Economía de las cosas pequeñas | Letras Libres
artículo no publicado

Economía de las cosas pequeñas

Economía de las cosas pequeñas

 

Si solo fuera por tratarse de la primera interpretación general de la revolución mexicana, el recordatorio de este libro se justificaría en esta celebración centenaria. Pero además es un gran libro: riguroso y provocador, de trazo amplio pero minucioso en los detalles relevantes, profético en más de un sentido, admirablemente bien escrito. Es también la piedra miliar de la sólida historiografía americana sobre México y América Latina, de la que Tannenbaum fue fundador y animador en un prestigiado seminario de la Universidad de Columbia.

México / La lucha por la paz y por el pan (México, 1951) contiene generalizaciones infundadas, juicios drásticos y hostiles, contradicciones y errores de información, los cuales han sido corregidos por los discípulos que el mismo Tannenbaum formó y otros estudiosos. La polémica que el libro provocó en su momento –inicios de la industrialización de México– vale como documento de historia de las ideas.

Tannenbaum busca mostrar que la ruta industrial era una desviación del objetivo original de la revolución: superar la miseria de los campesinos a partir de la transformación de sus propios recursos y técnicas ancestrales. La industrialización era un despropósito en las condiciones del país, imponía un ahorro forzoso que los campesinos no podrían sostener, creaba clases protegidas y corruptas, producía artículos caros y de mala calidad, generaba inflación, fomentaba la dependencia económica y distorsionaba la estructura fiscal, todo lo cual terminaría en un tronante fracaso.

 

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Tannenbaum urde su argumentación a partir de la observación del medio geográfico, la historia violenta del país, la psicología social del mexicano, la abismal separación de la ciudad y el campo y la deriva política de la revolución. Su narrativa va más o menos así:

México es un país hermoso para vivir pero difícil para ganarse la vida. El medio físico es adverso a la producción e intercambio de riqueza. La diversidad y el aislamiento son la regla. El nativo es una triste criatura oculta en alguna garganta inaccesible, arañando la tierra con su coa de madera o su azadón de hierro. El mestizo, cuya participación es cada vez más importante, tiene tan poco que ofrecer moral y espiritualmente que el nativo desdeña su incorporación a la nación. El abismo entre la cultura nacional y el modo de vida localista siempre queda abierto.

La psicología del mexicano se asienta en una morbosidad derivada de la experiencia violenta. La vida personal, social, política y cultural está lastrada por la expectativa del daño repentino, de la violencia y de la muerte. La vida carece de sentido de permanencia, siempre al borde del desastre, fatalismo que se traduce en la idea de que mañana será el tiempo adecuado para hacer las cosas, si es que lo hay. Esta tónica atempera cualquier acto, creencia, arreglo o promesa. La presencia de la muerte es tan inminente que su acaecimiento por violencia se acepta de manera natural y provoca mucho menos sentimiento de horror que en otras sociedades. La historia ha afectado la conducta de los mexicanos frente al mundo circundante y les ha dado la sensación de que con cada nuevo contacto puede sobrevenir lo peor.

La revolución iniciada por Madero carecía de filosofía política, su programa social era pobre y sus objetivos inmediatos eran oportunistas. Todo se reducía a restablecer el antiguo sistema de sucesión política mediante elecciones regulares. Lo nuevo era la agitación de las masas. El país se hallaba en una revolución social, pero carecía del filósofo, el profeta o el escritor capaz de inflamar al pueblo. El significado político de la revolución mexicana es que el pueblo repudió la idea de ser gobernado por las élites y afirmó su anhelo de participar en el gobierno. El curso de los acontecimientos sacó a la luz que los mexicanos tenían hambre de tierra. El movimiento había adquirido un carácter general, relegando las demás cuestiones a un plano secundario. Volver a crear una nación mexicana “auténtica” se convirtió en una especie de sueño. La nostalgia del pasado invadió la escena.

La revolución coincidió con la Primera Guerra Mundial, periodo en que la esperanza de mejora social se extendía por el mundo entero, en oposición al imperialismo, los trusts y los monopolios. Los delegados al Congreso Constituyente de 1917 asumían que eran la vanguardia de un movimiento mundial que redimiría al hombre de la injusticia. Pero no sabían cómo resolver el problema de la tierra y adoptaron una teoría según la cual los recursos naturales del suelo y el subsuelo son propiedad de la nación. Esta teoría solo llegó a ser política cuando se puso en ejecución, lentamente, después de muchos ensayos y errores.

En apoyo de esta idea, los mexicanos solo pueden señalar el remoto precedente de que la Corona española recibió las tierras como donación del papa Alejandro VI. Las posesiones quedaron vinculadas así a la persona del Rey, de modo que la propiedad privada fue instituida como merced real. En la práctica la donación tuvo carácter de propiedad privada, pero la propiedad legal dependía del arbitrio de la Corona. El artículo 27 de la Constitución de 1917 no hizo sino transferir esa potestad al Estado, que adquirió así la facultad de anular todo título de propiedad.

