El arca de los libros prohibidos | Letras Libres
artículo no publicado

El arca de los libros prohibidos

Praga.- Tuve el honor de ser designado para acompañar al presidente Václav Havel en la presentación del libro Pruebas de contacto de Raúl Rivero, el poeta y periodista cubano que acaba de salir de la mazmorra a la que había sido condenado por defender la libertad de expresión. Recién aparecía la traducción al checo de su doloroso libro. El presidente Havel quiso embellecer el acto con la informalidad bohemia que correspondía a un hombre y una obra perseguidos por la última dictadura de Occidente y la reunión, a su pedido, tuvo lugar en un café donde confluyen los artistas de Praga, pero que en esa ocasión desbordó escritores, políticos y periodistas de numerosos países del mundo.
     Tras el emotivo acto renació mi interés por los libros prohibidos durante el comunismo que hasta 1989 había conseguido amordazar la producción literaria y artística de un tercio de la humanidad. Me habían contado que en esa ciudad mágica existía un sitio también mágico donde se guardaban los famosos samizdat impregnados de coraje y esperanza. Samizdat era una palabra que había adquirido resonancia épica. La hermosa guía checa que habían escogido para mis recorridas de la ciudad, y con quien hablamos en fluido francés, sabía del lugar y prometió llevarme. Cruzamos esa gema de la arquitectura y la historia que es la plaza irregular de la Ciudad Vieja, fundada en el siglo xii, y caminamos bajo la perfumada llovizna de otoño hasta una plaza vecina llamada Senovázné. Un edificio antiguo, como son casi todos, y una puerta alta y reseca correspondían al sitio buscado. Me dispuse a caminar el tiempo hacia atrás, hacia los años de la cerrada opresión que tan bien habían descrito plumas como Havel, Iván Klima y Milan Kundera.
     Penetramos en un recinto sagrado. Pero en lugar de incienso saltaba al rostro el olor del papel seco y las encuadernaciones antiguas. La luz penetraba en haces angostos y platinados, como si correspondiesen a reflectores escondidos. Nuestros zapatos hicieron crujir las maderas y en torno a mi cabeza percibí el revolotear de espectros. Apenas avancé tuve la sensación de haberme internado en un laberinto organizado con paredes llenas de tomos. Los miré con la intensidad que uno transfiere a la vista cuando se ansía convertirla en tacto. Mis pupilas realmente tocaban y acariciaban, no así mis dedos, porque habría sido una profanación. Me envolvían como un abrazo de oso obras que fueron escritas con lágrimas y valentía, con desesperación y pánico, que significaron la condena de sus autores a la cárcel, la tortura física y moral, los juicios sumarios, la humillante y forzada autocrítica, la ejecución. Esto fue así hasta ayer, es decir hasta hace apenas quince años. Esto es así aún hoy, en un amado país del Caribe. Pensé que tal vez iba a encontrarme con los libros de Raúl Rivero y otros cubanos que no se resignan a callar. Pero todos los lomos que me esmeraba en descifrar estaban escritos en checo o eslovaco, pocos en ruso.
     Caminé ida y vuelta por los pasillos densos, hundido en la montaña de papeles que me rodeaba. Olía los volúmenes, los miraba y también trataba de escuchar los murmullos que contenían tantas palabras subversivas juntas. Mi bella guía se comunicó en checo con el bibliotecario, con quien yo no había logrado entenderme ni en castellano, inglés, francés o alemán. Me sorprendió que sólo hablase checo y eslovaco, pero no necesitaba otra lengua para atender las joyas de esa arca gigante. Me hizo saber a través de mi acompañante luminosa que podía tocar los libros, sacarlos de los anaqueles, hojearlos. Entonces comenzó un banquete.
