Diario de un buscador de oro | Letras Libres
artículo no publicado

Diario de un buscador de oro

En Rodríguez todo se sabe. Ahora apenas puedo ocultar lo que he venido a buscar. Y sin embargo, eso que he venido a buscar ¿tiene realmente un nombre? ¿Cómo podría decirlo? Por supuesto, tienen una mirada irónica, con una leve inquietud, esos gentlemen, esos bourzois de la buena sociedad, el director de la Barclay’s, el dueño del hotel de Punta Venus –¿qué puede esperarse de este montón de piedras salvajes, si no es un tesoro? Sí, eso es, y aquel hombre que murió hace cincuenta años, que vino aquí a la aventura, ¿qué buscaba? ¿Acaso no era un tesoro, el botín fabuloso procedente de las rapiñas de La Buse, o de England, el oro y las joyas del gran mogol, los diamantes de Golconda? ¿O tal vez no sería el botín de Avery, que, según decía Van Broeck, habría capturado el tesoro que el mogol Aureng-Zeb dio en dote a su hija, y que estimaba en más de un millón de libras esterlinas? Avery, que en sus tiempos tenía la reputación de haberse convertido en un “reyecito”, había capturado el barco del gran mogol que iba hacia la Meca con su séquito. Entonces, cuenta Charles Johnson en su History of Pirates, “desposó a la hija del gran mogol, después tomó la ruta de Madagascar” y pronto abandonó su nave y su tripulación y sin duda su tesoro (oculto en alguna isla), para ir a Boston, a las Américas, en las cuales vivió un tiempo antes de volver para morir en la miseria en Bristol. ¿Qué había sido entonces de su mujer, la hija maravillosa (sólo es posible imaginarla bella) del mogol Aureng-Zeb?

¿No era también esto lo que buscaba mi abuelo, en este decorado de malezas y de lava, aquí, en uno de los lugares más pobres y desolados de la tierra? Porque el tesoro era todo eso, era la aventura fabulosa del privateer, la leyenda del gran mogol y de sus vasallos, Nizam el Moluk en el Deccan, Anaverdi Khan en Arcot, la capital del famoso Carnatic (también llamada Coromandel), guardada por sus dos fortalezas de Gingi y de Triquinópoli. Era también la quimera del dominio de Golconda, al norte de Carnatic, una fortaleza inexpugnable, construida en lo alto de una roca a tres leguas de la ciudad legendaria de Hayderabad. Allí estaba encerrado, según la leyenda, el fabuloso, tesoro de los “Nizam”, los vasallos del gran mogol, que lo habían reunido durante siglos. Los diamantes de Golconda habían sido el sueño de los conquistadores llegados de Portugal, de España, de Holanda, antes de hacer delirar a los atracadores del mar a finales del siglo XVIII. Sueño hueco, porque cuando entraron por fin en el Deccan, los conquistadores europeos no descubrieron El Dorado que esperaban, sino la pobreza de las ciudades y los pueblos en un territorio donde había más polvo y moscas que oro. ¿No era el mismo sueño que se había desvanecido cuando Coronado, creyendo descubrir las ciudades de Cibola, de techos de oro y pedrerías, llegó finalmente ante las aldeas de barro seco de los Pueblos, y no era el mismo sueño cuando René Caillé entró por primera vez en Tumbuctú y vio que la ciudad misteriosa no era en realidad más que una reunión de camelleros?

¿Cómo pudo mi abuelo creer en la leyenda del tesoro de Golconda, y sobre todo en la leyenda de la dote de la hija de Aureng-Zeb capturada por Avery? En la época en que Avery asolaba el mar de la India, es decir entre 1720 y 1730, ya no era Aureng-Zeb el que reinaba en la India sobre los nababs y suhabs, sino un usurpador, llamado Mohamed Shah, que había derrocado en 1720 a Farruk Sihar, que a su vez era primo de Shah Allan y de su hermano Djahandar, hijo de Aureng-Zeb que había muerto en 1707. En cuanto a los piratas –aquellos a los que mi abuelo llama privateers–, no comenzaron a navegar en el mar de las Indias sino cuando fueron expulsados del mar de las Antillas, es decir desde 1685. Esto coincidía, por lo demás, con la expansión de las tres grandes compañías mercantiles, la Compañía de los Países Lejanos para Holanda (fundada en 1595 en Amsterdam); la Compañía de los Mercaderes Traficantes en las Indias Orientales para Inglaterra (fundada en 1600) y la Compañía de las Indias Orientales para Francia (fundada por Colbert en 1664). Los predadores del Océano Índico –Taylor, La Buse, Avery, Cornélius, Coydon, John Plantain, Misson, Tew, Davis, Cochlyn, Edward England y tantos otros– sólo adquirieron su gloria gracias a esos gigantes a cuyas expensas vivían: esas formidables compañías mercantiles que fueron los primeros verdaderos agentes de la colonización europea y abrieron la ruta de Oriente, primero por medio de intercambios pacíficos, luego por la violencia armada, dividiendo territorios, océanos, repartiéndose entre ellas esa mitad del mundo.

