devueltos a su féretro y, tras una misa sencilla, se sellaron de nuevo en su cripta. El jurado, y sus aliados de la prensa, sobre todo el periódico Siglo Vein-tiuno, cuyo consejo editorial está formado por destacados integrantes de una camarilla de las familias más ricas y conservadoras del país, se aferraron a la hipótesis de Reverte Coma. Las declaraciones e informes que Palladino y los doctores Bux y Sperber entregaron, con explicaciones detalladas de por qué no había posibilidad de que las lesiones fueran de mordida de perro, fueron calificados de confusos. El juez decidió que ninguna de las partes demostró su posición. Entonces la exhumación y desmembramiento del cadáver del obispo no parecía haber resuelto nada después de todo. El padre Mario se quedó en la cárcel y Baloo siguió viviendo en una jaula en la clínica.
     En las siguientes semanas la prensa continuó informando del confinamiento de Baloo. Cuando la salud del perro se deterioró, se informó que los veterinarios creían conveniente sacrificarlo. Pero la decisión correspondía al padre Mario, y éste insistió en dejar vivir al perro, al que se refiere como "mi gordito". Se construyó una carreta con un arnés de cuero para ayudar a Baloo a desplazarse con sus patas traseras tullidas.
     Ardón renunció en diciembre, y asumió el cargo un nuevo fiscal, Celvin Galindo. Éste me dijo a principios de enero que se negaba a seguir un juicio contra el padre Mario. "Se han perdido tantas pruebas y posible información", dijo Galindo. "Se han desperdiciado ocho meses. Ardón no me dejó nada". Aceptó que lo estaban presionando para liberar al cura: "La opinión pública no está convencida de la participación del padre Mario". Pero Galindo sospechaba que encubría algo. "Sabe más de lo que ha dicho", aseguró.
     El público no quedó convencido del cuento de Baloo, y ahora las crónicas periodísticas comenzaban a asociar al padre Mario con una nueva teoría del crimen. En ésta participaba el canciller de la curia, monseñor Hernández. Uno de los "jóvenes" que había acompañado a monseñor Hernández a la iglesia de San Sebastián cuando lo llamó el padre Mario la noche del homicidio era una muchacha llamada Ana Lucía Escobar, descrita por la prensa como "sobrina" de monseñor Hernández. Era la hija de su ama de llaves de toda la vida, Imelda Escobar, y vivía en la casa de la parroquia con ellos. Ana Lucía había sido arrestada a fines de 1997 por formar parte de un grupo de secuestradores, pero, como suele ocurrir cuando los criminales jóvenes tienen relaciones de poder o de dinero, pronto la liberaron junto con los demás miembros de la banda. Un juez afirmó que faltaban pruebas para retenerlos. Ahora corría la voz de que el padre Mario traficaba con imágenes y reliquias de las iglesias, con Ana Lucía y su pandilla, llamada Valle del Sol. Esta teoría sugería que Valle del Sol había asesinado a monseñor Gerardi porque había descubierto sus actividades. Una de las fuentes de esta versión —aunque esto no se difundió— fue una mujer llamada Blanca Lydia Contreras Castillo, que había estado casada con el hermano de monseñor Hernández. Ella había ido desde su residencia en Canadá para declarar ante Ardón, cuando éstetodavía era fiscal del caso. Su relato fue una madeja de chismes de la familia, algunos seguramente verdaderos, gran parte inventados o exagerados.
     Contreras describió cómo la madre de Ana Lucía llegó a trabajar con monseñor Hernández a principios de los setenta, cuando él era sacerdote de la parroquia. Según Contreras, ella era una mujer pobre con varios hijos, pero pronto comenzó a verse que se enriquecía. Pocos años después de haber comenzado a trabajar con Hernández, se embarazó de Ana Lucía, y le insinuó a Contreras que Hernández era el padre. Las declaraciones de Contreras estaban llenas de historias de negocios del ama de llaves con objetos valiosos de la iglesia, y de acontecimientos espeluznantes ocurridos años antes, cuando Hernández era sacerdote y los muchachos Orantes pertenecían a su parroquia. Describió al joven Mario y Ana Lucía y sus amigos retozando desnudos en el altar de una iglesia, escena llamativa pero poco fiable, considerando la diferencia de doce años que hay entre el padre Mario y la chica.
