E.E. Cummings. C'est la guerre en esta enorme habitación | Letras Libres
artículo no publicado

E.E. Cummings. C'est la guerre en esta enorme habitación

La introducción a nuestro número 30 (junio de 2001), que abordó las relaciones entre cárcel y escritura, terminaba con un aserto esperanzador: “no hay cárcel para la imaginación”. En este número, dedicado a repensar las instituciones y los procesos de justicia criminal, elegimos apegarnos a ese dicho, a fin de explorar las distintas maneras en que el encierro ha puesto de manifiesto el poder liberador de la escritura. De Sade a Wilde, de Gramsci a Dostoievski, la literatura que surge del cautiverio no se ha limitado al testimonio de una circunstancia, sino que ha enriquecido distintas tradiciones, lo mismo de la poesía y la novela que del pensamiento político. Esta breve galería de retratos de escritores en reclusión busca evidenciar lo irrefrenable del ingenio y la inteligencia, al tiempo que confirma la derrota de los muros frente a la vitalidad creadora.

Un hijo soñó que había cámaras secretas en las casas

y que estaban enterados de que en casa se habla mal

de nuestros gobernantes y que por eso un día

vendrán por mí, y a lo mejor por él y su hermana y su padre.

Por eso, dijo, hay que inventariarnos otras formas de decir las cosas, mamatzin.

En 1917 un padre norteamericano escribió una carta a su presidente porque a su hijo lo habían enviado a un campo de concentración. Su hijo era un pacifista conductor de una ambulancia durante la Primera Guerra Mundial en Francia, también era escritor y dibujante, tenía veintitrés años. Lo primero que le dijeron a ese padre es que no había cargos contra su hijo y que sería liberado inmediatamente; después que su hijo se había embarcado a las Antillas y que estaba desaparecido o muerto; luego que estaba en un campo de concentración. Vuelta al principio.

Este hijo era Edward Estlin Cummings o E. E. Cummings (1894-1962) y esa obligada estancia en el campo de concentración puede leerse en su libro La habitación enorme, en donde escribió algo que más o menos va así: “Mientras recordaba (Dios sabe de qué manera, más bien torpe y torpemente inadecuada) lo que me sucedió en los últimos días de agosto de 1917 y el primero de enero de 1918, he comprobado para mi propia satisfacción (si no para la de algún otro) que en La Ferté Macé, rodeado de las Montañas Deleitosas, fui más feliz de lo que pueden pretender las palabras más entusiastas.”

Cummings llama “Montañas Deleitosas” a los buenos compañeros de la Habitación Enorme, aquellos con los que el narrador logró cierta camaradería y fraternidad; grandes y peligrosos criminales, como él, a los que les habían echado el guante por delitos que desconocían; lo que sí es que muchos de los detenidos, de la lengua francesa apenas sabían el quelle heure qu’il est? Como Mexique, uno de los personajes a quien el Omnipotente Gobierno francés en su Omnipotente sabiduría se le había echado encima con ese indescriptible valor que es prerrogativa de las policías de todo el mundo. En uno de los episodios más deleitosos de este relato, Cummings cuenta la anécdota de cómo detuvieron a este joven mexicano de diecinueve años: cuando Mexique desembarcó en El Havre perdió el barco, de manera que le preguntó a un policía que dónde estaba su barco; a lo que el gendarme respondió que amablemente lo llevarían a la suite de un barco. Después de un viaje en tren más o menos largo Mexique preguntó: “¿Y el barco?” Uno de los gendarmes le señaló el muro de La Ferté y le dijo: “¡Ahí está tu barco!”, a lo que Mexique contestó riendo: “¡Ah, qué pinche barco tan chistosito!”[1]

Y es que en medio del infierno que era el campo de concentración y que son las reclusiones –c’est la guerre–, en el que se encontraban, había que hacerse del humor, de la imaginación, del ruido, de la imagen, de las lenguas, había que inventariarse otras formas de decir. Por cierto, Cummings fue acusado después de que su nombre apareciera en una carta escrita por su amigo B.; la carta fue interceptada por la policía y lo demás es historia: el juicio y su ingreso a la habitación enorme.

Como sucede en todas las enormes habitaciones que cualquier guerra levanta, en esa Enorme Habitación había presos de todas las nacionalidades y clases o condiciones. Cummings narra escenas sumamente hilarantes o conmovedoras en las que los personajes son descritos desde la perspectiva del compañero de desgracia, de la compasión y la ternura; incluso al hablar de la jerarquía de los guardias y vigilantes, quienes son descritos en su miseria e indolencia, hay una especie de conmiseración en el punto de vista que vuelve al relato una aguda crítica de las relaciones humanas en su más íntima y amarga relación con el poder. A la manera de Chaplin o a lo Buster Keaton, el relato abunda en condición humana y se solaza en la exquisita mirada de aquel que ha tenido la experiencia harto instructiva de estar en la cárcel con una sentencia perfectamente indefinida, c’est la guerre. ~



[1]La transliteración es mía. “He had landed in, I think, Havre; had missed his ship; had inquired something of a gendarme in French (which he spoke not at all, with the exception of a phrase or two like ‘quelle heure qu’il est?’); had been kindly treated and told that he would be taken to a ship de suite–had boarded a train in the company of two or three kind gendarmes, ridden a prodigious distance, got off the train finally with high hopes, walked a little distance, come in sight of the grey perspiring wall of La Ferté, and–So, I  ask one of them: Where is the Ship? He point to here and tell me, There is the ship.  I say: This is a God Dam Funny Ship–quoth Mexique, laughing.”