Don Jorgito el Inglés | Letras Libres
artículo no publicado

Don Jorgito el Inglés

En un voluminoso y profusamente ilustrado libro editado por el hispanista E.H. Elliot, Regius Professor en Oxford, nada menos, figura la fotografía que ves a la derecha. No es especialmente brillante ni tampoco deficiente, pero sí reveladora, pues me despertó con brusquedad recuerdos y pensamientos. Recordé una tarde en España en que, por la oportuna rememoración de Margit Frenk, me vino a la mente el comienzo del romance:

Un castillo hay en Consuegra

Fuimos a visitar Consuegra y encontramos, arriba de unas colinas, no un castillo, sino unos enormes molinos de viento.
     La foto indica la parda y arisca inmensidad de Castilla la Vieja, Castilla la Gentil, donde el Cid, como cuenta Pound, tocó con su lanza Burgos y brotó de ella una niña.
     Las tierras de Castilla que Ortega exploró y describe en sus "Notas de andar y ver" que intercala en el Espectador: "Por tierras de Sigüenza y Berlanga de Duero, en días de agosto alanceados por el sol, he hecho yo —Rubín de Cendoya, místico español— un viaje sentimental, sobre una mula torda de altas orejas inquietas."
     Y también, y sobre todo la foto, me trae la memoria de George Borrow a quien los españoles, cerca de la Puerta del Sol, llamaban don Jorgito el Inglés. Compuso don Jorgito, al promediar el siglo XIX, un libro muy hermoso, La Biblia en España, donde recoge la memoria de sus andanzas por España divulgando Sagradas Escrituras "sin notas", es decir, biblias en edición no católica, sino protestante.
     Fue don Jorgito uno de esos talentos heterodoxos: poseía el don de lenguas, que aprendía con asombrosa facilidad debido a su descomunal memoria, y otro muy inglés, el de viajero indómito e infatigable.
     De joven se juró fraternidad con Jasper Petulengro, un gitano, y dio así inicio a su obsesión con la cultura gitana, que lo llevaría a vivir entre ellos, escribir un libro sobre esa etnia, aprender su lengua y participar muy activamente en la traducción de la Biblia al caló.
     Si después de leído imaginamos el contenido del libro nos viene a la mente un jinete solitario "sobre una mula torda de altas orejas inquietas" bajo un alto cielo y en un paisaje interminable y solitario donde se alzan aquí y allá pueblos en que bulle la vida. Y ciertamente en el desenvolvimiento del libro pronto se disuelve Borrow y sólo queda ahí el paisaje y el hervidero de gente, gente del pueblo, para nuestra fortuna, pues don Jorgito eludía con desinterés a la aristocracia. Dice Azaña, su traductor: "Lo que le importaba era el carácter de los hombres, y no de todos, sino los de la clase popular, donde los rasgos nacionales se conservan más puros. Labradores, arrieros, posaderos, gitanos, curas de aldea, monterillas, mendigos, pastores, pasan ante nosotros, y al verlos gesticular y oírlos hablar creemos encontrarnos con antiguos conocidos. Unos son pícaros, otros santos; unos son listos, otros muy zotes; casi todos groseros, muchos con sentimientos nobles, pero unidos en general por un aire de familia inconfundible."
     Porque el prólogo, la traducción y las notas son de un gran escritor y figura, más que dramática, trágica de la España moderna: me refiero a don Manuel Azaña, presidente de la República en el atroz momento de la Guerra Civil suscitada por el alzamiento militar fascista. Y es una tersa y expresiva traducción, la prosa de una persona que conoce al dedillo todos los entresijos y modos de la existencia del pueblo español.
     La Biblia en España, que constituye el tomo 254 de los Libros de Bolsillo de Alianza Editorial, no podía ser menos: fue uno de los libros predilectos del gran escritor de libros de viajes (el mejor del siglo XX según muchos) Robert Byron, autor de Viaje a Oxiana. -