Este pasado extraordinario que se halla en el corazón del tesoro, ¿no es el secreto de esos movimientos de digestión del mundo de una Europa entonces triunfante? Ir en busca de esos mares y esas islas, por donde pasaron antaño los barcos, recorrer el inmenso campo de batalla en que se enfrentaron los ejércitos y los forajidos, era tomar parte en el sueño de El Dorado, intentar compartir, casi dos siglos después, la embriaguez de esta historia única: cuando las tierras, los mares, los archipiélagos no habían sido aún encerrados en sus fronteras, y los hombres eran libres y crueles como las aves del mar y las leyendas aún parecían abrirse al infinito.

 

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El sueño de mi abuelo es sobre todo el sueño del mar. No el mar como podía verlo en Port-Louis, cuando iba allí para sus negocios: mar lleno de barcos, paquebotes procedentes de Europa o de la India, o meros trasbordadores con su carga de cañas; ruta mercantil más que océano. Ni el mar tan bello y tranquilo de las lagunas de atolón, en Mahébourg, en la punta de Esny, en Poudre d’Or, del lado de la isla de los Ciervos, todas esas orillas de mar a las que se iba (ya) en vacaciones, con los niños y las nodrizas, para pasar unos días de robinsoneo en los campamentos.

El mar que le atrajo, me imagino que lo halló al principio en los libros, en los relatos extraordinarios de los navegantes que había en la biblioteca de su padre, y que debió leer, como yo, desde la infancia: Dumont d’Urville, Bougainville, Jacob de Bucquoy, D’Après de Mannevillette, el abad Rochan, Ohier de Grandpré, Mahé de la Bourdonnais, Lislet Geoffroy, todos aquellos hombres que recorrían el mundo en busca de tierras nuevas, de islas desconocidas, a riesgo de su vida, una vida que no tenía sentido sino por la aventura. El mar que ellos habían amado, que habían conocido, que los había hecho sufrir, que para algunos había sido la muerte. Cook, Magallanes, en busca del extremo sur, idos hasta los límites del mundo. El mar que había afrontado François Leguat con sus compañeros, sobre un bajel de fortuna, para huir de Rodríguez y llegar a la isla Mauricio donde los esperaban los calabozos de los holandeses. El mar que habían atravesado los primeros exploradores de las Mascareñas, cuando cada marino era un héroe: Charles Marie de Latour, Corentin Pislot, Albin Marion, que navegaban en el Zodíaco, Pierre Marie de Fleury, Michel Dubreuil en el Afortunado, Jonchée de la Goleterie en el Marte, que navegaba en 1727 a lo largo de Juan de Nova, Perros Banhos, Rodríguez, y luego partía hacia el oeste africano.

El mar que habían fatigado piratas y corsarios durante más de un siglo, conquistando un imperio, en Antongil, Sainte Marie, Diego Suárez.

El mar que había atravesado, poco después de la Revolución francesa, en un brick llamado la Esperanza, mi abuelo François Alexis Le Clézio, creyendo varias veces que perecería en las tormentas, acosado por los piratas o por los navíos ingleses, para llegar un día a vistas de la Île de France donde lo esperaba una vida nueva.

Este es el mar que mi abuelo debió soñar, un mar que es él mismo sustancia de sueño: infinito, inconocible, mundo en que uno se pierde a sí mismo, en que uno se convierte en otro.

