Duchamp: códice y diccionario | Letras Libres
artículo no publicado

Duchamp: códice y diccionario

Marcel Duchamp se esmeró en la contradicción. Era la única manera de escapar de su propio gusto. Vivir es indefinirse. Decir una cosa hoy y lo contrario mañana. Creer y dudar. Hacer y romper. Desdecirse a diario. Entregarse al azar. Colocar a la suerte frente al volante. El hábito, la tradición, la herencia eran los enemigos. Mi gran propósito ha sido rebelarme contra el gusto, dijo alguna vez. Armarse contra la dictadura de la repetición y la costumbre. El arte, si algo era para él, era una condición: “la condición heracliteana de estar siempre cambiando”. El verdadero artista ha de disponerse, pues, a la autoinfidelidad. Artista, dije, citándolo y negándolo. Poco después de su muerte aparecieron un par de entrevistas. Ahí podría leerse lo uno y lo otro. Soy solamente artista, le decía a un periodista. Por supuesto que no soy un artista, le respondía al otro. Renuente siempre a pertenecer a un grupo, quiso ser libre hasta de sí mismo. Se deshizo del nombre, se inventó cara, se travistió.

Le gustaba la palabra anartista porque no aparecía en los diccionarios y porque sonaba a anarquista. No antiartista porque el prefijo delata una dependencia de la negación. El ateo es, a fin de cuentas, un religioso que encuentra fe en la ausencia de dios. Anartista: quien no hace arte, quien lo desbarata, quien lo objeta. Lo podríamos decir con palabras de ese esplendoroso ensayo que Paz le dedicó: en sus ready-mades la crítica se materializa dándole una patada a la belleza. Es cierto: su interés es más filosófico que plástico. Su representación no es la de cualquier idea sino de la idea moderna: la crítica. La provocación de su mirada, llegó a decir John Cage, se ha insertado en el mundo de tal manera que es imposible verlo ya sin su ironía. Duchamp ha hecho de todo su criatura, dice el músico: “todo lo visto –cada objeto que es, más el proceso de verlo– es un Duchamp”.

Porque su amor era el azar no creyó en las severas leyes de la causalidad que se empeñan en extirpar los misterios. El mundo no es férrea sucesión de eslabones sino la manifestación continua de la sorpresa. Darse a los caprichos de la fortuna era un acto de liberación porque implicaba renuncia al afán de controlar las cosas. Ser esculpido por el accidente. Con alegría recibió la noticia de que su Gran vidrio, una de sus obras maestras, se estrelló por los descuidos de un traslado. La pieza encontraba su intención fuera del control del artista, en ese golpeteo que dibujaba heridas caprichosas en el cristal.

Dos trabajos recientes capturan, de modo no convencional, esa vitalidad. Un par de libros que abordan las creaciones, los dichos y aventuras de Marcel Duchamp: una biografía gráfica y un diccionario. Un denso lienzo de viñetas y una sucesión de voces ordenadas por el azar del alfabeto. Marcel Duchamp, un juego entre mí y yo es el códice que François Olislaeger ha escrito y dibujado para caminar la vida del artista. El biombo de papel se despliega por metros. Se abren puertas y ventanas, Duchamp se asoma y se esconde, camina, se ríe, se enamora, fuma, viaja, juega. El libro mismo es juego. El mural que se desdobla puede recorrerse físicamente como acompañando los desordenados paseos de una vida.

El lector elige el recorrido de su lectura. Los ojos se desplazan con libertad por los distintos rumbos de la página. El trabajo de Olislaeger, que puede verse estos días en forma ampliada en una exposición en la Casa de Francia, recuerda también la fascinación de Duchamp por los libros, las cajas, la tipografía, el diseño. En los estuches que preparó con esmero pueden encontrarse, además de facsímiles de sus obras, claves de su intención. Complemento indispensable de sus piezas, esas maletas de ideas consuman el matrimonio de provocaciones mentales y visuales que fue su arte.

Thomas Girst, editor del Marcel Duchamp Studies Journal, ha elegido las palabras clave con las que pueden apreciarse la vida y los tiempos del ajedrecista. Después de varias décadas de trabajo, quedan unas cuantas voces en la red del especialista. La ordenación alfabética inserta un feliz caos. París, patafísica, Paysage fautif, Octavio Paz, pene, perspectiva, Picabia. Este diccionario que, por supuesto, poco define, suelta citas del personaje, juicios de sus contemporáneos y los críticos. Se detiene en las piezas más emblemáticas y en las relaciones cruciales. Recorre los lugares entrañables, los gustos, las ocurrencias, las fobias del anartista. El abecedario de algún modo reconoce los juegos de palabras que tanto divertían a Duchamp. Lo vio también Paz: el antecedente de Duchamp no es la pintura sino la poesía. La fe y la desconfianza en las palabras. ~