Del códice al hipertexto | Letras Libres
artículo no publicado

Del códice al hipertexto

 

 

Usted ha cuestionado la existencia de una “revolución de Gutenberg” al aclarar que la implantación de la imprenta fue un proceso lento y gradual, de modo que durante mucho tiempo coexistieron los libros impresos y manuscritos. ¿Cabe hacer una analogía entre esas transformaciones y el momento actual? ¿Vivimos una etapa de transición en la que se da una relación equilibrada entre internet y el libro tradicional?

Hoy nos encontramos ante una revolución técnica aún mayor que la de Gutenberg: la invención en el mundo digital de una nueva forma de inscripción, transmisión y circulación de textos. Estamos asistiendo a una radical transformación del soporte del texto –leer en una pantalla no es lo mismo que leer en un libro convencional– que no se puede comparar con las innovaciones del siglo XV. Gutenberg no inventó una nueva forma de libro sino una técnica nueva para reproducir textos. De hecho, esa forma de libro a la que llamamos códex ha mantenido a lo largo del tiempo sus estructuras fundamentales: hojas, páginas, la posibilidad de indiciar los contenidos... Hasta la aparición de la pantalla, y desde la sustitución del rollo –el libro de los antiguos–, esa forma de libro sobre la que trabajó Gutenberg, y que es fruto de una invención anónima que data de los primeros siglos de la era cristiana, marcó la morfología de buena parte de los objetos impresos que manejamos: libros, revistas, periódicos. En cambio, hoy se está produciendo una transformación de nuestras relaciones con lo escrito que por primera vez afecta simultáneamente a las dimensiones técnicas, morfológicas y culturales. Tanto antes como después del códex se siguió utilizando la copia manuscrita para reproducir textos y, por lo que toca a las revoluciones de la lectura de la Edad Media o del siglo XVIII, los aspectos técnicos y morfológicos permanecieron estables. De aquí la necesidad, o la utilidad, de una historia de la cultura escrita de larga duración que nos permita percibir con mayor precisión las mutaciones que se están produciendo en el presente.

 

Da la impresión de que en el análisis del texto digital a menudo se privilegian fenómenos muy espectaculares pero poco extendidos –como el libro digital del que tanto se ha hablado pero que ha tenido escasa difusión– y se desatienden otros fenómenos más cotidianos pero universales. Estoy pensando, concretamente, en la reaparición del género epistolar con la generalización del correo electrónico.

En efecto, no debemos confundir lo actual y lo real, es decir, pensar que las nuevas técnicas electrónicas son universales cuando aún existen obstáculos económicos y culturales que limitan su difusión. En los países del sur o incluso dentro de las sociedades europeas, los menos acomodados permanecen ajenos a estas tecnologías o mantienen una relación muy parcial con ellas. Por otro lado, es cierto que no se están utilizando todas las posibilidades técnicas de textualidad electrónica. La mayor parte de las personas que leen o escriben frente a una pantalla utilizan una parte muy específica y limitada de la tecnología de la que disponen. Por otro lado, me parece muy atinada la dicotomía entre la lectura de libros electrónicos –muy limitada a algunos géneros y lectores– y la universalización del correo electrónico, que llega incluso a gente que no posee un ordenador (en todos los países del mundo existen locales en los que se puede consultar y escribir correos electrónicos). De hecho, la extensión del e-mail constituye un argumento muy fuerte en contra del discurso quejumbroso y derrotista que afirma la debacle de la cultura escrita bajo el imperio de la electrónica. Me refiero a todos esos argumentos que proliferaron hace años en torno a la muerte del texto, el lector y la palabra escrita.

Las nuevas técnicas han aportado posibilidades completamente inéditas. Antes, los libros sólo servían para leer; se podía escribir en ellos, pero únicamente en los blancos que dejaba la composición tipográfica. Ahora por primera vez existe un soporte que permite al mismo tiempo leer y escribir. Y lo cierto es que estamos presenciando una auténtica proliferación de la escritura. El correo electrónico es la prueba más espectacular. De hecho, desde cierto punto de vista, el e-mail supone la materialización de todo un sueño ilustrado: para Kant la Ilustración sería precisamente ese momento en que cualquiera puede actuar como lector y escritor, compartir las opiniones y los proyectos, intervenir críticamente en el espacio público. El correo electrónico permite construir un espacio público de un modo inmediato y, por lo que respecta a la difusión, potencialmente universal. Aunque, claro, por otro lado también nos encontramos con un diagnóstico más sombrío que sostiene que la inmediatez de la escritura sobre la pantalla puede contribuir a mermar el respeto de las convenciones, de los códigos que gobernaban, por ejemplo, la práctica epistolar y que están vinculados a la urbanidad. Muchas de las fórmulas de cortesía clásicas han quedado relegadas por una suerte de inmediatez de la comunicación un tanto brutal. Además, vemos que se simplifica la grafía, la ortografía y la gramática, especialmente en los SMS. Esta es la contrapartida de la inmediatez. Me parece que en todas las cuestiones relacionadas con este tema se da siempre cierta ambivalencia y que ni el entusiasmo sin límites por esta nueva tecnología ni los lamentos pesimistas resultan apropiados.