     El primer frágil volumen que tomé en mis manos estaba encuadernado en forma casera, como todos los demás. Lo abrí y me sorprendió que tuviese hojas muy finas. Pero se explicaba, porque esas hojas eran copias en papel carbónico de color añil. El libro había sido pasado a máquina en forma clandestina. ¿Cuántas veces? Tal vez cuatro o cinco o seis. Las copias no siempre eran bien legibles, pero se las sometía a una paciente encuadernación y luego se las distribuía a mano, con la prudencia de no ser descubiertos por el inclemente aparato represor.
     El segundo volumen también era una copia a carbónico casi fuliginoso y se podía leer mejor; tenía menos páginas, era un libro de poesía. El tercer libro me produjo un estremecimiento: estaba escrito a mano, con lapicera, y contenía varias fotografías. El bibliotecario explicó que había muchos libros con fotografías, en particular los testimoniales; esas fotografías constituyen ahora un repositorio de gran valor para reconstruir los años de la dictadura.
     Las obras prohibidas que fueron rescatadas por esa institución suman varios millares. Comprenden ensayos, novelas, cuentos, poemas y testimonios diversos. Encontré títulos de Václav Havel, que también tuvo que recurrir a la técnica del samizdat aunque había conseguido que algunas de sus piezas fuesen representadas.
     Otra sorpresa fue reconocer a autores franceses, ingleses y americanos traducidos al checo. Eran los que el régimen no autorizaba. Entre ellos —¿no es impresionante?— obras de Jean Paul Sartre. Sartre fue un pensador contradictorio que había decidido apoyar el socialismo real aunque no podía refutar la sistemática violación de los derechos humanos y su fracaso como sistema alternativo. Pero como no siempre medía sus palabras, una vez dijo algo que no gustó a las autoridades comunistas que, con la presteza no aplicada a otros rubros, lo prohibieron durante una época. Entonces también sus obras tuvieron que saborear el amargor de la clandestinidad gracias a los valientes checos que decidieron mantenerlo vigente y se tomaron el trabajo de reproducirlas a máquina.
     Varias obras fueron vedadas luego de haber sido impresas con la debida autorización del gobierno y los ejemplares que pudieron rescatarse de la destrucción siguieron marchando por las arterias subterráneas del samizdat. Estaban ahí, en ese templo de los libros prohibidos. Otras obras que no habían sido aún impresas —pero integraban las nerviosas colecciones "ilegales"—, tuvieron la fortuna de recibir el favorable comentario de un jerarca del Partido y entonces marcharon hacia las imprentas del Estado, las únicas que podían realizar tiradas significativas.
     Esta arca tiene un nombre oficial: Libri Prohibiti. Fue inaugurada un año después de la Revolución de Terciopelo y expresa la voluntad de defender la libertad de expresión e información de un pueblo que supo cuánto duele no tenerlas. Es también una denuncia a la traición cometida por los comunistas que habían luchado por esa libertad cuando estaban en el llano y la castraron ferozmente cuando alcanzaron el poder. Esa entidad es sostenida en forma privada e independiente por la casi totalidad de la intelectualidad checa. No hubo grietas en su decisión, porque estaba harta del oprobio que significó la arrogancia estúpida, ignorante y paranoica de la nomenclatura que esclavizó el país.
     La ahora enorme colección está dividida en secciones, con archivos especiales, documentos, referencias, filmes y audiovisuales. Permanece atenta al descubrimiento de los materiales que aún pueden permanecer olvidados en un sótano, un desván, una prisión o escondites frecuentes como el doble piso, la doble pared o el doble cielorraso. Brinda servicios a instituciones nacionales y extranjeras de literatura, historia y política; tiene conexiones con universidades y grandes bibliotecas. Son obras que, pese a la precariedad de sus materiales, gozan de buena salud y tienen mucho para decir.
     Antes de abandonar ese santuario vi algunas de las vetustas máquinas de escribir que se habían utilizado para la larga y desigual batalla. Parecían los alertas cancerberos de un tesoro. Atravesé la penumbra de un corredor y salí a la calle que había recuperado sus colores luego de la llovizna. Respiré la fragancia que llenaba el aire como habrán respirado la libertad los autores que se mortificaron escribiendo los libros prohibidos que acababa de visitar. -