Edward Gorey: la vena ligera de lo macabro | Letras Libres
artículo no publicado

Edward Gorey: la vena ligera de lo macabro

 

Se puede asumir a Edgar Allan Poe como primer modelo de un síndrome surgido en Norteamérica el día en que puso pie sobre ella el primer aventurado holandés o inglés, quien amedrentado por sus proporciones continentales, inmensa y oscura, la descubrió llena de secretos. La perversión que describe Poe como cuadro clínico en sus relatos traduce ese clima espiritual, hecho de culpa sublimada y violenta redención, que vino a poblar Nueva Inglaterra con revisiones actualizadas de viejos fantasmas familiares. Después de que el círculo de Lovecraft (quien —según Borges— era un parodiador involuntario de Poe) convirtiera estos horrores al orden cósmico desde diversos pulps de terror y ciencia ficción, la veta de lo macabro se vio convertida en una manifestación de pop marginal dada a lo subversivo e irreverente.
     Es ahí donde cabe Edward Gorey, feliz espécimen dado a la peculiaridad esperpéntica de sus antecesores, quien ilustra la permanencia de esta evanescente tensión de lo sobrenatural en sus breves cuadernos ilustrados, dados al público durante los años cincuenta (hoy valuados objetos de coleccionista) y reunidos en un volumen publicado en 1972, cuyo título, Amphygorey, obedece a la vocación del autor por jugar con su nombre. (La edición en castellano acaba de salir este año bajo el sello de Valdemar.)
     El trabajo de Gorey como ilustrador —que recuerda la minucia de los grabados de Doré o la clara prestancia de las viñetas de A.A. Milne (autor de las historias de Winnie the Pooh)—, así como el sesgo mórbido de sus temas —que bordean el límite donde el humor negro se convierte en otra cosa—, generaron un culto en torno de su obra, editada y distribuida por él mismo bajo el sello Fantod Press. La compilación, editada por Putnam, lo consagró (tanto que le siguieron otros dos volúmenes, Amphygorey Too, 1974, y Amphygorey Also, 1983) como una figura emblemática del sentido macabro de la existencia —en la misma línea que el caricaturista Charles Adams— y, por tanto, se convirtió en uno de sus proveedores más solicitados. Fue asiduo colaborador de publicaciones que iban desde Vogue hasta Sports Illustrated, ganó un Tony por el diseño de producción de la puesta en Broadway de Drácula, y es famosa la cortinilla animada que hizo para la serie Mystery! de la pbs. La nota paradójica la da el hecho de que Gorey nunca valoró demasiado su trabajo como dibujante.
     En contraste con el morboso barroquismo de sus ilustraciones, los relatos que las acompañan, evanescentes y con un retintín de vieja escuela, son propensos a una inquietud (casi una pregunta) de orden metafísico. Porque hay una pregunta, sardónica, sobre el sentido de la vida, sobre el mecanismo íntimo de las relaciones humanas, atrapadas en el doble pliegue donde lo público invade lo privado, tan inocuo como estremecedor, como punta del iceberg que revela una comunidad secreta innombrable. Para ejemplo, un botón: en su cuaderno ilustrado La dresina del Willowdale, o el regreso de la muñeca negra, Gorey nos presenta a tres paseantes que, para matar el tedio de una tarde estival, suben a una dresina o grúa móvil en la estación de tren de la localidad, y la llevan durante meses a lo largo de las vías, al encuentro de un hilo múltiple de historias —museo de horrores— de las que son apenas testigos tangenciales. El viaje sigue, inexorablemente, hasta que entran a un túnel en las colinas del cual nunca llegan a salir. El contenido alegórico es obvio, tanto como para suponerlo adorno del feliz sinsentido que tiene, en su progreso y acumulación, la vida humana. Y más que eso, el sentido del humor con que debe asumirse. Los monstruos con zapatos deportivos son su invención.
     Gorey muere en abril del 2000 convertido en fuente de inspiración de maestros posteriores de lo macabro infantil, como por ejemplo Tim Burton, quien como realizador cinematográfico ha traído nuevos personajes al imaginario popular (Beetlejuice, Edward Scissorhands), así como reformulaciones de otros (Batman, Ed Wood). Existe una veta literaria en Burton, vista de refilón en su musical animado The Nightmare Before Christmas, que hace rimar, con una presteza de otro tiempo (semejante a la de Gorey), sucintas vidas de ejemplaridad oscura, niños pingüino y niñas vudú de crasos destinos, reunidas en el volumen ilustrado La melancólica muerte de Chico Ostra (Gorey tuvo también su catálogo de muertes infantiles, Los pequeñines macabros), todo lo cual vio su versión española en la siniestra mano de Francisco Segovia. ~