La guerra (comercial) y sus víctimas | Letras Libres
artículo no publicado

La guerra (comercial) y sus víctimas

La guerra comercial entre Estados Unidos y China no se entiende sin tener en mente la historia de los conflictos comerciales.

Quizá algún día se escriba una historia completa de las guerras comerciales. Pero no una que se construya sólo desde la visión que, remontándose a las postrimerías del siglo XVIII, es capaz de llevar un registro pormenorizado de los diferendos entre naciones y de informar puntualmente de las consecuencias económicas y geopolíticas de su estallido. De cara a la guerra comercial que Donald Trump parece querer agravar con China, con Rusia y con la Unión Europea (de eventuales consecuencias indeseables para el resto del mundo), la historia que hace falta es una que indague —sí— en las ínfulas de Napoleón al ordenar en 1806 el cese de cualquier trato comercial de los territorios de su imperio con la Inglaterra que le disputaba el dominio de Europa, tanto como en las privaciones a las que fueron sometidos los habitantes franceses y los de sus naciones aliadas.

En su acuciosa mirada, esa historia tendría que dar cuenta de que en el París de los años del Bloqueo Continental (1806-1812), el café que provenía del Caribe —comercializado en sus rutas por la Marina Real británica— debió ser sustituido en las mesas de los hogares parisinos por la achicoria, una infusión con propiedades medicinales, pero con un sabor que nunca igualó ni podría igualar al del grano tropical. De no haber sido por la obstinación de le Petit Caporal (como se asegura que le llamaban sus soldados), Napoleón quizá hubiera encontrado la forma de contener la expansión del Reino Unido como potencia dominante en los mares del mundo; y sin sacrificar a sus conciudadanos con un bloqueo a todas luces contraproducente.

Cuando esta historia tuviera que abordar la prohibición que antecedió a la primera Guerra del Opio entre China y el Reino Unido (1839-1842), no podría sino dar cuenta de que detrás de la postura renegada del Emperador Daoguang se hallaban las ganancias exorbitantes de sus corruptos funcionarios aduaneros. Una apertura adecuada a las importaciones provenientes de las potencias ultramarinas que la asediaban —de las que Francia y Portugal formarían después parte— hubiera contrarrestado el contrabando de “ese veneno” entre “los necios” que insistían en “destruirse a sí mismos” (como reza la conocida carta a la Reina Victoria que escribió un alto comisionado del Emperador), tal vez impedido la guerra y quizás evitado la debacle que terminó obligando a China a ceder a sus vencedores el dominio de Hong Kong y de Macao por un tiempo bastante largo.

Las guerras comerciales acaban por no ser sólo de índole comercial, tendría que demostrar fehacientemente esa historia. Con todo y la creación, posterior a la Segunda Guerra Mundial, del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT) —antecedente inmediato de la Organización Mundial de Comercio (OMC)— en años más recientes, muchos de los desencuentros internacionales en el plano comercial tienen como telón de fondo sonados conflictos geopolíticos. Cuando en 2014 —previa movilización de tropas militares— Rusia adhirió a Crimea a su territorio, los Estados Unidos y la Unión Europea impusieron una serie de sanciones comerciales que al día de hoy se entreveran con las que se han derivado de sus posturas en torno al apoyo ruso al régimen sirio de Bashar al-Asad.

La guerra que ahora mismo han comenzado a librar los gobiernos de Washington y de Pekín no se entiende sin la acusación reiterada de Trump sobre el “espionaje industrial” al que, afirma, muchas empresas chinas “desleales” han sometido a sus pares norteamericanas. Pero si eso no es el preámbulo de una ofensiva cuyo propósito es diezmar en lo posible la expansión de la zona de influencia del país de la Gran Muralla —es un aliado notorio de Corea del Norte y su expansión económica contribuye a su “influencia encubierta en Occidente” ha dicho el flamante Mike Pompeo—, esa historia que estaría por escribirse deberá dar fe de lo contrario.

¿Desistirá Donald Trump de sus pretensiones de iniciar un conflicto que, de escalar, podría volverse en contra de los intereses de aquellos por quienes ha dicho estar dispuesto a continuarlo hasta sus consecuencias últimas? No parece que en esta historia que tanta falta hace abunden los Napoleones o los Emperadores dispuestos a abjurar de sus proclamas de guerra o de conquista. Deseosos del poder y de la imposición de sus arbitrios, siempre encontrarán las víctimas concretas (humanas, demasiado humanas) que su ambición reclama. Aunque en el camino también terminen siendo víctimas ellos mismos.