Tal fue el origen de las agrias, prolongadas y tediosas disputas entre el gobierno mexicano, los propietarios americanos y el gobierno de Estados Unidos. Antes de la revolución, más de 40 por ciento de la riqueza de México estaba en manos de extranjeros, así que las diferencias eran muy serias. No había manera de llegar a un arreglo, así que se fueron adoptando soluciones provisionales pragmáticas, hasta que Cárdenas repartió toda la tierra y expropió las compañías petroleras.

Otro artículo problemático es el 123, que regula las relaciones obrero-patronales. En verdad, los derechos laborales mexicanos no son mucho mejores que los de otros países, pero para México son muy gravosos e insostenibles en el largo plazo. La constitución dio a los obreros derechos sin tener una base de acumulación de capital. Los derechos de que ahora gozan los obreros de Estados Unidos e Inglaterra tienen como respaldo una larga etapa de explotación y trabajo duro. México se la saltó y pagará las consecuencias.

Lo más generoso de la revolución mexicana es la educación. Su finalidad era enriquecer la vida de la comunidad mediante la mejor utilización de sus recursos locales porque no tenía otros. Los educadores agruparon todas las actividades de la comunidad en la escuela e hicieron de ella el corazón del pueblo. Lo asombroso es que esta idea dio resultado. La escuela era el instituto para reconstruir la comunidad rural, era la comunidad misma.

Pero el gran problema incubado por la revolución era cómo eludir el dilema de una nación dividida entre los que viven en un mundo moderno y los que viven en un mundo primitivo. La mayoría sigue viviendo una rutina ancestral apenas modificada por la revolución. Las miles de pequeñas comunidades rurales están excesivamente dispersas para ajustarse a cualquier programa de gobierno.

En suma, México es un país pobre en recursos naturales y humanos que no podrá llegar a potencia. En vez de aspirar a la industrialización, debe adoptar una “filosofía de las cosas pequeñas” para sacar a las comunidades rurales de su miseria. Después de todo, la revolución fue hecha por las masas campesinas, y los gobiernos revolucionarios han hablado a nombre de ellas, pero en los hechos las condenan al atraso.

 

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Estas ideas provocaron reacciones diversas, la mayoría negativas. Las principales fueron que la “filosofía de las cosas pequeñas” condenaría a México al atraso y la dependencia; que el propósito de industrializar al país no había nacido con la guerra, sino en la primera mitad del siglo xix; que el medio físico no nos condenaba al atraso, pues la economía se había modificado sin que el medio físico cambiara; que Tannenbaum extrapolaba el medio físico de ciertas regiones a todo el territorio nacional, donde había tierras aptas para la agricultura a gran escala; en fin, que la industrialización era un fenómeno mundial desatado por la revolución industrial mundial, de la que México no podía sustraerse.

Daniel Cosío Villegas presentó una postura afín a Tannenbaum en su crítica a la corrupción política y al abandono del campo, pero se deslindó de la “filosofía de las cosas pequeñas”. En su lugar abogó por un “desarrollo mediano tripartita”: un tercio de industria, un tercio de minería y un tercio de agricultura. El país tomaría la ruta al equilibrio una vez superada la etapa transitoria de industrialización provocada por guerra. Emilio Uranga saludó los atisbos de Tannenbaum sobre la psicología social del mexicano y aceptó su crítica a los intelectuales cortesanos, pero precisó que las actitudes eran variadas y que el lastre psicológico sería superado por la educación.

El argumento que llamó menos la atención es el más importante para Tannenbaum: que Estados Unidos terminó por aceptar la revolución mexicana porque coincidía con sus propios anhelos de reforma y justicia social y que la intransigencia mexicana en defensa de su soberanía fue decisiva para forjar la política exterior americana:

 

En no pequeña escala la reciente política exterior norteamericana fue martillada sobre el yunque mexicano [...] La postura mexicana contribuyó [...] a la emergencia de un panamericanismo basado en el concepto de igualdad entre las grandes y las pequeñas potencias [...] Si la buena voluntad, el respeto nacional de sí mismos y una tolerancia a regañadientes [...] pueden transpirar de dos culturas tan diversamente condicionadas, existe cierta esperanza de que las gentes del mundo puedan aprender a convivir en un plano de amistad.

 

Todo esto suena muy diplomático para ser sincero, pero el libro de Tannenbaum parece concebido para desembocar en esta conclusión política. Sus juicios adversos parecen estar animados por una admonición: dejen de moler con su antiimperialismo y dedíquense a fortalecer el sistema panamericano propuesto por Roosevelt. ~