El mar profundo, violento, de un azul oscuro más allá de las barreras de coral, de olas altas como colinas móviles que rocían las nubes. El mar pesado y liso de los días anteriores al huracán, sombrío bajo el cielo cargado de nubes, cuando el horizonte está revuelto y humea como al borde de una catarata. El mar casi amarillo del crepúsculo, en verano, capa de aceite sobre la cual pesan estremecimientos en breves círculos; donde se encienden las centellas del sol, sin ninguna tierra que cierre el espacio. El mar como el cielo, libre, inmenso, vacío de hombres y de aves, lejos de los continentes, lejos de las manchas de los ríos, sólo con algunas islas arrojadas al azar, tan pequeñas, tan frágiles que parece que una ola podría sumergirlas, borrarlas para siempre. El mar, el único lugar del mundo donde se puede estar lejos, rodeado de los propios sueños, a la vez perdido y cerca de sí mismo.

Esto es, me imagino, lo que buscaba mi abuelo cuando se hizo al mar por primera vez (hacia 1901 o 1902) para ir a Rodríguez en la goleta Segunder, dirigida por el capitán Bradmer.

 

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¿Cuándo partió por primera vez? En 1903 redacta su texto explicativo sobre el tesoro de Rodríguez, texto que aumentará y corregirá luego, por medio de notas y enmiendas, hasta 1926. Pero su primer viaje a Rodríguez ha debido hacerlo en abril de 1902, en misión oficial, como administrador y magistrado de la isla, hasta junio del mismo año, cuando un tal Hercherroder lo releva en su cargo. En total, hace tres viajes oficiales a Rodríguez: el segundo, de julio a diciembre de 1913, y el tercero, de diciembre de 1918 a abril de 1919. Alfred North-Coombes, que da la lista de los administradores de Rodríguez, muestra un humor no exento de malevolencia cuando anota que las estadías de mi abuelo no se distinguieron por ningún acontecimiento importante, salvo que tuvo que juzgar un parricidio y que esto lo fastidió, por lo cual prefirió transferir al asesino a Mauricio antes que verse obligado a dar una sentencia. North-Coombes añade que este hecho no basta a disipar la impresión del profundo aburrimiento que mi abuelo debió sentir durante sus estadías forzadas en Rodríguez. El cronista inglés no podía imaginar que bajo la apariencia del joven magistrado vestido de negro y de rostro grave se ocultaba un buscador de quimeras. Y mi abuelo, con el pudor (o la timidez) de los buscadores de tesoros, hizo todo lo que pudo para ocultar la finalidad de sus viajes en el Segunder y sus exploraciones obstinadas en el calcinado barranco de la Ensenada de los Ingleses.

Los que lo conocían y lo hallaban a veces en el palacio de justicia de Port-Louis no lo habrían reconocido con sus ropas polvorientas y manchadas de sudor, sin sombrero, con el rostro y los brazos morenos de sol, cuando cavaba él mismo sus agujeros de sonda en el lecho seco del río Roseaux.

Sin duda es esto lo que me atrae en principio, mucho más que la leyenda del tesoro escondido por los rastreadores del mar. Tesoros, después de todo, hay muchos, y también muchos cazadores de tesoros que buscan en vano descubrir el secreto que siempre se esquiva. Pero pensar que este hombre cortés, elegante, profundamente bueno y honrado ha pasado la mayor parte de su vida en perseguir una quimera, que puso en ella todas sus esperanzas –la revancha sobre todos los que lo habían maltratado y arruinado: pagar sus deudas, recuperar la casa de su familia de donde había sido expulsado, asegurar el porvenir de sus hijos–, pensar en esta locura, en este vértigo que sentía mientras recorría el valle solitario en busca de signos y puntos de referencia del privateer, pensar en ese sueño constante que era el suyo, que lo roía en el fondo de sí mismo y lo volvía extraño al resto del mundo: esto es lo que encuentro conmovedor, inquietante. Y es lo que deseo comprender.

 

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Recorro el valle de la Ensenada de los Ingleses, yendo de escondite en escondite, y descubro poco a poco las huellas que ha dejado, las cicatrices en las rocas, los bloques que ha hecho rodar o cambiado de sitio, los signos y los símbolos que ha reconocido, que ha hecho suyos: piedras agujereadas, marcadas, rocas señaladas con el triángulo del arganeo, agujeros cavados en la base del farallón del este y que son visibles desde lo alto de la “Cima del Comendador” como cráteres, balcones de piedras que erigió para instalar allí un abrigo improvisado contra el viento y la lluvia, golpes de pala en la base de las rocas que han puesto al desnudo una piedra más seca, más brillante. Mientras atravieso el valle, remontando el curso del arroyo más allá de las últimas granjas, creo por momentos ver las huellas de sus pasos en la arena del lecho o en la tierra polvorienta entre los fragmentos de basalto y de lava.