     A lo largo de sus declaraciones, Contreras trazó un panorama de monseñor Hernández atrapado en un infierno perpetuo, constantemente amenazado con ser delatado por su ama de llaves delincuente y la hija de ambos. Según Contreras, Ana Lucía le dijo a monseñor Hernández que haría público que era su padre si no usaba su influencia para ayudarlos a ella y a sus amigos, comprendido el padre Mario. Contreras dijo al fiscal haber escrito dos cartas al obispo Gerardi poco antes del asesinato, pidiéndole encontrar una forma discreta de desenredar a monseñor Hernández de esas dos mujeres. Dijo que había llegado a creer que el obispo Gerardi había sido asesinado por esas cartas.
     En Guatemala hay un dicho: "Hijo negado, pinto y parado", que quiere decir que cuando se niega la paternidad, el hijo al crecer es idéntico a su padre. Ana Lucía es delgada y bonita, y con la misma complexión oscura de monseñor Hernández, su cara redonda, suave y expresiva, los ojos casi orientales. Fernando Penados no cree que esté directamente involucrada en el asesinato de Gerardi, pero muchas personas sospechan que monseñor Hernández es su padre. Penados me dijo que los documentos de identificación de Ana Lucía declaran que es de padre "desconocido", pero que el pasado otoño, cuando se sospechaba de su participación en el caso Gerardi, un hombre se presentó y dijo ser el padre.
     Hablé por teléfono con Ana Lucía varias veces. Negó todas las acusaciones que se le hacen, y dijo que había terminado con su novio hacía varios años, un integrante de la pandilla Valle del Sol que tenía antecedentes de varios arrestos por posesión de drogas y armas sin registro. La única vez que se sorprendió fue cuando mencioné a Blanca Lydia Contreras. Sabía de quién se trataba, pero no sabía que había ido a Guatemala a declarar en su contra. Los fiscales que quisieran tratar de atribuirle el asesinato a Ana Lucía Escobar tendrían el problema de que su coartada se ha corroborado rotundamente: que su madre la despertó a media noche, y entonces ella llevó en el coche a monseñor Hernández y a un primo a San Sebastián, adonde llegaron pocos minutos antes que los bomberos. Ana Lucía es la "joven" descrita por el padre Mario que hizo varias llamadas por teléfono para avisar a algunos funcionarios de la Iglesia del asesinato del obispo. Pero ¿podría haber llamado también al teléfono que está fuera de la academia militar de San Marcos la noche del crimen, ese teléfono arrancado de su poste? ¿Logró el ejército utilizar de algún modo a la pandilla Valle del Sol para llevar a cabo el crimen?

Una tarde visité al padre Mario en el hospital de la Ciudad Vieja, donde había sido internado por una infección pulmonar agravada por otros problemas relacionados con la tensión, incluso desmayos y taquicardia. Había un guardia armado en las escaleras fuera de la habitación del cura. El padre Mario tenía puesta una bata y piyama, y se había dejado crecer la barba. Mantuvo los ojos clavados en el piso casi todo el tiempo que duró nuestra conversación, aunque la visita fue muy breve. Gesticuló enojado cuando mencioné a Ana Lucía, e insistió en que no la conoció hasta que acudió a la casa de la parroquia la noche del crimen. Pero los hermanos Orantes habían tenido un estrecho contacto con la casa de monseñor Hernández durante muchos años, y Los Intocables aseguran haber encontrado el nombre de Ana Lucía y su número de teléfono en la habitación del padre Mario.
     A principios de febrero, monseñor Hernández renunció a su puesto de canciller de la curia. Afirmó que no se jubilaba por lo que se estuviera diciendo y publicando sobre el caso, sino "porque en menos de dos meses cumplo 65 años y estoy cansado".