 

¿Cree usted que ha cambiado mucho la relación entre el autor, el lector y el texto en el último siglo?

El problema es que nunca ha existido una relación directa, transparente e inmediata entre autor y lector, algo que generalmente olvidamos. Cuando leemos un libro tenemos acceso a lo que el autor escribió, pero entre la composición del texto original y la lectura del libro hay una serie de mediaciones que en la cultura escrita tipográfica procedían de las decisiones de editores e impresores y, en el caso de los siglos que conozco mejor, XVII y XVIII, de grafistas y correctores. El lector de libros se encuentra con un texto alejado de lo que el autor compuso. Aunque se respete el texto en su literalidad, el lector accede a él a través de formas que no responden a la voluntad del autor, sino que son el fruto de distintos procesos de mediación dirigidos a transformar el texto en un libro. En el caso de las técnicas manuscritas, las copias pueden diferenciarse del texto a causa de las modificaciones o los errores que introducían los copistas; en el contexto de la cultura tipográfica el texto adquiere su forma legible a través de las intervenciones que ya he mencionado; el texto electrónico, a su vez, ofrece una gran novedad: el autor puede autoeditarse a través de lo que en inglés se llama desktop publishing [edición en un computador personal]. En este sentido, cabe pensar que asistimos a una transformación fundamental que puede conducir simultáneamente a una importante divergencia en el mundo de la textualidad electrónica: de un lado estaría la comunicación electrónica libre, espontánea, en la que el autor y el lector serían también editores (pueden elegir los tipos, la compaginación, la organización del texto sobre la pantalla) y, del otro, una edición electrónica que sigue los criterios clásicos de la edición: constitución en catálogo, trabajo de edición y corrección de textos, es decir, todos los mecanismos de “cierre” de un texto que hacen que conserve la identidad típica de la intervención editorial.

Por eso resulta de utilidad analizar lo que está ocurriendo con la edición electrónica. En mi opinión, hay una diferencia fundamental entre, por un lado, la edición electrónica de ciertos géneros cuya lectura es típicamente fragmentaria –enciclopedias, diccionarios, etcétera–, para los cuales la edición electrónica es ideal, ya que permite la búsqueda casi inmediata y la actualización constante de los datos; y, por otro lado, las novelas, los libros de historia o los ensayos filosóficos, que suelen leerse como un todo continuo. En este caso, me parece obvio que hay un desfase entre las expectativas de los lectores y la forma electrónica de estos géneros; de ahí que muchas de las editoriales que intentaron crear un mercado electrónico para este tipo de textos terminaran tirando la toalla. Parece como si, por lo que toca a estos géneros, el lector no pudiese abandonar las categorías y los gestos que caracterizan la lectura en el mundo del libro impreso. Por supuesto, no tiene por qué ser siempre así pero, hoy por hoy, los lectores que accedieron a la cultura escrita a través de los objetos impresos y que son herederos de prácticas de muy larga duración, experimentan un desfase evidente, una dificultad para acceder a ciertos géneros bajo esta nueva forma. Naturalmente, esta relación del lector con la novela en su forma impresa viene determinada por una sedimentación de herencias históricas. Como lectores, hemos nacido con Gutenberg en el siglo XV, o incluso antes: en los siglos II, III y iIV con la invención del códex.

 

Usted ha escrito acerca de los procesos contemporáneos de alfabetización y analfabetismo funcional. Más allá de eso, ¿cree que ha habido una reducción del público culto, de aquel tipo de lector que compartía un mismo universo cultural con el autor, al que trataba casi de tú a tú? ¿Se ha abierto un abismo entre público y autor?

En Francia cada cinco años se publica una encuesta sobre las prácticas culturales de los franceses y el resultado es muy claro. No hay menos lectores, pero las personas que adquirían libros –como los estudiantes que querían formar su propia biblioteca o las clases medias cultas– han reducido sus compras. Muchos estudiantes utilizan exclusivamente fotocopias y apuntes en lugar de libros. Por su parte, las clases medias han desplazado sus gastos culturales hacia el turismo y los medios audiovisuales.

