Dos poemas | Letras Libres
artículo no publicado

Dos poemas

DAVID HUERTA
      
      
     Ante un manuscrito del siglo XVI
     Ante el facsímil del Manuscrito de Sanlúcar de Barrameda balbuceo como una criatura. Luego, intonso, adornado con una paranoia sólo mía, me armo de valor.
     Salgo con enormes trabajos de una celda monasteril en Toledo. En el Tajo nadan ninfas de largas uñas cosméticas y torsos flexibles de sustancias superconductoras y brazaletes de magnetismo repletos de información bursátil.
     Avanzo entre los tecnócratas y los inquisidores. Nadie sospecha que llevo dentro de mí, sacado de las bodegas internas de una caligrafía del siglo XVI, un bálsamo rectilíneo, violáceo, con goterones de tiempo en los dobleces, emitido con un susurro de abejas endecasilábicas.
     Nadie se pregunta quién es este individuo que parece un pescado frío incapaz de articular un "buenos días" en neospeak. Sigo teniendo frente a mis ojos el Manuscrito. Soy atónita garza-lectora ante la caligrafía-neblí.
     Esto es la estilización de una tarde. Tres, cuatro horas de lectura civilizada. -

 
     Precristianismo de la joven poesía
     Cuando el joven poeta pone la palabra "demonio" en un verso, no se detiene a pensar. En la llovizna lenta de su sintaxis esa palabra cunde por todo el texto.
     Si la escribe sin convicción, de todas formas ella se desdobla y contamina —con una anemia medicamentosa, iatrogénica— la prosodia circundante.
     Si la escribe convencido de saber lo que hace, sobreviene una pululación, un desarrollo de enrojecidos tentáculos y una diversidad de perfiles de pobreza inaudita, de precariedad y desesperación.
     Puede ser también que sólo sepa a medias, que titubee y escriba sin cautela, con una eclipsada seguridad de falso y fiero sabio: entonces el efecto centuplicado del vocablo se dejará sentir en el poema final más allá de la grafía, consecuencia penosa.
     El rostro del joven poeta se verá rodeado de ceniza, de rabos cortados de mala manera, de cuernos arrancados de prisa, de cerdas quemadas de cualquier modo, de altares tajados y de escapularios escupidos.
     El esternón del poeta joven se transformará en un templo y en una cruz simultáneos; no podrá inclinarse debido a la rigidez del pecho; permanecerá enquistado, con una verticalidad de mártir, en medio de las tres cuartas partes de su tormento, sin sonrisa ni beatitud; terminará empapado en la vibración pagana, precristiana, de una poesía anhelada, sólo constituida por la miseria irradiante de su escritura. -


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