El arte de revolucionar | Letras Libres
artículo no publicado

El arte de revolucionar

A estas alturas, para nadie es ya noticia que en la cruda realidad de las “sociedades sin clases”, la clase se distingue de la sociedad. Tras la caída del Muro de Berlín, por ejemplo, se encontraron en la mansión del camarada Erich Honecker junto al lago Wandlitz a las afueras de Berlín, además de numerosos autos, un boliche y un cine privados, una colección de 4,864 películas importadas de Alemania Federal –en su mayoría, pornografía–, con un costo de 1.3 millones de marcos. Prebendas de la corrupción.

Algo análogo ocurre en –shhh...– Cuba.

En diciembre de 2009 viajé a La Habana y me hospedé como ilegal en la casa de una familia, en Vedado. Carecían de lo más elemental: el refrigerador preservaba media papaya y la ducha había sido sustituida hacía años por una olla con agua de la estufa y una taza: el auténtico  “baño cubano”, me explicaron.

Por ahí, un local se anunciaba como panadería, pero jamás encontré siquiera una miga. En la esquina, las altas ruinas del Hotel Capri –cuya “C” rota data de tiempos inmemoriales– sirven a lo más como hito para el peatón. Al doblar la esquina, el panorama se transforma: los juegos del Salón Rojo, una agencia BMW y, al fondo, el majestuoso jardín del Hotel Nacional, que simboliza la sofisticada entrada a otra dimensión: glamour,  cocteles, mujeres que se acercan a conversar, internet de banda ancha...

Visité a Wilfredo Prieto, uno de los artistas más renombradosde la isla, y al fotógrafo Alejandro González, nieto de Raúl Castro. Mentiría si dijera que sus casas ostentan lujo, pero tampoco les falta lo necesario. La cava de Wilfredo está aprovisionada con las mejores etiquetas y Alejandro goza de conexión rápida a internet (lo encontramos viendo un concierto de –si no me traiciona la memoria– R.E.M.). Con todo, el fotógrafo y sus amigos se quejaron de lo difícil que se había tornado la situación porque, desde ese día, las restricciones de viajes al extranjero habían empeorado para los artistas.

Alguien del corrillo me invitó a una fiesta. En lo alto del célebre Hotel Inglaterra vi departir a la clase: rostros afilados y cuerpos escultóricos, vestidos de diseñador y alhajas, meseros, alcohol y comidas inimaginables para los transeúntes cinco, seis pisos más abajo. Esa realidad era por completo ajena a la de mis desdichados caseros, quienes con solo alojarme se jugaban el pellejo.

Por las mismas fechas llegó a una de esas cocktail parties el fotógrafo americano Michael Dweck; aunque su carrera fotográfica es aún breve, sus proyectos The end: Montauk, N. Y.(2004) y Mermaids (2008) cobraron con rapidez sensual nombradía. Dweck se inmiscuyó en la clase y logró uno de sus retratos más perturbadores, justo por el ambiente despreocupado y tan alejado de la vida –real, nacional, cubana– que capturó. Publicó entonces el libro Habana Libre, que acompaña una exposición itinerante homónima (las fotos estuvieron expuestas en San Francisco, y a partir de este mes darán la vuelta al mundo para exponerse en Toronto, Tokio, Nueva York, São Paulo y –¡lacerante ironía!– también en la Fototeca de La Habana).

El libro muestra la vida de los cubanos privilegiados, despreocupadamente nocturna, en conciertos, en la calle y en salones. Y también sus distracciones diurnas, como un parque de diversiones, donación del gobierno chino, que la sagacidad de Dweck apoda “Coney Island”; tampoco faltan las pasarelas, ni los shows de moda, ni los artistas y sus pasatiempos. Particular interés muestra el lente de Dweck por la sangre caribeña de la mujer cubana, a la que retrata siempre sensual: en el mar y la cama, bailando o entregándose, en un auto o encendiendo un cigarrillo parapetada en unas inmensas gafas oscuras de importación.

En septiembre, Antonio José Ponte erró al comentar Habana Libre (“En el árbol dinástico de la revolución”, El País): “En una imagen de promoción del libro, Alejandro Castro abraza a dos modelos negras.” Ponte leyó mal el pie de foto que acompañaba una nota de The New York Times (“What would Che say?”), en la que se ve a Januaria y Jany, dos modelos, bailando con un diseñador de modas, según me explicó Dweck (p. 229).

En su desatinado texto, Ponte insistía: “En otra [fotografía], Camilo Guevara pareciera estar sentado ante una mesa de juego.” Dweck piensa que nunca se le había fotografiado para una publicación no cubana, pero una búsqueda en Google lo desmiente.

En la imagen aparece el hijo del Che muy concentrado, con la barbilla en la cuenca de la mano (p. 33). Pero, en realidad, atiende una entrevista, que el libro –junto con otras–  también recoge. Adopta un acentuado tono aleccionador, sin advertir lo aburrida que resulta su perorata; quizá solo llegue a interesar la línea última: “En el corto plazo, estamos ciertos de cómo opera el país; en el largo plazo, bueno, ahí habrá cosas que discutir.”

¿Se discutirá de verdad algo? ¿Se ha discutido cualquier cosa las últimas cinco décadas y pico? Gracias a Dweck, la clase (creativa) cubana –la única con nociones, restringidas, de libertad: artistas, fotógrafos, cineastas, modelos, actrices, músicos, bailarinas– se revela epidérmica y superficial, vacía, falta de ideas y de autocrítica, atenta solo a la diversión a pesar de su hermoso santo y seña: “Por un mundo mejor”.

Dweck gusta delformato blanco y negro y de tenues desenfoques. Las fotos a color –en particular el díptico de la regadera del Club Habana  (pp. 135-136)– tienen, además, el toque cálido al que las últimas campañas publicitarias de Michael Kors, brillantemente fotografiadas por Mario Testino, nos han ya acostumbrado. También “El famoso malecón a las 7 de la mañana” (p. 230) recuerda de modo inexorable al atardecer abierto, templado y ya icónico en Arpoador, de MaRIO DE JANEIRO Testino.

Por su valor artístico y simbólico resulta emblemática la imagen del estudio de René Francisco, donde una serie de tubos de pintura, engarzados a la mesa de trabajo, queda completada por dos balas (p. 30). Arte y Revolución: vasos comunicantes: el arte de la Revolución: la Revolución a través del arte: la Revolución del arte...

En estas mismas páginas, José Manuel Prieto recuerda un discurso de Fidel Castro en 1968:

 

Subsiste todavía una verdadera nata de privilegiados, que medra del trabajo de los demás y vive considerablemente mejor que los demás, viendo trabajar a los demás.

 

A estas palabras solo cabe sumar el lema ya clásico pintado en una barda de la Avenida de los Presidentes  (p. 16): “De estos hombres se hace un pueblo.” ~