El agua y los sueños | Letras Libres
artículo no publicado

El agua y los sueños

La inmortal película de Billy Wilder Sunset Boulevard (traducida en México como El ocaso de una vida) abre con esta escena: casa de lujo anticuado, estilo colonial californiano, en Los Ángeles. Ahí, una alberca, y ahí, flotando boca abajo, el cadáver de William Holden, mejor dicho, el de su personaje, el joven antihéroe Joe Gillis, de quien se enamora frenéticamente Norma Desmond (Gloria Swanson), epítome de Hollywood y legendaria estrella de la película.
     Entonces, sucede en el film algo muy discutible: el cadáver empieza a narrar en off (no en directo, él habla, pero no se le ve hablar). A mí este recurso (el difunto contando su historia) no me gusta nada, siento que, con su artificialidad, te saca, te aparta, del drama. Pero la película es tan inventiva y está tan bien llevada, que pronto te olvidas de esa ocurrencia.
     De cualquier forma, ¿cuál puede ser la primera línea del difunto que flota en la alberca? Debe ser fuerte y estar bien construida, es importante. Supongo que los guionistas, el propio Wilder y Charles Brackett, productor y escritor, debieron de dar muchas vueltas antes de resolver el problema. El resultado obtenido es admirable. Dice el difunto:
      
Siempre quise tener una alberca. Y, bueno, al final, tengo una, sólo que el precio resultó un poco alto.
      
     Quiero hacer dos comentarios sobre esta línea, irónica, eficaz. (1) No podría figurar en una novela europea, es muy americano ligar el éxito y las albercas. La alberca como signo de poder económico, esto es, de ser un winner, un triunfador, y no un looser, según el fatalismo de ciertas variantes de confesión protestante. Y (2): Esta línea está inspirada en Scott Fitzgerald, de quien Brackett era amigo. En su cuaderno de notas, Fitzgerarld escribió:
      
     He always wanted a pool. Well, in the end he got a pool —only the price turned out to be a little high,
      
     que es la línea de la película. Cuando Gatsby es asesinado (en la alberca, para más señas), Fitzgerald comenta: (Gatsby) "Pagó un precio alto por vivir demasiado tiempo con un solo sueño": la retórica del precio de los deseos es la misma.
     Bueno, cambiemos de paisaje. Otra literatura. El Ulises. Joyce penetra en la mente del señor Bloom, quien discurre:
      
     ¿Dónde estaba el tipo que vi en esa imagen en alguna parte? Ah, en el Mar Muerto, flotando de espaldas, leyendo un libro con un quitasol abierto. No te puedes hundir, aunque trates: tan densa de sal. Porque el peso del agua, no, el peso del cuerpo en el agua es igual al peso de. ¿O es el volumen el que es igual al peso? Es la ley de algo como eso. Vance en la secundaria, tronándose los dedos, enseñando. Tronando, currículum. ¿Qué es peso en realidad cuando dices el peso? Treinta y dos pies por segundo, por segundo. Ley de caída de los cuerpos; por segundo, por segundo. Todos caen al suelo. La tierra. Es la fuerza de gravedad de la tierra, es el peso.
      
     Qué grande y poderoso es el manejo joyceano de la banalidad, qué fuerza tiene la persona común y corriente. Cómo se rescata y engrandece la Ley de Arquímedes que el señor Bloom no puede precisar. Joyce se valió de la técnica del monólogo interior desarticulado para redactar su enciclopedia de la vida moderna (eso es el Ulises), una enciclopedia socarrona, digna de Rabelais o del Flaubert de Bouvard y Pécuchet.
     Dos versiones del fenómeno de flotar: la de Wilder, Brackett y Fitzgerald es brillante. La de Joyce elude la brillantez, pero es más profunda y eficaz, porque es indirecta. Es curioso, pero, para usar la retórica de Fitzgerald, el precio que se paga por la deliberada brillantez is a little high. Porque la brillantez contundente acaba por hartar. La opacidad joyceana, su manejo de lo indirecto, en cambio, no harta, sino al revés: despierta más y más apetito. Acaso porque no se acaba de abarcar o agotar o penetrar por entero nunca.
     La experiencia de flotar está muy dentro de nosotros, es arcaica, arquetípica: placidez, ser abrazado, sostenido en las manos del agua providente, inmóvil, volver a ser niño, tal vez, ahí, y flotar, como la cuna donde Moisés navegó en el Nilo, sin ningún esfuerzo de su parte, hacia su destino. ~