Diez años de perplejidad | Letras Libres
artículo no publicado

Diez años de perplejidad

Letras Libres nació en enero de 1999, en un momento que parece haber ocurrido a años luz del presente. El fin de siglo se acercaba sin los habituales presagios apocalípticos que acompañan a esas fechas. Llegaba suavemente, con la promesa de una era de paz, triunfo de la libertad y ocaso de las ideologías totalitarias. Las únicas nubes en el horizonte se concentraban muy lejos, en el rincón balcánico, y todos las atribuíamos a los irreductibles problemas étnicos y religiosos que habían caracterizado siempre aquella región y cuya réplica parecía imposible en otras partes del mundo. La Cortina de Hierro había caído para siempre, Europa del Este se integraba con éxito y celeridad a la del Oeste, Rusia –no sin reticencias– hacía lo propio, China aceleraba su larga marcha hacia el capitalismo y Estados Unidos vivía la engañosa Pax Clintoniana en la que el mayor drama nacional era el affaire Lewinsky. Los “tigres” asiáticos habían sufrido un receso en su impresionante crecimiento, pero seguían rugientes. África, es verdad, continuaba siendo el continente olvidado y el orbe islámico parecía hundido en el ensimismamiento pero, en contraste, el gravísimo conflicto árabe-israelí se enfilaba hacia una salida pacífica que a la postre resultó ilusoria. Y hasta América Latina –ese polo caudillista y anárquico del mundo occidental– podía ostentar un logro histórico sin precedente: todos sus gobiernos menos uno habían sido democráticamente electos.

En México el panorama era igualmente esperanzador. En 1999 despuntaba ya el año electoral y era claro que la contienda no sólo sería cerrada sino limpia y equitativa. El IFE se había probado ya en los comicios de 1997 como una entidad confiable y sólida. Los tres principales partidos comenzarían a velar armas en un espectáculo de inusitada civilidad, impensable en otros tiempos. Es verdad que también en nuestro horizonte había una nube, la del conflicto chiapaneco. Representaba, por un lado, el agravio insatisfecho de los que no tienen voz, los pobres entre los pobres; pero también –por sus métodos, ideología y liderazgo– un innecesario desafío revolucionario a la naciente democracia mexicana. En términos económicos y sociales, nuevos problemas se apilaban sobre los viejos, pero México crecía lentamente y en paz.

Los siglos, como sabemos, no comienzan cuando deben sino cuando quieren. El siglo XXI no llegó el 1º de enero de 2000 sino el 11 de septiembre de 2001, y la realidad que inauguró no deja de sorprendernos. Dos guerras de alcance mundial, atentados suicidas, el virus del terrorismo religioso, son sólo algunos de los hechos y procesos que ninguna de las mentes lúcidas de Occidente previó con claridad. Esa incapacidad casi congénita para la profecía no sólo caracterizó a los pensadores sino a las más prestigiadas revistas, a los think tanks, a los centros universitarios... Y como para humillar más nuestra pobre capacidad de previsión, con el paso de estos años la perplejidad ha crecido con nuevos y sombríos problemas: cambio climático, crisis energética, proliferación nuclear, agudización de conflictos regionales, globalización del terror y el crimen y, por si fuera poco, una depresión económica que ha borrado ya –como un tsunami– décadas de riqueza acumulada y que con seguridad desquiciará la vida cotidiana de decenas de millones de personas en el planeta. Si el siglo XX fue luminoso en sus logros científicos y hallazgos artísticos pero atroz en su cuota de muerte, el siglo XXI no promete nada distinto. Esta vez los miedos apocalípticos han sobrevenido después de la fiesta. ¿Habrá siglo XXII?

También en México el horizonte se cierra. Nuestra democracia es sustantiva y el nuevo acuerdo republicano en que se basa, con su división de poderes, sus libertades cívicas plenas, es real. Constituye además un avance enorme sobre el antiguo sistema político. Pero en los últimos dos años la vieja cauda de problemas irresueltos se arremolina con asuntos que parecían controlados, o que no veíamos en toda su profundidad. Me refiero sobre todo a la aterradora criminalidad que no sólo amenaza nuestra libertad sino nuestra paz y nuestra vida individual y colectiva. Somos, ahora sí, un “pueblo en vilo”.