     Penados había temido que también hubieran asesinado al testigo cuya información le había sido de mayor utilidad, el taxista, pero éste reapareció para ver al sacerdote de su parroquia cuando tuvo un problema con su hija de trece años. Se llama Jorge Diego Méndez Perussina, y es sobrino del general Roberto Perussina, antiguo ministro de la Defensa. Desde los doce años consume drogas. Durante treinta años vivió al margen de la ley, cuidándose de la policía. Hasta muy recientemente, en Guatemala las placas de cuatro números, sobre todo ciertas combinaciones, pertenecían a vehículos de la policía o el ejército. Cuando vio al hombre sin camisa al lado del Toyota esa noche, pensó que había una redada.
     Cuando su familia se enteró de lo que él había visto y de que estaba dispuesto a declarar, el taxista comenzó a recibir visitas de parientes que no había visto hacía años, inclusive el general Perussina, y un primo que trabajaba en una sección del Ministerio de la Defensa. Con todo, rindió su declaración ante Celvin Galindo, en enero. El día antes de declarar, dos hombres lo secuestraron y lo metieron a la fuerza en un automóvil. Le vendaron los ojos y durante dos horas lo llevaron en el coche dando vueltas, y las únicas palabras que oyó decir a sus captores fueron: "Nomás ordena matar a este hijo de la gran puta de una vez por todas". Cuando se detuvieron para que uno de los hombres pudiera hacer una llamada desde una cabina telefónica, logró escapar del coche —raspándose las rodillas y las manos, que me mostró— y corrió a un hospital cercano. Dadas sus relaciones familiares, pensó que se trataba más de un intento de atemorizarlo que de una verdadera "desaparición" frustrada.
     El 17 de febrero se celebró una audiencia en el hospital donde estaba internado el padre Mario, y un nuevo juez aceptó la solicitud de la odah de que se liberara al padre pero que su investigación siguiera en curso. El juez también dictaminó que el testimonio del taxista era pertinente. Al día siguiente, el nombre del taxista apareció en los periódicos por vez primera, y su madre recibió una llamada de su hermano, el general Perussina, diciendo que iban a matar a su hijo y que tenía que salir del país. Se fue el 25 de febrero.
     En la odah piensan que ahora que el padre Mario está libre querrá hablar menos que nunca. Ha sido tratado ampliamente —incluso por los voceros de la Iglesia, que tratan de evitar que se mancille más todavía la imagen de los sacerdotes— como una víctima inocente de una persecución injusta. Luego de salir del hospital, el padre Mario siguió convaleciente en casa de sus padres. Su madre fue a la clínica de San Francisco de Asís para recoger a Baloo. Una muchedumbre de periodistas vio llevar al perro al coche, pero no se les permitió ir a la casa a presenciar la reunión de Baloo con el padre Mario.
     El gobierno tiene una enorme presión para inculpar a alguien del asesinato. Es año de elecciones en Guatemala, y el partido de Arzú ha perdido fuerza por el escandaloso manejo del caso. El presidente necesita defender la integridad del sistema jurídico. Algunos de sus asesores seguramente le estarán diciendo que ya es el momento de abrir la investigación de la participación de los Lima y el ejército. Pero la solución más fácil al problema es insistir en que, para comenzar, las hipótesis del gobierno nunca tuvieron una falla importante. Con ese propósito, los fiscales siguen investigando a Ana Lucía, a la pandilla Valle del Sol, a monseñor Hernández, el padre Mario, e incluso a Baloo... pero no al ejército. Un laboratorio criminalista del FBI informó a fines de febrero que el ADN del suéter manchado de sangre encontrado cerca del cuerpo de Gerardi era compatible con la sangre encontrada en el cuarto del padre Mario, y que esta novedad podía utilizarse para volver a arrestarlo, aunque la escena del crimen estaba tan contaminada que el ADN del suéter podía haber llegado a cualquier parte.