Es extraña esta mirada de un hombre muerto desde hace tanto tiempo (hace más de medio siglo, mucho antes de mi nacimiento) y que continúa habitando este lugar. La Ensenada de los Ingleses no es un gran territorio. Me es difícil evaluar lo que representa este terreno. En las actas de compra fechadas, una en 1906, otra en 1913, se certifican dos concesiones, una de trece acres y medio, la otra de tres acres, repartidos de cada lado del río Roseaux. Allí pasó mi abuelo lo esencial de su vida, en sueño y en realidad, durante más de treinta años, en este perímetro limitado al este y al oeste por colinas áridas, color de lava, al norte por el pantano y el mar, y al sur por las siluetas de las altas montañas desiertas. Toda su aventura se reducía a estos dieciséis acres y medio de tierra árida, a este arroyo intermitente, a estas colinas de piedras en las que corren los cabritos, a estos matorrales de vacoas, a estos cuantos tamarindos ennegrecidos por el sol. Unos cuantos guijarros, algunas marcas, algunos escombros, matorrales, arena: esto es lo que él ha visto durante todos esos años, un terreno apenas mayor que un jardín, encerrado en el fondo de un valle, con el peso del sol y del viento que expulsa las nubes en el cielo y, a lo lejos, el mar, como un espejismo de turquesa. Reino de las hormigas, las escolopendras, los cangrejos de tierra –por lo demás acaso sería este su único hallazgo, como cuenta con humor el único sobreviviente de esa época, el viejo Fritz Castel, que había sido contratado por mi abuelo cuando era todavía un niño para que le ayudara a cavar sus agujeros: ¡al cavar, habían desenterrado un cangrejo de buen tamaño, lo habían cocido y lo habían comido!

Sin embargo, cuando estoy aquí, siento lo que este terreno tiene de inagotable. Es un sentimiento extraño, como si estuviera al mismo tiempo en el fondo del valle y trepado en las colinas de piedra mirando el lecho del río Roseaux. O bien como si, perdido en las malezas hacia la parte alta del valle, allí donde el arroyo no es más que un delgado hilo de agua, viera en el otro extremo, sobre las colinas que dominan el mar, pasar fugitivas siluetas humanas, un temblor de sombras parecido a un espejismo.

Este era el terreno que se había asignado, que se había escogido. ¿Qué le importaba la gente de Maurice, la mirada irónica u hostil de los “burgueses” de Curepipe y de Rempart Street? La única desgarradura que debió sentir fue cada vez que dejó a la mujer que amaba, y sus hijos, para partir hacia este desierto. Pero aquí, cada piedra, cada lava, cada grieta en las rocas, cada marca del tiempo o cada matojo espinoso tenía un sentido profundo, verídico, estaba cargado de un secreto misterio cuyo llamado sólo él había percibido: entonces se abría para él el valle de la Ensenada de los Ingleses, para él se apartaban las siluetas de las montañas, y esta tierra se hacía tan vasta como el cielo y el mar. Aquí, cada montículo tenía un significado, crecía a la luz de este secreto como una sombra, y su nombre mismo se volvía símbolo: se llamaba el Vigía, la Cima del Comendador, el Pitón. Una grieta en la roca era la huella de una antigua fuente, un brillo en la tierra basáltica, o un agujero en el suelo, eran los signos dejados por el corsario, y el dibujo de la naturaleza parecía haber sido modelado por entero según el capricho de aquel hombre –o aquel demonio creador– que había disimulado allí su tesoro.

Pero, ese tesoro, ¿qué era? No era el botín de las rapiñas de algunos predadores de los mares, viejas joyas, abalorios destinados a los indígenas de la costa de los cafres o de los malucos, doblones o rixdales. Ese tesoro era, pues, la vida, o más bien la sobrevivencia. Era esa mirada intensa que había escrutado cada detalle del valle silencioso, hasta impregnar las rocas y los arbustos con su deseo. Y yo, ahora, en el valle de la Ensenada de los Ingleses, volvía a encontrar aquella interrogación que había quedado en suspenso, yo caminaba sobre esas huellas antiguas, sin saber ya si eran las del predador de los mares que dejara allí su memoria, o las de mi abuelo que lo había perseguido.