Desde su primer número (dedicado al conflicto en Chiapas bajo el título, todavía vigente, de “¿Redención o democracia?”) Letras Libres se ha propuesto ofrecer a sus lectores una reflexión seria y cabal sobre estos temas acuciantes de la realidad mundial y mexicana. No somos una revista académica ni un órgano especializado. Somos una revista literaria e intelectual. Una variopinta comunidad de escritores que, desde nuestro modesto mirador, nos sentimos responsables de pensar nuestra circunstancia. Si alguna vez creímos que los enemigos de la sociedad abierta habían desaparecido, hemos terminado por comprender que no sólo siguen ahí sino que han vuelto con nuevos bríos, nuevas causas, nuevas armas. A todos los engloba un solo fanatismo con varias caras: el fanatismo de la identidad. Cada uno de ellos –ya sea que reivindique la raza, la religión, la nación o la clase– reclama para sí el monopolio de la razón y la verdad, la historia y el poder, a través de métodos intimidatorios y violentos que buscan destruir el mejor legado de nuestra precaria humanidad: el legado de la libertad. Si no me engaño, cada uno de nuestros 120 números ha atendido los problemas del presente con el afán común de defender ese legado.

La libertad es el legado que defendemos pero también el hábito que ejercemos número a número. Letras Libres ha intentado ser desde el principio casa de la mejor literatura, y la literatura, ya se sabe, es creación e imaginación, pensamiento sin ataduras, formas soberanas e inesperadas; en una palabra: libertad. La poesía y la narrativa son también extraordinarios instrumentos críticos, y su rigor e inteligencia han encontrado espacio en nuestras páginas. En Letras Libres nos alegramos de haber reunido durante estos diez años a un brillante grupo de escritores y críticos –constituido, entre otros muchos, por Mario Vargas Llosa, Gabriel Zaid, Alejandro Rossi, Susan Sontag, Norman Manea, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo, Ida Vitale, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Edwards, Enrique Vila-Matas, Hugo Hiriart, Blanca Varela, Félix de Azúa, Guillermo Sheridan, Juan Villoro, Enrique Serna y Christopher Domínguez Michael– y de haber reconocido y publicado a muchos de los escritores jóvenes más talentosos y estimulantes del idioma.

Nuestra revista se amplió desde un principio con un sitio de internet que en 1999 nos pareció (cuando menos a mí) un lujo extraño, pero que hoy se ha convertido en nuestro máximo vehículo de penetración, con más de medio millón de visitas mensuales. El círculo se amplió adicionalmente en octubre de 2001 con el primer número de nuestra edición española, que ha cumplido ya siete años y es una pequeña “pica en Flandes” en el ámbito editorial de habla hispana: una empresa editorial mexicana que desde España irradia a América Latina. Muchos de nuestros colaboradores son amigos, pero la amistad no es el criterio que rige de nuestras páginas sino el amor genuino por la literatura, un amor inseparable de la exigencia de calidad, la pulcritud de pensamiento y una indeclinable pasión crítica.

Una revista literaria y de pensamiento se hace con escritores pero no sólo con ellos. Para hacer Letras Libres día con día, para que aparezca mes a mes, confluyen muchos esfuerzos: su planta directiva y editorial (redactores e ilustradores); sus colaboradores en el área de ventas, administración y producción; los generosos patrocinadores en la iniciativa privada que han estado con la revista desde un principio y lo siguen estando, a pesar de los tiempos difíciles. No menos generosas han sido las instituciones del Estado y del sector público (secretarías, dependencias, organismos descentralizados, instituciones académicas) que nos han apoyado siempre.

Pero esta comunidad de escritores que creemos y practicamos la cultura libre no sería posible sin el protagonista central de nuestros empeños: el lector. Es al lector –a su aceptación, a su entusiasmo, a su indulgencia, a su tolerancia, a su aliento, a su crítica– a quien debemos nuestra vida. Por él persistimos. Su perplejidad es la nuestra. Al encararla juntos, al conversar sobre ella con la esperanza de entenderla y superarla, escritor y lector somos uno: quien escribe lee, quien lee escribe. Entre autor y lector hay una página que busca un sentido, está hecha de letras: de letras libres. ~