     Llegué a pensar en el asesinato de monseñor Gerardi como el último gran crimen de la Guatemala del siglo xix. Evocaba las intrigas de masones y jesuitas, que habían llevado a las dos instituciones más influyentes del país, el ejército y la Iglesia, a su enfrentamiento más amargo desde el decenio de 1870, cuando triunfó la revolución liberal y el general Barrios expulsó a los jesuitas del país, devolvió a las monjas a sus claustros y dio a los protestantes, antes considerados herejes, una posición que ya nunca perdieron. El general Barrios fue el tirano que Enrique Guzmán dijo que había vuelto discretos incluso a los borrachos de Guatemala, y que de muchos modos le dio a la sociedad su forma de hoy.
     Penados y el ODHA habían tratado de defender a la Iglesia contra las maquinaciones del ejército, pero al presionar por obtener la verdad sacaron a la luz debilidades de la propia Iglesia. Un día, mientras hablábamos de Ana Lucía y los hermanos Orantes, Penados dijo, titubeante: "Espero estar haciendo lo correcto". No es un católico particularmente devoto, pero creo que fue sincero al decir: "Se trata de hacer justicia por el asesinato de un gran hombre, lo que eleva todo al plano espiritual. Se siente a Dios observando".
      

     En los últimos cinco meses, muy poco ha cambiado acerca del Caso Gerardi. El juez Henry Monroy no tardó en seguir al taxista rumbo al exilio en Canadá. Ronalth Ochaeta, después de recibir terribles amenazas de muerte contra él y su familia, dejará con licencia la ODHA y llevará a su familia a Costa Rica, donde trabajará para la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
     La investigación privada del caso Gerardi llevada a cabo por el ex juez Solís Oliva, hijastro del coronel Lima, fue tratada prominentemente y con una sorprendente carencia de escepticismo por oficiales guatemaltecos y por la prensa. Solís Oliva admitió haber estado involucrado con escuadrones de la muerte bajo un régimen militar anterior, en la década de los ochenta. Sus conexiones militares son indudablemente extensas. Su investigación desembocó en la explosiva acusación de que el general Espinoza, recientemente ascendido a secretario de la Defensa, había tramado el asesinato junto con otros miembros prominentes del Estado Mayor Presidencial, reclutando a la banda de Valle del Sol para que efectuara el atentado. El ex juez Solís Oliva absolvió a sus familiares —el coronel Lima Estrada y el teniente Lima Oliva— de cualquier participación en el crimen. Sospecho que las acusaciones de Solís Oliva son un intento de adjudicar el crimen al general Espinoza y otros prominentes militares para evitar que éstos señalen a sus dos familiares como los únicos chivos expiatorios.
     Fernando Penados confió alguna vez que sospechaba que los asesinos reales —el hombre sin camisa et al— ya deben estar muertos. Que si eran miembros de una banda o efectivos militares de bajo nivel, entonces eran sacrificables. En ese sentido, el fiscal Galindo ha ordenado que se hagan pruebas de ADN a los restos de un cadáver sin cabeza y sin manos descubierto poco después del asesinato del obispo.
     Lo último que supe del obispo Efraín Hernández es que está viviendo en retiro en España. El padre Mario Orantes no ha sido asignado a una nueva parroquia, y vive tranquilamente con sus padres y Baloo.
     Durante un tiempo parecía que la atención mundial enfocada en Guatemala después de las conclusiones de la comisión de la verdad ejercería una presión real sobre el gobierno y el ejército para resolver el caso. Pero la atención mundial ha pasado a otros asuntos. El ejército parece mejor atrincherado que nunca. Y el "aristocrático" presidente Arzú, al final de su periodo, continúa iluminando con su liderazgo. Después de meses de silencio, la comisión de la verdad finalmente habló en julio para rectificar sus recomendaciones de reformar al ejército, y específicamente retirar el cargo de genocidio. Señaló que genocidio es un intento de exterminar a un grupo étnico, y que cualquiera puede atestiguar que aún hay indios viviendo en Guatemala. -— Traducción de Rosamaría Núñez