 

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Con frecuencia he pensado en Jasón, en su busca en la Cólquide, como la cuenta Valerio Flacco. Pensé en ello sobre todo por azar, porque la aventura de los pasajeros del Argos me parecía en principio muy diferente de la de mi abuelo. Sin embargo, aquí, en Rodríguez, es donde he sentido mejor todo eso: Jasón errando en busca de un hipotético tesoro, yendo cada vez más lejos, arrojándose a las tempestades asesinas, a los combates, encontrando incluso el amor devorador de Medea, todo eso me parecía más real ahora, en esta isla, gracias a la memoria de mi abuelo. ¿Qué quería Jasón? ¿El poder, el sueño del oro, o la verdad de un cumplimiento mágico? ¿Quién le había conferido ese papel, que lo había lanzado fuera de sí mismo, sobre ese navío de luz cuya proa no deja de avanzar en el cielo? ¿No era la verdad de la aventura, cuando uno mismo se juega en la tirada de dados? Esto y también otras cosas que se llaman la extremidad, el final de las tierras, lo desconocido, la otra vertiente del mundo, el mundo nuevo. Las Estrofadas, las costas del Euxin, luego la Cólquide, los límites de la Tierra.

La aventura de mi abuelo era eso: no la busca del vellocino de oro, ni la de los rixdales del pirata, sino la huida ante su destino (como un barco huye de la tempestad), y su propio caer en la trampa (Jasón enviado a una muerte cierta por su enemigo Pelias). Era medirse con lo desconocido, con el vacío, y en los peligros y los días de riesgo y sufrimiento, descubrirse a sí mismo: revelarse, desnudarse. Para mi abuelo, abrumado de deudas, amenazado con ser destituido en el cargo de juez (porque un magistrado no debería estar endeudado), expoliado por su propia familia y expulsado de la casa donde había nacido, con su mujer y sus hijos, sabiendo entonces que el horizonte estrecho de Maurice se cerraba en torno suyo, la única aventura era partir, irse al mar, hacia el horizonte, buscar el lugar de su sueño. Era la única aventura, no para olvidar, sino para saber quién era él realmente. Y por eso el fracaso de esta aventura, al final de su vida, lo entristeció de tal manera.

Entonces el encuentro del Segunder y del capitán Bradmer era una esperanza, una embriaguez como no la había conocido antes. Aunque no lo quiera, vuelvo a pensar en el navío Argos, tal como Minerva mandó construirlo, pronto a aparejarse para su viaje real. Un navío invencible, triunfante, que podía afrontar todas las tempestades, un navío lleno de poder divino. Hecho de encinas de los “sombríos bosques de Pelión” y de largas planchas de pino cortadas por Argus, curvadas y pulidas “al calor de un fuego templado”. Así fabricaban los barcos en los astilleros de Port-Louis, ajustando las planchas y dándoles la curva del estrave: goletas, tres palos, ketchs o simples trasbordadores. Evidentemente, el Segunder no habría de tener la resplandeciente belleza del Argos, navío de luz modelado por dioses. Pero tal vez mi abuelo lo vio entonces, amarrado a los muelles del puerto, contrastando con la sombra de los árboles de la intendencia, tal como lo describe el poeta, “triunfante y con la popa dorada”, cuando “el sol está declinando”. Tal vez pensaba en el momento de partir, cuando el Argos se alejó por primera vez de las orillas, “tal como, abrazando contra su pecho jóvenes tigres raptados astutamente a su madre que por un instante los había dejado para buscar alimento en el monte Amano, huye el cazador rápidamente de los bosques que ha depredado, y espolea su caballo que tiembla bajo su amo: así huye el navío, y las madres, a lo largo de la orilla, siguen con los ojos las blancas velas y los escudos que brillan al sol, hasta que la onda sobrepase el mástil y la inmensidad del espacio hurte la vista del barco”.

¿Acaso todas las aventuras no son esta, la de ese barco que se aleja de las orillas, esas velas que desaparecen tras la curva del mundo? En eso debía pensar mi abuelo, entonces: ser el que desaparece, el que entra en la onda. ~

Traducción de José de la Colina

La versión íntegra de este texto (publicado en Vuelta en enero de 1984)
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