No es que se publiquen menos libros (todo lo contrario) ni que estén desapareciendo los libros impresos, sino que se están reduciendo simultáneamente las tiradas y las ventas. Esto explica tanto las dificultades que está atravesando la industria editorial como la paradójica abundancia de títulos publicados: los editores buscan un éxito que compense la merma en las ventas de otros títulos. Dicho sea de paso, esta política comercial supone un dilema para muchas pequeñas editoriales que han sido absorbidas por otras más grandes: ¿deben tratar de obtener beneficios de cada título o más bien pensar la práctica editorial en términos globales, como siempre han hecho? Tradicionalmente en las editoriales francesas coexistían colecciones de ciencias sociales y de bestsellers; se aceptaba que las dificultades de las primeras debían compensarse con los beneficios de las segundas. Pero, naturalmente, podría llegar a imponerse otra lógica comercial en virtud de la cual cada título debiera arrojar unas cuentas equilibradas.

Por otro lado, la relación autor-lector no se fundamenta únicamente en la lectura. En especial, a partir del siglo XIX resulta evidente que la relación entre el público y el autor va más allá del texto. El autor pasa a ser una figura pública. Pienso en Rousseau, por ejemplo, y en toda esa gente que deseaba conocerlo sin haber leído El contrato social. De algún modo, Rousseau se convirtió en una figura capaz de desempeñar el papel tradicional de los clérigos; era algo así como un guía de pensamiento y conducta. A través de los medios de comunicación del siglo XIX se difundió esta conexión entre el autor y la opinión pública que dio pie a un panteón deslucido de autores cuyas obras apenas se leían. En este sentido, hay dos fenómenos que me parecen muy interesantes. En primer lugar, el salto de los protagonistas de un texto a la existencia cultural y social incluso para la gente que nunca ha leído la obra; el primer ejemplo sería el de don Quijote y Sancho, que salen del libro para transformarse en figuras de las fiestas carnavalescas y cortesanas, pero lo mismo pasa en el siglo XVIII con los personajes de las novelas de Goethe. En segundo lugar, también me parece interesante la transformación del autor en una figura pública y su proyección más allá de su obra escrita como columnista de prensa, comentarista televisivo, etcétera. Un fenómeno paradójico que conduce, simultáneamente, al triunfo de la literatura y a la reducción de la lectura.

 

Usted ha analizado las posiciones contrapuestas que adoptaron Condorcet y Diderot en los debates que rodearon la aparición del derecho de autor moderno para, así, sacar a la luz las tensiones presentes en el concepto de “propiedad intelectual”. Uno de los aspectos esenciales de este proceso fue la aparición de la noción de “dominio público” como expresión de los intereses de la sociedad civil frente a los derechos particulares de autores y difusores. ¿Qué importancia real ha tenido en la cultura escrita de los últimos siglos el dominio público que surgió con las revoluciones burguesas? ¿Es un apéndice decorativo del derecho de autor o ha tenido efectos significativos?

Se trata de una cuestión complicada que se plantea en el siglo XVIII, cuando en Inglaterra, Francia y Alemania algunos autores, juristas y abogados intentan fundamentar la propiedad literaria, es decir, el derecho de un autor a proclamarse propietario de sus textos. Lo que existía anteriormente era, en el caso francés o alemán, el privilegio del editor y, en el caso inglés, el copyright del impresor o del librero que había encontrado o recibido un texto al que había dado forma impresa.

¿Qué legitima la propiedad de un texto? El desafío ha sido siempre descubrir en el texto un núcleo de estabilidad que sobreviva a los cambios formales. No puede ser su dimensión material (como decía Kant, el “corpus mecánico”) porque entonces el comprador de un libro se convertiría automáticamente en su propietario. Por otra parte, la pretensión de que el objeto de propiedad intelectual es más bien el texto, las ideas presentes en él, tropezó con una notable resistencia por parte de filósofos, como Condorcet, que consideraban que nadie puede apropiarse de las ideas a expensas del resto de los ciudadanos. De este modo, sólo quedaba una opción: la propiedad intelectual se asoció a los aspectos formales de la escritura, al estilo, el sentimiento, todo aquello que en el siglo XVIII se pensaba que era esencialmente singular, parte de la dimensión más íntima del individuo.

Esta es la base sobre la que Diderot en Francia y Kant en Alemania fundamentaron la idea de propiedad literaria. La cuestión del dominio público se planteó al establecer sus límites legales. Es decir, ¿la propiedad que el autor transfiere al editor cuando este le compra el manuscrito es eterna o es necesario restringirla? Esa era la discusión que se mantenía en el siglo XVIII tanto en Inglaterra como en Francia durante la Revolución y de la que posteriormente nacerían las legislaciones contemporáneas que limitan temporalmente la propiedad literaria y permiten, pasado cierto tiempo, que cualquiera publique los textos que han pasado al dominio público. Esta legislación también introdujo una diferencia, más o menos pronunciada, según el caso, entre la propiedad económica –que trata la obra como objeto de transacción comercial y está sujeta a límites temporales– y la propiedad moral, que salvaguarda la integridad de la obra y es permanente.

Aquí se plantea una discusión que se ha agudizado con la tecnología. Por un lado, resulta difícil estabilizar la obra cuando cualquier texto está abierto a reescrituras, transformaciones y apropiaciones (el texto electrónico es móvil, dúctil, un palimpsesto polifónico). La edición electrónica trató de hacer frente a esta aporía por medio de una “cerradura” que imposibilitaba el copiado, la transmisión o la impresión. Este movimiento, que en un principio respondía únicamente a intereses económicos, reforzó la idea de la estabilidad de la obra. Por otro lado, muchas personas creen que, en la textualidad electrónica, el dominio público tendría que ser universal e inmediato, es decir, que cualquiera debería poder mandar, recibir o manipular los textos electrónicos.

El problema resulta meridiano en el debate contemporáneo entre las revistas científicas electrónicas y las co-munidades de investigadores. Por un lado, las revistas científicas “duras” quieren mantener en su forma electrónica los altísimos precios de suscripción de sus ediciones impresas. Por otro, las comunidades científicas reivindican el libre acceso al conocimiento. En algunos casos el conflicto se ha resuelto con el compromiso de las publicaciones de limitar durante cierto tiempo el acceso a los artículos para, más adelante, permitir su libre consulta a través de una página web. En mi opinión, este conflicto ejemplifica perfectamente la tensión entre la lógica comercial y la lógica ilustrada, así como la dificultad que existe en el mundo electrónico para negociar los compromisos entre la protección de derechos y provechos de los editores y el acceso libre, potencialmente universal, a las creaciones y descubrimientos científicos.

 

Últimamente se están produciendo distintas transformaciones legislativas dirigidas a tratar de compensar las pérdidas económicas que sufren las grandes empresas debido a las posibilidades de copiado múltiple. Frente a esto, muchos grupos de presión consideran que estos cambios rompen el equilibrio tradicional entre interés público, derecho de autor y protección de la inversión. ¿Hasta qué punto están fundadas estas reacciones antagónicas? ¿Están realmente en peligro el dominio público o la remuneración del autor y el difusor?

No sé hasta qué punto están fundados estos miedos pero está claro que existen. Lo hemos visto en la reacción contradictoria que tuvieron los editores frente a las iniciativas de las bibliotecas digitales. Inicialmente la industria editorial acogió positivamente el proyecto de Google porque pensaban que si se publicaban en internet extractos de textos con copyright en un medio abierto a la publicidad se promocionaría la compra del libro en papel. Pero finalmente la asociación de editores estadounidenses ha dado marcha atrás y ahora es muy crítica con el proyecto de Google.

En realidad, los distintos miedos que generan las nuevas posibilidades tecnológicas tienen que ver con el modo en que desafían las categorías tradicionales que gobiernan la cultura escrita: el autor múltiple, característico del texto abierto, cuestiona los derechos de autor; la inmediatez de la copia y la distribución hace que se tambalee el estatus del editor, y la hipóstasis del dominio público destruye la identidad de la obra. Por eso es importante abordar este debate desde una doble perspectiva. De un lado, observando la tensión entre las categorías heredadas y las mutaciones que las desestabilizan. De otro, desde un punto de vista técnico: el mundo de la textualidad electrónica introduce dispositivos que permiten materializar las categorías tradicionales que están siendo desafiadas por las nuevas formas de inscripción y de comunicación de los textos. Se observa una continua búsqueda de objetos, dispositivos o soportes técnicos que puedan restituir no sólo la protección de los derechos de autores y editores, sino también una cierta estabilidad de la obra en el contexto de una tecnología abierta a la creación perpetua y a la intervención del lector sobre unos textos que siempre son objeto de reescritura. ~

 

 

Publicado originalmente en la revista Minerva (www.revistaminerva.com)

© César Rendueles / CBA, 2006